Historia, memorias y usos políticos de la Guerra Civil

El País19 Jul 2021/ JULIÁN CASANOVA

La Guerra Civil, de cuyo comienzo se cumplieron ayer 85 años, es el acontecimiento central de la historia del siglo XX español. Desde aquel verano de 1936 escritores de todas clases, novelistas, ensayistas e historiadores han intentado explicar sus causas y consecuencias, los conflictos más agudos y las políticas que los orientaron. Ningún periodo de nuestra historia ha generado tantos libros, testimonios, debates y disputas tan agrias (y estériles). Pero a pesar de todo lo que se ha dicho y escrito, la mayoría de los españoles no saben mucho sobre esa historia ni la han estudiado en los centros de enseñanza.

La Guerra Civil se manifestó en un violento combate político sobre cómo organizar la sociedad y el Estado. Para los españoles ha pasado a la historia por la tremenda violencia que generó, pero, pese a lo sangrienta y destructiva que pudo ser, debe medirse también por su impacto internacional, por el interés y la movilización que provocó en otros países.

En el escenario internacional, desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del comunismo y del fascismo, España era, hasta 1936, un país marginal, secundario. Todo cambió, sin embargo, a partir de la sublevación militar del 18 de julio. En unas pocas semanas, el conflicto español recién iniciado se situó en el centro de las preocupaciones de las principales potencias, dividió profundamente a la opinión pública, generó pasiones y España pasó a ser el símbolo de los combates entre fascismo, democracia y comunismo.

Dentro de esa guerra hubo varias y diferentes contiendas. En primer lugar, un conflicto militar, iniciado cuando el golpe de Estado enterró las soluciones políticas y puso en su lugar las armas. Fue también una guerra de clases, entre diferentes concepciones del orden social, una guerra de religión, entre el catolicismo y el anticlericalismo, una guerra en torno a la idea de la patria y de la nación, y una guerra de ideas que estaban entonces en pugna en el escenario internacional. Cristalizaron, en suma, batallas universales entre propietarios y trabajadores, Iglesia y Estado, entre oscurantismo y modernización, dirimidas en un marco internacional desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del comunismo y del fascismo.

España comenzó los años treinta con una república y acabó la década sumida en una dictadura fascista. Bastaron tres años de guerra para que la sociedad española padeciera una oleada de violencia y de desprecio por la vida del otro sin precedentes. Por mucho que se hable de la violencia que precedió a la Guerra Civil, para tratar de justificar su estallido, está claro que en la historia del siglo XX español hubo un antes y un después del golpe de Estado de julio de 1936. Y fue a partir de ese momento, y no antes, cuando se sucedieron, en grado sumo, todas las manifestaciones de violencia que había conocido Europa desde la Primera Guerra Mundial: la revolucionaria, contrarrevolucionaria, paramilitar, fascista/nacionalista, la de los asesinatos masivos, sobre todo en la retaguardia, y la de bombardeos sobre poblaciones civiles. De todas ellas, la violencia más específica y peculiar —en un país donde no había judíos ni conflictos territoriales o étnicos— fue la derivada de la conversión de la guerra en cruzada religiosa, guerra santa, y del odio anticlerical.

Esa guerra desembocó en una larga posguerra donde los vencedores tuvieron la firme voluntad de aniquilar a los vencidos. Cautivos y desarmados los rojos y sin la intervención de las potencias occidentales que habían derrotado a los fascismos, la dictadura de Franco recordó siempre la victoria en la guerra, llenando España de lugares de memoria, y administró un amargo castigo a quienes habían perdido. Las iglesias se llenaron de placas conmemorativas de los “caídos por Dios y la Patria”. Por el contrario, miles de asesinados por el terror militar y fascista nunca fueron inscritos ni recordados con una mísera lápida. Los vencidos temían incluso reclamar a sus muertos.

Desenterrar ese pasado resultó una labor ardua y costosa. Casi todo lo que se sabe hoy, 85 años después del inicio de aquella contienda bélica, ha sido fruto o bien del trabajo de hispanistas, los primeros en desafiar con métodos científicos los mitos de la Cruzada, o de una nueva generación de historiadores profesionales llegados a las universidades españolas en la transición y durante la democracia. Con muchos trabajos y muchas vueltas a la investigación hemos convertido la Guerra Civil y el franquismo en un objeto de estudio privilegiado en la historiografía sobre la España contemporánea.

Las diferentes memorias de aquellos hechos se cruzaron con ardor desde los años noventa, después de un largo periodo de indiferencia política y social hacia la causa de las víctimas de la represión franquista. Coincidió ese cambio con la importancia que en el plano internacional iban adquiriendo los debates sobre los derechos humanos y las memorias de guerra y dictadura. Una parte de la sociedad civil comenzó a movilizarse, se crearon asociaciones para la recuperación de la memoria histórica, se abrieron fosas en busca de los muertos que nunca fueron registrados y los descendientes de los asesinados por los franquistas, sus nietos más que sus hijos, se preguntaron qué había pasado, por qué esa historia de muerte y humillación se había ocultado y quiénes habían sido los verdugos.

Pero el registro del desafuero cometido por los militares sublevados y por el franquismo ha hecho también reaccionar, por otro lado, a conocidos periodistas, propagandistas de la derecha y aficionados a la historia, que han retomado los viejos argumentos de la manipulación franquista: fue la izquierda la que con su violencia y odio provocó la Guerra Civil y lo que hizo la derecha y gente de bien, con el golpe militar de julio de 1936, fue responder al “terror frentepopulista”. Todas las complejas y bien trabadas explicaciones de los historiadores profesionales quedan de esa forma reducidas a dos cuestiones: quién causó la guerra y quién mató más y con mayor alevosía. El juego de “equiparación” de víctimas y responsabilidades ha dominado en los últimos años la mayoría de las representaciones divulgadas en los medios de comunicación y ha sacado a la luz una clara confrontación entre las narraciones y los análisis de los historiadores y los usos políticos y recuerdos.

Los relatos y las memorias de la Guerra Civil y de la dictadura se han manifestado en un campo de batalla cultural y político, de apropiación de símbolos, con disputas sobre calles, memoriales y monumentos. La Guerra Civil, 85 años después, puede y debe debatirse, con muchas voces y matices. Se trata de explicar la historia, no de enfrentar la memoria de los unos a la de los otros. Y que la propaganda, las falsificaciones y las declaraciones políticas no sustituyan al conocimiento razonado y al análisis histórico.

Sobre Josep Fontana

EL PAIS, Babelia, 29 de septiembre de 2018

La responsabilidad de los historiadores

La relación de Josep Fontana con el polémico simposio ‘Espanya contra Catalunya’ nació de una manipulación y derivó en un malentendido

Gonzalo Pontón

Con la excepción de Julián Casanova, no vi en la prensa escrita en castellano a ningún otro historiador no catalán que haya recordado a Fontana en el momento de su desaparición. Me parece extraño: no hace tanto que muchos de ellos lo subían a los cuernos de la luna. En cambio, algún medio electrónico sí le ha recordado como “un gran historiador y, al tiempo, como un gran manipulador”, porque “se había convertido en un vulgar propagandista político volcado en chuscas labores de agitación al servicio de los patronos del procés”. Y se ha mencionado “aquel congreso presidido (sic) por Fontana que llevó por lema España contra Cataluña: la más destilada elaboración magistral de eso que se llama pedagogía del odio”.

