La diplomacia de Hollande ha nacido muerta

RAFAEL POCH,Barcelona

 – 26 noviembre, 2015 –

No es la coalición, sino la tensión entre potencias lo que tiene futuro en Siria

El Presidente francés, François Hollande, despliega estos días una enorme actividad encaminada a forjar esa “gran y única coalición” contra el Estado Islámico que los bárbaros atentados de París le han inspirado. El lunes recibió a David Cameron en París, el martes se encontró con Obama en Washington, ayer cenó con Merkel en el Elíseo y hoy recibe a Matteo Renzi antes de salir para Moscú a entrevistarse con Vladimir Putin. Esta actividad será inútil.

El motivo es que tal ofensiva no tiene la menor posibilidad ni intención de abordar el principal problema del momento: el sostén al enemigo declarado por parte de los Estados amigos del Golfo y de potencias de la OTAN, particularmente Arabia Saudita, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Turquía. La propia OTAN, como tal, está mucho más preocupada por los “avances” rusos -los insólitos desafíos militares de Moscú, primero en Ucrania y ahora en Siria- que por el Estado Islámico que militarmente no es gran cosa.

El viernes, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó por unanimidad la resolución francesa que llama a “redoblar y coordinar esfuerzos para prevenir y suprimir los actos terroristas cometidos por el Estado Islámico así como el Frente Al Nusra y los demás individuos, grupos, proyectos y entidades asociados con Al Qaeda y otros grupos terroristas”. Esa voluntad nace muerta mientras no se ponga orden en la coalición occidental. Y el problema es que eso no puede hacerse sin desestabilizar toda la geopolítica de occidente en la primera región energética del mundo.

En Siria hay tres fuerzas que combaten al espectro señalado por la resolución de la ONU: el régimen de Asad, dictatorial y sanguinario, los rebeldes kurdos y la aviación rusa. Las potencias occidentales y sus amigos del Golfo son hostiles a los tres; el cambio de régimen en Damasco ha sido hasta ahora la prioridad occidental, los rebeldes kurdos son bombardeados por Turquía, y el derribo del avión ruso y los apoyos que ha recibido en Bruselas y Washington, hablan por si solo. Y eso en la hipótesis más optimista de que no hubiera un acuerdo previo de Turquía con la OTAN respecto al derribo del avión.

Para quienes definen la estrategia belicista en Bruselas y Washington -que son los mismos- que Rusia se haya metido en el avispero sirio y que el ejercito de Asad avance posiciones gracias a ello, es mucho peor que el Estado Islámico. Respecto a Turquía y los amigos del Golfo, basta con echar un vistazo al documentado informe de Nafeez Ahmed, un conocido periodista británico de The Guardian, para comprender el alcance de la broma.

Turquía ha proporcionado miles de pasaportes falsos al Estado Islámico, incluido a sus brigadistas europeos que entran y salen de la UE como Pedro por su casa, como se ha demostrado trágicamente en París. Turquía ha permitido el tránsito de columnas islamistas por su territorio para atacar a los kurdos en la ciudad siria de Serekaniye, informó el año pasado Newsweek. “Comandantes del Estado islámico nos decían que no temiéramos nada porque había una plena cooperación con los turcos”, explicó un técnico de esa organización citado por el semanario. En los tribunales y diarios turcos, son abrumadoras las pruebas y testimonios de esa complicidad, tanto en tráfico de armas, como de personas y de petróleo a lo largo de la frontera. El periodista Ahu Ozyurt del diario Hurriyet ha explicado su “conmoción” al conocer los sentimientos pro Estado Islámico de los “pesos pesados del AKP -el partido de Erdogan- en Ankara. “Son como nosotros, luchando contra siete grandes potencias en la guerra de independencia”, señalaba uno de ellos. “Prefiero tener al Estado Islámico de vecino que no al PKK”, el partido kurdo, decía otro, citado en el mencionado informe de Nafeez Ahmed.

Mientras las modernas armas antitanque occidentales y la financiación llegan al Estado Islámico y otras franquicias integristas a través de los amigos del Golfo, y mientras el petróleo y las personas circulan a través de la frontera turca, en Occidente se asombran por la resistencia y la expansión del proclamado enemigo, cuya logística y economía cuenta con complicidades tan flagrantes como inconfesables. En el Bundestag la vicepresidenta Claudia Roth, una partidaria de las “intervenciones militares humanitarias” se asombra de que la OTAN haya consentido a Turquía el entrenamiento y la transferencia de armas para los guerrilleros integristas. Cuando en septiembre del año pasado, en la comisión militar del Senado de Estados Unidos se le preguntó al entonces militar número uno del país si algún Estado árabe “aceptaba” al Estado Islámico, la respuesta del General Martin Dempsey, presidente del Estado Mayor Conjunto, fue meridiana: “conozco a grandes Estados árabes que lo financian”.

El martes en Washington Hollande propuso a Barack Obama que se selle la frontera turco-siria, un propósito elemental dada la situación, pero el Presidente de Estados Unidos no estuvo nada receptivo al respecto. Su mensaje general, además de defender el derribo del avión ruso, fue que Rusia no puede ser un “socio fiable” mientras apoye a Bashar el Asad.

“Detrás de la idea de una “gran y única coalición” contra el Estado Islámico que Hollande abrazó en su marcial discurso de Versalles del día 16, “está la voluntad de los rusos de primar sobre los americanos en Europa y dividir a la OTAN”, advierte un experto americano en declaraciones a Le Figaro. La lógica de bloque, de hacer pagar caro a Moscú su desafío militar -en Ucrania y en Siria- pesa en Washington mucho más que cualquier veleidad de coalición. Ante estas señales el propio Hollande vacila. Su visita de hoy a Moscú, significativamente la última de la serie, no aportará nada.

Sin sus amigos, sus cómplices y sus flujos, en y desde Turquía, Arabia Saudita y Qatar, el Estado Islámico no tendría gran cosa que hacer. El problema de la OTAN es que no puede actuar de verdad contra el Estado Islámico sin fortalecer a Asad y a los rusos, lo que aún incrementa más la ambigüedad.

Un estudio de la Rand Corporation de Estados Unidos, institución estrechamente vinculada al complejo militar-industrial, evocaba en 2008 así el nudo de la aparente incongruencia: tras evocar la “fuerte dependencia” que las economías de los países industrializados tienen del petróleo de Oriente Medio, concluía que, “Estados Unidos tiene motivos para mantener la estabilidad y buenas relaciones” con esos países. Naturalmente, siempre y cuando estén en el cuadro de la geopolítica occidental.

No era el caso de Siria, que se alineó con un proyecto energético ruso-iraní, negándose a firmar en 2009 el proyecto de oleoducto para llevar crudo saudí hasta Turquía. En lugar de eso Asad firmó en 2011 un acuerdo de 10.000 millones para otro oleoducto desde Irán-Iraq hasta el Mediterráneo (es decir hasta la Unión Europea), vía Siria, con participación de Gazprom el gran consorcio energético ruso. Eso eran palabras mayores que invitaban a Europa hacia una mayor autonomía internacional, algo a evitar. Hoy el acuerdo nuclear de Occidente con Irán abre de par en par la puerta a ese proyecto.

Fue entonces, en 2011, cuando empezaron los problemas para Asad. 250.000 muertos después, todos bombardean un país que ya ha dejado de existir, generando ese tipo de desolación material que es el caldo de cultivo para nuevos y futuros monstruos.

Las  víctimas de París son inseparables del más de millón de muertos que se ha cobrado hasta ahora la desastrosa serie de guerras emprendidas después del 11-S neoyorkino.“Formamos parte del terrorismo porque en Oriente Medio vendemos armas y libramos guerras petroleras y gasísticas”, dice Oskar Lafontaine. “Hasta que los Obama, Merkel y Hollande no comprendan que las madres de Afganistán, Iraq, Siria, Yemen, y de todos los lugares en los que la “comunidad de valores Occidental” promueve guerras, lloran a sus hijos igual que las de París, no estaremos en situación de luchar contra el terrorismo”, dice Lafontaine.

“La causa del terrorismo está en las guerras entre potencias para controlar una zona del mundo en la que se produce una riqueza inmensa », dijo ayer Jean-Luc Mélenchon en el Parlamento Europeo.

Así que, de momento, no va a ser la coalición de Hollande contra el Estado Islámico, sino la tensión entre potencias animada por el Imperio del Caos, lo que tiene un buen futuro en Siria. Hasta el próximo desastre.

 

Ser español

Manuel Vicent

El País, 18 de octubre de 2015

 

1129672801_850215_0000000000_sumario_normalSe cumple el décimo aniversario de la muerte del periodista Haro Tecglen, ejemplo de español amargado, que necesitaba una calamidad cotidiana para que su prosa brillara como un diamante. Su columna diaria en este periódico era la garita desde la cual disparaba contra los recuelos del fascismo atrincherados en democracia. Su pesimismo congénito le dio autoridad para ser un profeta de nuestro pasado. Actuaba como un maqui perdido en la serranía que nunca aceptó que la guerra había terminado y disparaba contra los aviones que creía de combate cuando en realidad iban cargados de turistas. Se sentía un perdedor nato y en esto no admitía rival: era el perdedor que primero entraba en la meta, otra señal de españolismo depresivo, que es el verdadero. Cánovas del Castillo en el Congreso de los Diputados zanjó el largo debate del artículo sobre la nacionalidad española en el Código Civil de 1889 con esta despectiva afirmación: “Son españoles los que no pueden ser otra cosa”. Desde entonces los españoles se dividen en dos: los cabreados a los que les duele España, la maldicen pero trabajan, y los contentos a los que no les duele nada y cantan pasodobles sombrero en mano. Los que están contentos de ser españoles no saben el placer masoquista que se pierden tratando de no querer serlo. Desde los afrancesados, empezando por Goya que murió exilado en Burdeos, hasta Bergamín que por despecho se hizo proetarra o Berlanga a quien Franco calificó de ser mal español por haber rodado El verdugo, nada más ibérico y racial que gritar: no me da la real gana de ser español. La verdad está en el verso insigne del Mio Cid: “Oh, qué buen vasallo si hubiera buen señor”. En efecto, ese señor tiene la culpa de todo. En este estado cataléptico, saciado de catastrofismo en que está postrado hoy nuestro país, la pluma de Haro hubiera brillado en todo su esplendor.

 

La narrativa de Rafael Chirbes: entre las sombras de la Historia

Escrito en la Revista Turia por Fernando Valls

rafaelchirbesquinientosLa consagración como gran escritor parece haberle llegado a Chirbes tras la publicación de sus dos últimas novelas: Crematorio (2007) y En la orilla (2013), con las que ha obtenido –entre otros- el Premio de la Crítica. La primera apuntaba a una grave crisis económica y moral que, todavía larvada, estaba a punto de estallar, mientras que la segunda no hacía más que confirmar y completar el certero diagnóstico. Antes nos había proporcionado obras de indudable valor, desde la prometedora primera novela corta, Mimoun (1988), hasta el díptico formado por otras dos piezas de semejante intensidad: La buena letra (1992) y Los disparos del cazador (1994), o la novela generacional que es Los viejos amigos (2003), aunque todas ellas posean una notable entidad. De lo que se trataba, en suma, era de dejar constancia de setenta años de historia española, de lo público y lo privado, de la educación sentimental y la política, los negocios y la intimidad, destacando una serie de hechos que gran parte de la sociedad española, encabezada por los dirigentes políticos, parecía haber olvidado. No olvidemos que para Chirbes, como para Balzac, la novela consiste en contar la vida privada de las naciones, frase que nuestro autor ha recordado en más de una ocasión[1]. Por tanto, nos hallamos ante un empeño narrativo que podría encuadrarse muy bien en la tradición de los Episodios nacionales, uno de esos grandes relatos que abarcan toda una época, a pesar de que los teóricos de la posmodernidad nos hubieran anunciado no sólo su fin sino su falta de sentido.

