Por Javier Cercas
El País – EPS, 02/02/2014 8
(1) Un idiota es quien cree que todos los nacionalistas catalanes son idiotas; la proliferación de esa clase de idiotez es una de las razones por las que en Cataluña estamos donde estamos. Pero no la única: casi nada se explica por una sola razón. Es verdad que el auge independentista es fruto de 30 años de nacionalismo orientado no sólo al nation building –construcción de una nación–, sino al State building –construcción de un Estado–, y que, en vez de pedir la secesión con claridad y limpieza como hacen en Quebec, los nacionalistas han decidido que la única forma de llegar a ella consiste en engañar con trapacerías como el derecho a decidir y, agitando la bandera de la democracia, en intentar saltarse la ley, que es la principal garantía de la democracia, en vez de intentar cambiarla. Es verdad que la situación es fruto de una justificadísima sensación general de maltrato, que no se atribuye a varias razones, sino a una sola, llamada España, cosa que a los catalanes nos provoca un gran alivio momentáneo (porque significa que no somos responsables de nuestras desdichas: el responsable es otro) y que de paso ilumina una faceta algo oscurecida del fenómeno: se trata de la forma que ha adoptado entre nosotros el populismo provocado en toda Europa por la crisis. Es verdad que en Cataluña se ha instalado a ratos lo que Francesc de Carreras ha llamado, citando a Elisabeth Noelle-Neumann, “la espiral del silencio”, que viene a ser lo que yo, citando a Pierre Vilar, llamé “unanimismo” –una ilusión de unanimidad creada por el temor a expresar la disidencia–, lo cual ha provocado a su vez una lógica aprensión entre políticos, periodistas e intelectuales, que o se han callado o, como aquel personaje de Chaplin, se han sumado a la manifestación que avanzaba hacia ellos, colocándose además a su cabeza. Todo esto es verdad, pero hay más; por ejemplo: la incapacidad para crear en Cataluña un discurso alternativo al del nacionalismo.
¿Cuáles son los discursos alternativos al nacionalismo catalán existentes ahora mismo? Dos. El primero es el del nacionalismo español, sobre todo representado por el PP. Este discurso es inútil contra el nacionalismo catalán: por un lado, porque, mientras en estos años el nacionalismo catalán rejuvenecía, el español se fosilizaba, apoltronado en su aparente triunfo; por otro, y sobre todo, porque el nacionalismo español no puede combatir al catalán, sino sólo intentar destruirlo (que es lo que ha intentado sin éxito desde hace más de un siglo): un nacionalismo no se combate con otro nacionalismo, sino con la razón, y lo primero que hay que hacer para combatir al nacionalismo catalán es entender que este no es un combate contra él, sino contra el nacionalismo a secas, empezando por el español, históricamente mucho más dañino que el catalán. El segundo discurso disponible contra el nacionalismo catalán es el de UPyD y Ciutadans; se trata de un discurso menos vetusto, pero no menos ineficaz, entre otras cosas porque, como ha señalado Jorge Urdánoz, propone una traslación casi automática del discurso antinacionalista que sí fue eficaz contra ETA en el País Vasco. Todos los nacionalismos se parecen en el fondo, pero todos se diferencian en la superficie; no entender esa diferencia es no entenderlos (y por tanto no poder combatirlos): el nacionalismo de ETA es violento y el catalán no; el nacionalismo de ETA es etnicista y el catalán no. Podríamos seguir, por ejemplo con la cuestión de la lengua, tan distinta en Cataluña y el País Vasco y, para mí, tan mal planteada por el PP como por Ciutadans; pero se me acaba el artículo, así que mejor la dejo para el siguiente. “Señor Roque”, le dice don Quijote al catalán Roque Guinart, “el principio de la salud está en conocer la enfermedad y en querer tomar el enfermo las medicinas que el médico le ordena”. Una de las causas del auge del independentismo catalán es que el médico se ha equivocado de diagnóstico y le ha recetado al paciente una medicina que, en vez de curar la enfermedad, la agudiza. Quienes piensan que nuestros problemas se arreglan con la independencia de Cataluña no tienen a mi juicio razón, pero tienen muchas razones; en cambio, quienes pensamos lo contrario quizá tengamos razón, pero no tenemos razones. Y la razón sin razones no sirve de nada.