Tengo la convicción de que ni uno solo de los grandes historiadores españoles, a los que creo conocer bien, escribiría jamás un texto tan deleznable. Pero no estoy tan seguro de que la defensa de la identidad catalana que siempre hizo Fontana no le haya pasado factura en el justiprecio de algunos de esos historiadores que hoy no tienen nada que decir sobre él. En el artículo citado se alude al simposio Espanya contra Catalunya: una mirada històrica (1714-2014), que tuvo lugar en Barcelona en diciembre de 2013. Entonces, algunos de esos historiadores amigos no se callaron: me llamaron escandalizados. Les expliqué lo que había pasado, que aclaro ahora públicamente, porque es relevante para lo que sigue.

El auténtico presidente de aquel simposio fue el director del Centre d’Història Contemporània de Catalunya, Jaume Sobrequés i Callicó, un catedrático que se encuentra tan a gusto en el registro socialista como en el convergente si hay cargos de por medio desde los que servir al poble català. Este senador de España pidió a Fontana un texto para un congreso que iba a conmemorar los 300 años de 1714. Una vez que Fontana entregó su texto, se enteró, con profundo disgusto, del título que Sobrequés —un águila del marketing— había puesto al simposio. Pero cuando, al día siguiente, los publicistas se cebaron en el acto, ni siquiera Abc halló el modo de atacar seriamente a Fontana por lo que había escrito.

Cuando, en 2014, Fontana publicó su obra La formació d’una identitat (el único libro sobre la historia de Cataluña que, entre casi otros 40 —la inmensa mayoría en castellano—, escribió el historiador catalán), se produjo otro ominoso silencio por parte de esos historiadores a los que interpelo. No fue el caso del profesor Santos Juliá, quien rápidamente echó en cara a Fontana su pretendida volte face:“Si en los años setenta entendía Fontana que la lucha de clases era el motor de la historia, ahora, sin mayor rubor, entiende que el sentido de la historia lo marca la identidad colectiva”, escribió Juliá, me parece que con la misma Schadenfreude [1] con que los ateos contemplamos a un obispo pedófilo. Y añadía luego: “Un marxista de estricta observancia contando una historia al modo de un nacionalista romántico”. Ni Fontana fue nunca un marxista “de estricta observancia” (todo lo contrario) ni, desde luego, un nacionalista romántico. Conozco lo suficiente a Santos Juliá para comprender que esa fue una boutade maligne sugerida quizá por la siguiente frase del libro: “Catalunya [va a ser] el primer estat nació modern d’Europa, amb una estructura política consolidada i unes Corts representatives”. Creo que el profesor Juliá no leyó a conciencia el libro, y sospecho —porque Santos cita mal— que algún oficioso le pasó tan solo ese tip y él mordió el anzuelo. Si hubiera leído el libro con atención, no habría descontextualizado esa frase del conjunto y habría entendido que Fontana hablaba de “Estado nación” con el valor, por ejemplo, de “república”, es decir, de una sociedad regida por leyes, y que además lo hacía apelando a la autoridad de Thomas N. Bisson, que remitía esa condición estatal al siglo XII. Me temo que un reflejo condicionado le llevó a entender ese “Estado nación” con la carga de valor del moderno “Estado nación” español ensayado en el siglo XIX.

Por supuesto que el profesor Santos Juliá tiene todo el derecho a opinar sobre este libro —aun sin haberlo entendido— del modo en que lo hace y de ver en Fontana tantas contradicciones como quiera, incluso de pensar que Fontana haya déguisé sa cocarde toda su vida. Sin embargo, mi propia interpretación de La formació d’una identitat es totalmente contraria a la suya.

La formació d’una identitat fue un trabajo duro, agotador (no es cierto el mito de que Fontana escribía con gran facilidad), y, al final, ingrato con quien trataba de explorar la naturaleza de la conciencia colectiva de los catalanes (sobre todo de los de a pie). Desde la metodología propia del materialismo histórico, Fontana ve la historia de Cataluña a través de sus desigualdades (de sus luchas de clases) y de sus afinidades electivas. A la lucha de los señores feudales por defender sus privilegios —sus “libertades”—, le sigue la lucha por la desigualdad de las clases burguesas que cabalgarán el capitalismo en sus diversos avatares: comercial, manufacturero, industrial, financiero y rentista. Fontana desnuda, así, el papel de la oligarquía ligada al control de la tierra y a los grandes negocios de importación, que mantiene a los campesinos en un puño, que se apodera de las tierras del común y que se entrega a la Castilla de los Habsburgo para conseguir arriendos fiscales. Esas élites traicionarán a los segadors de 1640 y a la Coronela de 1714. En el siglo XVIII esa miserable burguesía se hará “española” y traicionará a Cataluña, abandonando su lengua propia. En el siglo XIX esas oligarquías rentistas clamarán por un dictador militar ante las reivindicaciones laborales de los catalanes y apelarán al ejército español, en 1843, ante la “revolución centralista”, como lo harán en 1855 ante la primera huelga general. Esa burguesía, ahora “catalanista”, volverá a sentirse española en 1870, en 1902, en 1923, en 1936, en 1977, en 1996…, siempre en defensa de sus intereses de clase, que, zafiamente, querrá hacer pasar por los del poble català todo.

Este —tan mal resumido— es ciertamente el libro de un rojo, pero ¿lo es de un nacionalista romántico? Imagino las carcajadas de un Pierre Vilar o de un Eric Hobsbawm (ambos marxistas, pero con aproximaciones contrapuestas al “hecho nacional”) ante semejante desatino. Y pregunto a esos historiadores hoy afásicos: ¿qué hay de extravagante en decir que los catalanes somos una nación, tenemos una identidad colectiva y una lengua y cultura propias? ¿En qué podemos herir con ello al resto de los españoles?

En medio de la histeria independentista, Fontana denunciaba públicamente la precarización económica, el paro, la degradación de la enseñanza y la sanidad en Cataluña. Jordi Pujol, que empezaba a salir de su escondrijo, se le acercó al final de su charla y le dijo: “No se preocupe, Fontana: ahora con la independencia todo eso quedará resuelto”. Cuando me lo contaba, Fontana había entendido muy bien lo que el cinismo del expresidente corrupto presagiaba.

En estos últimos años, Fontana sostuvo sin desfallecer que la independencia de Cataluña era una insensatez y que en un sistema como el de la Unión Europea los grados de independencia son de escasa entidad. A un periodista que le entrevistaba le preguntó: “¿Quién sacará al ejército de Cataluña?”. El joven le respondió imperturbable: “Europa”. Fontana miró a su interlocutor y le espetó: “No ha habido ninguna independencia sin guerra de independencia”.

En junio de 2015, la televisión pública catalana entrevistó a Fontana con la equívoca intención de que jaleara el independentismo. Tras expresar sus razonamientos sobre la imposibilidad de la independencia, la falta de interés en ella de Europa y del mundo, y sobre el peligro de un capitalismo globalizado que jamás renunciaría a condonar deuda pública, Fontana dijo que si se producía una acción unilateral, las primeras empresas que huirían de Cataluña serían La Caixa y el Banco de Sabadell. Esa predicción exacta no se emitió y TV3 jamás volvió a entrevistarle.

La gran estrategia de las élites independentistas ha sido hacer rotar el eje vertical de confrontación de clases y de lucha por la igualdad hacia el eje horizontal de la homogeneización del poble català y de la pasteurización de su conciencia de clase. Para ello han recurrido a un lenguaje falaz, pero engrescador, que saja como un cuchillo la mantequilla de unos cerebros atormentados. Se aprovechan de que durante generaciones se ha forzado a la gente a no pensar y a dejar esa tarea a los de arriba; saben de su desamparo intelectual ante las afirmaciones rotundas, que parecen salvíficas cuando se repiten como mantras en muchos medios educativos y formativos, y en todos los medios de comunicación que controlan esas élites defensoras de la terra. Pero se guardan mucho de decirles que la república independiente que espera a los pobres catalanes seguirá integrada en el capitalismo global, a las órdenes del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional y de los intereses del capitalismo rentista, que impondrán —precisamente de la mano de esos líderes independentistas— sus condiciones a los catalanes de hoy y de mañana. La CUP lo sabe, y por eso quiere hacer la revolución… pero sin revolución. Otro ensueño de la razón.