Rafael Chirbes nació en 1949, en Tavernes de la Valldigna, un pueblo de Valencia situado en la comarca de la Safor. La suya era una familia obrera en un mundo de calculadores campesinos, como él mismo nos ha recordado, vinculada a Denia (“el Mediterráneo de mi infancia fue el de Denia”), donde vivía el abuelo. Quizá porque su padre, peón de vías y obras, murió cuando él tenía 4 años. Su madre trabajaba de guardabarreras y tras la guerra fue depurada. En una de las entrevistas que ha concedido, confesaba que su infancia estuvo llena de miedos y pudores. Cuando Rafael contaba sólo 8 años lo enviaron a estudiar a un colegio de huérfanos de ferroviarios, primero en Ávila y luego en León, como le ocurre a Rafael del Moral, el personaje de La larga marcha. Después, estuvo interno en Salamanca, donde sus compañeros solían ser hijos de la burguesía local, rompiendo con la igualdad que imperaba en las anteriores instituciones escolares. El radical cambio de paisaje y de clima, el frío seco de Ávila y el húmedo de León, y la separación de su familia, le resultó en parte trágico pero también excitante, como él mismo ha explicado. Este temprano alejamiento supuso además un cambio de lengua, pues el castellano se convirtió en su vehículo de cultura, al margen de que la lengua familiar hubiera sido siempre el valenciano.

Los estudios universitarios los realiza Chirbes en Madrid, licenciándose en Historia Moderna y Contemporánea en la Universidad Complutense. Durante esos años forma parte de un grupo de estudiantes de izquierdas denominado `El Seminario´, en el que también participan el que luego sería crítico literario y editor, Constantino Bértolo, el editor y articulista Manuel Rodríguez Rivero y Ana Puértolas, periodista de viajes, hermana de la escritora y musa del grupo. Pero en 1973, tras realizar el servicio militar, trabaja en diversas librerías de Madrid, hasta que en 1977 es contratado en Fez como profesor de Lengua e Historia española. Allí permanecerá dos años y de aquella experiencia surgirá Mimoun, cuyo narrador comparte algunas de las experiencias del autor. Cuando en 1979 regresa a España, colabora en diversas revistas del grupo Z, residiendo tanto en Madrid como en Barcelona, hasta que en 1982 un contrato en El Ideal Gallego lo traslada a La Coruña. Su siguiente trabajo periodístico lo lleva a La Gaceta Ilustrada, pero en 1984 entra a formar parte de la revista Sobremesa, donde permanece hasta el 2007 escribiendo reportajes sobre vinos y ciudades, de donde provienen sus libros Mediterráneos (1997), en el que recorre ciudades como Creta, Estambul, Lyon, Venecia, Alejandría o Roma, que es otra manera de reencontrase con sus orígenes, “el mar color de vino de Homero”; y El viajero sedentario. En Ciudades (2004) nos cuenta sus viajes por metrópolis de todo el mundo, como Pekín o Leningrado. Durante estos años cultivó, además, la crítica literaria en las revistas Ozono y Reseña, en donde coincide con el crítico Santos Alonso, defensor temprano y constante del valor de su obra.

Tras desempeñar varios oficios en diversas ciudades, a las citadas habría que añadir París, abandona definitivamente Madrid para instalarse en Valverde de Burguillos (Badajoz). En una entrevista que en 1992 le concede a Sofía Flórez, ésta le pregunta por qué se ha alejado de la capital, a lo que Chirbes responde: Madrid “es una ciudad donde trepas o te hundes, y sin ganas de inclinarme por ninguna de las dos perspectivas” se va a vivir a Extremadura y encuentra tiempo para escribir, aunque “tampoco se soluciona nada con irse”. En un momento dado regresa definitivamente a Beniarbeig (Alicante), donde sigue viviendo. Si bien debido a su trabajo como periodista y escritor ha recorrido numerosos países, tras hacer balance reconoce que no se cansa de volver a Valencia, París, Roma, Nápoles, Salamanca y Fez.

Chirbes confiesa escribir desde siempre, pues ya a los 5 años compuso un cuento, aunque comenzase a publicar tarde. Así, cuando en 1988 aparece Mimoun tiene en su haber otra novela, Las fronteras de África, que ha permanecido inédita. En aquella fecha ya empezaba a ser conocido en el mundo de las letras por sus trabajos de periodista y crítico literario. Tenía entonces 39 años y se identificaba con aquellos que Haro Tecglen denominó la generación bífida con motivo de la muerte de su hijo Eduardo Haro Ibars, aun cuando Chirbes no fuera de los que se acomodaron al poder, ni tampoco de los que se autodestruyeron, pues se ganó la vida como redactor y periodista, mientras iba componiendo poco a poco sus novelas, alejado de festejos literarios y sin gozar apenas de éxito, más allá del respeto de unos pocos lectores y de unos críticos que apostaron por su obra, hasta la publicación de Crematorio (2007), su definitivo reconocimiento en calidad de narrador imprescindible.

Con Mimoun fue finalista del Premio Herralde, que concede la editorial Anagrama, el mismo año que lo obtuvo Vicente Molina Foix con La quincena soviética. Cuenta la aventura que emprende un hombre que abandona Madrid en busca de paraísos perdidos, instalándose en Marruecos, donde consigue una modesta plaza de profesor en un instituto de Fez, mientras vive en el pequeño pueblo que da título al libro, cuyo nombre real es Oulad Mimoun, fuera de las rutas turísticas, con el fin de obtener la tranquilidad que necesita para escribir una obra literaria. Pero su experiencia se convierte en un descenso a los infiernos en los que Manuel, el protagonista, un personaje tan perplejo como indeciso y carente de voluntad, se enfanga en el alcohol y en las esporádicas relaciones sexuales, a veces colectivas, que mantiene con hombres y mujeres, con prostitutas.

Las expectativas de Manuel, en fin, no se cumplen, pues apenas consigue escribir, y finalmente tiene que abandonar la urbe, tras el miedo que le produce la muerte de un amigo francés, poeta, quien aparece muerto, quizás asesinado, y las amenazas que recibe. Lejos del fulgor y el cosmopolitismo con que se nos suele pintar Tánger, aquí Marruecos aparece como un lugar inhóspito y misterioso, repleto de tipos obsesionados con el sexo y el alcohol, más en la línea de Mohamed Chukri o Gean Genet que en la de Paul Bowles, muy lejos de aquel paraíso con el que Manuel había soñado. La novela corta, escrita en un lenguaje descarnado, aunque a rachas de un lirismo contenido, en el que no sólo el léxico francés sino el árabe gozan de una presencia singular, está plagada de antihéroes, ya se trate de profesores, ya de criadas, policías, poetas o campesinos. Pero, además, la ciudad, el paisaje y el clima, árido y lluvioso, también adquieren su parcela de protagonismo junto con los espacios cerrados, sean éstos casas o tabernas cochambrosas.

En la lucha final (1991), su siguiente obra, encontramos cambios significativos, pues abandona el relato lineal, se vale de un protagonista coral y utiliza diversos materiales para construir la narración, tales como testimonios, los dos monólogos con que concluye la primera parte, las páginas del diario de Ricardo, fechado entre 1984-1986, con el que arranca la segunda, y las primeras páginas de la novela de éste. Quizá sea hoy su novela menos valorada, aunque suponga un paso importante en su trayectoria narrativa al indicar el camino que seguirá. Aquí se vale de la perspectiva múltiple, si bien destacan tres personajes: Carlos, con casa en la Moraleja, es el más acaudalado, solo y el que tiene más miedo del grupo; Amelia, asesora en una editorial, se revelará muy ambiciosa, una mujer rubia de 40 años que odia el capitalismo pero disfruta todo lo que puede de sus ventajas, “una muñeca rusa que esconde siempre a otra Amelia”; y Ricardo Alcántara es un farsante acorralado tanto en su faceta de hombre, siendo homosexual engatusa a Amelia, como en la de escritor, puesto que plagia.

La novela está contada por un narrador innominado, amante actual de Amelia, de quien sabemos que es un escritor algo más joven que el resto de los personajes, a quienes observa y oye en sus testimonios con una cierta distancia para poder narrar su historia, que se convertirá en su segunda obra, lo que un posmoderno de hoy tacharía de novela reportaje. El desarrollo de la trama sigue la reconstrucción de los principales avatares del grupo de amigos, quienes en la universidad habían formado parte de grupúsculos de extrema izquierda. A los personajes citados habría que añadir: Pedro Ruibal, escritor y amante fracasado; José Bardón, de 43 años, catedrático de literatura y autor de éxito, de origen humilde, y Concha, su nueva esposa; Brines, un galerista de arte, bisexual, que trabaja para Carlos, pues ambos fueron pilaristas; Brull, amigo de Carlos, funcionario de la Comunidad Europea en Bruselas; y Santiago, el auténtico marginal, un camello que se ha prostituido y cuyo papel en la novela es el de “vengador del orgullo social que detectaba en ellos”, en los miembros del grupo. Todos bullen en esta pequeña colmena y quieren medrar, o al menos mantener sus posiciones, si bien el regreso de Ricardo trastoca el orden establecido.

Esta narración posee componentes líricos y metaliterarios, al proponer una serie de reflexiones sobre el éxito y el fracaso artísticos, el poder del mercado, etc.; al tiempo que confronta diversos modelos de escritor, aunque todos ellos terminen revelándose como un chasco en distinto grado. El narrador se vale, en fin, de sus testimonios, de una polifonía de voces distintas que se complementan, para componer la novela. Lo que Chirbes muestra, en suma, son varios fraudes, ejemplificados en la transformación ideológica de unos individuos que salieron del franquismo siendo rebeldes y acabaron vampirizados por el poder, adoptando una moral pragmática e hipócrita. Pero también rememora la educación sentimental de una generación: la amistad, el sexo, el amor y la atracción irracional, junto con la ingestión de alcohol, de cocaína y heroína con que trafican Ricardo y Santiago. La novela tiene algo de rompecabezas, de relato policíaco, en donde el misterioso narrador actúa a la manera de un detective, al indagar sobre unos hechos que pivotan sobre las consecuencias que trajeron consigo el regreso a Madrid de Ricardo y Silvia, y después el asesinato de Carlos, aun cuando ya no fueran aquellos viejos amigos de antaño.