(2) No hace mucho recordaba Álex Grijelmo el episodio en este periódico. Don Quijote y Sancho avanzan hacia Barcelona cuando son detenidos por unos bandoleros; estos hablan en catalán y, aunque con “cuatro pistoletes” amenazándole a uno es posible entender hasta el zulú, todo indica que a continuación se da, como dice Grijelmo, “una situación de bilingüismo tácito que invita a imaginar a cada uno comunicándose en su idioma”. No es raro. Catalán y castellano se parecen tanto –al fin y al cabo, ambos no son más que latín mal hablado– que, aunque los protagonistas de Cervantes nunca hayan oído hablar catalán, entienden a los bandoleros: no sólo Don Quijote, que es un hidalgo leído, sino también Sancho, que es un destripaterrones. Dicho de otro modo: es posible pasarse un mes oyendo hablar en catalán sin llegar a entender una palabra, pero para eso hay que esforzarse mucho o ser más necio que el bueno de Sancho. Dos semanas atrás intenté señalar en esta columna una de las causas que, a mi juicio, explican el auge del independentismo en Cataluña: la ausencia de un discurso capaz de combatir al renovado discurso del nacionalismo catalán. Frente a éste, añadía, sólo existen dos alternativas: la del viejo nacionalismo español representado por el PP, que no puede combatir al nacionalismo catalán porque no entiende que el problema no es el nacionalismo catalán, sino el nacionalismo a secas, empezando por el español; y el discurso de UPyD y Ciutadans, que tampoco puede combatir al nacionalismo catalán porque en lo esencial se fabricó en el País Vasco para combatir el nacionalismo vasco, que es parecido pero distinto al catalán. En cuanto a la izquierda (UPyD y Ciutadans aún no sabemos lo que son, aunque mientras lo deciden tratan de vendernos la moto de que la derecha y la izquierda ya no existen), en este punto apenas ha tenido discurso propio, porque se durmió en los laureles de su supuesta superioridad intelectual y moral, convencida de que el dinosaurio del nacionalismo no reaparecería después de aplastar Europa dos veces y, cuando se despertó, el dinosaurio estaba otra vez allí, intacto. El resultado es que el discurso político catalán está colonizado por el nacionalismo, que ha tejido una telaraña conceptual de la que la izquierda parece incapaz de librarse. Así se explica, por ejemplo, que en Cataluña no se pueda no ser nacionalista: o eres nacionalista catalán o eres nacionalista español y, si abominas por igual de ambos nacionalismos (y del nacionalismo a secas), es que eres un nacionalista español encubierto. Así se explica que se haya permitido que el nacionalismo coloque en el centro del debate el llamado derecho a decidir, una aberración lingüística (el verbo “decidir” no es intransitivo: hay que decidir “algo”), una imposibilidad jurídica (en democracia no se puede decidir lo que a uno le da la gana) y un eufemismo (por “derecho de autodeterminación”, derecho que ninguna democracia reconoce en su seno), convertido todo ello en el engaño ideal para crear la ilusión de que la gran mayoría de los catalanes quiere la independencia y de ese modo poder llevarnos de matute a ella. Así se explica, en fin, que Artur Mas proclame con gran solemnidad que en Cataluña el problema es si podemos votar o no y nadie le conteste que en Cataluña votamos desde hace casi 40 años y que por eso él es nuestro presidente; a lo cual Mas contestaría verosímilmente que lo que él pregunta es si se puede votar o no la independencia, y nadie le contestaría, me temo, que sí se puede, siempre que se vote a ERC o CUP y no a su coalición, que no lleva la independencia en su programa. Esta indigencia argumentativa es la cuestión. Lo repito: no creo que tengan razón quienes piensan que la independencia de Cataluña arreglaría nuestros problemas, pero tienen muchas razones; a quienes no lo pensamos nos pasa lo contrario. Pero en el artículo anterior prometí que explicaría por qué las razones del habitual discurso antinacionalista en materia lingüística también me parecen equivocadas. Lo explicaré en el próximo; sólo adelanto ahora que, como muestra la anécdota del Quijote con que empecé, hay que tener muchas ganas de crear un problema para crearlo entre dos lenguas tan semejantes como el catalán y el castellano
(3) Esta serie de artículos trata de denunciar la indigencia y la torpeza del discurso de quienes no creemos que la independencia de Cataluña resuelva ninguno de nuestros problemas (frente a la fortaleza y la habilidad del discurso de quienes creen lo contrario), y en el último de ellos prometí que intentaría explicar por qué me parece equivocado el modo de plantear la cuestión lingüística de los dos discursos antinacionalistas que circulan en Cataluña, que son el del PP y el de Ciutadans y UPyD. Cumplo lo prometido.
