Padres e hijos: la Transición interminable

EL PAÍS – 2 OCT 2014

José Luis Pardo Torío

Entre algunos jóvenes existe la sensación de que la experiencia política de sus mayores fue un fracaso: ni liquidaron realmente el franquismo ni establecieron una democracia real. Así que quieren empezar de cero

1412165074_715999_1412180399_noticia_normal¡Y pensar que hace diez años
fue mi locura!
¡Que llegué hasta la traición
por su hermosura!… 

Como nos enseñó Walter Benjamin, las crisis económicas son, después de las guerras, las principales causantes de una clase de pobreza que no se confunde con la escasez de recursos materiales: la pobreza de experiencia. Es decir, esa peculiar miseria que padece una generación cuando se ve obligada a “comenzar desde cero”, sin poder heredar de sus ascendientes la experiencia que estos han conseguido acumular durante sus vidas, que es a menudo lo único que los más humildes pueden legar a sus hijos.

Esto es lo que está sucediendo entre nosotros con la principal experiencia política de la generación que hoy está abandonando el poder. Esa experiencia consistió en la liquidación del régimen de Franco y en la instauración de una democracia social de Derecho, gracias a la cual España se incorporó al consenso establecido por EE UU y Europa occidental tras la II Guerra Mundial, que aún conocemos con el desprestigiado título de Estado de bienestar. En el tiempo transcurrido desde el estallido de la burbuja financiera en 2008, este bienestar se ha convertido, para las generaciones que hoy toman el relevo, en malestar y descontento con ese marco heredado del pasado, que muchos de sus miembros rechazan como una rémora y una carga que no desean reconocer como suya o en la que no encuentran encaje a sus expectativas políticas.

Si los educaron en el mito de la “fiesta de la libertad”, ¿no es lógico que quieran sus festejos?
No se ha de confundir esta actitud con ese sano rito de paso a la mayoría de edad que los freudianos llaman “matar al padre”. Bien al contrario, fue la generación de la Transición la que se vio obligada a “matar al padre” (que había combatido en alguno de los dos bandos de la guerra de 1936), y gracias a ese sacrificio simbólico pudo aprovechar la experiencia de sus mayores para no repetir la carnicería de la contienda civil. Entre las actuales generaciones jóvenes, en cambio, aumenta la sensación de que la experiencia política de sus padres fue un completo fracaso: no habrían conseguido liquidar realmente el franquismo (y por eso a menudo los escuchamos referirse a las legislaturas amparadas en la Constitución de 1978 como “el régimen”, para subrayar su paralelismo con la dictadura), ni tampoco establecer una democracia real, sino únicamente una fachada que disimulaba una trama de banqueros codiciosos, políticos corruptos y periodistas vendidos que habrían aprovechado los últimos treinta años para lucrarse personalmente a costa del pueblo engañado.

Quienes ven las cosas de este modo, por tanto, se sienten llamados a repetir la experiencia política de sus padres, desde el principio y esta vez con éxito, emprendiendo un proceso constituyente que garantice la transición definitiva a una democracia auténtica, sin banqueros egoístas, sin políticos deshonestos, sin periodistas tramposos y, sobre todo, sin recortes presupuestarios, incluso aunque para ello tengan que convertirla en una extraña democracia sin banqueros, sin partidos políticos, sin prensa libre y sin presupuestos (es decir, algo bastante parecido a un “régimen” como el del peronismo argentino o el de la Rusia de Putin), ya sea mediante la fundación de Estados independientes y soberanos liberados del sistema que les produce tanto malestar, ya mediante la aplicación de las nuevas tecnologías al servicio de una asamblea general infinita del pueblo igualmente en estado permanente de soberanía directa online.

Se dirá que este siniestro cuadro de la transición a la democracia en la España al final del siglo XX no es más que una ficción, tanto en su descripción del pasado reciente (que, aunque “basada en hechos reales”, compone con ellos un aquelarre rigurosamente falso) como en sus previsiones de futuro (que, aunque agradables de oír, resultan del todo quiméricas). Pero no hemos de olvidar que esta ficción no es más que la otra cara o el contrarrelato de la ficción que, quizá con la mejor de las intenciones, la generación de los padres de estos hijos descontentos construyeron durante años (con la colaboración decisiva del cine, la música o la televisión) a propósito de la Transición, una suerte de Cuéntame que presentaba una democracia idealizada, graciosamente caída del cielo y envuelta en un halo de pureza inmaculada que sólo existía en la mirada de quienes durante demasiados años sólo habían podido verla en sus sueños, desde los sombríos sótanos del franquismo.

A ver quién les dice ahora que la política no siempre es divertida y casi nunca es un gran espectáculo
Los “padres” que mitificaron retrospectivamente la “fiesta de la libertad” de la década de 1980, y que de paso educaron a sus hijos en los nuevos hábitos de consumo gastronómico y audiovisual y en la nueva enseñanza secundaria obligatoria, en la frecuencia de recompensas emocionales, de motivaciones suplementarias y de ketchup para combatir el aburrimiento y la monotonía de la vida cotidiana, ¿pueden extrañarse ahora de que reclamen su propia fiesta y de que se indignen cuando se les dice que en esta ocasión no hay presupuesto para festejos?

Lo que ha hecho la crisis económica ha sido despojar a la democracia de ese ropaje brillante con el que la había recubierto la contingencia de un crecimiento económico sostenido durante varias décadas. Quienes sólo la conocían por ese relato edulcorado y en traje de lentejuelas, y la han visto ahora en esta desdichada coyuntura, como decía el poeta, “mostrando al compadrear su cuero picoteao”, con tasas gigantescas de desempleo, cargos electos con fortunas en paraísos fiscales, cuñados abusivos, partidos políticos con contabilidad b, recortes en los servicios públicos y confabulaciones nada ejemplares entre poderes públicos y privados, sencillamente no la han reconocido. Habían creído aquella narración idílica con la que unos padres hiperprotectores quisieron resguardarlos de la mucho más cruda realidad y, al ver a la dama demacrada y maltrecha, han pensado que no era la verdadera democracia.

¿Quién los convencerá ahora de que no hay otra, de que la democracia no es incompatible con las estrecheces económicas, ni con la corrupción política, ni con la colusión entre poderes fácticos, y que todo ello, en lugar de animarnos a liquidar el sistema y a acabar con las instituciones que lo sustentan, es lo que hace que resulte tan importante que los Parlamentos, los tribunales, los Gobiernos y la prensa funcionen bien, porque constituyen la única defensa legítima y creíble contra esos males? A ver quién les dice ahora que, parafraseando a Fassbinder, la política no siempre es divertida y casi nunca es un gran espectáculo, que para acudir a votar no es imprescindible hacerlo con ilusión de cambiar “el régimen” o los fundamentos del mundo, que a menudo la democracia resulta tan pesada como una sesión parlamentaria ordinaria o un decreto ley sobre aguas residuales, como una sentencia judicial en un pleito de divorcio o una crónica periodística de la comisión de Agricultura del Congreso, o como ese ruido del ascensor a las seis de la mañana del que hablaba Churchill; y que la “gran política” es la que se hace en ese día a día grisáceo y descolorido, y no la que se anuncia en los medios a bombo y platillo “en tiempo real” o la que pone en tensión a las multitudes en la calle.

Y a ver quién les dice todo eso teniendo en cuenta que una de las grandes debilidades de nuestra democracia es la tradición de abordar las elecciones generales con el dramatismo de un comienzo absoluto, ya que el primer presidente elegido en las urnas tras la Transición dimitió cuando casi sonaban los disparos de un intento de golpe de Estado, el segundo terminó su mandato acusado de ser la “X” incógnita de una trama parapolicial, y el tercero y el cuarto tuvieron que escuchar gritos de “¡asesino!” mientras dejaban el Gobierno y aún humeaban las cenizas de sendos atentados terroristas. Porque si nadie les dice que la democracia ya está en pie (aunque nunca puede darse por acabada) y que de lo que se trata es de no destruirla, de no dilapidar esa herencia política a la cual deben ellos su libertad, si no se consigue transmitir esa experiencia que sus protagonistas ocultaron tras un cuento autocomplaciente, seguirán empeñados en construir “un nuevo régimen” y será imposible sacar el debate del pozo de la ficción en el que se halla sumido, y en el cual las quimeras de la soberanía garantizan la soberanía de las quimeras en el discurso político.

José Luis Pardo es filósofo.

¡La transición ha resucitado!

 

LA VANGUARDIA – SÁBADO, 7 JUNIO 2014

Gregorio Morán

La transición se tejió con tres mimbres: el secreto, la improvisación y el fingimiento. Como música de fondo, el miedo. Hicieron lo que quisieron porque era tanta nuestra inexperiencia política después de tantos años de franquismo que hasta los partidos políticos, que estaban para eso, no tenían ni idea, aunque fingieran tenerla. Sólo los jefes estaban en el secreto.

Salió bien la transición. Mejor para unos que para otros, todo hay que decirlo, y como fue breve y cargada de ansiedad apenas dio tiempo para forrarse a unos pocos. De la muerte de Franco (noviembre de 1975) a la abrumadora victoria del PSOE (octubre de 1982). Lo que vino luego fue una España sin oposición, fuera de la que representaba gente como doña Montserrat Puigbó, entonces en la Alianza Popular de Fraga Iribarne y candidata número 12 en su lista por Terrassa; ahora convertida en ferviente independentista, hasta el punto de agredir de palabra y obra al líder socialista Pere Navarro. (Permítanme una pincelada de color local).

Alguno de esos talentos estratégicos que se prodigan ha debido evocar aquella ajada transición para promover una chapuza que de momento abrió la caja de los truenos. Los mismos mimbres de entonces: secreto, improvisación y fingimiento. ¿Por qué tiene que ser la abdicación de un rey un acto que debe cocinarse clandestinamente hasta su aparición televisiva? Cuando hay secreto es que existe algo que ocultar. Y una diferencia con el periodo de la transición, aquella, es que la gente ni es tan idiota como éramos entonces ni está tan acojonada por las consecuencias. Porque lo único que les angustia es la ruina a que les han llevado los gobiernos democráticamente elegidos y descaradamente respaldados. (Los comentaristas siempre señalan la contradicción entre un pueblo tan avezado en política como el italiano, que votaba a Berlusconi, pero nadie que yo sepa se ha preguntado cómo en la zona más corrupta de España –que ya hay que esforzarse por encontrar alguna por encima de la media–, quiero decir Valencia ha vuelto a ganar trémulamente el Partido Popular).

Improvisación en todo. Los exégetas de la realidad según les pagan, sostienen que la abdicación lleva planteándosela el Rey desde enero. Falso. Por activa y por pasiva repitió que no iba a abandonar el trono, por otra parte sería el primer Borbón que lo hiciera, y eso marca una determinada concepción del uso del poder. Otros talmudistas del sistema sostienen que un grupo granado de abogados del Estado llevaba un mes preparando las consecuencias jurídicas de la abdicación. Una estupidez. Probablemente, de reunirse tal concentración de cerebros de Estado sería para jugar al golf, porque todo empezó a prepararse el fin de semana último, y hasta tal punto es cierto que aún es la hora que el príncipe Felipe desconoce el juramento que debe hacer el 19 de junio. Por razones obvias no puede repetir el de su padre a la muerte del Caudillo. Es un caso insólito según la jurisprudencia de Estado: primero se hace la abdicación y luego se crea la norma jurídica para justificarla y darle continuidad con rango de ley orgánica. Si Torcuato Fernández Miranda levantara la cabeza moriría de vergüenza profesional.

Tal como se nos quiere contar, su Majestad se despertó el fin de semana, llamó a sus consejeros y les anunció que dimitía. La escena se consumó el lunes, cuando el presidente del Gobierno anuncia que el Rey abdica y luego, como si fuera un remake del 23-F, nos pone en el brete de esperar hasta las 12 h, en este caso del mediodía, porque va a intervenir. No lo hace a las 12 h, y nos pasan a las 12.30 h, que tampoco, y por fin a las 13 h. ¡Cinco minutos de grabación!, que por cierto se hace después de que lo anuncie el presidente del Gobierno. Un tanto irregular la cosa, ¿no?