Así, al concluir el relato conocemos cómo se ha producido la toma de conciencia de que: “En esta época una clase social solo puede entrar en otra a punta de navaja”. La acción transcurre en el Madrid de los años 80, una ciudad con poco espacio para el idealismo. La estructura resulta atípica y sorprendente, organizada en tres partes desiguales, compuestas por 108, 44 y 21 páginas, respectivamente, y un breve epílogo. Aunque el título de la novela provenga de la letra de la Internacional (“Agrupémonos todos,/ en la lucha final”)[2], tal vez –en esta ocasión- quiera indicarnos que la batalla que libran los personajes sea por adaptarse y triunfar dentro del sistema político y social imperante (gobierna el PSOE), no en favor de la igualitaria revolución comunista, que también fue un fiasco, y no menor, a pesar de sus intenciones iniciales. En fin, podríamos concluir que en la elección misma del cuadro de Otto Dix que aparece en la cubierta del libro, conocido como “Tríptico de la gran ciudad” o “Metrópolis” (1927-1928), se hallan las intenciones fundamentales del autor. Se trata de un retablo profano, de una danza de la muerte que nos muestra el mundo escindido de la República de Weimar años antes de la ascensión de Hitler, las diversiones de los locos años veinte y el disfrute de las nuevas músicas y bailes, mientras asoma todavía la miseria que dejó tras sí la Gran Guerra. Otra de las novedades de esta novela consiste en que se cita por primera vez al pintor Francis Bacon (pp. 11 y 182), quien reaparecerá en distintas obras del autor.

Sus dos siguientes narraciones, La buena letra (1992) y Los disparos del cazador (1994), publicadas de forma independiente en su momento, fueron recibidas como el haz y el envés de una historia semejante contada en un mismo género, la novela corta de Mimoun, que no volvería a utilizar. En el 2013, Chirbes ratifica el sentido de aquel vínculo editándolas juntas en un solo volumen en forma de díptico, bajo el título de Pecados originales (edición por la que cito), y encabezándolas con un sustancioso prólogo, en donde afirma: “Sobre todo, quería dejar constancia de eso: de la tremenda ilegalidad sobre la que se asentaba cuanto estábamos construyendo” (p. 9). No en vano, en La buena letra Chirbes les proporciona voz por primera vez a los vencidos en la guerra civil. Ana, la narradora y protagonista, es una anciana que toma la palabra para contarle a Manuel, su hijo, convertido en un desclasado y tosco negociante, la trágica historia de la familia, con el propósito de que entienda por qué se niega a vender la casa en que ha transcurrido gran parte de su existencia, y en donde sus descendientes pretenden construir un edificio nuevo con que enriquecerse. Sin embargo, Ana recuerda y escribe también para ordenar y entender su pasado, los años de la República, la guerra y las primeras décadas de la postguerra (“años de frío y oscuridad”), y dejar constancia del sufrimiento de los suyos, de su lucha por la supervivencia, del ansia de venganza que trajo consigo la Victoria. Su hijo, en cambio, coetáneo del autor, necesita olvidar el pasado familiar para poder relacionarse con los vencedores y medrar a su amparo, de ahí que no entienda la vinculación de su progenitora con aquella vieja vivienda, el valor que posee como símbolo de su identidad y memoria.

El relato se compone de un monodiálogo de la narradora y protagonista formado por 55 brevísimos capítulos (a partir del décimo noveno van adelgazándose), con las trazas de una confesión laica, de un testimonio que adopta la forma de un balance vital. De este modo, lo que Ana cuenta es la historia de esas trágicas décadas en Bovra, un topónimo inventado que sitúa en la región valenciana, el cual reaparecerá en otras obras posteriores. A este propósito, Chirbes baraja a la perfección la historia general, el mezquino franquismo del lugar y la deslealtad familiar, esto es, cómo dos hermanos republicanos, Tomás Císcar, el marido de Ana, un calzonazos, y Antonio, miembro de las Juventudes Socialistas Unificadas, fueron encarcelados, siendo el último condenado a muerte. Pero cuando a Antonio le conmutan la pena y regresa al pueblo, una vez casados Tomás y Ana, su extraña actitud acaba trastocando las relaciones familiares. No en vano, se siente atraído por su cuñada, y ella –aunque de manera discreta- tampoco se muestra del todo indiferente. La aparición de Isabel, una criada que ha trabajado en Londres y peca de delirios de grandeza, quien se casa con Antonio, supone una nueva vuelta de tuerca en las relaciones turbias que mantienen todos ellos, pues este matrimonio abusa de la generosidad de los suyos, e incluso acaba medrando junto a los vencedores e ignorando a sus cuñados, que les habían ayudado cuando más lo necesitaban.

Casi todos los estudiosos que se han ocupado de esta obra han llamado la atención sobre su forma, los intensos y breves capítulos, y acerca de un estilo literario sustentado en la fragmentación del relato, en la elipsis, junto a la importancia que tiene el fraseo propio de la narración oral, a lo que habría que añadir una cierta vinculación con los dramas rurales, en la estela de Lorca. La novela, en su esencia, apela al presente, a aquellos primeros años noventa en que el país se creía Jauja, olvidándose de lo que realmente era, y sobre todo de dónde veníamos. La novedad mayor estriba en la acertada supresión del último capítulo de la novela, según el cual “el tiempo acaba ejerciendo cierta forma de justicia (…), acaba poniendo las cosas en su sitio”. Diez años después el autor considera semejante idea “una filosofía inaceptable, por engañosa”, habida cuenta de que el tiempo agranda las injusticias.

De Los disparos del cazador (1994) podría decirse que constituye el envés de su anterior novela corta, al mostrar el mundo de la postguerra desde el punto de vista de Carlos Císcar, un constructor arribista que ha traicionado a los suyos. Su padre es un maestro represaliado, pero él se casa en 1945 con Eva Romeu, heredera de un empresario franquista. Dado que su hijo Manuel, educado en Francia, se avergüenza de sus logros, Carlos deposita sus esperanzas en Roberto, el nieto. Este relato se presenta como el diario que escribe el narrador durante el año olímpico de 1992, ya en la vejez y una vez viudo, para dejar constancia de su vida y, además, rebatir la versión escrita por Manuel en un cuaderno que ha encontrado fisgoneando, del que sólo conocemos breves fragmentos, suficientes para que dudemos de la versión única impuesta por el narrador. No en vano, Carlos se hace rico con negocios fraudulentos durante el franquismo y presume de haber tenido dos amantes, cuyas relaciones cuenta a veces con detalle. En suma se trata de un conflicto triple, al ser tres las generaciones en danza: la de los padres de Eva y Carlos; la suya propia y la de sus hijos. Así, Císcar cuenta desde la soledad, la decrepitud y el fracaso, con la conciencia de haberse equivocado en lo que más apreciaba. El tono en que narra, reconoce el autor, es “de desolación absoluta, de no esperar nada, si bien posee el orgullo de estar `contando´”. En la novela se plantean los temas principales a los que se enfrentó su generación, como ha apuntado Chirbes, en un momento en que el poder cambiaba de manos, con la certeza de que no hubo entonces nadie inocente y de que todo ascenso social se produce traicionando a los predecesores; la conciencia de una falsa modernización y su necesidad de olvidar.

Aquí vuelve a abordar la cuestión de la clase social, de la educación, los gustos y las formas de vida, que es lo que separa al advenedizo Carlos, hombre sin sustancia, y a su amigo y cómplice en los negocios, el zafio Jaime Ort, de Eva y Manuel. Si para Ana, en La buena letra, el recuerdo de la historia familiar es casi el único legado que puede dejar a su hijo; Císcar, en cambio, necesita justificarse, edulcorar los recuerdos. Los temas de la novela son, en definitiva, la ambición, la carencia de amor y el deseo, junto a la muerte, la vejez y sus lacras, mientras el triunfo económico y social trae consigo el fracaso familiar. El título, la referencia a esos disparos, símbolo de crueldad, remite al sentido último de esta nouvelle, pues Carlos, un depredador amante de la caza como tantos otros personajes de Chirbes, se siente frustrado al comprobar que sus cínicos descendientes se han beneficiado económicamente de sus actividades fraudulentas, aunque ahora finjan haber olvidado su procedencia. En 1999, La buena letra y La larga marcha recibieron en Alemania el Premio SWR/Die Bestenliste (La mejor lista), convocado por una cadena de radio y concedido por un jurado de prestigiosos críticos, por el que recibió algo más de 10.200 euros.

En La larga marcha (1996) la narración no es ya en primera persona, sino en tercera, una tercera persona compasiva, como la ha denominado el autor, tras concederles voz a los distintos personajes. Estamos ante otra novela coral. ¿Por qué este cambio con respecto a sus obras anteriores? Según confiesa, intentaba crear tensión y emoción literaria relatando en tercera persona pero sin creerse Dios, como solía ocurrirles a los narradores del XIX, convencido de que tampoco ellos podrían transformar el mundo con sus obras. La novela cuenta la historia de dos generaciones: la de los padres y sus hijos; la vida cumplida de los primeros y el acceso a la madurez de los segundos. Mientras los mayores habían vivido la guerra y sus consecuencias, la Victoria; sus descendientes padecen los estertores del franquismo, y si aquellos aspiran a sobrevivir, los más jóvenes albergan esperanzas de libertad. La segunda parte, además, adopta las hechuras de una novela de formación, pues nos relata cómo se forma la sensibilidad de una generación, sus gustos, lecturas e inquietudes. La trama arranca en un pueblo de Galicia, durante 1948, mostrándonos un cuadro alegórico a partir del retrato de tres generaciones de la familia Amado y el nacimiento de un niño, Carmelo, y concluye a comienzos de los 70 con su detención, la de aquellos seis jóvenes que componían la célula de Alternativa Comunista.

Tanto el título del conjunto como el de las dos partes debe leerse en clave irónica, pues esa larga marcha (o “gigantesca ola” que genera la revolución) hacia la democracia, en alusión a una de las disparatadas empresas auspiciadas por el presidente Mao, parece dirigirse a ninguna parte, hacia la nada. Así sucedería también con “La batalla del Ebro” y “La joven guardia”. No en vano, el primer título remite a la confrontación decisiva de la Guerra Civil –son varios los personajes que luchan en el frente de Aragón- y que supuso el principio del fin de la República (se desarrolló entre julio y noviembre de 1938), mientras que el segundo se refiere al himno de las organizaciones juveniles comunistas, cuyo estribillo rezaba: “Es la lucha final que comienza/ la revancha de los que ansían pan;/ en la revolución que está en marcha/ los esclavos el triunfo alcanzarán”. Chirbes ha afirmado que el libro podría haberse titulado Padres e hijos, como la obra de Turguéniev.

Esta es, por tanto, una novela de personajes, la historia fragmentaria de siete familias, con sus correspondientes protagonistas: los Amado, campesinos gallegos, su hijo Carmelo; los Vidal, el padre era peón ferroviario en Bovra, Valencia, cuya historia procede de La buena letra; Del Moral, un limpiabotas que había hecho la guerra con Franco, residente en Salamanca, y que acaba arrojándose a las vías del tren, y sus dos hijos, uno de ellos, José Luis, estudiará en un internado en León, donde coincide con Raúl Vidal, trasunto del autor; Vicente Tabarca, quien practica abortos, un médico republicano represaliado que había estado condenado a muerte, el cual en dos ocasiones tendrá que sacrificar su dignidad para sobrevivir, y sus dos hijas, Alicia y Helena, muy distintas entre sí; Coronado, vendedor ambulante y estraperlista en Madrid; los hermanos Roberto y Gloria Seseña, aristócratas madrileños arruinados, por lo que ella se casará con Ramón Giner, un arribista; y, por último, José Pulido, jornalero andaluz. En la primera parte, pues, el autor presenta a los personajes, su historia y problemas durante la postguerra, tales como el desarraigo, el fracaso de sus expectativas o las concesiones que tienen que hacer para sobrevivir, de modo que a veces se proyectan –así le ocurre a Vicente Tabarca- como sombras, fantasmas  e incluso cadáveres.

