Historia, memorias y usos políticos de la Guerra Civil

El País19 Jul 2021/ JULIÁN CASANOVA

La Guerra Civil, de cuyo comienzo se cumplieron ayer 85 años, es el acontecimiento central de la historia del siglo XX español. Desde aquel verano de 1936 escritores de todas clases, novelistas, ensayistas e historiadores han intentado explicar sus causas y consecuencias, los conflictos más agudos y las políticas que los orientaron. Ningún periodo de nuestra historia ha generado tantos libros, testimonios, debates y disputas tan agrias (y estériles). Pero a pesar de todo lo que se ha dicho y escrito, la mayoría de los españoles no saben mucho sobre esa historia ni la han estudiado en los centros de enseñanza.

La Guerra Civil se manifestó en un violento combate político sobre cómo organizar la sociedad y el Estado. Para los españoles ha pasado a la historia por la tremenda violencia que generó, pero, pese a lo sangrienta y destructiva que pudo ser, debe medirse también por su impacto internacional, por el interés y la movilización que provocó en otros países.

En el escenario internacional, desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del comunismo y del fascismo, España era, hasta 1936, un país marginal, secundario. Todo cambió, sin embargo, a partir de la sublevación militar del 18 de julio. En unas pocas semanas, el conflicto español recién iniciado se situó en el centro de las preocupaciones de las principales potencias, dividió profundamente a la opinión pública, generó pasiones y España pasó a ser el símbolo de los combates entre fascismo, democracia y comunismo.

Dentro de esa guerra hubo varias y diferentes contiendas. En primer lugar, un conflicto militar, iniciado cuando el golpe de Estado enterró las soluciones políticas y puso en su lugar las armas. Fue también una guerra de clases, entre diferentes concepciones del orden social, una guerra de religión, entre el catolicismo y el anticlericalismo, una guerra en torno a la idea de la patria y de la nación, y una guerra de ideas que estaban entonces en pugna en el escenario internacional. Cristalizaron, en suma, batallas universales entre propietarios y trabajadores, Iglesia y Estado, entre oscurantismo y modernización, dirimidas en un marco internacional desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del comunismo y del fascismo.

España comenzó los años treinta con una república y acabó la década sumida en una dictadura fascista. Bastaron tres años de guerra para que la sociedad española padeciera una oleada de violencia y de desprecio por la vida del otro sin precedentes. Por mucho que se hable de la violencia que precedió a la Guerra Civil, para tratar de justificar su estallido, está claro que en la historia del siglo XX español hubo un antes y un después del golpe de Estado de julio de 1936. Y fue a partir de ese momento, y no antes, cuando se sucedieron, en grado sumo, todas las manifestaciones de violencia que había conocido Europa desde la Primera Guerra Mundial: la revolucionaria, contrarrevolucionaria, paramilitar, fascista/nacionalista, la de los asesinatos masivos, sobre todo en la retaguardia, y la de bombardeos sobre poblaciones civiles. De todas ellas, la violencia más específica y peculiar —en un país donde no había judíos ni conflictos territoriales o étnicos— fue la derivada de la conversión de la guerra en cruzada religiosa, guerra santa, y del odio anticlerical.

Esa guerra desembocó en una larga posguerra donde los vencedores tuvieron la firme voluntad de aniquilar a los vencidos. Cautivos y desarmados los rojos y sin la intervención de las potencias occidentales que habían derrotado a los fascismos, la dictadura de Franco recordó siempre la victoria en la guerra, llenando España de lugares de memoria, y administró un amargo castigo a quienes habían perdido. Las iglesias se llenaron de placas conmemorativas de los “caídos por Dios y la Patria”. Por el contrario, miles de asesinados por el terror militar y fascista nunca fueron inscritos ni recordados con una mísera lápida. Los vencidos temían incluso reclamar a sus muertos.

