Un documento alemán pide un comisario para Grecia

Alemania, que llegó de los últimos al gran desmonte del pacto social de posguerra, está en la vanguardia del involutivo cambio de régimen que la austeridad impone

La Vanguardia| 28/01/2012

Rafael Poch | Berlín

Alemania quiere que Grecia ceda lo poco que le queda de su soberanía financiera a un «eurocomisario» como condición para otorgarle una segunda ayuda de 130.000 millones de euros, informa hoy el «Financial Times» desde Bruselas.

En vísperas de la cumbre sobre la eurocrisis del próximo lunes, el diario cita un documento del gobierno de Berlín en su poder.

El eurocomisario tendría poder para supervisar, «los mayores capítulos del gasto» público griego, señala el documento.

El jueves, mientras Angela Merkel recibía a Mariano Rajoy en Berlín, el elocuente jefe del grupo parlamentario de la Unión Cristianodemócrata (CDU), el partido de la canciller, Volker Kauder, ya mencionó la conveniencia de lo apuntado en el documento divulgado por el «Financial Times»: sustituir al gobierno griego por un «comisario» europeo, y si hiciera falta, «enviar funcionarios alemanes que ayuden en la construcción de una administración financiera que funcione».

Nueva vuelta de tuerca

Kauder lo dijo en una entrevista con Der Spiegel.»La presión sobre Grecia debe aumentarse, se les debe dejar bien claro a los griegos que sólo habrá dinero si el país se conduce de manera estricta, si es necesario con un comisario de Estado enviado por la Unión Europea o los estados del euro», dijo.

La posibilidad de enviar a Atenas funcionarios alemanes para que enseñen a los griegos a administrarse, no es de Kauder, sino del ministro de Economía Philipp Rösler, pero aquel la hace suya.

Kauder ya alcanzó notoriedad en noviembre cuando en el congreso de la CDU celebrado en Leipzig se jactó de que «en Europa se habla alemán», entre el aplauso de sus compañeros de partido.

Pocos días después, el ex canciller federal Helmuth Schmidt, un anciano con pedigrí europeísta, calificó aquella declaración de «bravuconería nacional alemana», en un memorable discurso en el que explicó el abecedario de la historia europea a la nueva clase política alemana.

Schmidt advirtió del peligro de disolución que representa para la Unión Europea contraponer centro y periferia con ese tipo de discursos.

Grecia ya tiene un primer ministro no electo por sufragio universal, Lukas Papadimos, que fue impuesto por el eje Berlín-Bruselas, después de que la terapia de choque aplicada por Yorgos Papandreu, centrada en la imposición del durísimo recorte social y en la preservación del interés de los bancos implicados en la deuda helena, agravará aun más la deuda griega.

Papadimos, ex vicepresidente del Banco Central Europeo (BCE), fue colocado en su puesto para profundizar aquella línea. Antes de pasar por Francfort, sede del BCE, Papadimos había sido gobernador del Banco Central Griego, entre 1994 y 2002, etapa de oscuras contabilidades y estrecha relación con la banca inversora Goldman Sachs. Lo que sugiere el documento del gobierno alemán, hoy desvelado, sea cual sea su alcance, es un movimiento más de tuerca de la misma política que asfixia a la sociedad griega, especialmente a las clases medias y bajas de aquel país. Pero su lógica profunda es el cambio de régimen y trasciende a Grecia.

Cambio de régimen

«Cambio de régimen» («regime change»), el cambio de un régimen por otro, solía ser un concepto asociado a los proyectos de los halcones imperiales de Estados Unidos en sus pulsos militares con diversos regímenes adversarios o independientes de todo el mundo. Históricamente es un concepto de amplia tradición europea, tanto en la época colonial, como después de la descolonización. Agitado por Alemania, el concepto asoma ahora desde centro de la Unión Europea, aplicado a los países de su periferia. El resultado es una devaluación democrática, algunos de cuyos significativos movimientos se están produciendo ahora con la manifiesta pérdida de soberanía que se vive en cinco países de la eurozona (y en muchos países aun más débiles y dependientes del Este de Europa) en nombre de una «democracia acorde con el mercado».

Ese concepto («Marktkonforme Demokratie») lo acuñó Angela Merkel el uno de septiembre en una entrevista con la emisora pública alemana Deutschlandfunk. Dijo que, «vivimos en una democracia parlamentaria y, por tanto la confección del presupuesto es un derecho básico del Parlamento, pese a ello vamos a encontrar vías para transformarla de tal manera que pueda concordar con el mercado».

Desde entonces el concepto de «democracia acorde con el mercado» triunfa en Alemania. Ha sido declarado tercera «palabra del año» por una iniciativa de la Sociedad de la Lengua Alemana (GfdS), que ha recordado críticamente que, «la democracia es una norma absoluta incompatible con cualquier conformidad». En la página electrónica del SPD, el partido socialdemócrata alemán, se lee que tal concepto, «sólo significa que ya no son los ciudadanos quienes deben determinar las cosas como electores, sino los especuladores, los mercados financieros, los hedge funds y los bancos».

La «Marktkonforme Demokratie» es un concepto alemán para el cambio de régimen, pues, por la vía del «pacto fiscal» y de la «regla de oro» (el tope de gasto elevado a precepto constitucional), el dogma neoliberal se hace ley fundamental. Cualquier política neokeynesiana que aspire a dar al Estado un papel financiero activo queda prohibida por la constitución.

Es un peldaño importante, un remate, de lo que el nuevo libro del ilustre historiador catalán Josep Fontana, «Por el bien del Imperio», explica que comenzó a urdirse a finales de los años setenta, cuando comenzó, primero en Estados Unidos y luego en el Reino Unido, el desmonte del pacto social de posguerra que está en la identidad de la «Europa social».

Alemania que llegó tarde a ese proceso –lo comenzó a abrazar después de la reunificación de 1990, muerta la RDA que tanto inspiró al capitalismo social de su «Modell Deutschland»- es ahora la abanderada de algo parecido a un cambio de régimen en Europa. Sus consecuencias son imprevisibles: tanto un rebelde 1848, como un regreso a la Europa parda y ultraderechista de 1930.