Y, por fin, el fingimiento. ¿Por qué ahora estas loas a la juventud y la savia nueva si ha tenido meses en los que podría haberlo hecho con tiempo, tranquilidad y en situación menos borrascosa? El último sondeo del siempre moderado y oficialista CIS le otorga al Rey una valoración ciudadana del 3,72 sobre 10, la más baja de su trayectoria. Pero además está el momento para la abdicación. No podía ser peor. Esperar a las elecciones europeas donde los dos partidos dinásticos –PP y PSOE– han sufrido el batacazo más descomunal y menos esperado por los medios que jaleaban una conjunción de peperos y socialistas. Ahora se entienden las palabras de Felipe González llamando a la gran coalición. El sí estaba en el secreto, Rubalcaba no; lo que vuelve a repetir en parodia un fenómeno fundamental de la vieja transición.  Cuantos menos lo sepan, mejor.

Tardamos varios años en conocer con alguna precisión quién y cómo presionaron a Adolfo Suárez para que dimitiera, y hasta de enterarnos de los entresijos de su grabación en la TVE, en la que “no explicaba” su dimisión pero dejaba miguitas en el bosque para que algún día pudiéramos seguirle la pista. Escribí de esto y con algún detalle en Adolfo Suárez. Ambición y destino (2009), no me voy a repetir. Ahora acabamos de inaugurar otra charada.

¿Cuántos meses o años necesitaremos para saber quién presionó al Rey de tal modo que le fue imposible mantener la ficción de que estaba como una flor y podía seguir en el trono hasta el último aliento? Nadie hace el esfuerzo de exhibición y de voluntad de las últimas semanas, sembradas de viajes agotadores, entrevistas, negocios, reuniones, como nunca había hecho con tal celo y tan aceleradamente, si no es para demostrar que se equivocan, que aún le queda cuerda para rato.

Pues no, hubo quien dijo “Majestad cada semana que pase será más difícil una abdicación y un traslado de poderes al príncipe Felipe. Estamos al borde del colapso y lo peor que podemos hacer quienes nos inventamos las mentiras es creérnoslas nosotros. La imagen de la institución se ha deteriorado de tal modo que o le damos un impulso, ahora que aún somos los partidos mayoritarios, o mañana puede ser demasiado tarde”.

Los listos del lugar llevan meses diciendo boberías sobre Cánovas y Sagasta. Todas esas historias están enterradas, no tienen nada que ver con lo que le está sucediendo a la monarquía; los tiempos son otros y la sociedad también. Si queda algo de aquello será un cierto halo a lo don Antonio Maura: intentar explicar a un monarca frívolo, como era Alfonso XIII, que  los días estaban contados y que el tiempo corría contra la institución.

Hay pocas épocas históricas tan despreciadas y criticadas hoy como la transición democrática y la Constitución de 1978. Han bastado los diez últimos años – ¡qué digo diez, basta con cinco!–, y sus secuelas de crisis, corrupción, desdén por la ciudadanía y sobre todo el brutal descubrimiento de que los partidos políticos eran instrumentos para la venalidad, que así hemos acabado. Perplejos ante un Felipe González anunciando el futuro, un líder cuya autoridad ética roza el suelo. ¿No ganan lo suficiente a nuestra costa para que necesiten aún más y se vuelvan asesores de grandes empresas? Ellos, que lo tendrían prohibido por dignidad, que no por ley, porque disfrutan de información privilegiada, la máxima que existe en un Estado: haber sido jefe de Gobierno y nombrar a los ministros de cada ramo.

Pues ahí lo tienen. Probablemente uno de los protagonistas de la movida que explicó al Rey en tono más que perentorio que esto era como un 23-F, pero al revés, y que había llegado la hora de retirarse. Lloró dos veces mientras leía un texto que a todas luces no le gustaba nada y hubo que repetir las tomas de TVE. ¿Pena o cabreo? Qué importa eso a la historia. A todos esos pamplinas que escriben las mismas tonterías desde hace 30 años, y que en algunos casos son los mismos o sus discípulos en la mayordomía, habría que animarles a que por una vez le echaran redaños y explicaran una verdad incontrovertible. El hijo del Rey lo tiene más difícil que lo tuvo su padre cuando se iniciaba la transición. Ya no domina el miedo, sino la indignación.

¡Todavía la Transición!

 

EL PAÍS – 20 JUL 2014

Santos Juliá

Fue un periodo caracterizado por la improvisación y la incertidumbre. La manipulación le hace culpable de todos los males del presente, con intención de cambiar el pasado: es el mejor camino para perder el futuro

1405595481_045088_1405785304_noticia_normalAl principio no fue la Transición sino un periodo o proceso de transición. Al principio quiere decir hace muchos años: de la búsqueda de una mediación que pusiera fin a la Guerra Civil estableciendo un “régimen de transición”, habló Manuel Azaña, presidente de la República, desde 1937; un “periodo de transición” reclamó para España en 1946 el que fuera presidente del Gobierno de la República, Francisco Largo Caballero, y, con idéntica expresión, José María Gil Robles e Indalecio Prieto firmaron en el exilio un acuerdo con el propósito de impulsar en 1948 la intervención de las potencias democráticas que pusiera fin a la dictadura. De un proceso de transición pacífica a la democracia no dejaron de hablar los comunistas desde 1956 y en lo mismo insistieron socialistas, liberales y democratacristianos en 1962. Y saltando en el tiempo, y para no hacer esta lista interminable, por un “periodo de transición” se manifestaron, entre prolongados aplausos del público puesto en pie, los participantes en el ciclo Las terceras vías celebrado en Barcelona en junio de 1975, meses antes de la muerte del dictador. Eran ellos Antón Cañellas, Josep Solé Barberá, Joan Reventós, Jordi Pujol, Josep Pallach y Ramón Trías, y es significativo que en su declaración final abogaran por “la transformación pacífica del sistema legal por medio de Cortes constituyentes elegidas por ciudadanos mayores de 18 años, mediante sufragio universal, secreto y directo”, poco más o menos lo que el Gobierno de Suárez propondrá un año después.

En 1975, todo el mundo que militaba en partidos o grupos ilegales y clandestinos, desde liberales a comunistas, estaba de acuerdo en que a la pregunta: “Después de Franco, qué”, formulada en 1961 por Dionisio Ridruejo en inglés, como título de un artículo para The Monthly, y por Santiago Carrillo en español como título de un libro publicado en Francia en 1966, la única respuesta posible era: después de Franco, un periodo, un proceso, una fase de transición. Transición se declinaba así como elemento del grupo preposicional predicativo de proceso o periodo: nadie hablaba de la Transición, sino de un periodo de transición. Y de lo que se discutía no era del final del proceso, en el que todos estaban de acuerdo: unas Cortes constituyentes; sino de los pasos a ellas conducentes: amnistía, libertades, autonomías…, y del sujeto encargado de dirigirlo: gobierno provisional, gobierno de concentración democrática o, simplemente, como había aprobado en diciembre de 1959 el VI Congreso del PCE, gobierno de transición.

Pero una vez culminado el periodo o proceso de la que ella era predicado, transición se convirtió en sujeto liberado de preposición y levantó el vuelo por su cuenta saltando enseguida de categoría: proceso de transición, que siempre se escribía en minúscula, pasó a ser Transición, con mayúscula, y de un periodo sin fechas fijas de principio ni de fin se convirtió en un acontecimiento del género que los historiadores franceses llaman matricial: un événement matriciel, como El domingo de Bouvines o la revolución bolchevique. Así, de un proceso que necesitaba ser explicado en cada uno de sus pasos, Transición mutó en acontecimiento matriz explicalotodo. Y todo quiere decir, mirando hacia atrás, cada etapa del proceso, como el “consenso”, que tras erigirse en una categoría metahistórica, explica la Transición sin necesidad de ser él mismo explicado; y mirando hacia adelante, lo ocurrido en la política, la economía y la sociedad desde que el proceso puede darse por terminado, ya sea en 1978, en 1982 o en 1986.

De manera que un proceso de transición como el español, caracterizado por la incertidumbre y la improvisación, por la violencia criminal y los obstáculos de que estuvo sembrado el recorrido, por la movilización obrera y ciudadana y los pactos, se nos ha convertido en un acontecimiento, la Transición, pieza sin fisuras, producto de un diseño elaborado por los poderes fácticos al que se atribuyen cualidades que definen su ser o esencia: Transición mito y mentira, Transición amnesia y borradura de memoria, Transición traición y así sucesivamente. Un acontecimiento que determina el futuro, tan atado y bien atado como lo pretendía el régimen al que sucedió. De hecho, las actuales prédicas sobre el agotamiento, la agonía, los estertores o el último suspiro de la Transición como régimen, parten del supuesto de que en aquel acontecimiento es donde hay que buscar la causa de todos los males del presente, del bipartidismo a las tensiones territoriales, de la corrupción al aumento de la desigualdad, de los salarios de miseria al éxodo de jóvenes en busca de trabajo. La culpa, ya se sabe: la Transición.

El pasado siempre se manipula según los intereses del presente: tal es, como recordaba Georges Duby, la función de la memoria. Y aquí, sin olvidar lo que esa manera de ver tiene de ceguera voluntaria dirigida a ocultar las responsabilidades de lo ocurrido desde 1982 a 2014, es claro que si en lugar de la Transición, volvemos al proceso de transición, nada de lo que se le atribuye data de aquel tiempo. La ley electoral, por ejemplo, con su mezcla de distritos provinciales a los que se asignan dos escaños y de reparto proporcional por el método D’Hont, no se ideó para crear un sistema bipartidista, sino para asegurar al partido más votado una mayoría suficiente de escaños sin necesidad de obtener la misma mayoría en votos. Lo que con aquella ley se pretendía era garantizar a UCD, con la izquierda partida en dos mitades, comunista y socialista, una posición dominante. Y lo mismo vale para ese sistema de partidos rígido y fuerte que también es moda atribuir hoy a la Transición, pero que por ningún lado aparece durante el proceso de transición. UCD se disolvió víctima de sus pulsiones suicidas, y el PCE, con sus reiteradas purgas, se fragmentó hasta alcanzar el nivel de la irrelevancia. Los únicos que se consolidaron, no sin problemas, fueron el PSOE y los nacionalistas catalanes y aun vascos, flanqueados por Alianza Popular con su famoso techo de cemento. ¿Dónde están los partidos rígidos, puras máquinas burocráticas, y dónde el bipartidismo durante el proceso de transición?

Algo parecido ocurre con la cuestión territorial. Hoy se atribuye a la Transición el embrollo autonómico en el que ha venido a desembocar lo que comenzó como demanda o exigencia de autonomías regionales. En realidad, y dejando aparte el hecho de que las primeras propuestas de autonomía para Cataluña presentadas en un Parlamento español —Cambó durante la Gran Guerra y a su fin— vinieron acompañadas de la reclamación del mismo derecho por y para otras regiones, lo que importa es que de la cuestión territorial se podrá decir cualquier cosa menos que quedó zanjada durante el proceso de transición. Uno de los problemas derivados de este proceso fue precisamente que la Constitución, en lugar de cumplir su papel como “acto de desconfianza” al modo definido por Constant, se excedió en la confianza otorgada a los políticos que habrían de administrarla, pues al no señalar límites nítidos entre las competencias del Estado y de las comunidades autónomas, permitió que todo quedara al albur de las clases políticas que habrían de consolidarse en las nuevas entidades políticas y administrativas. Si para algún caso vale aquello de que quien tiene autoridad para interpretar las leyes es el verdadero legislador y no quienes las escribieron o proclamaron, ese sería el del Estado español, configurado más por los Estatutos de autonomía y por la multitud de sentencias “interpretativas” de los sucesivos tribunales constitucionales que por la misma Constitución.

De la Transición como régimen se podrá hablar si lo que se pretende, manipulando el pasado, es deslegitimar o socavar el actual sistema político atribuyéndole un pecado de origen cuya culpa habría de pagar muriéndose y desapareciendo de escena: las reservas para empezar una y otra vez de cero son, entre españoles, inagotables. Pero si de lo que se trata es de someter a crítica las instituciones y las políticas desarrolladas durante los 30 años que median desde el fin del proceso hasta hoy, sería más fructífero abandonar las mayúsculas y explicar por qué, cómo y en qué han fallado esas políticas y esas instituciones. La Transición como acontecimiento no es más que una entelequia: atribuirle los males presentes con el propósito de cambiar el pasado es el mejor camino para perder el futuro.