Desenterrar ese pasado resultó una labor ardua y costosa. Casi todo lo que se sabe hoy, 85 años después del inicio de aquella contienda bélica, ha sido fruto o bien del trabajo de hispanistas, los primeros en desafiar con métodos científicos los mitos de la Cruzada, o de una nueva generación de historiadores profesionales llegados a las universidades españolas en la transición y durante la democracia. Con muchos trabajos y muchas vueltas a la investigación hemos convertido la Guerra Civil y el franquismo en un objeto de estudio privilegiado en la historiografía sobre la España contemporánea.

Las diferentes memorias de aquellos hechos se cruzaron con ardor desde los años noventa, después de un largo periodo de indiferencia política y social hacia la causa de las víctimas de la represión franquista. Coincidió ese cambio con la importancia que en el plano internacional iban adquiriendo los debates sobre los derechos humanos y las memorias de guerra y dictadura. Una parte de la sociedad civil comenzó a movilizarse, se crearon asociaciones para la recuperación de la memoria histórica, se abrieron fosas en busca de los muertos que nunca fueron registrados y los descendientes de los asesinados por los franquistas, sus nietos más que sus hijos, se preguntaron qué había pasado, por qué esa historia de muerte y humillación se había ocultado y quiénes habían sido los verdugos.

Pero el registro del desafuero cometido por los militares sublevados y por el franquismo ha hecho también reaccionar, por otro lado, a conocidos periodistas, propagandistas de la derecha y aficionados a la historia, que han retomado los viejos argumentos de la manipulación franquista: fue la izquierda la que con su violencia y odio provocó la Guerra Civil y lo que hizo la derecha y gente de bien, con el golpe militar de julio de 1936, fue responder al “terror frentepopulista”. Todas las complejas y bien trabadas explicaciones de los historiadores profesionales quedan de esa forma reducidas a dos cuestiones: quién causó la guerra y quién mató más y con mayor alevosía. El juego de “equiparación” de víctimas y responsabilidades ha dominado en los últimos años la mayoría de las representaciones divulgadas en los medios de comunicación y ha sacado a la luz una clara confrontación entre las narraciones y los análisis de los historiadores y los usos políticos y recuerdos.

Los relatos y las memorias de la Guerra Civil y de la dictadura se han manifestado en un campo de batalla cultural y político, de apropiación de símbolos, con disputas sobre calles, memoriales y monumentos. La Guerra Civil, 85 años después, puede y debe debatirse, con muchas voces y matices. Se trata de explicar la historia, no de enfrentar la memoria de los unos a la de los otros. Y que la propaganda, las falsificaciones y las declaraciones políticas no sustituyan al conocimiento razonado y al análisis histórico.

Democracia y nación

 

EL PAIS, 24 de septiembre de 2017

José Álvarez Junco

Los sentimientos no pueden discutirse, pero sí respetarse, y lo que está sucediendo es una cuestión de sentimientos. El día 2 habrá que sentarse con respeto para negociar de lo que sí se puede: poderes, competencias y recursos

“Esta no es una cuestión de nacionalismo, sino de democracia”, me decía el amigo que presentaba un manifiesto instando a Rajoy a defender la “unidad nacional” con mano dura. Lo mismo, exactamente lo mismo, me podría haber dicho mi amigo catalán inclinado últimamente hacia el independentismo.

Porque el concepto de democracia solo es sencillo en apariencia, cuando decimos que nosotros, los ciudadanos, los gobernados, el pueblo, somos quienes decidimos el futuro de nuestra comunidad. En la práctica, se reduce a la elección periódica de nuestros gobernantes. Pero hay otras decisiones, mucho más importantes, en las que no intervenimos ni hemos intervenido nunca: la principal, la definición del demos, de ese pueblo, nación o comunidad en el que nos integramos. Esa definición no es algo evidente y racional, sino, muy al contrario, algo emocional, que se da por supuesto. Algo que, lejos de ser el resultado de un debate, meditación y decisión democráticos, nos ha venido dado, como producto de la historia, de la formación de las unidades políticas, en la que las claves fueron el azar y la violencia guerrera.