¿Qué aflige a Europa? – Paul Krugman

EL PAIS 4 de marzo de 2012

La mayor parte de lo que la gente sabe sobre la crisis europea no es cierto y las historias falsas están contaminando el discurso económico de EE UU

Las cosas están fatal en Lisboa, Portugal, donde el desempleo se ha disparado por encima del 13%. Las cosas están todavía peor en Grecia, Irlanda, y podría decirse que también en España, y Europa en su conjunto parece estar volviendo a caer en la recesión. ¿Por qué se ha convertido Europa en el enfermo de la economía mundial? Todo el mundo sabe la respuesta. Por desgracia, la mayor parte de lo que la gente sabe no es cierto, y las historias falsas sobre las tribulaciones de Europa están contaminando nuestro discurso económico.

Si leemos un artículo de opinión sobre Europa —o, con demasiada frecuencia, un reportaje de prensa que supuestamente se atiene a los hechos— lo más probable es que nos encontremos con una de dos historias, que yo distingo como versión republicana y versión alemana. Ninguna de las dos se corresponde con los hechos.

La versión republicana —es uno de los temas centrales de la campaña de Mitt Romney— es que Europa está en apuros porque se ha esforzado demasiado en ayudar a los pobres y a los desafortunados, que estamos observando los últimos estertores del Estado del bienestar. Por cierto, que esta historia es una de las eternas cantinelas del ala derecha. Allá por 1991, cuando Suecia atravesaba una crisis bancaria provocada por la liberalización (¿les suena?), el Instituto Cato publicó un jactancioso informe en el que afirmaba que esto demostraba el fracaso de todo el modelo del Estado del bienestar. ¿He mencionado ya que Suecia, un país que sigue teniendo un Estado del bienestar sumamente generoso, es en la actualidad uno de los países más productivos, con una economía que crece más rápidamente que la de cualquier otra nación rica?

Pero hagamos esto de modo sistemático. Fijémonos en los 15 países europeos que usan el euro (dejando a un lado Malta y Chipre), y clasifiquémoslos según el porcentaje del PIB que gastaban en programas sociales antes de la crisis. ¿Destacan los países GIPSI (siglas en inglés de Grecia, Irlanda, Portugal, España, Italia) por sus Estados del bienestar excesivamente grandes? No, no lo hacen. Solo Italia se encontraba entre los cinco primeros, y a pesar de ello, su Estado del bienestar era más pequeño que el de Alemania. De modo que los Estados del bienestar excesivamente grandes no han sido la causa de los problemas.

A continuación, la versión alemana, que es que todo es cuestión de irresponsabilidad fiscal. Esta historia parece encajar con Grecia, pero con ningún otro país. Italia registraba déficits en los años anteriores a la crisis, pero eran solo ligeramente más altos que los de Alemania (la elevada deuda italiana es el legado de las políticas irresponsables que siguió hace muchos años). Los déficits de Portugal eran considerablemente más pequeños mientras que España e Irlanda presentaban, de hecho, superávits.

Ah, y los países que no pertenecen al euro parecen capaces de registrar grandes déficits e incurrir en grandes deudas sin enfrentarse a ninguna crisis. Reino Unido y Estados Unidos pueden obtener préstamos a largo plazo con unos tipos de interés en torno al 2%, y Japón, que está muchísimo más endeudado que cualquier país europeo, incluida Grecia, solo paga un 1%. En otras palabras, la helenización de nuestro discurso económico, según la cual nos faltan uno o dos años de déficits para convertirnos en otra Grecia, es un completo disparate.

Entonces, ¿qué es lo que aflige a Europa? La verdad es que la historia es fundamentalmente monetaria. Al introducir una moneda única sin las instituciones necesarias para que la moneda funcionara, Europa reinventó a efectos prácticos los defectos del patrón oro, defectos que desempeñaron un importante papel a la hora de causar y perpetuar la Gran Depresión.

Más concretamente, la creación del euro fomentó una falsa sensación de seguridad entre los inversores privados, y desencadenó unos movimientos de capital enormes e insostenibles hacia países de toda la periferia europea. Como consecuencia de estas entradas de capital, los costes y los precios aumentaron, el sector industrial perdió competitividad, y los países que tenían un comercio más o menos equilibrado en 1999 empezaron a registrar grandes déficits comerciales. Luego paró la música.

Si los países periféricos siguieran teniendo su propia moneda, podrían recurrir y recurrirían a la devaluación para restaurar rápidamente la competitividad. Pero no la tienen, y eso significa que les espera un largo periodo de desempleo masivo y una deflación lenta y demoledora. Sus crisis de deuda son básicamente un subproducto de este triste panorama, porque las economías deprimidas provocan déficits públicos y la deflación magnifica la carga de la deuda.

Ahora bien, el entender la naturaleza de los problemas de Europa no beneficia especialmente a los propios europeos. Los países afligidos, en concreto, no tienen nada excepto malas alternativas. O bien sufren el dolor de la deflación o toman la drástica medida de abandonar el euro, lo cual no será políticamente factible hasta que, o a menos que, todo lo demás fracase (un punto al que parece estar aproximándose Grecia). Alemania podría ayudar si suprimiera sus políticas de austeridad y aceptara una inflación más elevada, pero no va a hacerlo.

Sin embargo, para el resto de nosotros, enderezar a Europa supondría una gran diferencia, porque las falsas historias sobre Europa se están utilizando para promover políticas que serían crueles, destructivas, o ambas cosas. La próxima vez que oigan a la gente citar el ejemplo de Europa para exigir que destruyamos nuestros programas de protección social o recortemos el gasto para hacer frente a una economía profundamente deprimida, esto es lo que necesitan saber: no tienen ni idea de lo que están hablando.

La necesidad de hacer preguntas difíciles – Antón Costas

EL PAIS, 19/06/2011

Entre las muchas enseñanzas que recibí de mi maestro en la Universidad de Barcelona, el profesor Fabián Estapé, dos me vienen a la memoria a la hora de escribir este artículo.

La primera es la conveniencia de no plantear más preguntas que respuestas. Pero nos animaba a hacer preguntas difíciles; a pensar lo impensable.