En el independentismo catalán sobrevenido hay mucha irritación, mucha indignación contra el mal govern. La gente del común ha sido el borricote del capitalismo más depredador de la peor derecha española desde la CEDA. Mariano Rajoy, uno de los timócratas más estultos y frívolos de la historia de España, inculto hasta la vergüenza ajena, aún hoy no ha entendido que el “problema catalán” con el que tenía que lidiar no iba de atavismos, sino de reivindicaciones sociales concretas, de exigencia de democracia real y de asco ante un Gobierno que medraba sentado en un pudridero. Cuando no supo qué hacer, mandó formar. Como Franco. Pero es que lo que viene detrás, y al lado, hace temblar las carnes.

Escribo de Fontana, pero pienso en la responsabilidad de los historiadores. Su honestidad profesional y su metodología científica los obliga a verificar y falsar sus hipótesis de trabajo antes de presentar sus conclusiones. Y su disciplina los fuerza a ser sumamente críticos ante los usos y abusos de la historia. ¿Por qué, entonces, esos científicos sociales permiten que la irracionalidad, la mentira recalentada, la falsedad y el cinismo se hayan apoderado de una consciencia ciudadana machacada por la propaganda política de casi todos los colores, donde “lo limpio es sucio y lo sucio limpio, pero lo sucio es útil y lo limpio no” (J. M. Keynes)? ¿Por qué no denuncian las manipulaciones de los políticos para conseguir que las gentes voten como autómatas, si saben que la política “es el hábitat natural de los estafadores, los fulleros y los sinvergüenzas” (J. K. Galbraith)? ¿Por qué enmudecen cuando periodistas de fortuna, publicistas mercenarios y tertulianos a granel sostienen en los medios mentiras mil veces debeladas por ellos en sus propios textos? Así hemos llegado a que aparezcan en los medios individuos ignaros afirmando enfáticamente que Franco nunca mató a nadie.

No soy ningún ingenuo; soy, ya, viejo. Y conozco bien el descrédito de la cultura y el ningún caso que una sociedad filistea hace a los científicos sociales, que no tienen otro poder que el de sus saberes. Pero si los historiadores se marginan del debate público, si no se sumergen en la sociedad, fajándose en ella, si no tienen nada que decir a los hombres y mujeres de hoy, si no pueden ayudarlos en sus angustias y en sus esperanzas, entonces ¿de qué vale su ciencia?

En la ya muy lejana década de los sesenta, y en otro contexto, Noam Chomsky apelaba a la responsabilidad de los intelectuales y decía que los historiadores sabían la verdad que, tras un velo de deformaciones interesadas, había en la historia contemporánea. Y concluía así: “Pero si [los historiadores] consideran todo esto desdeñosamente, como si se tratara de un disparate sentimental, entonces nuestros hijos tendrán que buscar en otra parte ilustración y guía”. Amén.

Gonzalo Pontón es premio Nacional de Ensayo 2017. Dirige la editorial Pasado & Presente.

 

[1] Júbilo

Democracia y nación

 

EL PAIS, 24 de septiembre de 2017

José Álvarez Junco

Los sentimientos no pueden discutirse, pero sí respetarse, y lo que está sucediendo es una cuestión de sentimientos. El día 2 habrá que sentarse con respeto para negociar de lo que sí se puede: poderes, competencias y recursos

“Esta no es una cuestión de nacionalismo, sino de democracia”, me decía el amigo que presentaba un manifiesto instando a Rajoy a defender la “unidad nacional” con mano dura. Lo mismo, exactamente lo mismo, me podría haber dicho mi amigo catalán inclinado últimamente hacia el independentismo.

Porque el concepto de democracia solo es sencillo en apariencia, cuando decimos que nosotros, los ciudadanos, los gobernados, el pueblo, somos quienes decidimos el futuro de nuestra comunidad. En la práctica, se reduce a la elección periódica de nuestros gobernantes. Pero hay otras decisiones, mucho más importantes, en las que no intervenimos ni hemos intervenido nunca: la principal, la definición del demos, de ese pueblo, nación o comunidad en el que nos integramos. Esa definición no es algo evidente y racional, sino, muy al contrario, algo emocional, que se da por supuesto. Algo que, lejos de ser el resultado de un debate, meditación y decisión democráticos, nos ha venido dado, como producto de la historia, de la formación de las unidades políticas, en la que las claves fueron el azar y la violencia guerrera.

Pocas veces se habrá revelado con tanta nitidez esta trampa como en la actual situación catalana. “Democracia” es precisamente la palabra que a un independentista no se le cae de la boca. Según él, lo que pide es obvio, elemental, en democracia: que el pueblo catalán decida su propio futuro. ¿Por qué se opone “Madrid”, no ya a que sean independientes, sino incluso a que se les pregunte si quieren serlo? Porque el sistema político español no es democrático, sigue siendo franquista. “Cualquier país civilizado” —nos refriega, para más INRI— reconoce este derecho (la verdad es que ninguno lo reconoce). Y, frente a eso, se siente autorizado para rebelarse, infringir esa ley española, impuesta por la fuerza, invocando la voluntad del pueblo catalán, fuente de la soberanía legítima.

Alguien que parta de la presunción contraria, es decir, que el demos es la nación española, usará el mismo razonamiento para llegar a la conclusión opuesta: quien decide el futuro de España es el pueblo español. Algo que, por cierto, ya hizo en 1978. Quien no reconozca el sistema legal establecido entonces, quien actúe al margen de la Constitución, es, por tanto, un antidemócrata. ¿Cómo podría ser democrática una decisión catalana de separarse de España sin tener en cuenta la voluntad del resto de los españoles? ¿Sería acaso respetuoso conmigo cortarme un brazo sin consultarme?

Por supuesto, el independentista catalán replicaría: ¿y de dónde te sacas que yo sea un brazo tuyo? Me estás menospreciando y ofendiendo, como siempre. Tú lo que eres es un nacionalista español, que demuestras el poco respeto que me tienes al reducirme a la categoría de miembro o parte de un conjunto cuya existencia tú te has inventado. Lo dicho: no eres demócrata, no aceptas que las decisiones las tomen los ciudadanos. Pregúntanos, por lo menos.

A este se le podría quizás hacer comprender que su posición también tiene un parti pris previo si se le preguntara por un hipotético referéndum en Cataluña con resultado global favorable a la independencia, pero en el que un territorio (Tarragona, digamos) hubiera votado por permanecer en España: ¿tú aceptarías que ese territorio siguiera siendo español, aunque el resto de Cataluña se convirtiera en independiente? Porque lo democrático, según tú planteas ese principio, es que el futuro de Tarragona sea decidido por los tarraconenses.

A lo cual nuestro independentista contestaría: ah, eso no. Tarragona forma parte de la nación catalana y si Cataluña, como conjunto, decide algo, sus partes deben someterse. En democracia, las minorías se someten a la decisión de las mayorías. ¿Cómo podría cortársele un brazo a Cataluña contra su voluntad? Solo el conjunto de los catalanes puede decidir eso.

Calcaría, pues, la respuesta españolista sobre Cataluña. Y podría ofender a los tarraconenses, a quienes niega la posibilidad de declararse nación y deja, por decreto, reducidos a miembros de un conjunto al que no se molesta en preguntarle si quiere pertenecer.

En realidad, en cuanto a la definición del demos básico que debe tomar las decisiones, ninguno de los dos es un demócrata. Son nacionalistas primero —al dar por supuesto que su demos existe— y demócratas después. La existencia de su nación es un prius, un dato prejurídico, anterior al inicio del proceso racional de toma de decisiones colectivas que legitiman el sistema legal.