Pocas veces se habrá revelado con tanta nitidez esta trampa como en la actual situación catalana. “Democracia” es precisamente la palabra que a un independentista no se le cae de la boca. Según él, lo que pide es obvio, elemental, en democracia: que el pueblo catalán decida su propio futuro. ¿Por qué se opone “Madrid”, no ya a que sean independientes, sino incluso a que se les pregunte si quieren serlo? Porque el sistema político español no es democrático, sigue siendo franquista. “Cualquier país civilizado” —nos refriega, para más INRI— reconoce este derecho (la verdad es que ninguno lo reconoce). Y, frente a eso, se siente autorizado para rebelarse, infringir esa ley española, impuesta por la fuerza, invocando la voluntad del pueblo catalán, fuente de la soberanía legítima.

Alguien que parta de la presunción contraria, es decir, que el demos es la nación española, usará el mismo razonamiento para llegar a la conclusión opuesta: quien decide el futuro de España es el pueblo español. Algo que, por cierto, ya hizo en 1978. Quien no reconozca el sistema legal establecido entonces, quien actúe al margen de la Constitución, es, por tanto, un antidemócrata. ¿Cómo podría ser democrática una decisión catalana de separarse de España sin tener en cuenta la voluntad del resto de los españoles? ¿Sería acaso respetuoso conmigo cortarme un brazo sin consultarme?

Por supuesto, el independentista catalán replicaría: ¿y de dónde te sacas que yo sea un brazo tuyo? Me estás menospreciando y ofendiendo, como siempre. Tú lo que eres es un nacionalista español, que demuestras el poco respeto que me tienes al reducirme a la categoría de miembro o parte de un conjunto cuya existencia tú te has inventado. Lo dicho: no eres demócrata, no aceptas que las decisiones las tomen los ciudadanos. Pregúntanos, por lo menos.

A este se le podría quizás hacer comprender que su posición también tiene un parti pris previo si se le preguntara por un hipotético referéndum en Cataluña con resultado global favorable a la independencia, pero en el que un territorio (Tarragona, digamos) hubiera votado por permanecer en España: ¿tú aceptarías que ese territorio siguiera siendo español, aunque el resto de Cataluña se convirtiera en independiente? Porque lo democrático, según tú planteas ese principio, es que el futuro de Tarragona sea decidido por los tarraconenses.

A lo cual nuestro independentista contestaría: ah, eso no. Tarragona forma parte de la nación catalana y si Cataluña, como conjunto, decide algo, sus partes deben someterse. En democracia, las minorías se someten a la decisión de las mayorías. ¿Cómo podría cortársele un brazo a Cataluña contra su voluntad? Solo el conjunto de los catalanes puede decidir eso.

Calcaría, pues, la respuesta españolista sobre Cataluña. Y podría ofender a los tarraconenses, a quienes niega la posibilidad de declararse nación y deja, por decreto, reducidos a miembros de un conjunto al que no se molesta en preguntarle si quiere pertenecer.

En realidad, en cuanto a la definición del demos básico que debe tomar las decisiones, ninguno de los dos es un demócrata. Son nacionalistas primero —al dar por supuesto que su demos existe— y demócratas después. La existencia de su nación es un prius, un dato prejurídico, anterior al inicio del proceso racional de toma de decisiones colectivas que legitiman el sistema legal.

Sin embargo, ese dato previo es enormemente peligroso y destructivo. La fragmentación a la que puede llevar la aplicación estricta del principio de que cada colectividad decide su futuro es infinita. Pues si Tarragona puede también declararse nación, decidir escindirse de Cataluña y permanecer en España, el municipio tarraconense X o Z, dominado por los independentistas, puede optar por seguir a Cataluña y no a su provincia. ¿Quién podría obligarles, en términos estrictamente democráticos? ¿Quién puede negarles el “derecho a decidir”, el derecho a declararse nación?