La segunda es que algunos buenos economistas no acaban de serlo por su falta de conocimiento de la historia. Recogía esta observación del gran economista austro-estadounidense Joseph A. Schumpeter, que consideraba que un buen economista necesita dominar tres materias: teoría económica, estadística e historia; y que, normalmente, buenos teóricos y estadísticos no acaban de ser buenos economistas por su cojera en historia.

He vuelto a recordar esas enseñanzas viendo las propuestas y recomendaciones que se están haciendo para buscar una salida al desorden económico europeo y, en particular, al problema de la crisis de la deuda soberana del área del euro.

Déjenme que plantee algunas preguntas difíciles sobre esta cuestión. Y que ensaye algún barrunto de respuesta.

Primera: ¿por qué hay tanto miedo a reestructurar la deuda griega, admitiendo una quita o pérdida por parte del sector privado como propone Alemania, si representa solo el 3% de la deuda total soberana del área del euro?

Muchos economistas, especialmente no europeos, y expertos de organismos internacionales recomiendan la reestructuración, y dan ejemplos de países en los que funcionó bien (Argentina, México, Uruguay, países asiáticos). No excluyen tampoco la posible salida temporal del euro por parte de algún país para, una vez saneadas sus finanzas y reestructurada su economía, volver a entrar.

Me temo que esas opiniones no entienden bien la naturaleza del proyecto europeo. Ven el euro como un área de tipos de cambios fijos y no como una moneda única. Pero el euro no es un club en el que se pueda entrar o salir a conveniencia, sino la moneda de una unión económica y monetaria cuyo único destino posible es convertirse, tarde o temprano, en una unión política.

De ahí que, al margen de cuál sea el tamaño de la deuda, una reestructuración desordenada de la deuda griega contaminará a otros países y convertiría la crisis de la deuda en una crisis del euro, con riesgo de salida. Pero ese sería el final del proyecto europeo.

Segunda: ¿por qué son tan frágiles los países periféricos, siendo que en algunos casos el monto de la deuda pública es relativamente pequeño en comparación con la de otros países centrales que, sin embargo, no se ven sometidos a la presión de los mercados?

En lo que se fijan los inversores no es solo en el monto de la deuda pública, sino en el total de la deuda exterior neta, incluyendo la privada, en particular la de la banca. Si hacemos esto, la perspectiva cambia. Así, España, aunque tiene una de las deudas públicas más bajas, tiene, sin embargo, una deuda exterior neta muy elevada, debido sobre todo a la enorme cantidad de la deuda exterior de la banca española emitida durante la fase de borrachera crediticia.

Esto lo deberían tener en cuenta los banqueros españoles que, como ha ocurrido esta semana con el presidente del BBVA, Francisco González, exigen imperativamente al Gobierno medidas drásticas de austeridad para ganar la confianza de los mercados y que la banca pueda renovar los vencimientos de su enorme deuda. Pero los que tienen razones para estar indignados son los ciudadanos, que se ven ahora obligados a cargar sobre sus espaldas las alegrías de los banqueros.

Tercera: ¿se puede imponer a los países -es decir, al conjunto de los ciudadanos- condiciones incumplibles que, por otro lado, les abocan a la austeridad, al estancamiento, al desempleo masivo y a la miseria, y no prever que esa imposición tendrá consecuencias políticas graves?

En Las consecuencias económicas de la paz, John Maynard Keynes nos enseñó las consecuencias dramáticas que tuvo para Europa que en el Tratado de Versalles, que puso fin a la Primera Guerra Mundial, los vencedores -Francia, Reino Unido y Estados Unidos- impusieran a Alemania la devolución total de los gastos de la guerra provocada por las élites alemanas. La imposibilidad de hacerlo y la humillación que esa imposición provocó en la población alemana fueron el caldo del nacionalismo que tan funestas y dramáticas consecuencias tuvo para Europa en las décadas siguientes.

Ese opúsculo de Keynes debería ser ahora de lectura obligatoria para economistas y políticos, con examen incluido. Y lo mismo cabe decir de la obra El mundo de ayer. Memorias de un europeo, del novelista y ensayista austriaco de la primera mitad del siglo pasado Stefan Zweig, que muestra la ceguera de las alegres y confiadas élites europeas para entrever las consecuencias de ciertas políticas. Quizá así se evitaría el cometer ahora errores similares.

Se me ocurren otras preguntas difíciles: ¿están en su buen juicio aquellos que recomiendan sustituir el Gobierno elegido por los ciudadanos griegos por una comisión de expertos extranjeros que se encargue de llevar a cabo el plan de privatizaciones para asegurar la devolución de los préstamos? ¿Es la disciplina externa de los mercados el camino más eficaz para hacer las reformas, como dicen algunos economistas, o las reformas solo son eficaces y duraderas cuando son comprendidas y apoyadas desde el interior por los ciudadanos, como enseña nuestra propia historia? ¿Deben los Gobiernos afanarse en ganar la confianza de los mercados o, de forma prioritaria, ganar la confianza de los ciudadanos? ¿Es sostenible el euro sin crear un Tesoro común europeo?

Pero, llegados a este punto, es mejor seguir la recomendación del profesor Estapé. Tiempo habrá para volver con calma a cada una de estas preguntas.

Discurso de Helmut Schmidt (4 de diciembre de 2011)

Discurso “Alemania en y con Europa” de Helmut Schmidt, ex canciller alemán, ante el Congreso Federal Ordinario del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) el 4 de diciembre de 2011 en Berlín.

¡Queridos amigos, Señoras y Señores!

Déjenme comenzar con una observación personal. Cuando Sigmar Gabriel, Frank- Walter Steinmeier y mi partido me invitaron una vez más a colaborar, recordé con placer cómo, hoy hace 65 años, Loki y yo pintábamos de rodillas en el suelo carteles para el SPD en Hamburg-Neugraben. No obstante, debo reconocer al mismo tiempo que a la vista de toda la política del partido ya me encuentro, por mi edad, más allá del bien y del mal. Desde hace tiempo, considero más importante ocuparme de los cometidos de nuestra nación y de su papel en el insoslayable marco de la Unión Europea.