 Santos Juliá es profesor emérito de la UNED.

 

La Transición, papá y mamá

El PAÍS SEMANAL – 14 ABR 2013

Javier Cercas

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De un tiempo a esta parte parece extenderse entre la izquierda de mi generación un discurso que, más o menos, vendría a decir lo siguiente: ¿quién tiene la culpa de la ínfima calidad de nuestra democracia? La Transición. ¿Por qué nuestra democracia amenaza con convertirse en una partitocracia? Por la Transición. ¿A qué se debe el pésimo funcionamiento de nuestra justicia? También a la Transición. ¿Cuál es el origen de la crisis económica? Cuál va a ser: la Transición. ¿Y de la llamada crisis moral? La Transición también. ¿Y del llamado problema catalán? La Transición, la Transición, la Transición. De todo tiene la culpa la Transición; o sea: de todo tienen la culpa papá y mamá, que fueron los que hicieron la Transición.

¿Cuántos años hace de la Transición? Una eternidad. ¿Y en todo este tiempo qué hemos hecho nosotros? ¿Mejorar la precaria democracia que alumbró la Transición hasta convertirla en una democracia saludable, o tumbarnos a la bartola y dejar que aquella democracia se pudriese? ¿De verdad no hemos tenido tiempo en estos 30 años de hacer bien lo que entonces se hizo mal? ¿De verdad no somos responsables de nuestras desgracias y podemos seguir achacándoselas a papá y mamá? La Transición no fue perfecta; eso solo lo piensa esa derecha que intenta monopolizar la Transición y esa izquierda que ignora que la Transición también (o sobre todo) la hizo la izquierda. No: la Transición fue una chapuza; pero hay que ser un descerebrado para no estar a favor de esa chapuza. No me canso de repetir una observación de Miguel Ángel Aguilar: es raro que nuestra generación se sienta más orgullosa de sus abuelos, que dirimieron sus diferencias con una guerra, que de sus padres, que dirimieron sus diferencias sin ella. Raro no: rarísimo, porque es mil veces preferible el peor apaño que 600.000 muertos. Sobre todo si el apaño crea una democracia. ¿Una democracia mediocre? Claro, ¿cómo iba a ser, después de 40 años de dictadura? Pero la cuestión no es si esa democracia era mediocre o no, sino qué hemos hecho nosotros con ella. Pongo un ejemplo que tampoco me canso de poner. Al principio de la Transición apenas existían partidos políticos, de forma que una de las primeras preocupaciones de los founding fathers fue crear unos partidos fuertes; era indispensable: los partidos son el único cauce verosímil de las preocupaciones y aspiraciones de la gente, así que no hay democracia real sin ellos. El problema fue que mientras la democracia se asentaba, los partidos se desbordaron e, incapaces de frenarse a sí mismos, empezaron a inundarlo todo, desde el poder económico hasta el poder judicial, convirtiéndose además en focos permanentes de corrupción y en una especie de clubes antidemocráticos y dominados por sus cúpulas. Así que lo que en los años setenta fue una buena solución se ha convertido con el tiempo en un problema, quizá en nuestro principal problema. Pero ese problema no lo creó la Transición; lo hemos creado nosotros.

El peor enemigo de la izquierda no es la derecha, sino la irresponsabilidad de la izquierda; es decir: el kitsch de izquierdas. ¿Hay una infantilización general de la izquierda? No lo sé, aunque eso explicaría cosas como el entusiasmo despertado por aquella dirigente treintañera de las juventudes socialistas que, en una reunión de socialistas celebrada en Cascais, les recriminó a sus mayores que quisieran “remover la revolución desde un hotel de cinco estrellas”. Dios santo, ¿no se había enterado esa chica de que ya no se toma el poder con la revolución, sino con las urnas? ¿Tampoco de que es difícil que un hotel de tres estrellas sea capaz de acoger un evento como ese, y de que, según y cómo, uno de cinco puede resultar incluso más barato? ¿Ni siquiera se ha enterado de que uno ya no es joven a los 30 años? ¿No podría exigirle a su propio partido los cambios que todos sabemos que necesita en vez de adornarse con la demagogia autosatisfecha de sus discursos? No, colegas: la culpa de este desastre no la tienen papá y mamá; la tenemos nosotros.

La carga del pasado

EL PAÍS – 12 OCT 2014 José Álvarez Junco La Transición demostró que el cambio era posible y que los dirigentes actuaron de manera sensata. Pero no hay milagros: muchos problemas heredados quedaron en pie. Desligarse de ellos exige un gran esfuerzo

1412622504_618927_1413041771_noticia_normalHace solo veinte, o incluso diez, años, España parecía haber superado muchos de los problemas que habían mantenido al país hundido en un atraso secular. Un atraso relativo, solo comparado con Inglaterra, Francia o Alemania, pero vivido como muy humillante por nuestros bisabuelos, que creían en pueblos o razas superiores e inferiores y no podían admitir compararse con Polonia, Turquía o Marruecos. Mirándose en el espejo de la Europa avanzada, las generaciones del 98 o del 14 se angustiaron y desesperaron ante lo que percibieron como país pobre, dividido entre unos pocos latifundistas con ínfulas nobiliarias y unos millones de braceros toscos e ignorantes; con unos períodos de efervescencia política seguidos por otros en que reinaba el orden gracias a la fuerza, el caciquismo y el falseamiento del sufragio; sometido a una influencia clerical desmesurada incluso para el mundo católico y a un intervencionismo militar que se traducía en constantes pronunciamientos y dictaduras; y enfrentado con el nuevo desafío catalán y vasco.

Ese inestable cóctel llevó, tras muchos zig-zags, al baño de sangre de 1936-39. Pero pareció superado al terminar el largo período franquista, con una Transición relativamente fácil. No seré yo quien reniegue de la Transición. Pero sí del clima triunfalista que generó. De repente, pareció que todo iba bien: habíamos resuelto nuestros problemas —salvo el territorial—: ni éramos pobres ni dominaban ya militares, curas y latifundistas. Sacábamos pecho. Éramos un país europeo, “normal”. Hablábamos del “milagro español”. Celebrábamos con toda pompa los fastos del 92. Nuestros ferrocarriles y carreteras deslumbraban ahora a los europeos, que hacía nada de tiempo estaban a años luz de nosotros —era en parte gracias al dinero europeo, pero eso mejor olvidarlo—. Nuestra renta per cápita iba a superar a la italiana, luego a la británica, y era cuestión de tiempo alcanzar a franceses y alemanes. En cuanto a nuestra democracia, quién podía ponerle un pero. Qué importaba que en Inglaterra o Estados Unidos hubiera tardado siglos en formarse y la nuestra fuera de ayer y poco menos que caída del cielo.

Pero no hay milagros. La Transición, con todas sus virtudes, se hizo sin cumplir un requisito que hubiera preocupado a un Giner de los Ríos: la preparación pedagógica indispensable para cualquier avance político. Es verdad que en el mundo clandestino del antifranquismo se había ido creando una cierta cultura democrática, pero estaba cargada de rasgos jacobinos o inquisitoriales; no se interiorizaron los valores de libertad, de respeto al otro, de convivencia con el disidente. Faltó ese saber ser libres que no se establece por decreto, como se establecen las convocatorias electorales, sino que se aprende con tiempo, esfuerzo y duros golpes al dictador que todos llevamos dentro.

Una función pedagógico-política de este tipo podía haber cumplido la malhadada Educación para la Ciudadanía, pero esta se enfocó por otros derroteros, más sofisticados, más provocadores frente a la moral católica tradicional, menos centrados en lo que aquí necesitamos: aprender a debatir, a escuchar al discrepante, a practicar la libertad de manera responsable; es decir, a hacer exactamente lo contrario de lo que hacen los tertulianos o los reality shows televisados. Mi generación no pudo leer a Giner de los Ríos o a John Stuart Mill. Para las siguientes, se decidió que no hacía falta (y ahora el Gobierno suprime, sin más, la educación cívica). Y eso se paga.

El pesimismo es lo que menos necesitamos ahora. Construyamos sobre los datos positivos

Una democracia que no se asienta sobre una ciudadanía educada y consciente de sus derechos es necesariamente de mala calidad. Porque el ciudadano sin formación política tiende a cometer errores de bulto. Uno de los primeros es caer en el populismo, que consiste en aceptar la ingenua idea de que el pueblo es bueno y que todo iría bien si se hiciera lo que él quiere o intuye; los culpables de nuestros males son los dirigentes, “los políticos”. Lo cual elimina la responsabilidad de la ciudadanía, pese a ser ella quien ha generado y ha elegido a estos. Y conduce a un segundo error: poner desmesuradas esperanzas en un líder o un partido, sentarse a esperar redentores, políticos fuertes y honestos que, sin esfuerzo por nuestra parte, nos resolverán los problemas. Lo cual provoca enseguida el desencanto. El elector defraudado gira entonces al otro extremo y empieza a denigrar al que ayer veneraba. Ortega lo escribió: hay que “desterrar, podar del alma colectiva, la esperanza en el genio, que viene a ser una manifestación del espíritu de la lotería. (…) Prefiero para mi patria la labor de cien hombres de mediano talento, pero honrados y tenaces, que la aparición de ese genio, de ese Napoleón que esperamos”.

¿Cómo pudimos creer que, en un abrir y cerrar de ojos, habíamos superado un pasado tan duro, que toda nuestra herencia cultural había desaparecido por arte de magia? El ser humano se comporta según le enseña el entorno en que crece. Lo cual de ningún modo significa que estemos sometidos a un destino fatal, que el pasado sea una losa imposible de levantar. Sobran los ejemplos de cambios; el cambio existe, es incluso inevitable en la historia; pero las herencias y las continuidades, también.

Que el cambio era posible se demostró durante la Transición. Un exfalangista, joven, listo y ambicioso, comprendió que era inevitable desmantelar el régimen y lo hizo en relativamente poco tiempo. Un rey, joven también y menos corto de lo que creíamos, entendió que las circunstancias no le permitían comportarse como su abuelo. Los dirigentes de la oposición renunciaron a los maximalismos revolucionarios a cambio de un sistema democrático parlamentario. Los dirigentes actuaron, pues, de manera sensata. Pero muchos problemas heredados quedaron en pie.

Sentarse a esperar redentores que nos resuelvan las dificultades conduce al desencanto

Dejando de lado los aspectos económicos, que no son mi campo, y ciñéndome a lo institucional y cultural, no era lógico pensar que unos funcionarios, jueces, militares o policías que habían aprendido a desempeñar sus tareas en un régimen de sumisión, halago al jefe y cultivo de clientelas, iban a convertirse en impecables servidores de la ley y el bien público sin necesidad de ningún tipo de reciclaje. Ni que unos ciudadanos que habían obedecido durante siglos por puro miedo al castigo, una vez suavizado este y sin aprendizaje alguno iban a interiorizar y cumplir las normas de convivencia. Ni que los propios políticos que condujeron la Transición iban a dejar de aprovechar el entorno y los reflejos heredados para recaer en el clientelismo y el autoritarismo. Ni que un país con tan pobre tradición científica iba a empezar a tener, sin un enorme esfuerzo de inversión y nuevos métodos de enseñanza y de selección del personal, tantos premios Nobel de Física o Medicina como otros donde se había cultivado la ciencia durante siglos. Ni que profesores para quienes una clase consistía en recitar un monólogo ante un grupo de oyentes pasivos, que debían repetirlo luego memorizado en un examen, iban de repente a saber incentivar la lectura, fomentar la participación de sus estudiantes y debatir y pensar juntos. Ni que una ciudadanía acostumbrada a escabullirse de la hacienda pública, y a admirar a los defraudadores, iba a pagar honradamente sus impuestos. Ni que quienes habían crecido al amparo de caciques no iban a votar, ahora que podían votar, a alcaldes corruptos pero que traían dinero al pueblo.