Sin embargo, ese dato previo es enormemente peligroso y destructivo. La fragmentación a la que puede llevar la aplicación estricta del principio de que cada colectividad decide su futuro es infinita. Pues si Tarragona puede también declararse nación, decidir escindirse de Cataluña y permanecer en España, el municipio tarraconense X o Z, dominado por los independentistas, puede optar por seguir a Cataluña y no a su provincia. ¿Quién podría obligarles, en términos estrictamente democráticos? ¿Quién puede negarles el “derecho a decidir”, el derecho a declararse nación?

Nadie puede establecer un mapa nítido e indiscutible de los pueblos o naciones existentes en el mundo. Las identidades se mezclan en todas partes. Con lo que el principio de las nacionalidades da lugar a conflictos sin fin. Como comprendieron amargamente quienes trazaron las fronteras europeas al final de la Gran Guerra, aplicar el dogma de la autodeterminación de los pueblos era imposible sin dejar por doquier territorios irredentos y minorías discriminadas. Pese a ello, lo hicieron. Y pavimentaron el camino para la Segunda Guerra Mundial.

La combinación entre nación y democracia es, en realidad, explosiva. La democracia es un principio que puede defenderse racionalmente. La nación, no. Es algo afectivo, arraigado en los estratos emocionales más profundos; como el atractivo de aquellos a los que amamos o las gracias de nuestros hijos o nietos, imposibles de discutir ni argumentar. Pese a esta incompatibilidad, toda democracia necesita apoyarse en una identidad colectiva, una nación, un demos. Esa colectividad básica para la democracia ni fue decidida racionalmente en su origen ni es posible hacerlo ahora. Y como su definición se apoya en afectos y emociones, y no en datos ni argumentos objetivos, los conflictos sobre lo que sea o no democrático son de imposible solución.

Esta es, pues, una cuestión de sentimientos. Y los sentimientos solo pueden ser respetados, no discutidos. Es razonable invocar el cumplimiento de la ley y denunciar las incoherencias o imposiciones del otro. Pero no hay que limitarse a eso; y las leyes deben adaptarse a la realidad social. El 2 de octubre deberíamos sentarnos unos frente a otros, respetándonos e intentando entender nuestras respectivas emociones; y negociando sobre lo único negociable: poderes, competencias, recursos. Esperemos que, para entonces, no haya habido que lamentar desgracias irreparables.

 

Liturgia del gurú

El PAIS,  7 JULIO 2017

Antonio Muñoz Molina

En el éxito de la prosa psicoanalítica y pedregosa de Zizek noto alguna huella de las abstracciones del Althusser que visitó Granada

Cuando era muy joven, en 1976, presencié de cerca la llegada de un gurú al que se recibió entonces como he visto que se recibe ahora en Madrid al filósofo Zizek.

Era en Granada, en una primavera excitante y convulsa, solo unos meses después de la muerte de Franco. Era el tiempo en el que la dictadura parecía que se debilitaba o se desmoronaba y en el que lo nuevo tardaba tanto en llegar que vivíamos en el aire, en suspenso, en un presente que se desprendía del pasado, pero que no tenía conexión con ningún porvenir verosímil. En Granada, el Hospital Real, entonces la sede de la Facultad de Letras, era un enclave casi extraterritorial de libertad insegura, de una sublevación afiebrada que sin embargo no solía extenderse más allá de los portones de la entrada, del jardín delantero del edificio. Por las calles de la ciudad seguían patrullando las mismas furgonetas grises de la policía. Las noticias sobre detenciones y palizas ahora escaseaban, pero no habían desaparecido. Tampoco había ­desaparecido el miedo. En Vitoria la policía había disparado a bocajarro contra una multitud de trabajadores en huelga y había matado a seis de ellos. Pero en la Facultad de Letras, el gran hospital con bóvedas góticas y patios renacentistas que venía de los tiempos de los Reyes Católicos, los muros estaban llenos de carteles y pancartas de todo tipo de organizaciones políticas radicales, y los días de clase eran más infrecuentes que los de huelgas o asambleas. El derecho de huelga y el derecho de reunión o manifestación no existían, pero los estudiantes abandonábamos las aulas para concentrarnos por centenares en los cruceros y en los patios. La policía observaba a una cierta distancia, las furgonetas grises aparcadas en calles laterales, los antidisturbios rondando el perímetro de la Facultad con los fusiles en la mano, las porras al cinto, las viseras de los cascos levantadas.

Cualquier clase se convertía de pronto en una asamblea. El derecho a fumar en todo momento se ejercía tan apasionadamente, tan sin fatiga ni tregua, como el de debatirlo todo: los programas de enseñanza en la universidad, la disolución inmediata de los cuerpos represivos, la proclamación de la III República, la transición no ya del fascismo a la democracia, sino del capitalismo al comunismo. El porvenir exigía ideas claras, decisiones rápidas, sentido común, concordia. Encerrados y protegidos hasta cierto punto en nuestra Facultad, nosotros vivíamos de abstracciones, repetíamos fantasías y cismas ideológicos de medio siglo atrás. Las diatribas más feroces no sucedían entre partidarios y detractores del régimen de Franco. La inquina mayor era la que se dedicaban entre sí los militantes del Partido Comunista y los de otros grupos más a la izquierda, trotskistas y maoístas. Trotskistas y maoístas estaban unidos en su odio a los “revisionistas” del PC, pero a su vez se detestaban entre sí. Había un sectarismo de catacumbas y de dogmas tan abstrusos como los del cristianismo primitivo, una necesidad idéntica de distinguir entre los puros y los herejes.

Unos y otros escrutaban las Sagradas Escrituras en busca de pasajes favorables que legitimaran sus anatemas y sus excomuniones. Las Escrituras eran el Manifiesto comunista, El capital, el Qué hacer de Lenin, etcétera; pero sobre todo los manuales divulgativos de la época. En 1976, el más leído y estudiado en las universidades española era Conceptos elementales del materialismo histórico, de Marta Harne­cker, un breviario tan sencillo y rotundo como el catecismo, o como el Libro Rojo de Mao.

Luego estaba Althusser. Althusser era como un Padre de la Iglesia, un san Agustín o Tomás de Aquino de la Trinidad Sagrada, Marx, Engels, Lenin. Sus dos libros más cuantiosos estaban en los escaparates de todas las librerías: Para leer ‘El capital’, La revolución teórica de Marx. Se corrió la buena nueva de que Althusser venía a Granada a dar una conferencia; a Granada y a nuestra Facultad, donde enseñaban algunos de sus discípulos predilectos en España.

Nunca hubo tanta gente en ninguna asamblea del Hospital Real. Más de mil personas llenábamos uno de los claustros. Los pasillos estaban ocupados por gente de pie. El humo del tabaco acrecentaba el espesor del aire. Entró Althusser acompañado por sus discípulos y, después del gran aplauso, se puso a leer su conferencia. Era un hombre muy pálido, de expresión fúnebre. Leía inclinando la cara hacia el papel, sin levantar la voz, sin variar el tono. Leyó durante una hora una conferencia filosófica, muy abstracta, sin la oratoria de revuelta política que muchos de nosotros habíamos esperado. La conferencia, además, estaba en francés. Un rato antes del comienzo se había repartido unas fotocopias escasas con la traducción. Como una ola invisible, la adoración se convertía en estupor, aunque nadie tuviera la valentía de manifestarlo, de mostrar impaciencia, ni siquiera incomodidad. En un silencio que las bóvedas y los ventanales góticos volvían más eclesiástico, aquella voz mortecina seguía murmurando párrafos en francés que prácticamente ninguno de nosotros comprendía. De pronto, sin énfasis, sin variación de tono, la voz se apagó. Louis Althusser levantó la cara muy pálida, se quitó las gafas con un gesto de fatiga. El aplauso fue tan cerrado y tan sostenido que pareció que temblaba el suelo. Desfilábamos con las cabezas bajas hacia la salida, en un rumor respetuoso, los fieles con un arrobo de recién comulgados, los más o menos escépticos o aburridos eludiendo las miradas para no comprometernos, para no delatarnos.