Al mismo tiempo, me satisface poder compartir esta tribuna con nuestro vecino noruego Jens Stoltenberg, quien, en medio de una honda desgracia para su país, nos ha dado un ejemplo a seguir a nosotros y a todos los europeos, de un liderazgo constitucional, liberal y democrático irreductible.

Como el anciano que ya soy, uno piensa de forma natural a muy largo plazo, tanto hacia el pasado en la historia, como hacia delante, hacia un futuro esperado y ambicionado. Sin embargo, desde hace unos días no puedo encontrar una respuesta clara a una cuestión muy sencilla. Wolfgang Thierse me preguntó: “¿Cuándo será Alemania, por fin, un país normal?” Y yo le respondí: En un plazo previsible, Alemania no será un país “normal”, debido a nuestra monstruosa y, sin embargo, extraordinaria carga histórica. Y además a ello se opone nuestra posición central sobreponderada tanto demográfica como económicamente, en medio de este continente nuestro tan pequeño pero dividido en tantos Estados nacionales.

Y así me hallo en medio del complejo tema de mi discurso: Alemania en, con y para Europa.

Motivos y orígenes de la integración europea

Aún cuando en algunos pocos Estados de los alrededor de 40 que conforman Europa, la conciencia actual de nación se ha desarrollado más bien de forma tardía, como en Italia, Grecia y Alemania, siempre ha habido por todas partes sangrientas guerras. Podemos interpretar esta historia europea, desde el punto de vista centroeuropeo, como una serie interminable de luchas entre la periferia y el centro y, viceversa, entre el centro y la periferia, siendo el centro una y otra vez el campo de batalla decisivo.

Cuando los soberanos, los Estados o los pueblos del centro de Europa eran débiles, sus vecinos de la periferia avanzaban hacia el débil centro. La mayor destrucción y las mayores pérdidas en proporción en vidas humanas tuvieron lugar en la Guerra de los Treinta Años entre 1618 y 1648, con Alemania como escenario principal. Alemania era entonces un puro concepto geográfico, definido vagamente solo por el área de habla alemana. Más tarde llegaron los franceses bajo el reinado de Luis XIV y, de nuevo, bajo Napoleón. Los suecos solo llegaron una vez, a diferencia de los ingleses y los rusos, la última vez bajo Stalin.

Pero cuando las dinastías o los Estados del centro de Europa eran fuertes, ¡o cuando se sentían fuertes!, entonces eran ellos quienes atacaban la periferia. Así sucedió ya en las Cruzadas, que eran al mismo tiempo expediciones de conquista, no solo en dirección a Asia Menor y Jerusalén, sino también en dirección a la Prusia oriental y a los tres países bálticos actuales. En la Edad Moderna, fueron la guerra contra Napoleón y las tres guerras de Bismarck, en los años 1864, 1866 y 1870-71.

Lo mismo vale especialmente para la “Segunda Guerra de los Treinta Años” desde 1914 hasta 1945. Vale especialmente para los ataques de Hitler hasta el cabo Norte, hasta el Cáucaso, hasta la isla griega de Creta, hasta el sur de Francia e incluso hasta Tobruk, junto a la frontera entre Libia y Egipto. La catástrofe de Europa, provocada por Alemania, incluyó la catástrofe de los judíos europeos y la catástrofe de la nación alemana.

No obstante, los polacos, los países bálticos, los checos, los eslovacos, los austriacos, los húngaros, los eslovenos y los croatas ya habían compartido previamente el destino de los alemanes, en tanto que todos ellos, desde hace siglos, han sufrido debido a su posición geopolítica central en este pequeño continente europeo. Dicho de otro modo: muchas veces, nosotros, los alemanes, hemos hecho sufrir a otros por nuestra posición de fuerza centralizada.

Hoy en día, son los derechos territoriales encontrados, los conflictos lingüísticos y fronterizos, que todavía desempeñaron un papel muy importante en la primera mitad del siglo XX en la conciencia de las naciones, los que de facto han perdido amplia-mente su significado, al menos para nosotros, los alemanes.

Mientras en la conciencia de la opinión pública y en la opinión oficial de las naciones de Europa se ha perdido en gran medida el conocimiento y el recuerdo de las guerras de la Edad Media, el recuerdo de las dos guerras mundiales del siglo XX y de la ocupación alemana sigue jugando un papel dominante latente.

Para nosotros, los alemanes, me parece que lo determinante es que casi todos los vecinos de Alemania –y, además, casi todos los judíos del mundo– se acuerdan del Holocausto y de las atrocidades que se cometieron durante la ocupación alemana de los países de la periferia. Nosotros, los alemanes, no somos lo suficientemente conscientes de que en casi todos nuestros países vecinos es probable que siga existiendo durante muchas generaciones un recelo latente contra los alemanes.

También las futuras generaciones de alemanes deberán vivir con esta carga histórica. Y las actuales no deben olvidar que fue el recelo hacia un desarrollo futuro de Alemania lo que motivó, en 1950, el inicio de la integración europea. Churchill tenía dos motivos en 1946, cuando en su gran discurso a los franceses en Zúrich apeló a reconciliarse con los alemanes y a formar con ellos los Estados Unidos de Europa: en primer lugar, la defensa común ante lo que parecía una amenaza, la Unión Soviética, y en segundo lugar, la integración de Alemania en una asociación occidental más amplia. Y es que Churchill preveía el resurgimiento de Alemania.

Cuando en 1950, cuatro años después del discurso de Churchill, Robert Schuman y Jean Monnet diseñaron el Plan Schuman para agrupar la industria pesada de la Europa Occidental, el motivo fue el mismo: la integración de Alemania. Charles de Gaulle, quien diez años más tarde tendió la mano a Konrad Adenauer en un gesto de reconciliación, también actuó movido por el mismo motivo.