No estoy recetando un retorno a la literatura del “Desastre” y al “problema de España”, a la autoflagelación y al ensayismo fácil sobre caracteres colectivos de raíz metafísica. Una dosis de pesimismo es lo que menos necesitamos ahora. En la España actual hay datos positivos, como el que nadie cuestione la legitimidad de la democracia; o que no haya una extrema derecha populista, al contrario que en nuestra siempre envidiada Francia; o el carácter pacífico del proceso catalán —por ambas partes; y pese a las pasiones que levanta—; o la insólita transformación de nuestras fuerzas armadas. Construyamos sobre esos datos.

No hay que ser fatalistas, pero tampoco ingenuos. Evitemos la ilusión milagrera. Las ataduras del pasado son superables, pero para desligarse de ellas hay que reconocer su existencia y realizar un gran esfuerzo.

José Álvarez Junco es historiador. Su último libro es Las historias de España (Pons / Crítica).  

Las deformaciones de la memoria

EL PAIS – 7 DIC 2014

José Álvarez Junco

La Guerra de la Independencia española y la ocupación alemana de Francia son conflictos complejos simplificados por interés patriótico. Para entender el pasado nada hay más distorsionador que el nacionalismo

 

1417620379_683896_1417886877_noticia_normalEste 2014 ha sido un año de centenarios: el del inicio de la Gran Guerra europea, por ejemplo, o el del final de la de Sucesión española. Más inadvertido ha pasado, sin embargo, la conmemoración de 1814, fecha en la que terminó la guerra napoleónica en España y volvió el Deseado Fernando VII, quien dio su golpe de Estado contra el régimen constitucional, encarcelando o enviando al exilio a sus padres fundadores.

Aquella guerra que finalizó hace 200 años fue un acontecimiento de extraordinaria complejidad. Se combinaron en ella, como mínimo, un enfrentamiento internacional (entre Francia e Inglaterra, las dos grandes potencias imperiales del momento; suyos fueron los dos Ejércitos que libraron las principales batallas en la Península) y una guerra civil (pues hubo españoles en los dos bandos). Pero tuvo mucho también de reacción xenófoba, antifrancesa, que conectaba con la francofobia heredada de la Monarquía de los Austrias y, específicamente, de las resistencias al reformismo ilustrado del siglo anterior; de pugna partidista entre godoístas y fernandinos (protagonistas, estos últimos, de muchas de las sublevaciones que se presentaron como “antifrancesas” a finales de mayo de 1808); de cruzada antirrevolucionaria, que reactivaba las prédicas de la guerra de 1793-1795 contra nuestros ateos y regicidas vecinos; de explosión localista, plasmada en las diversas juntas rebeldes (cuya unificación en una Central y Suprema no fue nada fácil); de protesta social popular (contra los godoístas, que solían coincidir los “afrancesados” y, no por casualidad, con los potentados del lugar), etcétera.

Tan difícil fue entender políticamente aquel conflicto que tardó años en ser bautizado: tras recibir nombres como la Revolución española o la Guerra del Francés, acabó siendo simplificado en términos nacionales: había sido una Guerra de Independencia de todos los españoles —salvo los inevitables traidores; hasta en las mejores familias hay degenerados— contra un intento de absorción imperial por parte de Napoleón. Siguiendo este guión se convertiría, durante el resto del XIX, en piedra angular de la mitología nacionalista. Año tras año, el Dos de Mayo sería conmemorado en términos patrióticos, principalmente en Madrid; se erigirían monumentos a los fusilados en esas fechas; Galdós dedicaría a aquella guerra la primera serie de sus Episodios nacionales; y Bernardo López García escribiría el poema patriótico de mayor éxito, que comenzaba con el lastimero “Oigo, patria, tu aflicción”. En definitiva, era un buen comienzo para el siglo del nacionalismo —un siglo que, en el caso español, parecía ofrecer tan pocas cosas de las que enorgullecerse—: un levantamiento unánime, protagonizado por un pueblo inerme, abandonado por sus élites dirigentes, que pese a todo había derrotado al mejor Ejército del mundo; proeza que reforzaba la leyenda escolar de la raza invencible en milenaria pugna por afirmar su identidad frente a intentos de dominio extranjero.

Para defender aquella versión había que olvidar que el general en jefe de los Ejércitos supuestamente “españoles” se había llamado sir Arthur Wellesley, duque de Wellington; que en las filas “francesas” habían luchado no solo regimientos y mariscales de Napoleón (con tropas polacas o italianas), sino también soldados y generales españoles; que las élites intelectuales, eclesiásticas, burocráticas y militares del país se habían alineado mayoritariamente con José Bonaparte; y que la guerra había estado virtualmente ganada por los josefinos durante tres años, entre principios de 1809 y finales de 1811, hasta que Napoleón se llevó a más de la mitad de sus tropas a la desastrosa campaña rusa; solo entonces se atrevió el cauteloso Wellington a salir de Portugal; y fue él, y no los generales españoles, quien ganó batallas a los franceses. En la primavera de 1810, cuando Cádiz y Palma de Mallorca eran las únicas ciudades rebeldes al rey José, este hizo un periplo por Andalucía en el que fue recibido de manera entusiasta en numerosas poblaciones. Ningún monumento, ni libro subvencionado por instituciones nacionales ni regionales, recuerda aquel viaje.

Para explicar la complejidad de este conflicto sin herir susceptibilidades patrióticas, se me ocurre compararlo con un período paralelo de la historia francesa: los años 1940-1944, pasados bajo ocupación alemana; algo que seguramente agradará a los españolistas (así como el chauvinista galo estará probablemente encantado de lo que lleva leyendo en este artículo hasta el momento). Un siglo y cuarto después de Napoleón, también Francia fue ocupada por los Ejércitos de su vecino del noreste y se desarrolló un trágico enfrentamiento que la historia hoy dominante presenta como de resistencia unánime contra el invasor alemán. El régimen de Vichy, según esta versión, habría consistido en un puñado marginal de traidores, mero producto de la imposición extranjera y desprovisto de toda legitimidad. Quien encarnó la Francia eterna fue la Résistence, acaudillada por De Gaulle desde el otro lado del Canal. Y de ahí que nuestros vecinos galos se crean con perfecto derecho a figurar entre los vencedores de la Segunda Guerra Mundial.

Lamentablemente para esta versión tan autocomplaciente, también en este caso se produjo una colaboración con los ocupantes mucho más generalizada de lo que se nos quiere hacer creer; que el gobierno de Vichy no fue solo una marioneta (que lo fue), sino que sintonizaba con una parte importante de la población francesa; que la conservadora visión del mundo del mariscal Pétain, tan ajena a la tradición revolucionaria, coincidía con lo que sentían muchos franceses, sobre todo provincianos de clases medias. Para Pétain, el eximio patriota, el héroe de Verdún, la colectividad debía primar sobre los individuos; Francia era un país católico; protestantes, extranjeros y judíos no eran gente de fiar; era preciso eliminar el capitalismo liberal, una “importación extranjera”; y el país debería reorganizarse, no sobre la base del individualismo inorgánico propio de la “seudo-democracia plutocrática”, sino a partir de sus “comunidades naturales” (familia, profesión, región), únicos principios sólidos para una sociedad ordenada y estable.

Con Pétain colaboraron, aparte de la miríada de oportunistas que aparecen en estas ocasiones, las organizaciones de excombatientes de 1914-1918 y buena parte de los altos cuerpos de la Administración, la Iglesia, los patronos, los grandes industriales, la banca y muchos artistas e intelectuales; en general, clases sociales acomodadas, dominadas por el antibolchevismo, la obsesión por mantener el imperio colonial y el temor a los cambios sociales propios de la modernidad que Francia llevaba décadas experimentando. Hubo cientos de miles de franceses, de todas las procedencias y clases sociales, que no solo denunciaron a judíos sino que prestaron apoyo político explícito a los alemanes, hicieron propaganda a favor de la colaboración e incluso se enrolaron con el uniforme del ocupante.

La principal diferencia entre estos dos fenómenos de ocupación y colaboración es que Vichy está más próximo en el tiempo. Quizás por eso, o porque en nuestra época los mitos nacionalistas van siendo más difíciles de vender, en Francia ha habido gestos que apuntan hacia la revisión de esta versión patriótica de aquellos hechos. Incluso Chirac, presidente de la República, reconoció la participación francesa en redadas antijudías y pidió perdón por ello. En España, aparte de algunos libros académicos de gran calidad, a nadie se le ha ocurrido todavía reivindicar a los “afrancesados” ni denunciar las crueldades de la guerrilla.

La España de 1808-1814 y la Francia de 1940-1944 no son, desde luego, casos únicos. No hace falta traer a colación la distorsión que el nacionalismo catalán ha hecho de la Guerra de Sucesión española. Algo similar ocurre en relación con la actuación de tantos países europeos en la Segunda Guerra Mundial. Especialmente en el este de Europa, donde las sociedades se dividieron y muchos colaboraron con el nazismo y/o con el estalinismo, hoy no se encuentran más rastros públicos de aquel complicado período que los museos o las lápidas en que cada país se autorretrata como víctima inocente de la barbarie extranjera.

Puede que la autoestima colectiva exija elaborar versiones del pasado en las que se contraste la maldad extranjera con la nobleza propia. Pero para comprender adecuadamente el pasado no hay prisma más distorsionador que el nacionalismo.

Españoles en Gurs

Miguel Martorell, profesor de Historia Contemporánea de España en la UNED
EL PAÍS, 22 AGO 2014

No hay mucha gente que sepa lo que ocurrió en esta zona del sur de Francia. Y, sin embargo, el campo de concentración que se instaló allí resume uno de los momentos más trágicos de la historia del viejo siglo XX

1408124899_136501_1408635072_noticia_normalLo primero que llama la atención al llegar es la altura de los árboles y la frondosidad del bosque. No porque los árboles sean más altos que otros de la vecindad, ni porque el bosque sea más tupido que otros muchos que pueblan el Bearn, frescos en verano, gélidos en invierno. Lo que ocurre es que uno no esperaba encontrar allí un bosque. Ni mucho menos que, tras comprender que solo puede tener unas décadas, fuera tan compacto, tan oscuro y silvestre. Sorprende el empuje de la naturaleza, parejo al de aquellas películas de ciencia ficción donde la Estatua de la Libertad figura en medio de la selva o mecida por las olas. Solo que en esta ocasión los árboles no esconden un símbolo de la libertad, sino todo lo contrario: bajo sus raíces hubo no hace tanto un campo de concentración.

Fue desmantelado a finales de 1945. Sus desechos se vendieron como chatarra, los restos se incendiaron. Sobre su emplazamiento, en 1950, se plantó el bosque. Y frente al bosque solo quedó un cementerio con más de mil muertos: no se atrevieron a arrasarlo. Es fácil comprender que quisieran borrarlo del mapa: nadie desea vivir junto a un símbolo de la ignominia. Al fin y al cabo, Gurs es un hermoso pueblecito de la Navarra francesa. El camino hacia el campo está festoneado de coquetas casas residenciales, palacetes a la parisina construidos para veraneantes al comenzar el siglo pasado o típicas viviendas de estilo local, con sus enormes tejados. Ciertamente, desentonaba con el encanto del pueblo.

El campo de Gurs es uno de los varios espacios en los que Francia refrenó la avalancha de republicanos españoles que atravesó los Pirineos huyendo de las tropas de Franco al acabar la Guerra Civil, en el invierno de 1939: cerca de medio millón cruzaron la frontera tras la caída de Cataluña. No quiso el Gobierno republicano francés que sus correligionarios españoles se extendieran por todo el país y estableció en el sur varios centros de internamiento: Argèles-sur-mer, Rivesaltes, Barcarès, Septfonds, Gurs… Algunos apenas albergaban construcciones, como la playa de Argèles, cerca de Colliure, donde una cerca delimitaba el espacio en el que a la intemperie se hacinaron 100.000 españoles en un invierno tan frío como no se recordaba en años, con varios centímetros de nieve sobre la arena mediterránea.