La segunda parte, en cambio, transcurre en Madrid y está protagonizada por sus descendientes, quienes acaban relacionándose, compartiendo incluso carrera, piso, tertulia y sobre todo destino. Chirbes rompe con el mito de la dos Españas desde el momento en que vencedores y vencidos, trabajadores y burgueses, sufren las consecuencias de la guerra. Todo ello se presenta a través de una narración realista, aunque se valga de símbolos como el pantano, las manos, los perros o los nombres de los personajes, con el fin de insuflarle profundidad a la historia. El estilo es resultado de lo que se quiere contar, pues compone la trama mediante secuencias y ritmos, prescindiendo del punto y aparte, para que funcionen los capítulos como si de poemas se tratara, apostando por un tipo de narración, cercano a los relatos orales, en el que la música interna pueda llegar a sostener el conjunto, según ha confesado el autor.

El cuadro de Juan Genovés que aparece en la cubierta, un artista que no sólo comparte poética con Chirbes sino que también ha declarado su simpatía por quienes sufren la historia, titulado de forma elocuente “Punto de mira II” (1966), está estrechamente relacionado con el contenido de la novela y su mismo título, pues en él observamos a unos personajes que se dirigen, como ha comentado el pintor, “hacia cualquier espacio donde haya un poco de armonía, donde haya un ideal de justicia”. Nos encontramos, pues, con una circunferencia de aspecto lunar, efecto reforzado por las sombras que la envuelven, inscrita en un cuadrado de fondo negro que hace las veces de marco, en donde se distingue a una multitud despersonalizada –semejan hormigas– que parece correr hacia la derecha –quizá se trate de una huida sin rumbo cierto–, todo lo cual es visto a través de un punto de mira, un teleobjetivo o una cámara de vigilancia a la manera orwelliana, como si esa muchedumbre se alejara de alguien que la acosa y amenaza… Asimismo, la circunferencia aparece dividida en cuatro partes, a la manera de una cuartilla que ha sido plegada y desplegada dejando en ella sus marcas. Se trata, en suma, de un cuadro monocromo, conceptual, que posee una clara dimensión alegórica, en donde una masa de gente anónima huye[3]. Acaso el sentido último del libro se complete un poco más si sabemos que Chirbes se lo dedicó a cinco compañeros de su época universitaria.

Dos hechos extraliterarios vinieron a condicionar la recepción de esta novela; por un lado, la polémica entre diversos críticos y escritores españoles; y por otro, los elogios que le dedicaron en el prestigioso programa de televisión alemán Literarisches Quartett, en 1998, dirigido por el crítico Marcel Reich-Ranicki, con el consiguiente éxito de ventas. El paso del tiempo no ha hecho más que subrayar lo gratuito del alegato del crítico que inició el debate, pues la novela de Chirbes se entiende mucho mejor en el contexto de la evolución experimentada por la sociedad y la narrativa española de las últimas décadas, así como del conjunto de la obra de nuestro autor.

La acción de La caída de Madrid (2000) transcurre durante un tiempo reducido, entre las 6 de la mañana y las 8 de la noche del 19 de noviembre de 1975, el día anterior a la muerte de Franco. Se trata de otra novela coral, en donde se cuenta la historia de tres generaciones de personajes, en tanto el narrador les va cediendo la voz y el lector va adquiriendo una visión múltiple y contradictoria de aquel momento; los miedos y expectativas que este suceso supuso para unos y otros, ya fueran partidarios o enemigos del régimen, junto a sus respectivas historias personales. Por un lado, la trama gira en torno a la familia de José Ricart, partidarios todos ellos –aunque con matices- del franquismo, excepto Quini, el nieto más joven, cuyo patriarca, un empresario vinculado al régimen, se dispone a celebrar su 75 cumpleaños. Estrechamente vinculado a Ricart, aparece el más temido comisario de la brigada político social, Maximino Arroyo. Por el contrario, entre los miembros de la oposición podemos distinguir tanto a estudiantes de distinta condición social como a los miembros de una célula de obreros, unos militantes del PCE y otros de Vanguardia Revolucionaria, quienes forman el comando que intenta sabotear el metro, y el tránsfuga Taboada; aparte de los profesores y artistas: Juan Bartos y esposa, la pintora Ada Dutruel, y Chacón, el escritor y profesor regresado del exilio, trasunto de Max Aub.

En un momento dado descubrimos cierta interrelación entre los personajes que componen los distintos grupos. De todo este entramado de intereses da cuenta la novela de Chirbes: del cúmulo de contradicciones acaecido en estos años clave en que el poder parecía a punto de cambiar de manos. En la novela se plantean cuestiones fundamentales: la serie expectativas que genera la inminente muerte del dictador; el origen de las fortunas que se gestaron durante el franquismo, producto de la corrupción; la conciencia de que está empezando a desaparecer la España de la que Ricart y Maxi han formado parte; los métodos que utiliza la policía política; la formación intelectual de los estudiantes, y las ideas y actividades contra el régimen de los grupos que componen la oposición. Se muestra también las tensiones que se generan entre las familias adeptas al régimen, y las disensiones entre la oposición; además de la vinculación del patriarca con su esposa, Amelia, enferma de Alzheimer, y de Maximino con su esposa y amante, la prostituta Lina; en suma, los amores de los jóvenes y los deseos de los adultos.

Uno de los mayores aciertos de esta obra consiste en dejarnos oír hablar, explicarse, a los distintos personajes: el abuelo Ricart; su esposa enferma, delirando; su impagable nuera Olga Albizu; el tosco policía Maxi; el charlatán Taboada; la boba Margarita, toda muslos y rodillas; el ingenuo Lucio y el irresponsable Quini. Casi al final de la novela, Quini se pregunta quién es y qué quiere ser. El caso es que si la narración se inicia con las cuitas de José Ricart por el anuncio de la inminente muerte del dictador, concluye con la detención de los militantes izquierdistas. El título de la novela, por tanto, no creo que se refiera a la caída de una ciudad (aunque juegue con títulos memorables que aluden a la caída de Constantinopla, el imperio romano o Leningrado), sino al de la célula revolucionaria, al concluir con la detención de Lucio, tras contarnos la tortura y el asesinato de otros militantes.

En Chirbes la reflexión teórica y la práctica narrativa aparecen estrecha y coherentemente unidas, por lo que todas las preguntas que se formula (por qué y para quién se escribe; cuál es el papel de la novela en estos tiempos tumultuosos), adquieren cumplida respuesta en sus narraciones. Los ensayos recogidos tanto en El novelista perplejo (2002) como en Por cuenta propia. Leer y escribir (2010), resultan imprescindibles en este sentido. De ahí que nuestro autor no sea más que un novelista perplejo (la suya es la perplejidad del que no sabe y utiliza la novela para investigar y conocer), quien, sin embargo, conoce lo que debería ser hoy una novela, además de su propia tradición narrativa.

Voy a detenerme algo menos en sus tres últimas novelas, tras dedicarles unos análisis recientemente[4], a saber: Los viejos amigos (2003), la cual completa una trilogía compuesta por La larga marcha y La caída de Madrid, a la que habría que añadir En la lucha final; todas ellas publicadas en la misma editorial entre 1991 y el 2003, con el empeño de reescribir la historia de las últimas décadas y de luchar contra el olvido generalizado y la lectura complaciente de algunos periodistas, políticos e historiadores. Lo que él ha denominado “esa larga traición llamada transición”. Recordemos, no obstante, que en dicha empresa no ha andado solo, y que otros autores lo han precedido o acompañado; por ejemplo, Juan Marsé, Manuel Vázquez Montalbán, Esther Tusquets, Juan José Millás, Manuel Vicent, José María Merino, Manuel Longares, José Antonio Gabriel y Galán, Mariano Antolín Rato, Mercedes Soriano, Belén Gopegui e Isaac Rosa.

Uno de los empeños principales de Chirbes ha consistido en relatar la evolución ideológica de su propia generación, de aquellos jóvenes revolucionarios de los años sesenta que acabaron apoyando una falsa modernización y adaptándose al sistema. Algunos de esos impostores son precisamente los protagonistas de Los viejos amigos. Su realismo, en estas últimas obras, es del mismo tipo que ha defendido el pintor Francis Bacon: “un intento de capturar la apariencia junto con el cúmulo de sensaciones que esa apariencia excita en mí”. En esta ocasión, el narrador convoca a un grupo de viejos amigos a una cena en Madrid. Treinta años antes estos mismos personajes habían llegado de la periferia a la conquista de la capital, formando parte de una célula comunista. El tiempo ha causado estragos en sus vidas y aquellos que lograron sobrevivir se han convertido en un pálido reflejo de quienes desearon ser. En esta técnica de contraste entre lo que anhelaban y lo que son, entre las ideas que defendían y la vida que han acabado asumiendo, se sustenta pues la novela.

Según van tomando la palabra tenemos la sensación de que se han convertido en voces sin alma, en seres capaces de explicar lo inexplicable, de justificar lo injustificable. Todos ellos tienen sus razones: algunas les sirven para sobrevivir en un medio adverso y como lo importante es seguir viviendo, ya sólo sienten apego por el dinero. Las mujeres se nos presentan como víctimas, aunque los hijos, “cachorros herederos genéticos de una generación famélica”, no lo son menos después de tanto desbarajuste. Así, Pau se convierte en un yonqui sin que su padre se entere, mientras que Lalo y Juanjo, hermanos gemelos, han venido a ser una repetición grotesca de lo que fue Guzmán, su padre.

Con estos mimbres, una vez comprendido que “la vida es lo más fácil de entregar; que el día a día es lo difícil, lo que quema, lo que lo convierte todo en nada”, el desenlace de esta nueva noche de Walpurgis no podía revelarse complaciente. A la resaca espiritual se añade la degradación corporal (esa caldera hirviente del estómago, en el centro), el peso de la edad como metáfora de la degradación moral. Todas estas conductas podrían sintetizarse en una frase de la novela: “Ya nadie hacía lo que creía que tenía que hacer. Mantenerse, tener criterio, había empezado a ser una forma de intolerancia”. Ésta no es una novela de personajes individualizados. Por el contrario, Chirbes pretende mostrarnos arquetipos al servicio de unas tesis claramente expuestas; que sus novelas no resbalen sobre la piel de su tiempo e impacten en el núcleo mismo de la sociedad. O lo que es igual, que la novela vuelva a ser otra vez el vehículo adecuado para una lectura crítica de la Historia. No en vano, a los personajes se les reprocha que quisieran olvidar, “curarse con la medicina del olvido, en vez de aprender con el purgante de la memoria”.

Crematorio (2007), tal como ocurre con los retratos de Lucien Freud, debería apestar a carne descompuesta. No en balde, la narración arranca y concluye con la contemplación del cadáver de Matías Bertomeu, muerto de cirrosis a los sesenta y pocos años, excusa que utiliza el autor para reactivar la memoria del resto de los personajes. Todas estas novelas contemporáneas, compuestas por Chirbes a la manera galdosina, oscilan entre la tradición literaria y la vida, entre el pasado inmediato y el presente, y vienen poniendo en solfa, con atrevida lucidez, la conducta, el lenguaje, los valores morales y la casi inverosímil capacidad de adaptación al medio de los miembros de una generación, la suya propia -“una generación de vampiros”-, y sucesivas, de todos aquellos que desde los años sesenta se enfrentaron u opusieron al franquismo. Tan exhaustos debieron de quedar por el esfuerzo que terminaron adoptando las mismas muecas y retóricas del poder. En fin, la elección para la cubierta del libro de un detalle de un cuadro de Hannah Höch me parece un acierto.