Todo esto sucedía desde una conclusión realista de un desarrollo futuro considerado posible y, al mismo tiempo, temido, del poder alemán. No fue el idealismo de Victor Hugo, el que apeló a la unión de Europa en 1849, ni ningún otro idealismo, los que estuvieron detrás de los inicios de la integración europea de 1950-52, limitada en aquel entonces a la Europa Occidental. En aquel entonces, los jefes de Estado de Europa y Estados Unidos (como George Marshall, Eisenhower o también Kennedy, pero sobre todo Churchill, Jean Monnet, Adenauer y de Gaulle o también de Gasperi y Henri Spaak) no actuaron movidos, en absoluto, por un idealismo europeo, sino desde el conocimiento de la historia europea hasta la fecha. Actuaron desde una visión realista por la necesidad de evitar que se prolongara la lucha entre la periferia y el centro alemán. Aquellos que no hayan comprendido este motivo inicial de la integración de Europa, que aún hoy sigue siendo un elemento fundamental, carecen de una condición previa imprescindible para poder resolver la actual crisis europea, marcada por una gran precariedad.

Cuanto más peso adquiría la entonces República Federal Alemana en el aspecto económico, militar y político durante los años 60, 70 y 80 del siglo pasado, tanto más les parecía a los dirigentes de los Estados europeos occidentales que la integración europea era una garantía contra la posibilidad de que los alemanes se dejaran seducir, una vez más, por la política de la fuerza. Las reticencias iniciales de, p. ej., Margaret Thatcher, Mitterrand o Andreotti en 1989-90 contra una reunificación de las dos naciones alemanas surgidas tras la guerra, se basaba claramente en la preocupación ante una Alemania fuerte en el centro de este pequeño continente europeo.

En este momento me permito un pequeño inciso personal. Escuché a Jean Monnet cuando participaba en su comité “Pour les États-Unis d’Europe”. Corría el año 1955. Jean Monnet es uno de los franceses con una mayor visión futurista y progresista que he conocido en mi vida –por cierto, también en materia de integración por su concepto de un proceso gradual hacia la integración de Europa.

Desde entonces, me convertí en un entusiasta de la integración europea desde el punto de vista del interés estratégico de la nación alemana, no desde el idealismo, y en un entusiasta de la implicación de Alemania, y lo sigo siendo. (Eso me llevó a una controversia sin importancia para Kurt Schumacher, mi muy estimado presidente del partido, pero muy seria para mí, que regresaba de la guerra con apenas 30 años.) Me llevó en los años 50 a aceptar los planes del entonces ministro de Exteriores polaco Rapacki. A comienzos de la década de los 60, escribí un libro en contra de la estrategia occidental oficial de la represalia estratégica nuclear, con la que entonces la OTAN amenazaba a la poderosa Unión Soviética y en la que seguimos estando integrados en la actualidad.

La Unión Europea es necesaria

De Gaulle y Pompidou continuaron en la década de los 60 y los 70 con la integración europea, para involucrar a Alemania, pero no querían comprometer su propio Estado a toda costa. Posteriormente, el buen entendimiento que existió entre Giscard d’Estaing y yo, condujo a un periodo de cooperación franco-germana y a la continuación de la integración europea que, tras la primavera de 1990 prosiguió con éxito entre Mitterrand y Kohl. Paralelamente, desde 1950-52 hasta 1991 la Comunidad Europea fue creciendo gradualmente de seis Estados miembros a doce.

Gracias a los trabajos preparatorios de Jacques Delors (entonces Presidente de la Comisión Europea), Mitterrand y Kohl firmaron en 1991 en Maastricht el acuerdo para el nacimiento de la moneda común, el euro, que diez años después, en el 2001, se convirtió en una realidad. La razón, no obstante, se hallaba en la inquietud francesa ante una Alemania predominante, para ser más preciso: ante un marco alemán fuerte.

Desde entonces, el euro se ha convertido en la segunda moneda más importante de la economía mundial. Esta moneda europea posee, tanto en las relaciones internas como externas, mayor estabilidad que el dólar estadounidense y ha sido más estable que el marco alemán en sus últimos diez años. Todo lo dicho y escrito sobre una presunta “crisis del euro” no es más que palabrería frívola de medios, periodistas y políticos.

Sin embargo, desde Maastricht en 1991-92, el mundo ha experimentado profundos cambios. Hemos vivido la liberación de las naciones del Este de Europa y la implosión de la Unión Soviética. Hemos vivido el increíble auge de China, India, Brasil y otros “países emergentes”, a los que antes se conocía colectivamente como el “tercer mundo”. Al mismo tiempo, las economías nacionales reales de la mayor parte del mundo se han “globalizado”, es decir: casi todos los países del mundo dependen los unos de los otros. Sobre todo, los actores de los mercados financieros globalizados han adquirido, por el momento, un poder incontrolado.

Pero simultáneamente, y casi de forma imperceptible, la humanidad se ha multiplicado rápidamente hasta llegar a los 7000 millones de personas. Cuando yo nací apenas éramos 2000 millones. ¡Todos estos profundos cambios han tenido enormes consecuencias para los pueblos de Europa, sus Estados y su bienestar!

Por otro lado, todas las naciones europeas están envejeciendo, y por doquier disminuye su población. A mediados de este siglo, se prevé que la población de la Tierra llegue incluso a los 9000 millones de habitantes, mientras que la población conjunta de las naciones europeas solo representará el 7 por ciento de la población mundial. ¡El 7 por ciento de 9000 millones! Hasta el año 1950, los europeos habían representado durante dos siglos más del 20 por ciento de la población mundial. Pero desde hace 50 años, los europeos somos cada vez menos, no solo en cifras absolutas, sino sobre todo en relación con Asia, África y Latinoamérica. Igualmente disminuye la aportación de los europeos al producto social mundial, es decir, a la creación de valor de toda la humanidad. Hasta el 2050 disminuirá a un 10 por ciento, aproximadamente; en 1950 todavía era del 30 por ciento. En 2050 cada una de las naciones europeas será únicamente una fracción del 1 por ciento del total de la población mundial. Es decir: si queremos albergar la esperanza de que nosotros, los europeos, jugaremos un papel importante en el mundo, solo lo podremos conseguir conjuntamente. Porque como Estados aislados, ya sea Francia, Italia, Alemania o bien Polonia, Holanda, Dinamarca o Grecia, ni siquiera representaremos un tanto por ciento de la población mundial, sino solamente un tanto por mil.

De ahí el interés estratégico de los Estados europeos a largo plazo por su unión integradora. Este interés estratégico por la integración europea cobra cada vez mayor importancia. Algo de lo que hasta ahora no son conscientes las naciones en su mayor parte. Tampoco sus Gobiernos les conciencian al respecto.