Nadie puede establecer un mapa nítido e indiscutible de los pueblos o naciones existentes en el mundo. Las identidades se mezclan en todas partes. Con lo que el principio de las nacionalidades da lugar a conflictos sin fin. Como comprendieron amargamente quienes trazaron las fronteras europeas al final de la Gran Guerra, aplicar el dogma de la autodeterminación de los pueblos era imposible sin dejar por doquier territorios irredentos y minorías discriminadas. Pese a ello, lo hicieron. Y pavimentaron el camino para la Segunda Guerra Mundial.

La combinación entre nación y democracia es, en realidad, explosiva. La democracia es un principio que puede defenderse racionalmente. La nación, no. Es algo afectivo, arraigado en los estratos emocionales más profundos; como el atractivo de aquellos a los que amamos o las gracias de nuestros hijos o nietos, imposibles de discutir ni argumentar. Pese a esta incompatibilidad, toda democracia necesita apoyarse en una identidad colectiva, una nación, un demos. Esa colectividad básica para la democracia ni fue decidida racionalmente en su origen ni es posible hacerlo ahora. Y como su definición se apoya en afectos y emociones, y no en datos ni argumentos objetivos, los conflictos sobre lo que sea o no democrático son de imposible solución.

Esta es, pues, una cuestión de sentimientos. Y los sentimientos solo pueden ser respetados, no discutidos. Es razonable invocar el cumplimiento de la ley y denunciar las incoherencias o imposiciones del otro. Pero no hay que limitarse a eso; y las leyes deben adaptarse a la realidad social. El 2 de octubre deberíamos sentarnos unos frente a otros, respetándonos e intentando entender nuestras respectivas emociones; y negociando sobre lo único negociable: poderes, competencias, recursos. Esperemos que, para entonces, no haya habido que lamentar desgracias irreparables.

 

Liturgia del gurú

El PAIS,  7 JULIO 2017

Antonio Muñoz Molina

En el éxito de la prosa psicoanalítica y pedregosa de Zizek noto alguna huella de las abstracciones del Althusser que visitó Granada

Cuando era muy joven, en 1976, presencié de cerca la llegada de un gurú al que se recibió entonces como he visto que se recibe ahora en Madrid al filósofo Zizek.

Era en Granada, en una primavera excitante y convulsa, solo unos meses después de la muerte de Franco. Era el tiempo en el que la dictadura parecía que se debilitaba o se desmoronaba y en el que lo nuevo tardaba tanto en llegar que vivíamos en el aire, en suspenso, en un presente que se desprendía del pasado, pero que no tenía conexión con ningún porvenir verosímil. En Granada, el Hospital Real, entonces la sede de la Facultad de Letras, era un enclave casi extraterritorial de libertad insegura, de una sublevación afiebrada que sin embargo no solía extenderse más allá de los portones de la entrada, del jardín delantero del edificio. Por las calles de la ciudad seguían patrullando las mismas furgonetas grises de la policía. Las noticias sobre detenciones y palizas ahora escaseaban, pero no habían desaparecido. Tampoco había ­desaparecido el miedo. En Vitoria la policía había disparado a bocajarro contra una multitud de trabajadores en huelga y había matado a seis de ellos. Pero en la Facultad de Letras, el gran hospital con bóvedas góticas y patios renacentistas que venía de los tiempos de los Reyes Católicos, los muros estaban llenos de carteles y pancartas de todo tipo de organizaciones políticas radicales, y los días de clase eran más infrecuentes que los de huelgas o asambleas. El derecho de huelga y el derecho de reunión o manifestación no existían, pero los estudiantes abandonábamos las aulas para concentrarnos por centenares en los cruceros y en los patios. La policía observaba a una cierta distancia, las furgonetas grises aparcadas en calles laterales, los antidisturbios rondando el perímetro de la Facultad con los fusiles en la mano, las porras al cinto, las viseras de los cascos levantadas.