Gurs se construyó entre marzo y abril de 1939 para aliviar la sobrepoblación de la playa de Argèles. Fue el mayor de los “campos de internamiento administrativo” —como eufemísticamente los denominaba la jerga burocrática francesa— destinados a contener a los españoles. Cercado por una doble red de alambre de espino, medía casi dos kilómetros de largo y estaba dividido en 13 islotes, cada uno de ellos con 25 barracones de madera: todos iguales, de 6 metros por 30, alojaban a 60 presos cada uno. No había en los barracones ningún equipamiento: ni camas, ni estanterías; los presos dormían en el suelo. Cada islote tenía cocinas y letrinas comunes. El suelo era de tierra y con la lluvia, siempre copiosa, se transformaba en un pantano: “En cuanto salíamos del barracón, nos hundíamos en un suelo esponjoso hasta los tobillos”, recordaba un superviviente. Gurs podía retener a unas 20.000 personas: era el núcleo más poblado de la región tras Pau y Bayona. Por él pasaron más de 25.000 españoles y brigadistas internacionales que lucharon en España. Cerca de una treintena perdieron allí la vida y hoy reposan en su cementerio.

Los españoles, empero, constituyen solo una pequeña parte de los habitantes del cementerio de Gurs. La mayoría son judíos. Y ello es así porque el campo tuvo en sus seis años de vida una intrincada historia. La mayoría de los españoles fueron expulsados entre finales de 1939 y principios de 1940. A muchos los repatriaron: el Gobierno francés los entregó en mano a la maquinaria represiva franquista. Otros, sin alternativas, regresaron por su cuenta y afrontaron una suerte parecida. Algunos fueron reclutados —más o menos voluntariamente— para los batallones de trabajo que construían trincheras en el frente, a la espera de la invasión alemana, o en el Ejército francés. Solo unos pocos tuvieron la fortuna de permanecer en el sur de Francia, de encontrar allí un trabajo o una familia que les brindaran la oportunidad de empezar una nueva vida.

Entre agosto de 1939 y la primavera de 1940 los franceses confinaron en Gurs a ciudadanos alemanes. Fueron los meses de la drôle de guerre, o guerra de broma. Mientras los nazis estuvieron ocupados en el frente del este no hubo operaciones bélicas en Europa occidental, pero la contienda ya había comenzado y Francia recluyó en campos a los alemanes residentes en el país. Una terrible paradoja, pues la mayoría eran refugiados políticos o judíos huidos del Tercer Reich. Hannah Arendt, por ejemplo, pasó por Gurs aunque logró abandonarlo en julio. Cuando finalmente llegaron los nazis se encontraron que los franceses habían hecho el trabajo sucio de recluir a sus opositores. Como observó Arendt con ironía, los disidentes alemanes fueron ingresados “por sus amigos en campos de internamiento y por sus enemigos en campos de concentración”.

Tras la ocupación alemana y la creación del régimen títere de Vichy, entró la tercera oleada de cautivos. Los nazis y sus aliados franceses llenaron el campo con quienes reputaban como indeseables: disidentes políticos, gitanos y judíos. Judíos franceses detenidos por las autoridades de Vichy, judíos alemanes trasladados desde Baden, Renania y el Sarre: llegaron, en total, unos 18.000 judíos. Más de mil murieron debido a la desnutrición y al frío, implacable en el crudo invierno del Bearn. No corrieron mejor suerte los supervivientes. Gurs fue la “antesala de Auschwitz”, escribió hace unos años Jorge Semprún, pues allí fueron deportados los internos judíos entre 1942 y 1943. No era un campo de exterminio, no tenía cámara de gas. Pero sí fue una escala en el camino hacia las cámaras de gas.

Expulsados los judíos, Gurs languideció hasta la liberación del sur de Francia, en agosto de 1944, cuando las nuevas autoridades encerraron allí a prisioneros alemanes y colaboracionistas franceses. La última tanda de reclusos la integraron… republicanos españoles. Esta vez fueron cerca de 1.500 guerrilleros que desde la frontera francesa hostigaban a la España franquista. Habían perdido dos guerras, la española y la mundial, y la Francia recién liberada no sabía qué hacer con ellos. Fueron puestos en libertad en pocos meses y en diciembre de 1945 el Gobierno francés clausuró el campo. De este modo se cerró el círculo: presos españoles estrenaron Gurs; presos españoles fueron los últimos en abandonarlo. Luego vinieron el bosque y el olvido.

No hay mucha gente en España que sepa dónde está Gurs ni qué ocurrió allí o en otros campos del sur de Francia como Septfonds, Barcarès o Argelès. O en Mauthausen, el campo de concentración nazi donde murieron más de 8.000 españoles. Son nombres chocantes, de extraña resonancia. Parecen ajenos y sin embargo constituyen una pieza esencial de nuestra historia. A principios de este siglo Jorge Semprún escribió su única obra de teatro: la tituló Gurs, una tragedia europea. Superviviente del campo de concentración nazi de Buchenwald, Semprún sabía que en aquellos años la historia de España y la de Europa formaban una sola y que Gurs testimoniaba dicho vínculo, como también atestiguaba la barbarie que asoló el continente en las décadas centrales del pasado siglo, desde Algeciras hasta los Urales.

Así lo refleja su cementerio, sito frente a un bosque oscuro y húmedo, plantado para borrar el recuerdo de todo aquello. Un cementerio donde más de mil hombres y mujeres hallaron la paz que les fue negada en vida. Paseando entre sus lápidas se pueden ver apellidos tan diferentes como Klein, Durlacher, Gómez, Kauffmann u Orzolkowski. Nombres de gentes venidas al mundo en lugares tan distantes, y allí tan cercanos, como Karlsruhe, Odessa, Rotterdam, Torredonjimeno…

 

¿Por qué han ma­ta­do a Jean Jau­rès?

EL PAÍS 31/07/2014

 JUAN CLAU­DIO DE RA­MÓN

 

Fren­te a la ten­ta­ción sec­ta­ria y ma­xi­ma­lis­ta que lle­va al an­ta­go­nis­mo, el uni­fi­ca­dor del so­cia­lis­mo fran­cés, ase­si­na­do hoy ha­ce 100 años, mos­tró la vía de una iz­quier­da ilus­tra­da, re­for­ma­do­ra y res­pon­sa­ble

 

1404503403_739152_1406731649_noticia_normal[1]La tar­de en que lo ma­ta­ron, Jean Jau­rès pen­sa­ba que la gue­rra po­día evi­tar­se. Lo dis­cu­tía con sus co­le­gas, mien­tras ce­na­ba en el Ca­fé de Crois­sant, cuan­do un ca­ñón de re­vol­ver se­pa­ró los vi­si­llos de la ven­ta­na y des­ce­rra­jó dos ba­las en su ca­be­za. De eso hoy se cum­plen 100 años. Ha­bía trans­cu­rri­do un mes des­de el cri­men de Sa­ra­je­vo y Eu­ro­pa en­te­ra ro­da­ba ha­cia el pre­ci­pi­cio. Con la opor­tu­na do­sis de ci­nis­mo que se pre­ci­sa en oca­sio­nes pa­ra ab­sol­ver­se an­te la pro­pia con­cien­cia, sus cla­ses rec­to­ras pen­sa­ban que la gue­rra, inevi­ta­ble ya, ne­ce­sa­ria in­clu­so, se­ría cul­pa de otros. Pe­ro Jau­rès, dis­pues­to has­ta el úl­ti­mo mi­nu­to a pre­ve­nir la de­ba­cle, te­nía dos ba­zas que ju­gar to­da­vía: la uni­dad del mo­vi­mien­to obre­ro eu­ro­peo y el pres­ti­gio de su pro­pia fi­gu­ra.

El gran pa­ci­fis­ta, el ora­dor in­su­pe­ra­ble, el uni­fi­ca­dor del so­cia­lis­mo fran­cés, ha­bía de­nun­cia­do du­ran­te años, sin en­cu­brir la ra­pi­ña fran­ce­sa en Áfri­ca, la glo­to­ne­ría im­pe­ria­lis­ta de las po­ten­cias eu­ro­peas. Se ha­bía opues­to —sin éxi­to— a la am­plia­ción del ser­vi­cio mi­li­tar a tres años, adop­ta­da por el Go­bierno fran­cés pa­ra emu­lar al ale­mán. (Pa­ra la en­ca­bri­ta­da pren­sa na­cio­na­lis­ta ya siem­pre se­ría Herr Jau­rès). Tam­po­co ha­bía lo­gra­do de los de­más lí­de­res del mo­vi­mien­to so­cia­lis­ta el com­pro­mi­so ex­plí­ci­to de con­vo­car la huel­ga ge­ne­ral de los obre­ros eu­ro­peos en ca­so de gue­rra. Con­ta­ba con po­der acor­dar una es­tra­te­gia con­jun­ta el 9 de agos­to, fe­cha pre­vis­ta pa­ra una gran reunión de la II In­ter­na­cio­nal en Pa­rís. Po­día ser tar­de. El Zar ha­bía fir­ma­do el de­cre­to de mo­vi­li­za­ción ge­ne­ral. Se pre­ci­sa­ba un gol­pe de efec­to y Jau­rès te­nía a su dis­po­si­ción la tri­bu­na de L’Hu­ma­ni­té, el dia­rio que él mis­mo ha­bía fun­da­do en 1904 pa­ra di­vul­gar el so­cia­lis­mo de­mo­crá­ti­co.

Aque­lla no­che iba a es­cri­bir un lar­go ar­tícu­lo que sa­cu­die­ra la opi­nión pú­bli­ca eu­ro­pea. No pu­do. La por­ta­da del día si­guien­te no tra­jo su fir­ma al pie de un nue­vo y mar­ti­llean­te J’ac­cu­se, sino la no­ti­cia de su muer­te a ma­nos de un tal Raoul Vi­llain, se­gui­dor de Ac­ción Fran­ce­sa, el par­ti­do na­cio­na­lis­ta de Char­les Mau­rràs. Di­jo el ver­du­go: “Si he co­me­ti­do es­te ac­to es por­que el se­ñor Jau­rès ha trai­cio­na­do a su país con su cam­pa­ña con­tra la ley de los tres años [de ser­vi­cio mi­li­tar]. Juz­go que hay que cas­ti­gar a los trai­do­res y que es po­si­ble en­tre­gar la pro­pia vi­da por esa cau­sa”.

No es pre­ci­so ser so­cia­lis­ta pa­ra llo­rar hoy la muer­te de Jau­rès, el ti­po de lí­der po­lí­ti­co que la his­to­ria aca­ba hon­ran­do con la ga­la de la uni­ver­sa­li­dad. Re­pu­bli­cano ra­di­cal, se con­vir­tió al so­cia­lis­mo al ca­lor de la huel­ga de los mi­ne­ros de Car­meaux. De Marx y de Blanc asu­mió la crí­ti­ca al ca­pi­ta­lis­mo y el com­pro­mi­so con la apro­pia­ción en co­mún de los gran­des me­dios de pro­duc­ción, pe­ro era de­ma­sia­do li­bre­pen­sa­dor pa­ra co­mul­gar con el au­to­ri­ta­ris­mo que per­mea­ba ya la or­to­do­xia so­cia­lis­ta. No de­bía ser la van­guar­dia es­cla­re­ci­da au­gu­ra­da por el ar­chir re­vo­lu­cio­na­rio Le­nin —en tan­tos as­pec­tos, con­tra­fi­gu­ra de Jau­rès— la que tra­je­ra el triun­fo so­cia­lis­ta, sino un man­da­to de­mo­crá­ti­co cla­ro y una tran­si­ción tran­qui­la.