En lo esencial, el problema consiste en creer que la defensa y el fomento del catalán equivalen a la defensa y fomento del nacionalismo catalán (o del independentismo) y que impedir la extensión del catalán equivale a impedir la extensión del nacionalismo o el independentismo catalán. Esto no es sólo falso, sino también dañino. Es verdad que, como otros nacionalismos, el catalán siempre ha apoyado sus reivindicaciones en la existencia de una lengua propia, fiado en la idea romántica de que la lengua es una emanación del pueblo y una herramienta de construcción nacional; pero no es menos verdad que cederles a los nacionalistas la lengua es regalarles una baza fabulosa: el nacionalismo es una ideología de unos pocos, pero la lengua es un tesoro de todos, incluidos quienes ni la hablan ni la leen, porque pueden llegar a hacerlo. Sobre todo cuando se trata de una lengua tan rica y próxima al castellano; tan próxima que –como muestra el episodio del Quijote que evoqué en mi artículo anterior, donde Don Quijote y Sancho dialogan sin problemas con unos bandidos que hablan en catalán– es facilísimo entenderla, y por tanto hacerla nuestra. Pero además, antes que una cuestión política, esta es una cuestión moral, de respeto, no ya por la lengua catalana, que es una abstracción, sino por los catalanoparlantes, que somos individuos concretos. Tengo amigos que son independentistas sobre todo por motivos lingüísticos: porque piensan que sólo una Cataluña independiente podría garantizar la plenitud del catalán e impedir episodios que les indignan –igual que indignan a cualquiera con dos dedos de frente–, como el del LAPAO, que busca abolir el catalán en Aragón. A ellos hay que decirles que se equivocan: primero, porque no está claro que la independencia de un país garantice la salud de su lengua, como demuestra el caso de Irlanda, donde, una vez conseguida la independencia tras dos guerras feroces, los políticos se ocuparon poco o nada del gaélico, porque lo que les interesaba era el poder, no el gaélico; y segundo, hay que demostrarles que se equivocan, impidiendo atropellos como el del LAPAO y haciendo que España fomente el catalán con la misma energía con que fomenta el castellano. Es seguro que la convivencia en Cataluña entre ambas lenguas puede ser muy mejorada, pero también lo es que puede hacerse mucho más por la difusión y el reconocimiento del catalán, sobre todo fuera de Cataluña. Esto no sólo lo digo yo. También lo dice, por ejemplo, Francisco Rico, quizá nuestro primer hispanista, quien no hace mucho escribió en estas páginas que el Estado “no ha sabido asumir y favorecer” el conocimiento de las lenguas minoritarias. O José Manuel Lara y Carmen Balcells, el mayor editor y la mayor agente de la lengua española. En un diálogo entre ambos publicado por La Vanguardia, el primero declaraba que desde hace décadas pide que no se deje la defensa del catalán en manos de los independentistas, a lo que la segunda responde: “Pero es lo que ha pasado, porque hoy a nadie se le ocurre identificar al Estado español con la defensa del catalán, sino con lo contrario”. Vuelvo al principio de este artículo: una de las causas del auge del independentismo catalán es la indigencia y la torpeza del discurso opuesto a él; el diagnóstico sobre Cataluña es equivocado, y el remedio, en vez de resolver el problema, lo agudiza: necesitamos un diagnóstico certero y un remedio eficaz. Vuelvo al principio de esta serie: quienes piensan que nuestros problemas se arreglan con la independencia de Cataluña no tienen a mi juicio razón, pero tienen muchas razones; quienes pensamos lo contrario quizá tengamos razón, pero no tenemos razones. Y una razón sin razones no sirve de nada. Necesitamos con urgencia razones que sirvan.