En trece capítulos sin numerar, y una coda final, el autor muestra la trayectoria de un grupo humano y de sus adláteres, “el zoológico de la familia Bertomeu”, compuesta por tres generaciones, padres hijos y nietos, aunque el protagonismo de estos últimos (Ernesto, Miriam o Félix) sea episódico. Así, la novela está protagonizada, en esencia, por los hermanos Rubén y Matías, presente el primero y ausente el segundo; aquél se ha enriquecido como constructor, mientras éste, un típico exrevolucionario, acababa convirtiéndose en un ecologista solitario. El autor se vale de un narrador omnisciente que va cediendo la voz a los personajes, mostrándonos, mediante el estilo indirecto libre, sus razones o sinrazones. Del contraste y la confrontación de todas estas voces, debe valerse el lector para poder juzgar los acontecimientos e ideas que se pongan en juego. Así, el perspectivismo, la variedad de puntos de vista, la polifonía de voces constituye el fundamento último de este relato, en el que cada cual se muestra y explica desde su propia psicología, en absoluta libertad, como no podía ser menos.

El título de la obra remite, en primera instancia, al holocausto, a la destrucción casi absoluta, arbitraria e interesada, a la carne chamuscada y, en contraposición, a lo que de purificador pueda tener el fuego. Se refiere también al destino último del cadáver de Matías, así como al del resto de los personajes: desde el constructor Rubén, que debe acabar su existencia junto a la boba y se supone que maciza Mónica (una variante discreta de Irina, la joven puta rusa), “el moscardón atrapado por la planta carnívora”, quien cuando concluye la historia está casi a punto de darle un descendiente varón; hasta el joven Ernesto, el tiburoncito de la familia, que anda perdido entre USA y México, cuando fallece su padre, Matías. El título alude, además, a cómo todos ellos han acabado triturando las ideas en las que alguna vez creyeron. La acción transcurre en un espacio inventado, Misent, lugar que, como Benalda, la montaña en la que habita Matías, podría localizarse en la costa levantina. Se ocupa la narración de lo privado y lo público; de lo sentimental y lo laboral, sin olvidarse nunca de la sociedad, y en una perspectiva no sólo española, sino también europea, e incluso mundial. Así, en el desenlace se afirma que la construcción es la mejor metáfora del capitalismo, y que la cocaína (Collado, los mafiosos rusos y la joven Miriam la consumen) la construcción y el capitalismo en su fase última se hallan estrechamente unidos. La confrontación de ideas que surgen en los monodiálogos de los diferentes protagonistas estallará hasta tal punto que cada una de ellas se opondrá y reafirmará en contraposición a las de los demás.

Resultan fundamentales los capítulos 1º, 5º y 13º, estratégicamente situados, en donde impera el punto de vista de Rubén. En el primero, monodialoga con el hermano muerto y en el último, con su hija Silvia. El constructor es, sin duda, el personaje con más aristas, el más sugestivo y complejo; también el más coherente, el que muestra menos dobleces. De joven tuvo veleidades intelectuales, fundando con sus amigos Montoliu y Brouard un taller artístico, soñando con aunar pintura, literatura y arquitectura, a la manera de la mítica Bauhaus. Y, sin embargo, como ocurre en tantas otras ocasiones, de todas aquellas inquietudes apenas si quedó nada, pues Rubén se enriqueció pronto con la droga, blanqueando sus negocios en la construcción. En el quinto capítulo y en el decimotercero, las reflexiones y la confesión, lúcida y patética, que Federico dedica a la vida y a la literatura (“soy representante de una generación sombría”), son fundamentales; en una novela en la que Juan, partidario del realismo literario, escribe un libro entre biográfico y ensayístico sobre Federico Brouard. Por lo demás, toda la narración aparece trufada de referencias a la arquitectura, la pintura, la literatura y la música como una manera de establecer y señalar el alma de un tiempo, los gustos y la educación sentimental de una época.

En verdad, lo que resulta significativo no es sólo que ponga en solfa unas conductas morales, sino también todo un discurso, una retórica, sea de derechas o de izquierdas, sostenida en un lenguaje manido. Es más, Chirbes no se centra en la crítica obvia al capitalismo salvaje, o en la más facilona aún, al PP y sus adláteres, sino que la emprende, sobre todo, con quienes había compartido inquietudes y proyectos, sin duda porque le afecta, seguramente al esperar más de ellos. De este modo, Rubén, el constructor enriquecido, quien en una visión simplista podría parecer el peor de todos, es el más coherente, si no el menos dañino, pues ni utiliza la doble moral, ni finge ser lo que no es, ni se vale del doble lenguaje que emplean los demás. En alguna ocasión se pone sentencioso, como si el autor se sirviera de él para expresar su opinión, de la misma forma que otras veces se vale de Federico.

No menos protagonismo alcanza el paso del tiempo, “la rata que se lo come todo”, como ocurre en numerosas novelas contemporáneas. No en vano, a lo largo de la narración se repasan las edades del hombre: desde la madre de los Bertomeu, que anda por los 94 años, hasta los jóvenes bisnietos. En historias de este tipo, sin duda, no puede haber héroes, sólo villanos y bobos, y apenas ninguno se salva. Todos sufren, porque según se recuerda en la novela, sólo los malvados padecen, al ser los héroes “animalitos saludables”. Chirbes los ha diseccionado sin que por ello le tiemble el pulso, sajando el alma y la carne de sus criaturas, para mostrarnos la podredumbre, el fracaso de una generación, su corrupción e impostura, junto con la inoperancia de un discurso y de unas prácticas vitales que han inundado el país de vanos valores, y eso por no hablar de la herencia que nos han ido dejando; unos descendientes, estos –en general- con escasas aspiraciones. Lo que viene contando Rafael Chirbes, en fin, es que tras liquidar aquellas viejas ideas, seguimos esperando que aparezcan otras nuevas con las que poder medirnos, pues sólo los muy tontorrones creen que esos valores sean los que trajo consigo el pensamiento débil, la inocua posmodernidad, o las transformaciones electrónicas de estas últimas décadas.

Como el resto de la literatura de Rafael Chirbes, Crematorio es un ejemplo más de que la ficción, la novela, cuando posee la complejidad necesaria, puede ayudarnos a comprender mejor el pasado cercano, nuestro confuso presente; el alma y el aliento de los tiempos que vivimos. También nos permite observar mejor los hilos de la trama que compone el gran teatro del mundo, la distancia cada vez mayor entre las ideas y su puesta en práctica (Andrés Fernández de Andrada, autor de la Epístola moral a Fabio, había exaltado a aquel que “iguala con la vida el pensamiento”; mientras que Federico Brouard reconoce: “hago en la vida lo que condeno en los libros”), a comprender mejor la conducta de las personas, tal y como enseñó Marx a todos los que quisieron aprenderlo y han optado por no olvidarlo.

El autor viene sometiendo a la sociedad española a un proceso semejante al que los expresionistas, entre ellos Otto Dix (a quien se cita en la narración), aplicaron a la alemana tras la primera guerra mundial. Así, después de treinta años de democracia, o desde la última década del franquismo, si nos situamos algo más atrás, no hay lugar para tanta complacencia, ni esperanza, en una sociedad que ha transformado sus sueños de cambio en un empeño sistemático por destruirlo todo (ahora le toca el turno al paisaje), por sacarle partido económico hasta al último palmo de terreno; una ciudadanía que vive de la mera apariencia, de la gesticulación, sin que se atisben por ahora indicios de cambio alguno. Si nos situamos en el plano de lo privado, el pensamiento de la novela podría resumirse en la siguiente sentencia: “no hay vida que pueda vivirse de forma armónica”. Rafael Chirbes ha acabado resultando uno de los más sagaces herederos de nuestra mejor tradición narrativa, la que proviene nada menos que de Galdós, Valle-Inclán, Baroja y Max Aub, como los cronistas que fueron del tiempo que les tocó vivir. Aunque quizá de quien más cerca se sienta sea del lúcido Miguel Espinosa, quien en una fecha temprana denunció la existencia burguesa cargada de apariencia y gesticulación. En fin, no parece mala compañía, aunque resulte algo exótica en contraste con tanto narrador español pseudocosmopolita y snob. Lo que más aprecio en las novelas de Chirbes es cómo ha logrado aunar pensamiento y estilo, sustancia y forma, en una prosa depurada, mediante una visión distinta y acerada.

En su última novela, titulada En la orilla (2013), con la que ha vuelto a obtener el Premio de la Crítica, aborda la actual crisis, que no ha resultado sólo económica, sino también social y ética. Así, muestra cómo se fue gestando la debacle y de qué forma ha ido afectándonos. La acción transcurre en Olba, un pequeño pueblo cercano a Benidorm, durante el 2010. Sirviéndose de la primera y la tercera persona, el estilo indirecto libre y el monólogo, además de diversas voces que van tomando la palabra, nos ofrece un fresco variado y completo: un microcosmos representativo del conjunto del país. A pesar de que la narración tenga mucho de coral, el peso recae sobre Esteban, un hombre de 70 años cuya ebanistería y negocios inmobiliarios acaban de irse al garete, dejando en el paro a los trabajadores. La novela está compuesta por las reflexiones del protagonista, si bien se presentan contrastadas por los puntos de vista de diversos allegados. Esteban rememora un pasado común para comprender la historia personal, familiar y social; los fantasmas que componen una existencia. Y no está mal recordar aquí que para el autor “la Historia es pura carnicería”. De igual modo, a lo largo de estas cavilaciones hacen su aparición las distintas edades del hombre, aunque se ocupe sobre todo de la muerte, de los numerosos contratiempos que acarrea la vejez, la degradación del cuerpo (“como los cuerpos, las ilusiones mueren y apestan”), y del poder destructor del dinero, motivos todos ellos recurrentes en su obra. Por lo que se refiere al tratamiento del cuerpo, a su envejecimiento y podredumbre, ésta se nutre también de la pintura de Francis Bacon y Lucien Freud, como en su anterior producción.

El protagonista, al igual que algunos personajes de Robert Musil o Álvaro Pombo, es un hombre sin atributos ni sustancia, hasta el punto de que en un momento dado afirma: “soy un esclavo en busca de amo”. Ni quiso ser escultor de joven, ni ha sentido interés alguno, a diferencia de su padre, por el oficio de carpintero, sólo quería vivir… Y en el terreno de los sentimientos, a pesar de que nunca ha llegado a sentir aprecio por su progenitor, a quien tacha de “oscuro murciélago”, ambos han terminado compartiendo sus vidas, y él cuidándolo. Ni siquiera tuvo fortuna con las mujeres, pues las más cercanas se alejaron de él: ni con Leonor, que triunfa como cocinera Michelín, tras casarse con Francisco, periodista y escritor, su mejor amigo, pero a quien no estima (en algunos aspectos, alter ego del autor); ni tampoco con Liliana, la criada colombiana que atiende a Esteban y a su padre, a la que despide porque ya no puede pagarle, y cuya voz, a veces zumbona, aporta los toques de humor más sobresalientes en la narración. Pero, aunque no sea necesario buscarle antecedentes nobles, sí me gustaría recordar que el lector avezado que es Chirbes reutiliza con sagacidad nuestra tradición literaria, haciéndola suya, sobre todo el motivo calderoniano de la existencia como representación teatral; y en el logrado desenlace, el tema del ubi sunt, remedando las coplas de Jorge Manrique.