An­ti­sec­ta­rio, po­co ami­go de la pu­re­za doc­tri­nal, su so­cia­lis­mo, del que gus­ta­ba teo­ri­zar en gran­des y abar­ca­do­ras sín­te­sis, era la con­se­cuen­cia úl­ti­ma de su hu­ma­nis­mo; una pa­sión que pri­vi­le­gia­ba a la gran ma­yo­ría que vi­vía por sus ma­nos en vi­les con­di­cio­nes en la Eu­ro­pa tar­do­de­ci mo­nó­ni­ca; pe­ro que no ex­cluía la em­pa­tía por el bur­gués, cuan­do era és­te quien pa­de­cía in­jus­ti­cia. De ahí su im­pli­ca­ción en el ca­so Drey­fus, que el grue­so del so­cia­lis­mo no se­cun­dó, al tra­tar­se, de­cían, de una gue­rra ci­vil en­tre bur­gue­ses. Creía Jau­rès, en cam­bio, que el so­cia­lis­mo no de­bía des­aten­der el dra­ma de es­te ofi­cial del ejér­ci­to, bur­gués y ju­dío, con­de­na­do con prue­bas ama­ña­das: una cau­sa en que la dig­ni­dad hu­ma­na es­tu­vie­ra ame­na­za­da de­bía ser tam­bién cau­sa del pro­le­ta­ria­do. Su drey­fu­sis­mo fue, por cier­to, al­go más que un ges­to hu­ma­ni­ta­rio; co­mo ex­pli­ca An­to­ni Do­mè­nech en El eclip­se de la fra­ter­ni­dad, era asi­mis­mo un au­daz en­vi­te tác­ti­co pa­ra in­vo­lu­crar a la so­cial­de­mo­cra­cia, re­clui­da en su mun­do obre­ro, en la de­fen­sa de una dé­bil III Re­pú­bli­ca en la que se­gu­ra­men­te los re­pu­bli­ca­nos no eran ma­yo­ría y que con­ta­ba con la hos­ti­li­dad ma­ni­fies­ta de cle­ri­ca­les, reac­cio­na­rios y mo­nár­qui­cos.

Tam­po­co la leal­tad re­pu­bli­ca­na de Jau­rès fue uni­ver­sal­men­te com­par­ti­da por la iz­quier­da so­cia­lis­ta, pa­ra cu­ya or­to­do­xia el ré­gi­men re­pu­bli­cano se con­fun­día con el or­de­na­mien­to bur­gués a aba­tir. (Re­cuér­de­se la san­ta in­tran­si­gen­cia que pre­go­na­ba Pa­blo Igle­sias en Es­pa­ña). Jau­rès, que no des­co­no­cía los me­ca­nis­mos co­rrup­to­res de la vi­da par­la­men­ta­ria, se sin­tió siem­pre he­re­de­ro y cus­to­dio de la tra­di­ción re­pu­bli­ca­na fran­ce­sa inau­gu­ra­da en 1792, de la cual el so­cia­lis­mo no era sino en­san­cha­mien­to: la cons­ti­tu­cio­na­li­za­ción de­fi­ni­ti­va de la vi­da so­cial en el cam­po, la fá­bri­ca y la mi­na. En el de­ba­te ideo­ló­gi­co más im­por­tan­te que se dio en la II In­ter­na­cio­nal, en­tre los téo­ri­cos de la re­vo­lu­ción y de la co­riá­cea ne­ga­ti­va a pac­tar con par­ti­dos bur­gue­ses, y el sec­tor prag­má­ti­co y re­for­mis­ta, avi­sa­do de la exis­ten­cia de cla­ses me­dias y del mar­gen de me­jo­ra que per­mi­tía el par­la­men­ta­ris­mo, se po­si­cio­nó por la vía de los he­chos en es­te úl­ti­mo. De esa la­bor so­li­da­ria con el ar­co re­pu­bli­cano fue­ron fru­tos la ley de se­pa­ra­ción en­tre Igle­sia y Es­ta­do, el de­re­cho de reunión y me­jo­ras en el me­dio la­bo­ral. Fren­te a la ten­ta­ción, hoy pre­sen­te, de caer en una iz­quier­da sec­ta­ria, ma­xi­ma­lis­ta y de­vo­ta del an­ta­go­nis­mo, Jau­rès en­se­ñó la vía de una iz­quier­da ilus­tra­da, re­for­ma­do­ra, ecuá­ni­me y res­pon­sa­ble.

Tam­po­co nos es ajeno el se­gun­do gran de­ba­te que in­cum­bió al so­cia­lis­mo de pre­gue­rra: el que opo­nía el in­ter­na­cio­na­lis­mo, ga­ran­te de la paz, al so­cial pa­trio­tis­mo, de ad­he­sión na­cio­na­lis­ta. Co­mo se re­cor­da­rá, Marx ha­bía di­cho que el obre­ro no te­nía pa­tria. Jau­rès po­día de­tes­tar el cho­vi­nis­mo, pe­ro sa­bía que las co­sas no eran tan sen­ci­llas. De nue­vo aquí in­ten­tó una sín­te­sis: “Un po­co de in­ter­na­cio­na­lis­mo te ale­ja de la pa­tria, pe­ro un po­co más te acer­ca” (sen­ten­cia no por fa­mo­sa me­nos os­cu­ra). Ni en­ton­ces ni aho­ra la iz­quier­da ha sa­bi­do sol­ven­tar la di­co­to­mía en­tre cla­se y na­ción. En la prác­ti­ca ca­si siem­pre ha op­ta­do por el cá­li­do abri­go de la ban­de­ra na­cio­nal. Así aquel ve­rano, cuan­do de for­ma ca­si uná­ni­me la so­cial­de­mo­cra­cia, que se ha­bía lle­na­do la bo­ca de pro­cla­mas cos­mo­po­li­tas la dé­ca­da pre­via, to­mó las aguas bau­tis­ma­les del na­cio­na­lis­mo. ¡Y con qué di­li­gen­cia! So­cia­lis­tas de to­das las na­cio­nes se su­ma­ron obe­dien­tes a sus Go­bier­nos (las ex­cep­cio­nes, co­mo Ro­sa Lu­xem­burg en Ale­ma­nia, fue­ron di­rec­tas a la cár­cel).

El asen­ti­mien­to so­cia­lis­ta, que en Fran­cia adop­tó el pom­po­so nom­bre de Union sa­crée, fue el úl­ti­mo le­ño con que se al­zó la pi­ra pa­ra Eu­ro­pa: sin fá­bri­cas fun­cio­nan­do a pleno ren­di­mien­to gue­rrear a gran es­ca­la ha­bría si­do im­po­si­ble. ¿Se ha­bría ave­ni­do Jau­rès a la gue­rra de no ha­ber­la po­di­do evi­tar? Sus bió­gra­fos no lo des­car­tan. Pe­ro lo más pro­ba­ble es que hu­bie­ra bus­ca­do un ar­mis­ti­cio rá­pi­do y re­cha­za­do los tér­mi­nos de la paz car­ta­gi­ne­sa de 1919. Tam­po­co sa­be­mos có­mo ha­bría en­ca­ra­do Jau­rès el na­ci­mien­to de la Unión So­vié­ti­ca y sus tem­pra­nos desa­rro­llos to­ta­li­ta­rios. Es la pa­ra­do­ja de cier­tos mag­ni­ci­dios: lan­zan al hé­roe a la in­mor­ta­li­dad, de­ján­do­lo in­mó­vil en el mo­men­to de­ci­si­vo: aquel en que uno ha sal­var­se o des­truir­se.

Y no ca­re­ce de in­te­rés en­tre no­so­tros res­ca­tar un da­to jau­re­siano po­co co­no­ci­do. De es­tric­ta ob­ser­van­cia ja­co­bi­na, Jau­rès abo­gó por el es­tu­dio de las len­guas re­gio­na­les en la es­cue­la fran­ce­sa. Aho­ra bien, su pro­pues­ta, y es­to es lo in­tere­san­te, no es­ta­ba ani­ma­da por la pul­sión par­ti­cu­la­ris­ta o ro­mán­ti­ca. A la in­ver­sa: que­ría que los es­co­la­res del me­dio­día es­tu­dia­sen le­mo­sín, oc­ci­tano y ca­ta­lán pa­ra sa­ber­se más uni­dos a es­pa­ño­les, por­tu­gue­ses e ita­lia­nos. No pa­ra ais­lar­se en la cul­tu­ra pro­pia, sino pa­ra abrir­se a una iden­ti­dad cul­tu­ral su­pe­rior: la la­ti­ni­dad.

Al co­no­cer la no­ti­cia de la muer­te de quien ha­bía si­do tan­tos años su me­jor abo­ga­do, el pue­blo de Pa­rís sa­lió a la ca­lle. ¿Por qué han ma­ta­do a Jau­rès?, re­pe­tían afli­gi­dos. Eran los ros­tros cu­bier­tos de ce­ni­za que can­tó Jac­ques Brel en una es­tre­me­ce­do­ra ba­la­da que re­cuer­da la muer­te del tri­buno; los cuer­pos ma­ci­len­tos de quie­nes se ha­bían des­lo­ma­do des­de los 15 años 15 ho­ras en la fá­bri­ca y que es­ta­ban a pun­to de mez­clar su san­gre con el fan­go en la gue­rra más es­tú­pi­da y mons­truo­sa. Pour quoi ont-ils tué Jau­rès? Pour quoi ont-ils tué Jau­rès?

Gen­te se­rá, mas gen­te em­po­de­ra­da

Po­de­mos lo­grar dar cau­ce a la in­dig­na­ción e in­fun­dir la ilu­sión im­pres­cin­di­ble en un pro­ce­so de cam­bio. Dos li­bros, uno de con­ver­sa­cio­nes con Pa­blo Igle­sias y otro de Juan Car­los Mo­ne­de­ro, des­cu­bren las cla­ves.

San­tos Ju­liá

El País 26/07/2014 13

EN SU CURSO URGENTE DE POLÍTICA, Juan Car­los Mo­ne­de­ro se de­tie­ne an­te uno de los desas­tres de Go­ya y en una pi­rue­ta au­daz tras­la­da su mi­ra­da a to­das las es­qui­nas del pla­ne­ta pa­ra di­bu­jar, con ges­to de pan­to­crá­tor a pun­to de dic­tar el jui­cio fi­nal, sen­ta­dos a la de­re­cha, a los glo­ba­li­za­do­res, los fle­xi­bi­li­za­do­res, los des­re­gu­la­do­res, los co­mer­cian­tes de agua, los ven­de­do­res de ar­mas, los tu­ris­tas se­xua­les, las em­pre­sas trans­na­cio­na­les, los chan­ta­jis­tas de la deu­da. Y a la iz­quier­da, los glo­ba­li­za­dos, los que re­cla­man su iden­ti­dad, los ham­brien­tos re­du­ci­dos a pi­ra­tas o te­rro­ris­tas, los que pa­san sed, los des­pla­za­dos, los desahu­cia­dos… la gen­te de­cen­te.

La gen­te, tal es el nom­bre del nue­vo su­je­to po­lí­ti­co que lle­na con su pre­sen­cia dos con­ver­sa­cio­nes man­te­ni­das por Ja­co­bo Ri­ve­ro con Pa­blo Igle­sias. Aun­que, bien mi­ra­do, es­to no es con­ver­sar, es­to es plan­tear una se­rie de pre­gun­tas bien or­de­na­das pa­ra que el lí­der de Po­de­mos se ex­pla­ye a gus­to, sin ja­más ser re­pre­gun­ta­do, sin que su en­tre­vis­ta­dor le pon­ga nun­ca en di­fi­cul­ta­des ni in­si­núe la más mí­ni­ma ob­je­ción a sus re­la­tos. Y si las pre­gun­tas es­tán pre­pa­ra­das con es­me­ro, y con un ex­ce­len­te apa­ra­to de ci­tas y re­fe­ren­cias, las res­pues­tas dan la im­pre­sión de ha­ber si­do re­vi­sa­das an­tes de dar­las a la im­pren­ta. Es­ta­mos, pues, an­te el au­tén­ti­co pen­sa­mien­to del pri­mer res­pon­sa­ble del fe­nó­meno po­lí­ti­co más re­so­nan­te de los úl­ti­mos años: Po­de­mos.

“Po­de­mos es la gen­te, no soy so­lo yo”, ad­mi­te su lí­der, un yo que ha cap­ta­do co­mo na­die la ven­ta­na de opor­tu­ni­dad abier­ta por la gen­te al sa­lir a la ca­lle y en­con­trar­se en las pla­zas. La Puer­ta del Sol de Ma­drid, es­pa­cio de po­der que du­ran­te el si­glo XIX y has­ta 1931 pre­sen­ció tan­tas ve­ces al pue­blo en re­vo­lu­ción, fue en es­ta oca­sión lu­gar de acam­pa­da de la gen­te que se iden­ti­fi­ca­ba no tan­to por lo que pre­ten­día, co­mo por aque­llo con­tra lo que se sen­tía in­dig­na­da. Un sen­ti­mien­to su­fi­cien­te pa­ra cons­truir un nue­vo su­je­to co­lec­ti­vo ca­paz de al­zar­se co­mo un “no­so­tros” al tiem­po que ma­ni­fies­ta su in­dig­na­ción con­tra “ellos”. No nos re­pre­sen­tan, di­cho des­de una pla­za lle­na de gen­te acam­pa­da se­ña­la una pre­sen­cia y mar­ca una au­sen­cia, la de al­guien a quien con su vo­to eli­gie­ron pe­ro que ya, aho­ra, na­da re­pre­sen­ta.