Cualquier clase se convertía de pronto en una asamblea. El derecho a fumar en todo momento se ejercía tan apasionadamente, tan sin fatiga ni tregua, como el de debatirlo todo: los programas de enseñanza en la universidad, la disolución inmediata de los cuerpos represivos, la proclamación de la III República, la transición no ya del fascismo a la democracia, sino del capitalismo al comunismo. El porvenir exigía ideas claras, decisiones rápidas, sentido común, concordia. Encerrados y protegidos hasta cierto punto en nuestra Facultad, nosotros vivíamos de abstracciones, repetíamos fantasías y cismas ideológicos de medio siglo atrás. Las diatribas más feroces no sucedían entre partidarios y detractores del régimen de Franco. La inquina mayor era la que se dedicaban entre sí los militantes del Partido Comunista y los de otros grupos más a la izquierda, trotskistas y maoístas. Trotskistas y maoístas estaban unidos en su odio a los “revisionistas” del PC, pero a su vez se detestaban entre sí. Había un sectarismo de catacumbas y de dogmas tan abstrusos como los del cristianismo primitivo, una necesidad idéntica de distinguir entre los puros y los herejes.

Unos y otros escrutaban las Sagradas Escrituras en busca de pasajes favorables que legitimaran sus anatemas y sus excomuniones. Las Escrituras eran el Manifiesto comunista, El capital, el Qué hacer de Lenin, etcétera; pero sobre todo los manuales divulgativos de la época. En 1976, el más leído y estudiado en las universidades española era Conceptos elementales del materialismo histórico, de Marta Harne­cker, un breviario tan sencillo y rotundo como el catecismo, o como el Libro Rojo de Mao.

Luego estaba Althusser. Althusser era como un Padre de la Iglesia, un san Agustín o Tomás de Aquino de la Trinidad Sagrada, Marx, Engels, Lenin. Sus dos libros más cuantiosos estaban en los escaparates de todas las librerías: Para leer ‘El capital’, La revolución teórica de Marx. Se corrió la buena nueva de que Althusser venía a Granada a dar una conferencia; a Granada y a nuestra Facultad, donde enseñaban algunos de sus discípulos predilectos en España.

Nunca hubo tanta gente en ninguna asamblea del Hospital Real. Más de mil personas llenábamos uno de los claustros. Los pasillos estaban ocupados por gente de pie. El humo del tabaco acrecentaba el espesor del aire. Entró Althusser acompañado por sus discípulos y, después del gran aplauso, se puso a leer su conferencia. Era un hombre muy pálido, de expresión fúnebre. Leía inclinando la cara hacia el papel, sin levantar la voz, sin variar el tono. Leyó durante una hora una conferencia filosófica, muy abstracta, sin la oratoria de revuelta política que muchos de nosotros habíamos esperado. La conferencia, además, estaba en francés. Un rato antes del comienzo se había repartido unas fotocopias escasas con la traducción. Como una ola invisible, la adoración se convertía en estupor, aunque nadie tuviera la valentía de manifestarlo, de mostrar impaciencia, ni siquiera incomodidad. En un silencio que las bóvedas y los ventanales góticos volvían más eclesiástico, aquella voz mortecina seguía murmurando párrafos en francés que prácticamente ninguno de nosotros comprendía. De pronto, sin énfasis, sin variación de tono, la voz se apagó. Louis Althusser levantó la cara muy pálida, se quitó las gafas con un gesto de fatiga. El aplauso fue tan cerrado y tan sostenido que pareció que temblaba el suelo. Desfilábamos con las cabezas bajas hacia la salida, en un rumor respetuoso, los fieles con un arrobo de recién comulgados, los más o menos escépticos o aburridos eludiendo las miradas para no comprometernos, para no delatarnos.

Más de veinte años después, leyendo las memorias de Althusser, El porvenir es largo, encontré un pasaje en el que hablaba de aquella visita a Granada. El libro entero es una confesión terrible, un testimonio de exasperación y negrura. El gran experto en Marx reconocía haber leído El capital muy superficialmente, sin comprender gran cosa, disimulando su desconocimiento con palabrería, con vaguedades dogmáticas. Lo que recordaba de Granada sobre todo era una antigua sensación de impostura que acentuaban los años, la tiniebla uniforme de la depresión. Sus tratados de marxismo yo no llegué a leerlos nunca, sobre todo por pereza. En el éxito de la prosa compacta, psicoanalítica y pedregosa de Zizek noto alguna huella de las abstracciones de Althusser, quizás un síntoma de un revival más amplio de aquel espesor marrón de los años setenta, ahora amenizado con fuegos de artificio de las redes sociales. Igual que entonces, me intriga la propensión humana a erigir santones y gurús y a encontrar sentido hasta a sus exabruptos más oscuros.