Chirbes nos proporciona una visión crítica, pesimista, incluso corrosiva, pero también lúcida, de la condición humana, como antes lo hicieron Miguel Espinosa o Thomas Bernhard: de los perversos mecanismos que rigen el funcionamiento de la sociedad, del triunfo y del fracaso; y de las relaciones personales: de la lucha que mantenemos con la familia, los amigos y los subordinados. O de cómo el mundo aparece gobernado por los pecados capitales: la avaricia, la ira, la lujuria y la gula sobre todo. Por todo lo cual podría emparentarse la narración con la pintura de El Bosco o con algunas obras de Brecht y Kurt Weill. No sorprende, por tanto, que el texto aparezca salpimentado con frases entre lapidarias y sentenciosas, del tipo: “La vida es sucia, el placer y el dolor sudan, excretan, huelen”; “no hay hombre que no sea un malcosido saco de porquería”… Esta obra es una buena muestra de las infinitas y todavía inexploradas posibilidades del realismo, aquí una estética con ribetes expresionistas que echa mano de lo simbólico cuando lo considera adecuado, tal y como ocurre en el tratamiento que se le da al pantano fangoso, próximo a Olba. Además, Chirbes, como casi todos los grandes escritores, cuestiona los usos espurios del idioma, la lucha entre “el lenguaje ideológico que oculta y el enunciativo que desnuda”. En la orilla es una gran novela que no deberían dejar de leer quienes quieran entender mejor el terrorífico arranque del siglo XXI, un tiempo sin dioses, plagado de trepas y seres corruptos, en el que el capitalismo financiero, con la complicidad de los gobiernos conservadores y la pasividad de los socialdemócratas, ha ido acabando con el estado de bienestar.

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[1]. Cf. Rafael Chirbes, “El disfraz de las mentiras”, El Sol, 13 de marzo de 1992.

[2]. En “La joven guardia”, himno francés de las juventudes comunistas, de 1910, adoptado por sus camaradas españoles, se alude también a la lucha final.

[3]. En la primera parte de La caída de Madrid, en el noveno capítulo, Chirbes, por medio de un personaje llamado Taboada, un abogado demagogo que cambia de chaqueta a lo largo de la narración, se refiere a este cuadro de Genovés en una conversación que mantiene con el obrero Lucio, con quien comparte célula: “Tú y los de tu clase habéis trabajado para que yo tenga un pasado. Con el tiempo seréis un ejército de hormigas sobre la superficie de la luna. ¿Has visto esos cuadros de tu excamarada Genovés [Lucio ha abandonado el PCE para alistarse en un grupo denominado Vanguardia Revolucionaria]? ¿Esas multitudes que son sólo puntos negros que parece que corren en determinada dirección o que se dispersan? Sois vosotros. Vosotros, esa desbandada de silenciosos microbios vistos desde una lente. Nosotros contaremos de qué escapabais y hacia dónde corríais” (p. 155). Lo que Chirbes muestra es que en la actividad clandestina revolucionaria unos hablan y otros actúan, y mientras que éstos arriesgan su vida, los primeros teorizan y consiguen que los obreros acaben desempeñando en la historia el papel que los intelectuales han decidido atribuirles.

[4]. Vid. “¡Sombras…, nada más! Primera lectura de Los viejos amigos y Crematorio, de Rafael Chirbes”, en Augusta López Bernasocchi y José Manuel López de Abiada, eds., La constancia de un testigo. Ensayos sobre Rafael Chirbes, Verbum, Madrid, 2011, pp. 478-488; y “Podredumbre”, El País. Babelia, 2 de marzo del 2013.  Reseña de En la orilla.

La verdadera obra literaria no tiene prisa

EL PAÍS, 21 abril 2015

Juan Goytisolo

Nadie ha expuesto mejor los discursos contrapuestos del glorioso relato histórico español y su correlato catalán. En ‘Recuento’, Luis Goytisolo consigue una de las más ambiciosas muestras del arte novelístico

luis goytisoloLa belleza de una novela es inseparable de su arquitectura. Penetrar en ésta es como adentrarse en un conjunto armónico, en una mansión amueblada en la que, como el París de Balzac o el Madrid de Galdós, hallamos bien dispuestos, a nuestro alcance, los distintos elementos que la componen: comedor, dormitorios, salones con sus arañas, cortinas, alfombras, sillones, sofás, retratos, que parecen aguardarnos para cobrar vida, sin olvidar, claro está, sus dependencias sustraídas de ordinario o la mirada del visitante, la cocina, despensa, lavabos, trastero, cuartos de la servidumbre, cocheras, caballerizas. Los personajes se mueven en el conjunto con familiaridad y asistimos de espectadores a sus amores y desamores, ambiciones, envidias, celos, contradicciones, mentiras, disputas, arranques de sinceridad. Este cuadro novelesco, prolongado y reiterado hasta hoy para el lector interesado ante todo por el argumento con gancho y por la psicología de los personajes, sufrió un brusco cambio en la pasada centuria con la aparición de obras compuestas de cuantos materiales y géneros literarios tenían a mano —poesía, diarios, documentos, digresiones, ensayos…— en las que el autor muestra velazquianamente su presencia en el acto de creación, ya diseminando sus temas y multiplicando sus formas, ya poniendo el acento en la intensidad del lenguaje o en la cadencia y belleza de la palabra. Opciones diversas pero cuyo objetivo común radica en la creación de un todo coherente en sus contradicciones y simétrico en sus asimetrías, aglutinante en su dispersión. Obras en las que las innovaciones arquitectónicas y las mutantes estructuras urbanas fraguan una nueva construcción novelesca que transforma la compleja topografía del espacio en una no menos compleja estructura narrativa. Recuento, primer volumen de Antagonía de Luis Goytisolo, es el centro geométrico o eje en el que convergen las demás novelas de la tetralogía. El astro en cuya órbita giran los otros tres satélites. La mansión o casa pairal, volviendo al símil arquitectónico, en torno a la cual se alzan los demás edificios del conjunto. Pues mientras se lee como una novela autosuficiente (aunque luego comprobemos que se integra en un macrorrelato), las restantes obras de Antagonía no pueden entenderse sino en conexión con ella. Dicho eje, astro o mansión central narra con muy diferentes estilos la vida de Raúl Ferrer Gaminde, cuya infancia, adolescencia y juventud transcurren en Cataluña (Barcelona, Cadaqués, la finca de Vallfosca) después de la Guerra Civil: la familia burguesa gradualmente venida a menos, el colegio, la mili, la universidad, sus amores, la adhesión al partido comunista clandestino, viajes a París, detención, cárcel, pérdida de la fe en el credo ideológico. En Los verdes de mayo hasta el mar, el protagonista, convertido ya en escritor, nos brinda el proceso de creación de la novela que estamos leyendo y la que leeremos en el cuarto volumen de la obra. La cólera de Aquiles concede la palabra a la examante de Raúl, Matilde Moret, voluntariamente aislada en Cadaqués, en donde vive sus tempestuosos amores lésbicos mientras recapitula su vida y lee una novela escrita en su juventud, El edicto de Milán, novela dentro de otra novela en el interior de la tetralogía. El último satélite en órbita es la obra ya compuesta de Raúl Ferrer Gaminde, una reflexión totalizadora en la que, como en Las Meninas, de Velázquez, se refleja e incluye el propio autor. La visión panorámica de Barcelona en Recuento, ya sea desde Montjuïc, Tibidabo o el parque Güell, se descompone y fragmenta como un prisma de infinidad de caras y lados, en una abigarrada combinación de elementos orográficos y urbanos, históricos, políticos y sociales. En primer lugar del casco antiguo, la catedral, el Museo Histórico de la ciudad y los vestigios superpuestos de civilizaciones extintas, pero también de las cuadrículas del plan Cerdà de ese Eixample creado por una burguesía laboriosa y emprendedora, burguesía hostigada pronto por unas clases bajas levantiscas que del antiguo Barrio Chino y el puerto se extenderían por las barriadas míseras de la periferia hasta cercarla de monte a mar y de río a río. El lenguaje propio de las guías turísticas (por ejemplo, de la obra genial de Gaudí) se transforma así en un flujo narrativo de frases largas, envolventes, que engarzan un símil con otro: espirales cada vez más amplias, de ondas que se extienden con poderosa fuerza centrífuga, dibujando círculos evolutivos como los de una piedra arrojada a la lumbre quieta de un agua estancada. Si, como dice el autor, “la Barcelona modernista no acertó a encontrar su Marcel Proust”, la de la opresiva posguerra y del tardofranquismo lo halla a su modo en Recuento. Nadie ha expuesto mejor los discursos contrapuestos, pero complementarios del glorioso relato histórico español, con la retórica evocadora de sus grandes gestas imperiales, cuando en nuestros dominios no se ponía el sol, y su correlato catalán, con el recordatorio de los sueños frustrados, secesiones aplastadas por la fuerza de las armas, odiosa dependencia identitaria respecto a una entidad estatal opresora o, en palabras del autor, “residuos del pretérito convertidos en pretexto de impotencia presente, en contemplaciones ensoñadoras de futuro”. Forcejeo que se prolonga al hilo del tiempo con nuevos argumentos y disfraces, arrogancia frente a victimismo, épica frente a lirismo herido, convertido éste en instrumento negociador cuando el Estado entra en crisis y se busca una solución pragmática al estéril enfrentamiento de esencias perennes y sentimientos nacionales ofendidos, a la confrontación entre las ilusiones dulcemente acariciadas y los límites avariciosos de la realidad. La parodia narrativa de los distintos discursos políticos, nacionales, religiosos e ideológicos no tiene desperdicio. Junto a la del españolismo y catalanismo más rancios, el autor se entrega con ironía demoledora a la del partido comunista en vísperas de la fallida huelga nacional pacífica destinada a derribar el castillo de naipes en el que se asentaba la dictadura franquista: disquisiciones presuntamente científicas sobre las contradicciones del capitalismo, el distanciamiento paulatino de éste por la burguesía no monopolista, la toma de conciencia de las clases medias y el campesinado hasta el salto cualitativo final, la agrupación de todos los elementos dispares en un frente único encabezado por el Partido. Con singular destreza el novelista enlaza un discurso con otro —el del españolista al catalanista, el del “salto cualitativo” a la transustanciación de Cristo en la eucaristía— mediante un fundido encadenado que nos traslada del ámbito ideológico al religioso, pero con idéntica convicción doctrinal, propia de quien se cree en posesión de la verdad. Lo mismo la de la Biblia enseñada a niños y adolescentes que el manual de divulgación marxista, ese Politzer que circulaba de mano en mano en las aulas del Alma Mater. La tetralogía que cierra magistralmente Teoría del conocimiento con la inserción de la novela escrita por el protagonista, incluye así lo creado y el proceso de creación del artista. Releída con calma al cabo de 30 años se nos revela como una de las más ambiciosas y logradas muestras del arte novelístico del siglo que dejamos atrás. Las prisas del consumidor de efímeros productos editoriales y la miopía de un buen sector de la crítica pasaron de largo por ella sin advertir su valía. Pero a diferencia de los éxitos de venta, la gran obra literaria no tiene prisas. Con premio o sin él, la historia se encarga de poner a cada autor en el lugar que le corresponde.