El pri­mer acier­to de Po­de­mos fue dar nom­bre a ellos: la cas­ta. Si, mien­tras es­tu­vo acam­pa­da, la gen­te no su­po más que mos­trar su in­dig­na­ción, una vez nom­bra­do el su­je­to que les ha­bía im­pul­sa­do a sa­lir a la ca­lle, so­lo fal­ta­ba que un gru­po de lo que Igle­sias lla­ma bue­nos co­mu­ni­ca­do­res, ex­per­tos en el uso de la Red, bien do­ta­dos pa­ra la “pre­sen­cia me­diá­ti­ca”, cons­tru­ye­ra una vi­sión del mun­do en la que la gen­te, con­ver­ti­da en co­mu­ni­dad, pu­die­ra sa­car la con­se­cuen­cia de que si ellos es­tán en el po­der es só­lo por­que no­so­tros los pu­si­mos, y que aho­ra, que ya no nos re­pre­sen­tan, po­de­mos echar­los, por man­gan­tes, por co­rrup­tos, por vi­vi­do­res, por­que al trai­cio­nar el man­da­to de re­pre­sen­ta­ción se han con­ver­ti­do en es­co­ria. Dar cau­ce a la in­dig­na­ción trans­for­mán­do­la en “em­po­de­ra­mien­to” tras in­fun­dir en los reuni­dos la ilu­sión, “in­gre­dien­te im­pres­cin­di­ble” en un pro­ce­so de cam­bio po­lí­ti­co, eso es Po­de­mos.

De ahí la cui­da­do­sa re­cons­truc­ción del mun­do co­mo una se­rie de di­co­to­mías: gen­te con­tra cas­ta se re­du­pli­ca en nue­va po­lí­ti­ca con­tra vie­jos po­lí­ti­cos, sen­ti­do co­mún con­tra ideo­lo­gía, es­pa­cios de de­ci­sión fren­te a ló­gi­ca de par­ti­dos, país real fren­te a país de éli­tes, de­mo­cra­cia con­tra oli­gar­quía, ma­yo­ría so­cial con­tra mi­no­ría de pri­vi­le­gia­dos. Has­ta aquí, pue­de so­nar a ya vis­to, so­bre to­do en Es­pa­ña, don­de ha­ce na­da me­nos que un si­glo, en mar­zo de 1914, un jo­ven de trein­ta años lla­ma­do Jo­sé Or­te­ga con­vo­có a la gen­te nue­va con el en­co­mia­ble pro­pó­si­to de aca­bar con la vie­ja po­lí­ti­ca. Los dis­cur­sos no son tan di­fe­ren­tes co­mo las per­so­na­li­da­des de sus emi­so­res ha­ría sos­pe­char: tam­bién una Es­pa­ña ofi­cial y un ré­gi­men co­rrup­to, tam­bién unos par­ti­dos —dos— que no les re­pre­sen­ta­ban, tam­bién una lla­ma­da a la ac­ción: si se su­per­po­ne la con­fe­ren­cia pro­nun­cia­da por Or­te­ga en el tea­tro de la Co­me­dia con el tex­to de es­ta con­ver­sa­ción de Igle­sias pro­du­ci­do cien años des­pués, sor­pren­de­rá has­ta qué pun­to los re­la­tos se con­fun­den y los mar­cos de in­ter­pre­ta­ción de la reali­dad se re­pi­ten.

Con una di­fe­ren­cia: los lí­de­res de Po­de­mos, co­mo Igle­sias se en­car­ga de re­cal­car, son po­lí­ti­cos, no in­te­lec­tua­les. Por su­pues­to, han leí­do lo su­fi­cien­te co­mo pa­ra des­ti­lar una se­rie de ideas (que sue­nan li­via­nas, a me­ro ejer­ci­cio li­te­ra­rio en Mo­ne­de­ro: la pa­tria es co­mo el bar­co que nos lle­va des­de la eter­ni­dad pa­sa­da a la eter­ni­dad fu­tu­ra, es­cri­be) con el evi­den­te pro­pó­si­to de tras­mi­tir­las a la gen­te en to­dos los me­dios de co­mu­ni­ca­ción po­si­bles: la lu­cha por la he­ge­mo­nía, de Grams­ci; la ra­zón y la mís­ti­ca del po­pu­lis­mo, de La­clau; al­go de Le­nin y mu­cho de Carl Sch­mitt, por quien sien­ten am­bos un gran res­pe­to no exen­to de fas­ci­na­ción. Pe­ro to­do es­to es pu­ra­men­te ins­tru­men­tal. Lo que im­por­ta, lo que les di­fe­ren­cia ra­di­cal­men­te del Or­te­ga de Vie­ja y nue­va po­lí­ti­ca es que, ade­más de de­nun­ciar al po­der, tra­ba­jan por al­can­zar­lo y cuen­tan con la ex­pe­rien­cia de ha­ber ser­vi­do co­mo ase­so­res a lí­de­res po­de­ro­sos sos­te­ni­dos en mo­vi­mien­tos po­pu­lis­tas. Tal vez por eso, los co­rre­la­tos ne­ga­ti­vos del vo­to y del ca­pi­ta­lis­mo bri­llan por su au­sen­cia. Del vo­to, por­que no ven otra for­ma de lle­gar al po­der; del ca­pi­ta­lis­mo, por­que el so­cia­lis­mo real­men­te exis­ten­te, o sea el co­mu­nis­mo en la URSS, “no era bo­ni­to” o, peor aún, “era muy feo” y, más to­da­vía, “era ho­rri­ble”, co­mo di­ce Igle­sias en un alar­de de ela­bo­ra­ción teó­ri­ca al ser­vi­cio de la prác­ti­ca.

No, Po­de­mos no es una nue­va iz­quier­da an­ti­ca­pi­ta­lis­ta, ni pro­po­ne una nue­va ver­sión in­con­ta­mi­na­da de so­cia­lis­mo o co­mu­nis­mo. Na­da de eso. El pro­gra­ma de Igle­sias con­sis­te en em­po­de­rar a la gen­te. Lo que quie­ra de­cir con es­te gran de­sig­nio en tér­mi­nos de or­ga­ni­za­ción y es­tra­te­gia no que­da cla­ro ni el en­tre­vis­tador ha­ce na­da por acla­rar­lo. Co­mo Igle­sias re­pi­te una y otra vez: ca­da co­sa a su tiem­po, y aho­ra, or­ga­ni­za­ción, es­tra­te­gia y me­tas fi­na­les no to­ca. Aho­ra lo que to­ca es mul­ti­pli­car es­pa­cios de de­ba­te y de­ci­sión, “es­pa­cios de em­po­de­ra­mien­to”, los círcu­los, que, de mo­men­to, ya han mos­tra­do su po­der en­vian­do cin­co dipu­tados al Par­la­men­to Eu­ro­peo y vo­tan­do la lis­ta ce­rra­da y blo­quea­da pre­sen­ta­da, pa­ra pre­pa­rar su pri­me­ra asam­blea, por sus “atrac­to­res so­cia­les”, esos lí­de­res ama­bles “que go­zan de mu­cho re­co­no­ci­mien­to y que ­son ca­pa­ces de lo­grar que ca­da cual ba­je su ban­de­ra pa­ra que se vea la ban­de­ra com­par­ti­da”, co­mo es­cri­be Mo­ne­de­ro, tan li­te­ra­to siem­pre. Lue­go, cuan­do la gen­te se sien­ta ya em­po­de­ra­da y com­par­ta una so­la ban­de­ra, se­rá el mo­men­to de lan­zar un pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te que arram­ble con la vie­ja po­lí­ti­ca, sus ins­ti­tu­cio­nes y sus ac­to­res. Pa­ra po­ner ¿qué? Ah, eso, aho­ra, no to­ca.

A quien ya ha­ya vis­to mu­chas ban­de­ras arria­das an­te la úni­ca ban­de­ra com­par­ti­da, al ter­mi­nar es­te cur­so y al fi­na­li­zar es­ta con­ver­sa­ción, lo pri­me­ro que se le ocu­rre es que nun­ca han per­du­ra­do los só­viets sin van­guar­dias ni los pue­blos sin cau­di­llos. Es cier­to que gen­te no es cla­se obre­ra ni pue­blo. Gen­te es otra co­sa; es un nue­vo su­je­to co­lec­ti­vo, al que, si man­tie­ne el es­pí­ri­tu de co­mu­ni­dad ilu­sio­na­da y se em­po­de­ra, per­te­ne­ce el fu­tu­ro. “El ma­ña­na es nues­tro”, con­clu­yó Igle­sias en su pri­me­ra so­fla­ma en el Par­la­men­to Eu­ro­peo. Y no es po­si­ble, al oír­lo, que no ven­ga a la me­mo­ria el re­cuer­do de aquel her­mo­so mu­cha­cho ale­mán, de pie so­bre una me­sa, can­tan­do tran­si­do de emo­ción To­mo­rrow be­longs to me.

 

 

El ve­rano del 14

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To­do em­pe­zó con el aten­ta­do de Sa­ra­je­vo, un in­ci­den­te trá­gi­co, pe­ro de im­por­tan­cia li­mi­ta­da. La at­mós­fe­ra na­cio­na­lis­ta y el pa­trio­te­ris­mo de la peor es­pe­cie que rei­na­ban en Eu­ro­pa des­en­ca­de­na­ron la con­tien­da

El País, 26/07/2014 31

JO­SÉ ÁL­VA­REZ JUN­CO

Ha­ce aho­ra cien años, en aquel mes de ju­lio que si­guió al aten­ta­do de Sa­ra­je­vo, las can­ci­lle­rías eu­ro­peas echa­ban hu­mo. En­tre ame­na­zas y ul­ti­ma­tos, ne­go­cia­ban fe­bril­men­te in­ten­tan­do im­pe­dir el ini­cio de una gue­rra que al fi­nal, sin em­bar­go, es­ta­lla­ría e im­pli­ca­ría a ca­si to­dos. Un si­glo des­pués, es bueno re­fle­xio­nar so­bre aque­lla ma­tan­za y sus con­se­cuen­cias pa­ra Eu­ro­pa. Ma­tan­za, an­te to­do, y de di­men­sio­nes nun­ca vis­tas en la his­to­ria hu­ma­na: unos 10 mi­llo­nes de muer­tos en cam­pos de ba­ta­lla; al me­nos otras tan­tas víc­ti­mas ci­vi­les, aun­que es­tas sean im­po­si­bles de cuan­ti­fi­car; in­con­ta­bles des­tro­zos en in­fra­es­truc­tu­ras y te­so­ros ar­tís­ti­cos; y des­co­mu­nal gas­to de di­ne­ro pú­bli­co, que se pro­lon­ga­ría en la pos­gue­rra con las in­dem­ni­za­cio­nes y pen­sio­nes a huér­fa­nos, viu­das o mu­ti­la­dos (a las que la Fran­cia de los años vein­te de­di­ca­ba ca­si la mi­tad del pre­su­pues­to na­cio­nal). Eu­ro­pa, que en 1914 era la re­gión más ri­ca y po­bla­da del mun­do, con un gra­do de bie­nes­tar des­co­no­ci­do en la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad, em­pren­dió aquel ve­rano el ca­mino de su de­cli­ve, re­ma­ta­do 25 años des­pués por un se­gun­do con­flic­to más ca­tas­tró­fi­co aún. La lla­ma­da Gue­rra de los Trein­ta Años (1914-1945) nos hi­zo des­cen­der a lo que hoy so­mos: ter­ce­ra re­gión mun­dial en ri­que­za e in­fluen­cia po­lí­ti­ca. La com­pe­ten­cia en­tre los Es­ta­dos eu­ro­peos, que en si­glos an­te­rio­res pu­do ser el es­tí­mu­lo pa­ra su pro­duc­ti­vi­dad y crea­ti­vi­dad, aca­bó lle­van­do a su sui­ci­dio co­lec­ti­vo.