Más de veinte años después, leyendo las memorias de Althusser, El porvenir es largo, encontré un pasaje en el que hablaba de aquella visita a Granada. El libro entero es una confesión terrible, un testimonio de exasperación y negrura. El gran experto en Marx reconocía haber leído El capital muy superficialmente, sin comprender gran cosa, disimulando su desconocimiento con palabrería, con vaguedades dogmáticas. Lo que recordaba de Granada sobre todo era una antigua sensación de impostura que acentuaban los años, la tiniebla uniforme de la depresión. Sus tratados de marxismo yo no llegué a leerlos nunca, sobre todo por pereza. En el éxito de la prosa compacta, psicoanalítica y pedregosa de Zizek noto alguna huella de las abstracciones de Althusser, quizás un síntoma de un revival más amplio de aquel espesor marrón de los años setenta, ahora amenizado con fuegos de artificio de las redes sociales. Igual que entonces, me intriga la propensión humana a erigir santones y gurús y a encontrar sentido hasta a sus exabruptos más oscuros.

Une benne impitoyable, comme le système marocain

Le Monde, 04 noviembre 2016

Le peuple révolté par la mort du poissonnier Mouhcine Fikri ne se laissera pas amadouer par des mesures de circonstance, estime l’écrivain marocain Abdellah Taïa. Seul le dialogue permettra de l’apaiser.

Par Abdellah Taïa, écrivain marocain

Le 28 octobre, au nord du Maroc, dans la ville d’Al-Hoceima, il s’est passé quelque chose de terrible, d’atroce. Un homme, Mouhcine Fikri, qui vendait des poissons sur un marché public, s’est précipité dans la benne d’un camion-poubelle pour récupérer sa marchandise.

La police, qui voulait l’empêcher de faire ce travail « illégal », venait d’y jeter tout l’espadon qu’il avait l’intention de vendre pour vivre, survivre. Dans un acte de désespoir et de résistance, l’homme croit qu’il pourra sauver son poisson, sauver sa journée, gagner un peu d’argent. Il n’a pas peur de la police qui lui dit et lui redit que c’est interdit de vendre de l’espadon en cette saison. Il pense sans doute que cette police est là plus pour entraver les pauvres citoyens comme lui que pour les aider dans leur lutte quotidienne.

Non, il n’a vraiment pas peur. Il ne peut pas se permettre de gâcher toute une journée de travail. Il saute dans la benne. Autour de lui, il y a beaucoup d’hommes, beaucoup de témoins. Ils assistent à la tragédie. Une vraie tragédie marocaine. Ils essaieront de le sauver en criant fort, très fort. Mais cela ne sera pas suffisant. Trop tard. Tout s’est passé extrêmement vite.

La benne du camion-poubelle est en marche. Impitoyable comme le système, elle ne laisse aucune chance à Mouhcine Fikri. Elle le tue. Elle le démembre. Elle le broie. Au sens propre : elle le broie sous le regard horrifié des autres vendeurs et celui des caméras des téléphones portables qui filment la scène.

Grâce à Internet, cette scène a fait le tour du Maroc en un clin d’œil. Le nom de Mouhcine Fikri est devenu en quelques heures seulement un symbole. Beaucoup de Marocains ont été émus, certains ont pleuré. La plupart ont vite fait le lien entre le vendeur de poisson et eux-mêmes. Sa tragédie est la leur. C’est évident. Leur solidarité doit alors s’exprimer. Il faut la manifester. La crier même dans les rues. Se réveiller. Réclamer la justice. La dignité. Le changement social, enfin. Désigner du doigt le système coupable qui cette fois-ci est allé jusqu’au bout de sa logique.

Le peuple fait peur au pouvoir

On entend très souvent au Maroc ces deux expressions pour dire l’impuissance, le ras-le-bol, la colère : « Ana mathoun » (« Je suis broyé »), « Tahnouni » (« Ils m’ont broyé »). Avec la tragédie de Mouhcine Fikri, on est passé d’une image, d’une métaphore, à sa réalisation. D’une horreur à une autre. De la résignation à l’indignation. C’est ce lien et ce mot (tahn : broyer) qui expliquent, entre autres, l’immense émotion qui traverse tout le Maroc en ce moment. La colère, légitime, est plus grande qu’avant.

Depuis samedi, dans plusieurs villes, une partie du peuple a manifesté presque chaque jour dans les rues. Les slogans, qu’on entendait durant le « printemps arabe », sont de retour. Les courageux activistes du Mouvement du 20 février [vague de contestation apparue au Maroc le 20 février 2011 à la suite des « printemps arabes » du Maghreb et du Moyen-Orient] sont également de retour. Et, à travers le nom de Mouhcine Fikri, on a l’impression d’assister à un procès. Qu’est-ce que le pouvoir marocain a fait pour ses citoyens les plus démunis depuis 2011 ? Et où sont parties les promesses de changement social ?

Au Maroc, le peuple fait peur au pouvoir. Et on fait tout pour étouffer sa colère quand elle ose s’exprimer. On maquille la réalité. On détourne l’attention. On donne dans les gestes symboliques trop faciles et qui ne résolvent rien. On rappelle à ce peuple un passé historique glorieux. Ou alors on l’accuse de vouloir abattre la monarchie marocaine alors qu’il ne demande que la justice, la dignité et une amélioration réelle de son niveau de vie.

On continue de penser que ce peuple est vraiment dangereux, incapable de bien penser. Il faut donc juste lui balancer quelques mots vides de sens et jouer un moment avec lui, histoire de calmer les tensions et de vite, vite, tourner la page. Oublier vite, vite, ce nom, ce slogan explosif, Mouhcine Fikri, qui rappelle bien évidement celui de Mohamed Bouazizi, le vendeur de légumes tunisien qui s’est immolé par le feu fin 2010 et qui a été à l’origine du « printemps arabe ».

L’arrogance des classes supérieures

Les choses ont bien sûr bougé au Maroc ces dernières années. Soyons objectifs : il faut le reconnaître. On a construit des routes, des ports, le produit intérieur brut (PIB) n’a cessé un temps d’augmenter et on a même vu par moments la presse s’exprimer librement.

Mais, au fil des années, c’est aussi un système des affaires, du business, qui s’est installé, qui s’est imposé. Il a profité à certains. A quelques-uns seulement. La vie est devenue de plus en plus chère. Dure. L’école nationale a fait faillite. Les riches sont devenus encore plus riches.

Le peuple, les petites gens, eux, on les a mis de côté, on les a oubliés, ignorés. On ne les voit plus. De toute façon, ils ne vont pas aux malls qu’on construit un peu partout. Ils n’existent pas. Que vont-ils devenir alors ? Et où survivent-ils ? A côté des camions-poubelles sans doute.

Le mot hogra ne cesse de revenir sur toutes les lèvres depuis la mort de Mouhcine Fikri. Il signifie : le mépris des élites pour le peuple qui survit, l’aveuglement des autorités, l’arrogance des classes supérieures et leur déconnexion par rapport à la réalité quotidienne des autres Marocains.