Pero si la Unión Europea no alcanza en las próximas décadas una capacidad de acción conjunta, ni que sea limitada, puede producirse una marginación auto infligida de cada uno de los Estados europeos y de la civilización europea. Tampoco podemos excluir, en dicho caso, un resurgimiento de las pugnas por la competencia y el prestigio entre los Estados que conforman Europa. En tal caso, apenas podría desarrollarse la integración de Alemania. El antiguo juego entre el centro y la periferia podría repetirse de nuevo.

El proceso de divulgación a nivel mundial, de la extensión de los derechos de todos los seres humanos y de su dignidad, de la garantía constitucional y de la democratización dejaría de recibir un impulso efectivo de Europa. A la luz de estos aspectos, la comunidad europea se convierte en algo vital para los Estados nacionales de nuestro antiguo continente. Esta necesidad va más allá de los motivos de Churchill y de Gaulle. Pero también trasciende los motivos de Monnet y de Adenauer, al igual que los de Ernst Reuter, Fritz Erler, Willy Brandt e, incluso, Helmut Kohl.

Y yo añado que todo esto es cierto, pero seguimos hablando de la implicación de Alemania. Por esta razón, nosotros, los alemanes, debemos ser conscientes de nuestra propia tarea, de nuestro propio papel en el marco de la integración europea.

Alemania precisa continuidad y fiabilidad

Si observamos Alemania a finales del año 2011 desde el exterior con los ojos de nuestros vecinos, tanto los directos como otros más alejados, veremos que, desde hace una década, Alemania provoca malestar y, últimamente, también inquietud política. En los últimos años han aflorado serias dudas sobre la firmeza de la política alemana. La confianza en la fiabilidad de la política alemana está dañada.

Estas dudas e inquietudes se deben a errores en la política exterior de nuestros políticos y Gobiernos alemanes y a la fortaleza económica de la Alemania reunificada, que sorprende al mundo. Nuestra economía nacional ha evolucionado desde los años 70, cuando todavía estaba dividida en dos, hasta convertirse en la mayor de Europa. Es una de las economías nacionales más potentes en la actualidad en el aspecto tecnológico, político-financiero y socio-político. Nuestra fortaleza económica y nuestra paz social, tan estable comparativamente desde hace décadas, también han despertado envidias, especialmente porque nuestra tasa de desempleo y nuestra tasa de endeudamiento están claramente dentro de la normalidad internacional. Ahora bien, no somos plenamente conscientes de que nuestra economía está integrada en gran medida tanto en el mercado común europeo como, al mismo tiempo, en el mundo globalizado y, por ello, depende de la coyuntura mundial. Por esta razón, en los próximos años experimentaremos un crecimiento muy discreto de nuestras exportaciones.

Al mismo tiempo, se ha producido una anomalía grave en el desarrollo, concretamente unos superávits enormes y continuados de nuestra balanza comercial y de nuestra balanza de pagos. Los superávits suponen desde hace años alrededor del 5 por ciento de nuestro producto social. Son muy similares a los excedentes de China. Es algo de lo que no somos conscientes porque no se refleja en superávits en marcos alemanes, sino en euros. Pero es necesario que nuestros políticos también sean conscientes de esta circunstancia.

Y es que todos nuestros superávits son, en realidad, los déficits de otros países. Los créditos que les hemos concedido a sus deudas. Se trata de una irritante infracción del “equilibrio de la economía exterior”, que nosotros convertimos, en su día en un ideal jurídico. Esta infracción debe intranquilizar a nuestros socios. Y cuando recientemente, voces extranjeras, mayoritariamente estadounidenses, aunque ya proceden de otros muchos países también, exigen a Alemania un papel de líder europeo, todo esto también despierta en nuestros vecinos más suspicacias y recelos. Y despierta malos recuerdos.

Esta evolución de la economía y la crisis simultánea de la capacidad de acción conjunta de los órganos de la Unión Europa han empujado a Alemania a adoptar, una vez más, un papel principal. Conjuntamente con el presidente francés, la canciller alemana ha aceptado este papel de buen grado. Pero en muchas capitales europeas, así como en los medios de algunos países vecinos, aflora de nuevo una preocupación creciente por la dominancia alemana. Esta vez no se trata de un abrumador poder centralizado de tipo militar y político ¡sino de un abrumador centro económico!

Llegados a este punto, es necesario advertir de forma ponderada a los políticos alemanes, a los medios y a nuestra opinión pública.

Si nosotros, los alemanes, nos dejáramos llevar, por nuestra fortaleza económica, a reclamar un papel de liderazgo político en Europa o, al menos, a actuar como primus inter pares (primero entre iguales), una creciente mayoría de nuestros países vecinos se opondría a ello activamente. La inquietud de la periferia ante un centro europeo demasiado fuerte resurgiría rápidamente. Las consecuencias probables de dicha evolución serían destructivas para la UE. Y Alemania caería de nuevo en el aislamiento.

La República Federal Alemana, tan grande y tan eficiente, necesita, ¡también para protegerse de nosotros mismos!, la inclusión en la integración europea. Por ello, desde 1992, desde los tiempos de Helmut Kohl, el artículo 23 de la Constitución alemana nos obliga a colaborar “… en el desarrollo de la Unión Europea”. Para esta colaboración, el artículo 23 también nos obliga al “principio de subsidiariedad…”. La crisis actual de la capacidad de acción de los órganos de la UE no altera en absoluto estos principios.

Nuestra posición geopolítica central, nuestro desafortunado papel en la historia europea hasta mediados del siglo XX, así como nuestra productividad actual, requiere de cada Gobierno alemán un elevado nivel de solidaridad para con nuestros socios de la UE. Y nuestra ayuda resulta imprescindible.

Nosotros, los alemanes, no hemos sido los únicos que han contribuido a nuestra enorme reconstrucción de las últimas seis décadas y no se ha conseguido solo por nuestros propios medios. No habría sido posible sin la ayuda de las potencias vencedoras occidentales, sin nuestra inclusión en la comunidad europea y en la OTAN, sin la ayuda de nuestros vecinos, sin el resurgimiento político en Europa del Este y sin el fin de la dictadura comunista. Nosotros, los alemanes, tenemos motivos para estar agradecidos. Y al mismo tiempo debemos demostrar que somos dignos de la solidaridad que recibimos entonces con nuestra propia solidaridad hacia nuestros vecinos.