Ser español

Manuel Vicent

El País, 18 de octubre de 2015

 

1129672801_850215_0000000000_sumario_normalSe cumple el décimo aniversario de la muerte del periodista Haro Tecglen, ejemplo de español amargado, que necesitaba una calamidad cotidiana para que su prosa brillara como un diamante. Su columna diaria en este periódico era la garita desde la cual disparaba contra los recuelos del fascismo atrincherados en democracia. Su pesimismo congénito le dio autoridad para ser un profeta de nuestro pasado. Actuaba como un maqui perdido en la serranía que nunca aceptó que la guerra había terminado y disparaba contra los aviones que creía de combate cuando en realidad iban cargados de turistas. Se sentía un perdedor nato y en esto no admitía rival: era el perdedor que primero entraba en la meta, otra señal de españolismo depresivo, que es el verdadero. Cánovas del Castillo en el Congreso de los Diputados zanjó el largo debate del artículo sobre la nacionalidad española en el Código Civil de 1889 con esta despectiva afirmación: “Son españoles los que no pueden ser otra cosa”. Desde entonces los españoles se dividen en dos: los cabreados a los que les duele España, la maldicen pero trabajan, y los contentos a los que no les duele nada y cantan pasodobles sombrero en mano. Los que están contentos de ser españoles no saben el placer masoquista que se pierden tratando de no querer serlo. Desde los afrancesados, empezando por Goya que murió exilado en Burdeos, hasta Bergamín que por despecho se hizo proetarra o Berlanga a quien Franco calificó de ser mal español por haber rodado El verdugo, nada más ibérico y racial que gritar: no me da la real gana de ser español. La verdad está en el verso insigne del Mio Cid: “Oh, qué buen vasallo si hubiera buen señor”. En efecto, ese señor tiene la culpa de todo. En este estado cataléptico, saciado de catastrofismo en que está postrado hoy nuestro país, la pluma de Haro hubiera brillado en todo su esplendor.

 

La narrativa de Rafael Chirbes: entre las sombras de la Historia

Escrito en la Revista Turia por Fernando Valls

rafaelchirbesquinientosLa consagración como gran escritor parece haberle llegado a Chirbes tras la publicación de sus dos últimas novelas: Crematorio (2007) y En la orilla (2013), con las que ha obtenido –entre otros- el Premio de la Crítica. La primera apuntaba a una grave crisis económica y moral que, todavía larvada, estaba a punto de estallar, mientras que la segunda no hacía más que confirmar y completar el certero diagnóstico. Antes nos había proporcionado obras de indudable valor, desde la prometedora primera novela corta, Mimoun (1988), hasta el díptico formado por otras dos piezas de semejante intensidad: La buena letra (1992) y Los disparos del cazador (1994), o la novela generacional que es Los viejos amigos (2003), aunque todas ellas posean una notable entidad. De lo que se trataba, en suma, era de dejar constancia de setenta años de historia española, de lo público y lo privado, de la educación sentimental y la política, los negocios y la intimidad, destacando una serie de hechos que gran parte de la sociedad española, encabezada por los dirigentes políticos, parecía haber olvidado. No olvidemos que para Chirbes, como para Balzac, la novela consiste en contar la vida privada de las naciones, frase que nuestro autor ha recordado en más de una ocasión[1]. Por tanto, nos hallamos ante un empeño narrativo que podría encuadrarse muy bien en la tradición de los Episodios nacionales, uno de esos grandes relatos que abarcan toda una época, a pesar de que los teóricos de la posmodernidad nos hubieran anunciado no sólo su fin sino su falta de sentido.