Quelque chose ne va pas bien au Maroc. Et il est inutile de faire peur de nouveau aux Marocains en brandissant les exemples de la Syrie et de la Libye. Oui, il est possible d’écouter ce peuple, d’améliorer son sort sans faire basculer le pays dans la guerre. Ce n’est pas le chaos que le peuple désire. C’est d’une oreille attentive dont il a besoin, d’un regard qui le considère, d’un changement pour de vrai et, enfin, d’un réel partage des richesses.

On a tort de se méfier du peuple. On a mille fois tort de continuer à l’infantiliser. Le « printemps arabe » l’a de toute façon réveillé et plus que réveillé. Au lieu de lui tourner encore une fois le dos, au lieu de continuer d’ignorer le travail formidable de la société civile pour changer les mentalités et les lois, il vaut mieux, avant qu’il ne soit trop tard, initier un vrai dialogue, un vrai changement. Donner au peuple marocain ce qu’il mérite. C’est aussi simple que cela. Le Maroc appartient à tous les Marocains. Tendre salam à l’âme de Mouhcine Fikri.

Abdellah Taïa est l’auteur de « Le Jour du roi », Seuil, 2010, prix de Flore 2010

 

 

Europa: reforma o divorcio

El País 28 ago. 2016

Por JOSEPH E. STIGLITZ

Decir que la eurozona no ha tenido una buena actuación desde la crisis del año 2008 es una expresión eufemística que se queda corta. Los países miembros de la eurozona han tenido una mala actuación en comparación con los que, dentro de la Unión, no han adoptado la moneda única, y aún peor que la de EE UU, el epicentro de la crisis.
Los países de la eurozona que peor lo han hecho se encuentran sumidos en una depresión o en una recesión profunda. En muchos sentidos, la economía en dichos países —piensen, por ejemplo, en lo que ocurre en Grecia— se encuentra en peor situación que tras la Gran Depresión de la década de 1930. Mientras, los miembros de la eurozona con los mejores resultados —como, por ejemplo, Alemania— parecen estar en una buena situación, pero sólo cuando se los compara con los demás. Por si fuera poco, el modelo de crecimiento de estos países se fundamenta parcialmente en políticas que empobrecen al vecino, mediante las cuales el éxito llega a expensas de los países que otrora se consideraron como “socios”.
Se han propuesto cuatro tipos de explicaciones para comprender este estado de las cosas. A Alemania le gusta culpar a la víctima, y apunta con el dedo al despilfarro de Grecia, así como hacia la deuda y los déficits del resto de los países. Sin embargo, estas acusaciones ponen el carro delante de los bueyes: España e Irlanda tenían superávit y bajos ratios de deuda sobre PIB antes de la crisis del euro. Por lo tanto, fue la crisis la que causó los déficits y las deudas, y no al revés.
El fetichismo relativo a los déficits es, sin lugar a dudas, causante de parte de los problemas que enfrenta Europa. También Finlandia, una de las más estrictas guardianas del Pacto de Estabilidad, ha tenido problemas para adaptarse a múltiples shocks. Su PIB en 2015 fue un 5,5% menor que su máximo en 2008.
Otros críticos pertenecientes al grupo de los que “culpabilizan a la víctima” citan al Estado de bienestar y a la excesiva protección del mercado laboral como causas del malestar de la eurozona. Sin embargo, algunos de los países con mejores resultados de Europa, como son Suecia y Noruega, tienen robustos sistemas públicos y cuentan con fuertes medidas de protección de sus mercados de trabajo.
A muchos de los países que ahora tienen economías debilitadas les iba muy bien antes de la introducción del euro; iban creciendo por encima de la media europea. Su descenso no se produjo a consecuencia de un cambio repentino en sus leyes laborales, o debido a que les sobrevino una epidemia de pereza. Lo que sí cambió fue la moneda.
El segundo tipo de explicación se resume en el deseo de que Europa tenga mejores líderes: hombres y mujeres que comprendan mejor la economía y con capacidad para implementar mejores políticas. Sin lugar a dudas, las políticas erróneas han empeorado las cosas, sin embargo, no sólo se debe echar la culpa a las políticas de austeridad, sino también a las denominadas reformas estructurales que ensancharon la desigualdad y, por lo tanto, debilitaron aún más la demanda total y el crecimiento potencial.
No obstante, la eurozona se constituyó por un acuerdo político, y era inevitable que la voz de Alemania resonase con mayor fuerza. Cualquier persona que hubiese negociado con los que decidieron las políticas alemanas los 30 años anteriores a la adopción del euro deberían haber sabido de antemano el resultado. Lo más importante que se debe puntualizar es que, dadas las herramientas disponibles hoy en día, ni el más brillante zar de la economía podría haber logrado que la eurozona prosperase.
El tercer conjunto de razones causantes de los malos resultados de la eurozona lleva a una crítica más amplia procedente de la derecha, que se centra en reprochar la propensión que tienen los eurócratas por favorecer normativas que inhiben la innovación. Esta crítica tampoco da en el blanco. Los eurócratas, de la misma forma que las leyes laborales o el Estado de bienestar, no cambiaron repentinamente en 1999, año en el que se creó el sistema de tipos de cambio fijos, o en 2008, el año en el que se inició la crisis. En un plano más fundamental, hay que considerar los niveles de calidad de vida. Cualquiera que niegue cuán mejor estamos todos en Occidente con nuestro aire y nuestra agua (que son sofocantemente limpios) debería visitar Pekín.
Esto nos lleva a considerar la cuarta explicación: el euro tiene un mayor nivel de culpabilidad del que se puede atribuir a las políticas y a las estructuras de cada país de manera individual. El euro venía viciado de errores desde su génesis. Ni siquiera los mejores políticos podrían haber logrado que el euro funcionase. La estructura de la eurozona impuso la clase de rigidez que se asocia con el patrón oro. La moneda única despojó a los miembros de la eurozona del más importante mecanismo de ajuste —el tipo de cambio— y fue la eurozona la que circunscribió la política monetaria y la política fiscal.
En respuesta a los shocks asimétricos y a las divergencias en la productividad, tendrían que haberse constituido ajustes en el tipo de cambio real (ajustado por la inflación), lo que significa que los precios en la periferia de la eurozona tendrían que haber caído con relación a los de Alemania y del norte de Europa. Pero, ya que Alemania tiene una posición inflexible con relación a la inflación —y sus precios se han estancado— el ajuste sólo podía lograrse a través de una desgarradora deflación en otros lugares. Típicamente, esto se traduce en un nivel doloroso de desempleo y en el debilitamiento de los sindicatos; los países más pobres de la eurozona, y especialmente los trabajadores dentro de ellos, se llevaron la peor parte de la carga del ajuste. Por lo tanto, esta fue la razón por la que el plan para estimular la convergencia entre los países de la eurozona fracasó rotundamente, haciendo que crezcan las disparidades entre y dentro de los Estados.
Este sistema no puede y no va a funcionar a largo plazo: las políticas democráticas garantizan su fracaso. El euro sólo puede funcionar si se cambian las reglas e instituciones de la eurozona. Esto requerirá siete modificaciones:

  • Abandonar los criterios de convergencia, que exigen que los déficits sean inferiores al 3% del PIB
  • Sustituir la austeridad por una estrategia de crecimiento que deberá estar apoyada por un fondo de solidaridad para la estabilización.
  • Desmantelar un sistema propenso a atravesar crisis mediante el cual los países se ven obligados a tomar préstamos en una moneda que no está bajo su control, y fundamentarse, en cambio, en los eurobonos o en algún otro mecanismo similar.
  • Compartir de mejor manera la carga durante el ajuste, haciendo que los países que en la actualidad tienen excedentes por cuenta corriente se comprometan a elevar los salarios y aumentar el gasto fiscal, garantizando de dicha manera que sus precios aumenten más rápido que los precios en los países con déficit por cuenta corriente.
  • Cambiar el mandato del Banco Central Europeo, que en la actualidad se centra sólo en la inflación, a diferencia del mandato que tiene la Reserva Federal estadounidense, entidad que tiene también en cuenta el empleo, el crecimiento y la estabilidad.
  • Establecer un seguro de depósitos común que evitaría la fuga de dinero desde los países que tienen resultados deficientes, así como otros elementos constituyentes de una “unión bancaria”.
  • Alentar, en lugar de prohibir, las políticas industriales diseñadas para garantizar que los países rezagados de la eurozona puedan ponerse al día y alcanzar a los países líderes de dicha zona.