To­do em­pe­zó con un in­ci­den­te, co­mo el aten­ta­do de Sa­ra­je­vo, trá­gi­co pe­ro de im­por­tan­cia li­mi­ta­da. Los mag­ni­ci­dios, en de­fi­ni­ti­va, eran co­sa co­no­ci­da: en aten­ta­dos te­rro­ris­tas ha­bían muer­to el zar Ale­jan­dro II, la em­pe­ra­triz Sis­si, el rey Hum­ber­to I, los pre­si­den­tes Sa­di Car­not o McKin­ley, los je­fes del Go­bierno Cá­no­vas o Ca­na­le­jas y mu­chos más. Pe­ro lo que hi­zo que aquel epi­so­dio de­ri­va­ra en re­sul­ta­dos no que­ri­dos por na­die fue la at­mós­fe­ra na­cio­na­lis­ta que rei­na­ba en Eu­ro­pa y azu­za­ba a la opi­nión pú­bli­ca con pa­sio­nes in­con­tro­la­bles. No hay más que re­cor­dar el en­tu­sias­mo con que se aco­gió la de­cla­ra­ción de gue­rra y las mu­che­dum­bres que re­co­rrie­ron Ber­lín gri­tan­do en­fe­bre­ci­das “¡a Pa­rís!” a la vez que otras en la ca­pi­tal fran­ce­sa vo­ci­fe­ra­ban “¡a Ber­lín!”, em­pu­jan­do a sus go­ber­nan­tes a des­pe­ñar­se por la pen­dien­te. Rei­nó en­ton­ces la fie­bre chau­vi­nis­ta, el pa­trio­te­ris­mo de la peor es­pe­cie, muy pa­ten­te en los in­sul­tos al ve­cino (los ale­ma­nes eran bo­ches en Fran­cia, hu­nos en In­gla­te­rra).

Aca­bo de usar el tér­mino na­cio­na­lis­mo en el sen­ti­do de una vi­sión del mun­do que di­vi­de a la hu­ma­ni­dad en pue­blos o ra­zas con sus ca­rac­te­rís­ti­cas bio­ló­gi­cas y psi­co­ló­gi­cas que les ha­cen ra­di­cal­men­te di­fe­ren­tes del ve­cino; vi­sión que se apo­ya en da­tos bio­ló­gi­cos (co­lor de la piel), cul­tu­ra­les (len­gua, re­li­gión) e his­tó­ri­cos (ma­ni­pu­la­dos). Es­te ti­po de Wel­tans­chauung do­mi­na­ba a prin­ci­pios del si­glo XX in­clu­so en­tre mu­chos in­te­lec­tua­les, más atraí­dos por una vi­sión ra­cis­ta y je­rár­qui­ca de los pue­blos y cul­tu­ras que por la idea de igual­dad en­tre los se­res hu­ma­nos.

Pe­ro el na­cio­na­lis­mo es tam­bién un sen­ti­mien­to, una emo­ción. Una emo­ción que, qui­zás pa­ra com­pen­sar el des­cen­so de las creen­cias re­li­gio­sas y la mo­no­to­nía del tra­ba­jo in­dus­trial, ha su­pe­ra­do a cual­quier otra en el mun­do mo­derno. Y que ins­pi­ra, sin du­da, ac­tos de ge­ne­ro­si­dad, de sa­cri­fi­cio del in­te­rés in­di­vi­dual por el co­lec­ti­vo, pe­ro que li­mi­ta es­ta ge­ne­ro­si­dad a los con­na­cio­na­les, mien­tras que fo­men­ta la des­con­fian­za, el egoís­mo o el odio ha­cia el ve­cino. Es­tos sen­ti­mien­tos per­ver­sos son los que se im­pu­sie­ron en 1914 so­bre los prin­ci­pios mo­ra­les y po­lí­ti­cos que se su­po­nían ba­se de la su­pe­rio­ri­dad eu­ro­pea. Eu­ro­pa se con­tra­di­jo y per­dió el con­trol de sí mis­ma. La re­gión más ci­vi­li­za­da del mun­do no dio mues­tras de ci­vi­li­za­ción ni de ra­cio­na­li­dad. Apo­yán­do­se en unos es­que­mas de au­to­com­pren­sión po­lí­ti­ca erró­neos y em­pe­ña­dos en ri­va­li­zar en po­der eco­nó­mi­co, po­lí­ti­co y mi­li­tar, los go­ber­nan­tes ju­ga­ron con fue­go. Uti­li­za­ron sis­te­má­ti­ca­men­te la po­lí­ti­ca de la fuer­za, cre­ye­ron to­le­ra­ble e in­clu­so desea­ble la gue­rra, que se su­po­nía cul­ti­va­ba los más ele­va­dos idea­les en los “hom­bres”. No fun­cio­na­ron la di­plo­ma­cia ni el de­re­cho. Y, ba­jo la ilu­sión de “aca­bar con to­das las gue­rras”, lla­ma­ron a una mo­vi­li­za­ción en­lo­que­ci­da; pa­ra en­con­trar­se a los po­cos me­ses em­pan­ta­na­dos en trin­che­ras lle­nas de ba­rro, ca­dá­ve­res y ra­tas.

Se im­pu­so, en re­su­men, el na­cio­na­lis­mo en un ter­cer sen­ti­do, el peor de to­dos: el que lo iden­ti­fi­ca con po­lí­ti­cas agre­si­vas, im­pe­ria­lis­tas o mi­li­ta­ris­tas, di­ri­gi­das a ex­pan­dir los te­rri­to­rios do­mi­na­dos por un Es­ta­do. Por­que los di­ri­gen­tes po­lí­ti­cos uti­li­zan la re­tó­ri­ca na­cio­nal, co­mo cual­quier otra que les con­ven­ga, pa­ra am­pliar su po­der. Y las pa­sio­nes que des­per­ta­ron en aque­lla co­yun­tu­ra hi­cie­ron que las mu­che­dum­bres per­die­ran la sen­sa­tez más que sus pro­pios azu­za­do­res, que al fi­nal com­pren­die­ron que se ha­lla­ban al bor­de del abis­mo e in­ten­ta­ron evi­tar la caí­da. Bas­ta leer los an­gus­tia­dos te­le­gra­mas que el zar ru­so y el em­pe­ra­dor aus­tria­co se in­ter­cam­bia­ron en aquel ju­lio de 1914 ani­mán­do­se a fre­nar los im­pul­sos bé­li­cos en sus res­pec­ti­vas so­cie­da­des.

Una vez ter­mi­na­do el con­flic­to, lo que se ofre­ció co­mo so­lu­ción y ga­ran­tía de que no ha­bría nue­vas gue­rras fue, de nue­vo, el na­cio­na­lis­mo, en­ten­di­do es­ta vez en un cuar­to sen­ti­do: co­mo prin­ci­pio doc­tri­nal. Un prin­ci­pio se­gún el cual ca­da pue­blo o na­ción de­be te­ner un Es­ta­do pro­pio. La paz ne­go­cia­da en 1919 se ins­pi­ró en los 14 pun­tos de Wil­son, pa­ra quien el pro­ble­ma eu­ro­peo era que ha­bía im­pe­rios de­ma­sia­do he­te­ro­gé­neos y era pre­ci­so crear un Es­ta­do pa­ra ca­da pue­blo. Im­pe­rios co­mo el aus­trohún­ga­ro, za­ris­ta o tur­co eran, pa­ra él, el pa­ra­dig­ma de la com­ple­ji­dad ar­cai­ca, mien­tras que veía en el Es­ta­do-na­ción una fór­mu­la po­lí­ti­ca sen­ci­lla y mo­der­na. Pe­ro el nue­vo mun­do de Es­ta­dos-na­ción no re­sol­vió los pro­ble­mas, sino que creó otros: mi­no­rías dis­cri­mi­na­das, des­pla­za­mien­tos ma­si­vos de po­bla­ción, te­rri­to­rios irre­den­tos, agra­vios in­ter­mi­na­bles.

La paz de 1919 no tra­jo la es­ta­bi­li­dad, sino nue­vas con­vul­sio­nes. Es­ta­dos Uni­dos, tras ha­ber de­ci­di­do el re­sul­ta­do de la gue­rra, ne­go­cia­do el tra­ta­do de Pa­rís e idea­do la So­cie­dad de Na­cio­nes, se re­ti­ró del es­ce­na­rio. Con lo que se pro­du­jo un va­cío de po­der in­ter­na­cio­nal, sin una po­ten­cia he­ge­mó­ni­ca ca­paz de sus­ti­tuir a Gran Bre­ta­ña. Los eu­ro­peos, in­ca­pa­ces de com­pren­der que tras la “gue­rra de las tri­bus blan­cas” na­die los veía ya co­mo “ra­zas su­pe­rio­res”, que no te­nían mi­sión ci­vi­li­za­do­ra al­gu­na de la que pre­su­mir an­te el res­to del mun­do, reavi­va­ron sus ri­va­li­da­des; y en ese cal­do se cul­ti­vó Hitler. A cor­to pla­zo, de la Gran Gue­rra los eu­ro­peos apren­die­ron muy po­co. Las do­lo­ro­sas en­se­ñan­zas so­lo lle­ga­ron tras la Se­gun­da. So­lo des­de 1945 se com­pren­dió que el re­cur­so ha­bi­tual a la fuer­za co­mo ins­tru­men­to po­lí­ti­co aca­ba­ba en gue­rras glo­ba­les. So­lo en­ton­ces se em­pe­zó a aban­do­nar la idea de las gran­des po­ten­cias y las áreas de in­fluen­cia. Con lo que se ha con­se­gui­do que con­flic­tos co­mo los bal­cá­ni­cos de los años no­ven­ta, tan si­mi­la­res a los de an­ta­ño, o la ac­tual cri­sis ucra­nia, no ha­yan su­pe­ra­do el ni­vel lo­cal.

De 1919 pro­ce­de tam­bién la idea de crear un or­den ins­ti­tu­cio­nal in­ter­na­cio­nal des­ti­na­do a evi­tar las gue­rras. La So­cie­dad de Na­cio­nes fra­ca­só, pe­ro fue su­ce­di­da en 1945 por las Na­cio­nes Uni­das, es­ta vez ya con ple­na im­pli­ca­ción es­ta­dou­ni­den­se. Y hoy avan­za­mos len­ta­men­te ha­cia un or­den ju­rí­di­co-po­lí­ti­co su­pra­na­cio­nal, por me­dio del TPI, el Con­se­jo de Eu­ro­pa o los pac­tos uni­ver­sa­les so­bre la im­pres­crip­ti­bi­li­dad del ge­no­ci­dio o los crí­me­nes con­tra la hu­ma­ni­dad.

Eu­ro­pa, en re­su­men, de­ca­yó por los na­cio­na­lis­mos y aho­ra, des­de ha­ce 60 años, in­ten­ta su­pe­rar­los. No es buen mo­men­to, des­de lue­go, pa­ra lan­zar flo­res a la UE, pe­ro es lo me­jor que te­ne­mos, el úni­co gran pro­yec­to en el que es­ta­mos em­bar­ca­dos. Aun­que es un ex­pe­ri­men­to sin pre­ce­den­tes his­tó­ri­cos, en la me­di­da en que re­pi­ta al­gu­na fór­mu­la co­no­ci­da no se­ría ma­lo que se apro­xi­ma­ra más a los vie­jos im­pe­rios mul­ti­cul­tu­ra­les que al mo­derno Es­ta­do-na­ción. No por­que fue­ran au­to­cra­cias, ob­via­men­te, sino por­que su le­gi­ti­mi­dad po­lí­ti­ca no se de­bía a la ho­mo­ge­nei­dad cul­tu­ral de sus com­po­nen­tes. El de­mos so­be­rano de una en­ti­dad po­lí­ti­ca mo­der­na no es una et­nia; es un con­jun­to de in­di­vi­duos muy dis­pa­res que tie­nen en co­mún su acep­ta­ción de, y su­mi­sión a, una mis­ma es­truc­tu­ra ins­ti­tu­cio­nal; la cual les con­vier­te, no en miem­bros de una fra­tría, sino en ciu­da­da­nos li­bres e igua­les.