La clase política y sus estandartes

EL PAÍS, jueves 5 de marzo de 2015

Las denominaciones de los partidos tradicionales están en crisis y la significación de los emergentes, en el aire. Podemos: ¿qué es lo que podemos? Ganemos: ¿para hacer qué? Frente Nacional: ¿contra quién en particular?

Por LUIS GOYTISOLO

1424879064_701450_1425492921_noticia_normalEl concepto de clase política abarca a todo individuo convertido en profesional de la actividad política, al margen de su ideología y de su pertenencia a tal o cual clase social, así sean próximos al mundo de las finanzas o al de las organizaciones sindicales, a lo que entendemos por derechas o por izquierdas. De ahí el error de Podemos al hablar de la casta, ya que si la clase política es horizontal, toda casta es por definición vertical, la pertenencia a cualquiera de ellas se transmite de generación en generación, de forma que sus miembros lo son, como quien dice, desde el momento en que fueron engendrados. Vamos, como las castas que estructuran la sociedad en India o cualquiera de esos linajes aristocráticos que se remontan a varios siglos de antigüedad. Un concepto mucho más estricto que el de clase social, algo siempre abierto a nuevas incorporaciones.

En lo que se refiere a Podemos hay que destacar otro equívoco, éste de carácter semántico, que reside en su propia denominación, ya que la expresión podemos puede ser entendida como una voluntad o deseo, pero no como planteamiento programático o ideológico equiparable a esas otras palabras que procuran precisar los rasgos definitorios del partido político que los ha hecho suyos: liberal, socialista, conservador… Pues, ¿qué es lo que podemos? ¿De qué estamos hablando? Porque el we can de Obama se refería a su programa electoral, al programa del Partido Demócrata, a su cumplimiento en caso de ganar los comicios. Sin esa referencia previa, podemos es algo que cada cual puede interpretar a su gusto, un equívoco en el que tal vez resida su éxito.

Lo cierto, sin embargo, es que también las denominaciones de los partidos tradicionales están hoy en crisis, algo que viene sucediendo periódicamente desde el nacimiento de éstos en el curso del siglo XIX. Y las causas de tales crisis —por lo general, convulsiones político-sociales— dan pie a que el significado de tales denominaciones se vaya viendo modificado. Así, mientras que en la sociedad decimonónica ser liberal era sinónimo de progresista frente al concepto de conservador, más apegado a las tradiciones, el que hoy se proclama liberal suele ser en la práctica un ultraconservador. Y los conservadores han ido cambiando aquí y allá su antigua denominación por la de popular, en el sentido de más próximo a las convicciones del pueblo, por lo común, más apegado a lo tradicional que a lo nuevo, a lo malo conocido que a lo bueno por conocer. La excepción es Inglaterra, donde el liberal, conservador y laborista siguen manteniendo su significado original, sin que eso sea obstáculo para que también allí hayan irrumpido las siglas de nuevos movimientos político-sociales.

También es frecuente que el significado de una denominación determinada cambie de un país a otro. Este sería el caso, por ejemplo, de republicano, cuyo significado en España nada tiene que ver con el que tiene en Estados Unidos. Allí, su rígido encasillamiento en los principios constitucionales le enfrenta al demócrata, más proclive a los cambios que demanda la realidad social de sus votantes. Claro que, a su vez, esas demandas poco tienen que ver en los Estados del Sur de pasado esclavista con las de los Estados más desarrollados del Norte, más inclinados al progreso y al bienestar social.

Similares cambios en el sentido de las denominaciones se han producido y producen en todas partes. La práctica extinción del Partido Radical en Francia, por ejemplo, dado lo poco que tenía de radical, o al declive de la Democracia Cristiana en Italia, minada en su prestigio por los intrincados casos de corrupción tan ajenos a sus creencias religiosas como a sus pretensiones democráticas.

Caso cualitativamente distinto es el de las denominaciones malditas, como la que vincula al partido socialista de un país con la palabra nacional, especialmente, claro está, en el caso de Alemania. Se puede ser socialdemócrata o radical socialista, pero nunca nacionalsocialista. Tampoco la palabra comunista —salvo para pequeñas agrupaciones nostálgicas— está especialmente de moda. La razón, claro, reside en el conocimiento de lo que fueron realmente los regímenes de la Unión Soviética y demás países de la Europa del Este. La excepción es China, que ha hecho compatible tal denominación con la existencia de millones de millonarios. Algo parecido, y por las mismas razones, podría decirse de la expresión democracia popular.

Todo ello explica la proliferación de las nuevas denominaciones que caracterizan a una serie de partidos políticos emergentes cuya significación queda más o menos en el aire. Podemos: ¿qué es lo que podemos? Ganemos: ¿para hacer qué? Frente Nacional: ¿contra quién en particular? Detrás de la marca registrada y de sus siglas bien puede haber una sola persona que se ha montado un partido a fin de resolver sus problemas personales, caso de Berlusconi, por ejemplo, y de su Forza Italia, que es al mismo tiempo un eslogan deportivo. O un colectivo, poco más que un club, organizado en torno a un sólo objetivo como por ejemplo la xenofobia. O que se remite a valores más amplios que los propios de un partido político.

Caso distinto es el de Ciudadanos, que al remitirnos directamente al concepto de citoyen sugiere su aspiración a representar los intereses del ciudadano, del ciudadano a secas, al margen de los trapicheos de los diversos estratos de la clase política. Un concepto curiosamente poco utilizado, tal vez por ser anterior al de lucha de clases, proletariado y demás términos popularizados por el marxismo. Claro que si bien la Revolución Francesa aupó al ciudadano y pese al aparente liderazgo de una Marianne que a pecho descubierto enarbola la bandera tricolor, el concepto de ciudadano no incluía el de ciudadana y las mujeres tardaron lo suyo en igualar sus derechos a los de los antiguos compañeros masculinos de revolución.

La crisis de las denominaciones tradicionales de los partidos es ya un hecho irreversible por mucho que se intente reconducirlo desde dentro a partir de diversos lobbies, como el Tea Party norteamericano. Y es que los tiempos de esa especie de escala de colores que se ofrecía al votante —conservadores, liberales, radicales, socialistas, comunistas, anarquistas— pertenecen al pasado, su contenido no es aplicable a la sociedad actual. Y si subsisten algunas de ellas en tal o cual país —conservadores, populares y socialistas— es más bien a modo de referencia, de referencia respecto a un pasado que, por su carácter relativamente reciente, contenga algún valor orientativo para el eventual votante, siempre liberadas, por supuesto, de su adherencia a determinados hechos que hoy supondrían un verdadero suicidio político.

Ahora bien: el que las denominaciones tradicionales de los partidos políticos estén en crisis no se debe a que su palabra insignia esté gastada o a que el partido al que designa no haga ya honor a esa palabra, sino a que la realidad circundante es otra. El cambio está en la realidad social, no en las palabras. El fenómeno no es nuevo, pero sí distinto al de las diferentes ocasiones en que se ha producido. Hasta ahora, desde el paulatino aflorar de los diversos partidos políticos a lo largo del siglo XIX, los cambios experimentados en sus respectivas denominaciones eran más bien fruto de convulsiones sociales, de movimientos revolucionarios con frecuencia de signo contrapuesto. Ahora, en cambio, la situación recuerda más bien a la que describe Tocqueville respecto a la sociedad inmediatamente anterior a dichas convulsiones sociales.

“Al no estar los hombres ligados entre sí por ningún lazo de casta, de clase, de corporación ni de familia, se sienten demasiado inclinados a no preocuparse más que de sus intereses particulares, demasiado propensos a no mirar más que por sí mismos y replegarse en un individualismo estrecho en el que toda virtud pública está sofocada”.

Hoy, similarmente, la realidad social parece haberse licuado, dejando las palabras flotar a la deriva. ¿Qué se ha hecho de las masas? ¿Y del pueblo? ¿Y de la clase obrera o proletariado? Hoy, lo propio, es hablar de empleados o trabajadores, por un lado, y de inversores, financieros y grandes fortunas, por otro. Hasta las guerras actuales entre misteriosas milicias no son sino un elemento más de ese panorama de conceptos a la deriva. Un panorama licuado en el que las redes sociales juegan un papel fundamental. Más que el significado de las cosas lo que cuenta es su imagen, su representación visual. Lo que importa, por ejemplo, no es la capacidad de convocar masas sino la imagen de esas masas convocadas con mayor o menor éxito. La foto.

DAECH DÉVOILÉ

L’OBS , numéro 2626, du 5 au 11 mars 2015

Pour l’historien Pierre-Jean Luizard, l’Etat islamique est le fruit de deux erreurs de l’Occident : le tracé des frontières en 1920 et l’invasion américaine en 2003

SARA DANIEL

Tétanisés par la barbarie de l’Etat islamique, l’Occident et ses commentateurs se contentent souvent de contempler avec effarement les nombreuses exactions du groupe terroriste. Dans un essai limpide de moins de deux cents pages, d’une érudition remarquable, Pierre-Jean Luizard, chercheur de « terrain », sans conteste le plus grand spécialiste français de l’Irak, restitue la complexité de la nature de Daech occultée par les décapitations. Non, l’organisation n’est pas née spontanément après la prise de Mossoul en juin 2014 mais s’inscrit bien dans le contexte politique et historique de la région. Oui, son incroyable succès est le fruit de son intelligence stratégique. Qui est cet ennemi qui est en train de changer le Moyen- Orient tel que nous l’avions connu ? Un ennemi que nous ne savons pas combattre parce que nous avons oublié les leçons de l’histoire. C’est à ce décryptage dense et passionnant que nous invite Luizard.

La première force de l’Etat islamique, montre le chercheur, c’est sa capacité à surfer sur le désespoir des Arabes sunnites qui ont réalisé qu’ils n’intégreraient jamais les gouvernements mis en place en Irak depuis l’occupation du pays par les Etats-Unis en 2003. En 2011, portés par la vague des « printemps arabes », ils manifestent pacifiquement contre le Premier ministre chiite Nouri al-Maliki. La répression est impitoyable. Elle permet à Daech de prendre Falouja en janvier 2014 puis Mossoul, Tikrit, et, à l’ouest, la majeure partie de la province d’Al-Anbar, en juin 2014. L’armée irakienne, minée par la corruption, se dissout et l’Etat islamique s’empare de pans entiers du pays. Il se dirige vers Bagdad, en juin, mais l’alliance des Kurdes, de l’armée irakienne et des milices chiites arrête sa progression.

Deuxième coup de maître. Daech, comprenant qu’il ne pourrait pas conquérir Bagdad, entame sa seconde phase d’extension : celle de l’effacement des frontières, créations coloniales issues en 1920 du démembrement de l’Empire ottoman. Il y a un siècle, les Britanniques avaient promis d’accorder aux Arabes s’ils se révoltaient contre l’Empire ottoman un royaume unifié. Il n’a jamais vu le jour. L’Etat islamique veut réparer cette trahison. Car l’Etat islamique est bien un Etat en devenir avec des divisions administratives, des juges religieux et une police. Mais tout se passe comme si les Occidentaux n’avaient pas pris la mesure de ce nouveau « grand jeu » régional. A la clairvoyance stratégique de l’EI, ils n’opposent qu’une tactique dépassée de contre-offensive militaire limitée qui s’appuie au sol sur les premiers responsables de l’éclatement de l’Etat irakien. Ils sont tombés dans le « piège de Daech». Terrifiant.