Al contrario, aspirar a un papel propio en la política mundial y al prestigio político mundial sería bastante inútil, probablemente incluso perjudicial. En todo caso, la cooperación estrecha con Francia y Polonia, así como nuestros vecinos y socios en Europa, sigue siendo indispensable.

Estoy convencido de que el interés cardinal, estratégico a largo plazo de Alemania radica en no aislarse y en no dejarse aislar. Un aislamiento dentro de Occidente sería peligroso. Un aislamiento dentro de la Unión Europea o de la Eurozona sería muy peligroso. Para mí, este interés de Alemania está claramente por encima de los intereses tácticos de cualquier partido político.

Los políticos alemanes y los medios alemanes tienen la condenada obligación y el deber de defender esta visión constantemente ante la opinión pública.

Pero cuando alguien da a entender que hoy y en el futuro se hablará alemán en Europa; cuando un ministro de Asuntos Exteriores alemán opina que las apariciones televisivas en Trípoli, El Cairo o Kabul son más importantes que los contactos políticos con Lisboa, Madrid, Varsovia o Praga, con Dublín, La Haya, Copenhague o Helsinki; cuando otro opina que tiene que impedir una “unión de transferencias” europea, entonces todo eso es pura fanfarronería nociva.

¡Es cierto que Alemania ha sido un pagador neto durante décadas! Podíamos permitírnoslo y lo hemos hecho desde la época de Adenauer. Y por supuesto, los receptores netos siempre eran Grecia, Portugal o Irlanda.

Hoy en día, la clase política alemana quizá no es suficientemente consciente de esta solidaridad. Pero hasta ahora era algo natural. E igual de natural, y desde Lisboa contractualmente obligatorio, es el principio de subsidiariedad: la Unión Europea deberá asumir las tareas que un Estado no pueda regular o superar por sí mismo.

Desde el Plan Schuman, Konrad Adenauer aceptó las ofertas francesas siguiendo un instinto político correcto y con las reticencias tanto de Kurt Schumacher, como, más tarde, de Ludwig Erhard. Adenauer valoró correctamente el interés estratégico de Alemania a largo plazo, ¡a pesar de la sostenida división de Alemania! Todos sus sucesores, incluyendo a Brandt, Schmidt, Kohl y Schröder, han continuado con la política de integración de Adenauer. Todas las tácticas de la política diaria, de la política interior y exterior nunca han puesto en tela de juicio el interés estratégico de los alemanes a largo plazo. Por eso, nuestros vecinos y socios han podido confiar durante décadas en la continuidad de la política europea de Alemania, y independientemente de los cambios de Gobierno. La continuidad también es aconsejable en el futuro.

La situación actual de la UE requiere dinamismo

Las contribuciones alemanas de concepto se daban siempre por supuestas. Y así debería ser, también, en el futuro. Por otro lado, no deberíamos anticiparnos al futuro lejano. De todos modos, las modificaciones contractuales podrían corregir solo en parte los hechos consumados, las omisiones y los fallos cometidos en Maastricht hace veinte años. Las propuestas actuales de modificación del Tratado de Lisboa en vigor me parecen poco útiles para el futuro inmediato, cuando uno recuerda las dificultades que se han venido teniendo con la ratificación por parte de todas las naciones, o por los referéndums no aprobados por la población.

Por eso estoy de acuerdo con el Presidente de la República Italiana, Giorgio Napolitano, que a finales de octubre, en un discurso memorable, exigió que hoy nos concentremos en lo que es necesario hacer hoy. Y que además debemos agotar las posibilidades que nos brinda el Tratado de la UE en vigor, especialmente para reforzar las normas presupuestarias y la política económica en el área monetaria del euro.

¡La actual crisis de la capacidad de acción de los órganos de la Unión Europea creados en Lisboa no puede durar años! Con la excepción del Banco Central Europeo, estos órganos –el Parlamento Europeo, el Consejo Europeo, la Comisión Europea y los Consejos de Ministros– han aplicado solo unas pocas medidas eficaces desde la superación de la aguda crisis bancaria de 2008 y especialmente desde la posterior crisis de endeudamiento de los Estados.

No hay ninguna fórmula magistral para superar la actual crisis de liderazgo de la UE. Son necesarios muchos pasos, algunos simultáneos, otros sucesivos. No solo se necesitará discernimiento y dinamismo, ¡sino también paciencia! A este respecto, las aportaciones de concepto alemanas no pueden limitarse a eslóganes. No deberían exponerse en la televisión, sino confidencialmente en los grupos de los órganos de la UE. Nosotros, los alemanes, no debemos presentar a nuestros socios europeos nuestra normativa económica ni social, y tampoco nuestro sistema federativo ni financiero y presupuestario, como ideal o como norma, sino únicamente como un ejemplo más entre otros.

Todos somos responsables de las consecuencias futuras en Europa de lo que hace o deja de hacer actualmente Alemania. Para ello necesitamos el sentido común europeo. Pero no solo necesitamos sentido común, también un corazón compasivo para con nuestros vecinos y socios.

En un punto importante coincido con Jürgen Habermas, que ha afirmado recientemente que –cito– “¡¡…por primera vez en la historia de la UE vivimos un retroceso de la democracia!!” (fin de la cita). Y así es: ¡no solo el Consejo Europeo junto con su Presidente, también la Comisión Europea junto con su Presidente, y los diversos Consejos de Ministros y toda la burocracia de Bruselas, todos ellos han dejado de lado el principio democrático! En aquella época en que introdujimos el sufragio popular para el Parlamento Europeo, caí en el error de pensar que el Parlamento cobraría importancia por sí mismo. De hecho, hasta ahora no ha ejercido ninguna influencia reconocible en la superación de la crisis, porque sus consejos y decisiones no han mostrado hasta ahora ningún efecto público.