Desde una perspectiva económica, estos cambios son pequeños; sin embargo, los actuales líderes de la eurozona puede que carezcan de la voluntad política necesaria para llevarlos a cabo. Eso no cambia el hecho fundamental de que la actual situación de medias tintas sea insostenible. Un sistema destinado a promover la prosperidad y el progreso de la integración ha tenido el efecto contrario. Un divorcio amistoso sería una mejor solución que el actual estancamiento.
Por supuesto, todo divorcio es costoso; pero enmarañarse más sería aún más caro. Como ya hemos visto este verano en Reino Unido, si los líderes europeos no pueden o no toman las decisiones difíciles, los votantes europeos serán quienes las tomen en su lugar, y puede que no les satisfaga el resultado.

Todos somos austro-húngaros

EL PAIS, 3 de julio de 2016

Sergio del Molino

Quizá dentro de 30 o 40 años, cuando esta Unión Europea sea una cita en los libros de historia del bachillerato o nostalgia de viejos que cuentan sus años de Erasmus como quien se acuerda de la mili en Sidi Ifni, un Berlanga del futuro bromee sobre la UE en sus películas o lo que quiera que se haga entonces. Un personaje dirá: “Disculpe, joven, pero en la Unión Europea…”. Del mismo modo en que José Sazatornil o Pepe Isbert se acordaban del Imperio Austrohúngaro en La escopeta nacional o Bienvenido, Mr. Marshall. Porque la UE sonará entonces tan carpetovetónica e inverosímil como nos parece hoy la corte de los Habsburgo.

Compleja, babélica, burocrática, inoperativa, incapaz de despertar ningún fervor patriótico, pusilánime, socialdemócrata, tibia, hipócrita. El Brexit quizá suena como el primer sello que se rompe, el estruendo bíblico que los enemigos de la UE estaban esperando, pero no es, ni mucho menos, la única amenaza. Muchas izquierdas combaten una estructura que consideran tiránica y servil con los intereses financieros más turbios. Muchas derechas religiosas, especialmente en el este, quieren ver caer ese monstruo laico y liberal que protege a los homosexuales y a todos los que ellos ven como desviados. En medio, un enredo de grupos e intereses que quizá no trabajen en la demolición y ni tan siquiera la aplaudan, pero tampoco la llorarán. Como sucedió en los escombros de 1919 en lo que hoy llamamos Centroeuropa y entonces era Austria-Hungría.

Durante décadas nos enseñaron que aquel Imperio Austrohúngaro era algo ridículo de reyes emplumados, un anacronismo medieval en la Europa del proletariado y de las naciones. A su primo islámico, el Imperio Otomano, le sucedía lo mismo, y le llamaban el enfermo de Europa. Estructuras obsoletas cuyo derrumbe era natural y necesario. Sin embargo, algunos historiadores llevan tiempo matizando esto. Aseguran, por ejemplo, que los rituales monárquicos de los Habsburgo no eran menos modernos o más ridículos que los británicos o los alemanes de su tiempo. Insisten también en que las instituciones y la economía del imperio se estaban modernizando mucho, alcanzando poco a poco los estándares políticos y sociales de la Europa de su tiempo.

La democracia parlamentaria de Austria-Hungría no era menos representativa o plural que la española, y sus focos de industrialización en Bohemia empezaban a generar ingresos fiscales para un Estado que, aunque débil, podía construir escuelas y carreteras en todas partes. En realidad, el Imperio Austrohúngaro estaba más cerca de reformarse y convertirse en un Estado moderno y democrático que de colapsarse a lo supernova. Su principal problema era conceptual: a nadie le gustaba el imperio. Solo unos pocos locos, como el escritor Joseph Roth, presumían de habsburguismo. Nadie celebraba la pluralidad de un territorio que englobaba a decenas de naciones. Cuando el último emperador abandonó Austria en un tren en 1919, solo Stefan Zweig lloró, como contó muchos años después en El mundo de ayer.

La corte era la capital de la cultura europea. Son innumerables los músicos, escritores, filósofos y artistas que convivían en ella. Algunas de las corrientes intelectuales más influyentes de la contemporaneidad nacieron en cuatro cafés de Viena, del psicoanálisis al sionismo, pasando por la música atonal, la arquitectura funcional o la novela moderna. Varios iconos del siglo XX fueron austrohúngaros, desde Billy Wilder a Franz Kafka o Elias Canetti, sin olvidar a Sigmund Freud. Muchos se han preguntado cómo podía ser decadente un imperio capaz de alumbrar una cultura tan poderosa, hasta el punto de que hoy podemos decir, sin exagerar demasiado, que todos somos un poco austrohúngaros, pues hemos sido educados en los referentes culturales de aquel Estado que tanto se ridiculizó después.

Algunos escritores se pasaron media vida añorando un mundo que no supieron apreciar cuando existía. No se trata del delirio sentimental de un Joseph Roth alcoholizado en París ni de la nostalgia cívica de un optimista derrotado como Zweig, sino de algo más cercano al desconcierto del apátrida de Robert Musil, una forma de abrir la boca y llevarse las manos a la cabeza que persiste en los grandes escritores austriacos contemporáneos, desde Thomas Bernhard a Elfriede Jelinek, que es la misma inquietud de la que están hechas las películas de Michael Haneke. Los intelectuales de la Mitteleuropa de Claudio Magris se parecen al protagonista de El tercer hombre, perdidos entre los cascotes de una Viena destruida, paralizados ante las ruinas de la que fue su cultura, sin atreverse a echarla de menos, pero sin encajar tampoco en su reconstrucción de cartón-piedra para turistas.

Salvando todas las distancias (entre otras razones, porque no hay nazis ni guerras mundiales de por medio), los europeos de hoy corremos el riesgo de ser los austriacos de ayer. Quizá algunos historiadores revisen dentro de 50 o 100 años aquella UE y concluyan que no estaba tan mal y que, como los austrohúngaros de 1919, fuimos tan idiotas como para enrocarnos en nuestras naciones provincianas para demoler desde ellas algo que podría haber funcionado y que, indudablemente, había hecho de nuestro continente algo mejor y más vivible. Habrá una generación de viejos que añorará su juventud cosmopolita, esa forma tan alegre de moverse entre Dublín y Nápoles y entre Bergen y Cádiz, con vuelos low cost y becas Erasmus, haciendo amigos y novios con los que se comunicaban en un inglés empobrecido y plano pero eficaz, como los polacos, los checos y los rumanos se entendían entre sí en un alemán aprendido en las escuelas imperiales.

A la UE no la quiere nadie, pero me temo que la añorará mucha gente, y un Stefan Zweig del futuro le dedicará un libro tan hermoso como El mundo de ayer, así como un Robert Musil de finales del siglo XXI dejará un equivalente a El hombre sin atributos. Quizá nadie escriba La marcha Radeztky, pero sin duda habrá cajones con pasaportes caducados que los abuelos usarán para explicar a los nietos qué significa ese círculo de estrellas y ese topónimo tan extraño: Unión Europea.