Directeur de recherche au CNRS, PIERRE-JEAN LUIZARD est historien et spécialiste du Moyen-Orient. Il a écrit plusieurs livres sur l’histoire de l’Irak. Il vient de publier à La Découverte : « le Piège Daech. L’Etat islamique ou le retour de l’Histoire».

Comment l’islam est perverti par des fidèles

Le Monde
dimanche 01 février 2015

Ali Malek

Successeurs autodésignés du Prophète, les califes et les oulémas n’ont fait, jusqu’à nos jours, que trahir l’esprit du Coran en s’appuyant exclusivement sur les hadiths, ces paroles prêtées au fondateur de l’islam

Le Prophète de l’islam est le plus impopulaire parmi les fondateurs de religion. Si vous évoquez Confucius, Bouddha ou Jésus chez les non-chrétiens, on vous prête l’oreille. Dès que vous évoquez Mahomet devant un non-musulman, celui-ci est dubitatif, à juste titre. On voit trop d’images horrifiantes à la télé commises en son nom pour être tenté d’avoir envie de le connaître. Mes compatriotes algériens ont manifesté dans les rues d’Alger pour exprimer leur indignation devant les caricatures de Charlie Hebdo et crier que les frères Kouachi sont des martyrs. Or, y a-t-il un seul verset dans le Coran qui appelle à mettre à mort celui ou celle qui insulte le Prophète ? Aucun verset ne légitime le meurtre d’un blasphémateur, d’un hérétique ou d’un apostat. Aucun !

Les musulmans ne puisent pas leur religion dans le Coran qu’ils prétendent être la parole de Dieu transmise par l’archange Gabriel au prophète Mahomet. Vous tombez à la renverse quand vous vous penchez sur ce que les musulmans appellent la » charia » – loi islamique – et que certains d’entre eux, par ignorance, souhaitent voir appliquée, et qui est en inadéquation avec le Coran. Vous découvrez, effarés, les massacres que les oulémas – théologiens – ont infligés à cette religion.

Les références au Coran dans la charia sont minimes. Les oulémas s’appuient sur autre chose : le » hadith «. Il s’agit d’un propos que l’on met dans la bouche du Prophète. Les djihadistes fanfaronnent qu’ils vont conquérir le monde. Est-ce le Coran qui leur a annoncé ces victoires ? Non. Mais le hadith, oui. Le Coran fait dire ceci au Prophète : » Dis : je ne connais pas l’avenir, j’ignore ce qui sera fait de moi ou de vous… » Pourtant, les djihadistes croient que le Prophète connaissait l’avenir et qu’il leur a même annoncé qu’ils conquerraient le monde.

Les hadiths

Tous les problèmes qui collent à la peau des musulmans proviennent de cette chose qu’on appelle le hadith. Le hadith n’est pas apparu par hasard sur leur route. Il y a des choses factuelles à savoir sur l’islam. D’abord, que le Prophète n’a pas désigné les califes qui lui ont succédé. Le premier traité de théologie rédigé dans l’histoire de l’islam s’appelle El Muwata, de l’imam Malik. Il ne contenait pas un seul verset du Coran. Il a été rédigé à la demande du calife – pour donner un avant-goût de ses moeurs : il enterrait vivants les opposants. Contemporain de l’imam Malik, il y a Ibn Ishaq, auteur de la première biographie de Mahomet. Ce livre a été la source de toutes les autres biographies apparues ultérieurement.

Cette première biographie du Prophète a été écrite elle aussi à la demande du calife. Là, on est à peu près un siècle et demi après le Prophète. C’est au cours de cette époque que vont être écrites les premières compilations de hadiths et que va se cristalliser cette version de l’islam qui nous est parvenue aujourd’hui. C’est sous le règne des Omeyyades – dynastie de califes de 661 à 750 de notre ère – que le hadith est né et qu’il a été utilisé comme outil de propagande. Les Omeyyades ne se sont pas occupés de coucher par écrit les hadiths produits par leurs propagandistes. Ce sera l’affaire des Abbassides – dynastie de 750 à 1258 de notre ère – pour lesquels Ibn Ishaq a écrit une biographie du Prophète. Ibn Ishaq en a brossé un portrait sur mesure pour des califes sanguinaires.

Le djihad dans le Coran n’a rien à voir avec celui pratiqué par les musulmans au lendemain de la mort du Prophète et tel que les héritiers des premiers califes le pratiquent aujourd’hui. Les fameuses conquêtes sont le premier grand péché commis par les musulmans. Ils ont décrété un djihad offensif, alors que cela est interdit par le Coran. Pendant les treize premières années de son apostolat, le Prophète et les premiers convertis sont persécutés, mais le Coran les somme de patienter. Ensuite, il y a eu ce verset : » Il est permis à ceux qui sont combattus en raison de leur foi… » Il est permis, mais auparavant cela ne l’était pas.

Plus tard viendra un autre verset : » Combattez sur la voie de Dieu ceux qui vous combattent, ne transgressez pas, Dieu n’aime pas les transgresseurs. » Le Coran ne demandait pas aux habitants de la péninsule Arabique d’islamiser le monde, mais de s’islamiser eux-mêmes, ce qui signifie, quand on interroge les sourates, de se pacifier et d’arrêter cette culture de guerre et de razzia qui était la leur. Le Prophète n’a combattu que ceux qui l’ont combattu. On peut lui accorder ce crédit, ne serait-ce que parce que, dans la mesure où il écrivait lui-même les sourates, il ne pouvait se permettre de contredire l’enseignement dont il était porteur.

» Si ton Seigneur le voulait, tous les habitants de la Terre se convertiraient : est-ce à toi de contraindre les gens pour qu’ils deviennent croyants ? » Ce verset date de la période mecquoise où le Prophète mettait du zèle à prêcher ses concitoyens. Même ce zèle, le Coran le lui a reproché. «… Que celui qui veut croire, croie, et que celui qui veut mécroire, qu’il mécroie… » Et pourtant ! On se demande quel Coran ont lu les générations d’oulémas. Eux qui ont usé des rivières d’encre en fatwas liberticides, en excommunications et en appels au meurtre.

Persécution

» Combattez-les jusqu’à ce qu’il n’y ait point de fitna dans la religion… » La fitna dans la religion, c’est la persécution des autres en raison de leurs croyances. Faire cesser la persécution religieuse est l’unique motif que le Coran assigne au djihad armé. Le Prophète de son vivant s’est tenu à un djihad strictement défensif, dans la mesure où il ne pouvait aller à l’encontre des sourates qu’il prétendait recevoir de Dieu.

» J’ai été envoyé, font-ils pourtant dire au Prophète, pour combattre jusqu’à ce que les gens se convertissent. » Ce hadith est apparu à l’époque où les conquêtes faisaient rage. Les hadiths n’ont pas été écrits du vivant du Prophète. La plus grande mystification de l’islam réside dans sa définition même : quand vous demandez à un musulman ce qu’est l’islam, il s’empresse de vous répéter, sûr de lui, que sa religion est basée sur la profession de foi, la prière, la zakat, le ramadan et le pèlerinage : ils appellent cela les piliers de l’islam. Qui a arrêté cette définition ? On vous répond que c’est le Prophète. C’est totalement faux !

Il s’agit certes de prescriptions coraniques mais ce ne sont pas des fins en soi. Elles ne sont qu’un moyen d’accéder à un but supérieur, la taqwa, la crainte révérencielle de Dieu, et cette taqwa signifie, quand on l’examine à la lumière des seuls versets du Coran, l’obligation faite au musulman d’être en permanence dans une dynamique de paix avec son prochain, quel qu’il soit.

Ce sont les docteurs de la loi qui ont décidé que la définition de l’islam se limitait à une profession de foi et à quatre pratiques rituelles. Or, les premières compilations de hadiths apparues en contenaient beaucoup moins que celles apparues plus tard. Ainsi, plus on s’éloignait du Prophète dans le temps, plus le volume des propos qui lui sont prêtés grossissait.

Les ancêtres idéologiques

Ce hadith où ils font dire au Prophète qu’il a été envoyé pour combattre les autres jusqu’à leur soumission est un de ces hadiths que les djihadistes ressassent. Ces derniers n’interrogent jamais les textes qu’ils mettent en avant pour justifier leurs actions, ils s’en remettent à leurs ancêtres idéologiques. Le contenu des prêches dans les mosquées est composé jusqu’à nos jours à 80  % de hadiths. Les frères Kouachi et Coulibaly ne sont pas des martyrs. Ils sont tout au plus des victimes de ce qu’un sage musulman contemporain appelle un » mensonge sophistiqué «. Les califes ont cherché à persuader les musulmans que le califat est consubstantiel à l’islam. Cela est faux, il n’y a aucun verset dans le Coran qui oblige les musulmans à être soumis à un calife.

Cinquante ans après la mort du Prophète – 632 de notre ère – , les musulmans en sont arrivés à bombarder La  Mecque et à endommager la Kaaba. Le calife auteur de ces bombardements s’appelle Yazid. Il est le premier dans l’histoire de l’islam à être arrivé au pouvoir par voie héréditaire. Yazid a régné pendant trois ans : il a massacré la famille du Prophète dont il a fait décapiter les mâles et pris les femmes en captivité.

Savez-vous que des groupes de rebelles syriens donnent à leurs contingents les noms de ce Yazid et de son père ? Comment peut-on concilier l’islam avec des califes semblables ? Cela est la conséquence du grand malentendu qu’il y a dans la tête de ces musulmans, qui ne voient dans le passé que le prestige des victoires militaires. Ce sont ces dernières qui ont recouvert de prestige des califes sanguinaires et ont fait d’eux des modèles que les ahuris du djihad veulent égaler aujourd’hui. Ben Laden n’a pas interrogé le Coran pour savoir s’il avait le droit de détourner des avions remplis de civils innocents et de les lancer contre des bâtiments peuplés de civils innocents. Oussama Ben Laden est un pur produit des compilations de hadiths.

» Quand vous frappez sur la voie de Dieu, faites attention, et ne dites pas à celui qui vous dit paix : tu n’es pas un croyant… «» Quand vous frappez sur la voie de Dieu «, signifie : quand vous êtes en pleine bataille – contre un ennemi qui a commencé lui-même la guerre. Même dans ces cas, le verset enseigne au musulman qu’il n’a pas le droit de tuer son adversaire si celui-ci dit paix et dépose son arme. Si vous rappelez aux djihadistes les rudiments des lois coraniques, ils s’empressent de vous répondre par des hadiths et par des traditions qui remontent au Prophète et dans lesquelles on voit celui-ci tuer les prisonniers et massacrer les juifs. Ces abominations que les musulmans eux-mêmes ont imputées à leur Prophète, le Coran les récuse catégoriquement. Elles sont le fruit de la vassalité et de l’absence de scrupules des oulémas.

Les musulmans européens font un grand tort à leur religion en la réduisant au port du voile et à la viande halal. Il y a dans le Coran des valeurs plus importantes que la prière, le ramadan et le pèlerinage réunis. » Dieu ordonne la justice, la bienfaisance… » Il est rare dans le Coran qu’un verset prenne un ton aussi solennel pour énoncer les priorités. Dans les compilations de hadiths, il n’y a aucun chapitre qui évoque la justice.

Si on juge à l’aune du seul Coran, un pays comme la Norvège est cent fois plus musulman que l’Arabie saoudite.