Por ello quisiera apelar a Martin Schulz: Ya es hora de que usted y sus colegas cristianodemócratas, socialistas, liberales y verdes, se hagan escuchar conjuntamente ante el espacio público, pero de forma drástica. Probablemente el campo más adecuado para dicha reafirmación del Parlamento Europeo sea la supervisión, a todas luces insuficiente desde el G20 de 2008, de los bancos, de las bolsas y de sus instrumentos financieros.

Ciertamente, miles de agentes financieros de EE.UU. y Europa, a los que se han sumado algunas agencias de calificación, han tomado como rehenes a los responsables políticos de Europa. No cabe esperar que Barack Obama haga mucho al respecto. Lo mismo digo del Gobierno británico. Es verdad que en 2008-2009 los gobiernos de todo el mundo rescataron a los bancos con garantías y con el dinero de los contribuyentes. Pero desde 2010 esta horda de gestores financieros, extremadamente inteligentes pero propensos a la psicosis, han vuelto a jugar su viejo juego de beneficios y bonificaciones. Un juego de azar en el que salen perdiendo los que no juegan y que Marion Döhnhoff y yo ya tildamos de muy peligroso en los años 90.

Si nadie más quiere actuar, deberán hacerlo los países del euro. Para ello puede servir la vía indicada en el artículo 20 del actual Tratado de Lisboa de la UE. Aquí se prevé expresamente que uno o varios miembros de la UE “…instauren entre sí una cooperación reforzada”. En todo caso, los Estados participantes en la moneda común deberían desarrollar conjuntamente para la zona euro regulaciones de intervención de sus mercados financieros comunes. Desde la separación, por un lado entre bancos comerciales convencionales y, por otro, bancos de inversión y bancos en la sombra, pasando por la prohibición de ventas al descubierto de títulos a futuro, y la prohibición de negociar con derivados, si no está permitido por los consejos reguladores oficiales de las bolsas, hasta la limitación eficaz de las operaciones que afectan al espacio monetario europeo por parte de las agencias de calificación no supervisadas por el momento. No quiero seguir agobiándoles, Señoras y Señores, con otros pormenores.

Por supuesto que el lobby bancario globalizado se opondría por todos los medios. Hasta ahora ha evitado todas las regulaciones interventoras. Ha conseguido que sus hordas de agentes pongan en serios apuros a los Gobiernos europeos, que han tenido que inventar una y otra vez “paquetes de rescate” – y ampliarlos con “palanca”. Ya va siendo hora de oponer resistencia. Cuando los europeos reúnan el valor y la fuerza para una regulación interventora de los mercados financieros, podremos volver a medio plazo a una zona de estabilidad. Pero si fallamos, el peso de Europa seguirá disminuyendo, y el mundo avanzará hacia un duunvirato entre Washington y Pekín.

Para el futuro inmediato de la zona euro siguen siendo ciertamente necesarios todos los pasos anunciados y considerados hasta ahora. Entre ellos están los fondos de rescate, los límites superiores de endeudamiento y su control, una política económica y fiscal común, y además una serie de reformas nacionales que afectan a la política fiscal, de gasto, social y del mercado laboral. Pero será también forzosamente inevitable un endeudamiento común. Nosotros, los alemanes, debemos renunciar a ser egoístas con nuestros intereses nacionales.

Pero tampoco debemos, bajo ningún concepto, propagar por toda Europa una política de deflación extrema. Creo más bien que Jacques Delors tenía razón cuando pedía, junto con el saneamiento de los presupuestos, iniciar y financiar al mismo tiempo proyectos que fomenten el crecimiento. Ningún Estado puede sanear su economía sin crecimiento, sin nuevos puestos de trabajo. Quien así lo crea, que Europa puede sanearse con recortes presupuestarios, debería estudiar las fatales consecuencias de la política de deflación de Heinrich Brüning en 1930-32. Desencadenó una depresión y una cifra de paro insoportable y además provocó al hundimiento de la primera democracia alemana.

A mis amigos

Como colofón, queridos amigos: en realidad, nosotros, los socialdemócratas, no debemos dejarnos predicar tanto la solidaridad internacional. Porque la socialdemocracia alemana es, desde hace siglo y medio, favorable a la internacionalidad– en mucho mayor medida que generaciones de liberales, conservadores o nacionalistas alemanes. Nosotros, los socialdemócratas, nos hemos aferrado tanto a la libertad como a la dignidad de cada ser humano. Nos hemos aferrado al mismo tiempo a la democracia representativa y parlamentaria. Estos valores fundamentales nos obligan hoy en día a la solidaridad europea.

Por supuesto que también en el siglo XXI Europa estará formada por Estados nacionales, cada uno con su propio idioma y su propia historia. Por esta razón, seguramente no nacerá de Europa ningún Estado federal. Pero la Unión Europea tampoco puede degenerar en una simple unión de Estados. La Unión Europea debe seguir siendo una unión dinámica y en desarrollo. No hay ningún ejemplo de ello en toda la historia de la humanidad. Nosotros, los socialdemócratas, debemos contribuir al despliegue gradual de esta unión.

Cuanto mayor se vuelve uno, más piensa en periodos de tiempo prolongados. También como hombre anciano me aferro todavía firmemente a los tres principios fundamentales del programa de Bad Godesberg: libertad, justicia y solidaridad. A este respecto, dicho sea de paso, pienso que la justicia reclama hoy en día sobre todo igualdad de oportunidades para los niños, los escolares y la gente joven en general.

Cuando echo la vista atrás al año 1945 o más atrás, al año 1933 – entonces acababa de cumplir 14 años-, el progreso al que hemos llegado en la actualidad, me parece casi increíble. El progreso que los europeos hemos alcanzado desde el Plan Marshall de 1948, desde el Plan Schuman de 1950, que hemos alcanzado gracias a Lech Walesa y Solidarnosz, gracias a Vaclav Havel y a la Carta 77, gracias a aquellos alemanes de Leipzig y Berlín Oriental desde el gran cambio de 1989-91.

Si bien hoy en día la mayor parte de Europa disfruta de los derechos humanos y de la paz, esto no nos lo podíamos ni imaginar en 1918, ni en 1933, ni en 1945. Por lo tanto, ¡trabajemos y luchemos para que esta Unión Europea, única en toda la historia, supere su debilidad actual con firmeza y seguridad en sí misma!