Hoy todos somos austrohúngaros, pero aún estamos a tiempo de no serlo en el sentido más profundo del ser austrohúngaro, el de la ausencia. Nadie echó de menos al emperador en 1919, y pocos parecen dispuestos a añorar la bandera azul y los billetes de 10 euros, pero si la UE quiere sobrevivir, necesita algo más que el miedo conservador que la sostiene ahora. Ningún proyecto se sostiene por el terror a la incertidumbre de lo que vendrá sin él.

 

 

Perrolatría

Javier Marías

El País Semanal, 19. 06.2016

Lo de los “derechos” de los animales es un despropósito. Con frecuencia son sus propietarios quienes quieren para sí una especie de privilegio añadido.

CUANDO Obama ocupó la Casa Blanca hace casi ocho años, se encontró con un problema inesperado, mucho más grave que su raza o su poco definida religión: no tenía perro. Hubo de comprarse uno a toda prisa, porque en los Estados Unidos hace mucho que se llegó a la peregrina conclusión de que quien carece de perro es mala persona. España presume de ser un país muy antiamericano, pero copia con servilismo todas las imbecilidades que desde allí se exportan, y casi ninguna de las cosas buenas o inteligentes. En la beatería por los chuchos (y por extensión por todos los animales, dañinos o no), estamos alcanzando cotas demenciales, y, sobre todo, los dueños de canes quieren imponer sus mascotas a los demás, nos gusten o no. Leo que sólo en Madrid hay más de 270.000 censados, cifra altísima, pero que no deja de representar a una minoría de madrileños. Ésta, sin embargo, en consonancia con la lerda idea estadounidense de que los perrólatras gozan de superioridad moral y de un salvoconducto de “bondad” (Hitler se contaba entre ellos), abusa sin cesar y exige variados “derechos” para sus perros. Lo de los “derechos” de los animales es uno de los mayores despropósitos (triunfantes) de nuestra época. Ni los tienen ni se les ocurriría reclamarlos. Quienes se erigen en sus “depositarios” son humanos muy vivos, con frecuencia sus propietarios, que en realidad los quieren para sí, una especie de privilegio añadido. Los animales carecen de derechos por fuerza, lo cual no obsta para que nosotros tengamos deberes para con ellos, algo distinto. Uno de esos deberes es no maltratarlos gratuitamente, desde luego (pero si nos atacan o son nocivos también tenemos el derecho e incluso la obligación de defendernos de ellos).

Los dueños de perros claman ahora por que se deje entrar a éstos en casi todas partes: en bares, restaurantes, tiendas, galerías de arte, museos, librerías, y aun se les creen sus propios parques … Una apasionada declara: “No apoyo sitios en los que no me dejen entrar con mi familia” (sic). “Vaya con o sin mis perros”. (Supongo que regiría igual para quien decidiera adoptar jabalíes, serpientes o cachorros de tigre.) Ella y otros entusiastas celebran que ahora La Casa Encendida abra sus puertas a los perros, y no sé si también la Calcografía Nacional (donde se ha hecho una exposición de la Tauromaquia de Goya tan manipulada y falseada que se convirtió al pintor en un “animalista avant la lettre” (!). En lo que a mí respecta, ya sé qué sitios no voy a volver a pisar, por si las moscas. Nada tengo contra los perros, que a menudo son simpáticos y además no son responsables de sus dueños. Pero no me apetece estar en un restaurante rodeado de ellos. No todos están educados, no todos están limpios ni libres de enfermedades, no todos se abstienen de hacer sus necesidades donde les urjan, muchos ladran en cualquier momento por cualquier motivo.

Con frecuencia sus amos no se conforman con uno, sino que llevan tres o cuatro, cada uno con su larga correa que ocupa la calle entera e impide transitar a los peatones. Un perro es, además, un lujo. Su mantenimiento es carísimo y una esclavitud, desde la comida especial hasta las expulgaciones, las continuas visitas al veterinario, los lavados y peinados y “esquilados” a cargo de expertos, incluso el tratamiento “psiquiátrico” que necesitan muchos porque se “estresan”, se asustan al oír el timbre, se desquician en pisos de escasos metros y en ciudades no preparadas para su sobreabundancia. De las cacas que van sembrando no hablemos; por mucho que se obligue a sus amos a recogerlas en una operación de relativa asquerosidad, siempre los habrá que se negarán a la humillación. Nada tengo contra los perros, ya digo, pero hay mucha gente que sí, que les tiene miedo y no los soporta. Y se los intenta imponer a esa gente en todas partes, hasta mientras come.

Entre ella estaba Robert Louis Stevenson, que escribió en 1879: “Me vi muy alterado por los ladridos de un perro, animal que temo más que a cualquier lobo. Un perro es notablemente más bravo, y además está respaldado por el sentido del deber. Si uno mata a un lobo, recibe ánimos y parabienes; pero si mata a un perro, los sagrados derechos de la propiedad y el afecto elevan un clamor y piden reparación … El agudo y cruel ladrido de un perro es en sí mismo un intenso tormento … En este atractivo animal hay algo del clérigo o del jurista … Cuando viajo a pie, o duermo al raso, los detesto tanto como los temo”. Todo esto se olvida, en efecto: según su tamaño y su raza, el que va con perro porta un arma. Si está prohibido ir por ahí con una pistola o un cuchillo de ciertas dimensiones, no se entiende tanta permisividad con una bestia que obedecerá a su amo y que éste puede lanzar contra quien le plazca. Una vez un vecino misantrópico me insultó gravemente, sin motivo, en el portal. Mi reacción normal habría sido encararme con él. Pero el hombre sujetaba a un perro de aspecto fanático, que a su orden habría defendido a su dueño aunque éste no llevara razón. Como es natural, porque a los canes no les corresponde averiguar tales matices, sino someterse ciegamente a quien los alimenta y cuida. Si eso no es un peligro en potencia … En Madrid hay los perros que dije, así que no quiero imaginarme cuántos enemigos me he creado en España con estas líneas. Ninguno tendrá cuatro patas, eso es seguro.

Escuela

Fernando Savater

EL PAIS, 14 de mayo de 2016

Siempre oí repetir que la enseñanza debe ser “crítica”. Nada de memoria, nada de llenar la cabeza de datos (¡se encuentran en Internet!), nada de que el maestro hable desde la tarima y los demás callen tomando apuntes, nada de asignaturas sin relación con la vida cotidiana (¿como las matemáticas, la historia o la gramática?) y nada de dar por hecho que uno sabe y los demás no. ¡Crítica ante todo! ¡El aprendizaje debe ser crítico, si me apuran más crítico que aprendizaje! ¿Qué es lo que hay que aprender? Pues aprender a aprender, a ser críticos con lo que pretenden enseñarnos. Cuando el maestro anticuado profiere como irrefutable cualquier tópico viejuno, v. gr. “París es la capital de Francia”, el alumno debe propinarle un certero “¡Eso lo dirás tú!”. Seguro que le desconcierta…

Abracé dócilmente esta rebeldía, hasta darme cuenta de que los críticos más contundentes son quienes mejor han aprendido aquello de lo que se habla: por plácido que sea su talante, los que saben aritmética no aguantan a los que dicen que dos y dos son cinco. Y tienen sus razones. Son precisamente esas razones las que deben enseñarse en la escuela, porque con ellas vendrá por añadidura el espíritu crítico, que no es simple afán de contradicción. Dos libros recientes, La conjura de los ignorantes (ed. Pasos Perdidos), de Ricardo Moreno Castillo, y Contra la nueva educación (ed. Plataforma Actual), de Alberto Royo, defienden esta asombrosa doctrina, la de siempre, y con ella el esfuerzo estudioso, el orden en el aula y el magisterio de los profesores, que no deben ser meros colegas lúdicos ni animadores emocionales de la comuna escolar. Y lo hacen de modo muy divertido: quien mañana ocupe la cartera de Educación hará bien en leerles.