Rafael Chirbes nació en 1949, en Tavernes de la Valldigna, un pueblo de Valencia situado en la comarca de la Safor. La suya era una familia obrera en un mundo de calculadores campesinos, como él mismo nos ha recordado, vinculada a Denia (“el Mediterráneo de mi infancia fue el de Denia”), donde vivía el abuelo. Quizá porque su padre, peón de vías y obras, murió cuando él tenía 4 años. Su madre trabajaba de guardabarreras y tras la guerra fue depurada. En una de las entrevistas que ha concedido, confesaba que su infancia estuvo llena de miedos y pudores. Cuando Rafael contaba sólo 8 años lo enviaron a estudiar a un colegio de huérfanos de ferroviarios, primero en Ávila y luego en León, como le ocurre a Rafael del Moral, el personaje de La larga marcha. Después, estuvo interno en Salamanca, donde sus compañeros solían ser hijos de la burguesía local, rompiendo con la igualdad que imperaba en las anteriores instituciones escolares. El radical cambio de paisaje y de clima, el frío seco de Ávila y el húmedo de León, y la separación de su familia, le resultó en parte trágico pero también excitante, como él mismo ha explicado. Este temprano alejamiento supuso además un cambio de lengua, pues el castellano se convirtió en su vehículo de cultura, al margen de que la lengua familiar hubiera sido siempre el valenciano.

Los estudios universitarios los realiza Chirbes en Madrid, licenciándose en Historia Moderna y Contemporánea en la Universidad Complutense. Durante esos años forma parte de un grupo de estudiantes de izquierdas denominado `El Seminario´, en el que también participan el que luego sería crítico literario y editor, Constantino Bértolo, el editor y articulista Manuel Rodríguez Rivero y Ana Puértolas, periodista de viajes, hermana de la escritora y musa del grupo. Pero en 1973, tras realizar el servicio militar, trabaja en diversas librerías de Madrid, hasta que en 1977 es contratado en Fez como profesor de Lengua e Historia española. Allí permanecerá dos años y de aquella experiencia surgirá Mimoun, cuyo narrador comparte algunas de las experiencias del autor. Cuando en 1979 regresa a España, colabora en diversas revistas del grupo Z, residiendo tanto en Madrid como en Barcelona, hasta que en 1982 un contrato en El Ideal Gallego lo traslada a La Coruña. Su siguiente trabajo periodístico lo lleva a La Gaceta Ilustrada, pero en 1984 entra a formar parte de la revista Sobremesa, donde permanece hasta el 2007 escribiendo reportajes sobre vinos y ciudades, de donde provienen sus libros Mediterráneos (1997), en el que recorre ciudades como Creta, Estambul, Lyon, Venecia, Alejandría o Roma, que es otra manera de reencontrase con sus orígenes, “el mar color de vino de Homero”; y El viajero sedentario. En Ciudades (2004) nos cuenta sus viajes por metrópolis de todo el mundo, como Pekín o Leningrado. Durante estos años cultivó, además, la crítica literaria en las revistas Ozono y Reseña, en donde coincide con el crítico Santos Alonso, defensor temprano y constante del valor de su obra.

Tras desempeñar varios oficios en diversas ciudades, a las citadas habría que añadir París, abandona definitivamente Madrid para instalarse en Valverde de Burguillos (Badajoz). En una entrevista que en 1992 le concede a Sofía Flórez, ésta le pregunta por qué se ha alejado de la capital, a lo que Chirbes responde: Madrid “es una ciudad donde trepas o te hundes, y sin ganas de inclinarme por ninguna de las dos perspectivas” se va a vivir a Extremadura y encuentra tiempo para escribir, aunque “tampoco se soluciona nada con irse”. En un momento dado regresa definitivamente a Beniarbeig (Alicante), donde sigue viviendo. Si bien debido a su trabajo como periodista y escritor ha recorrido numerosos países, tras hacer balance reconoce que no se cansa de volver a Valencia, París, Roma, Nápoles, Salamanca y Fez.

Chirbes confiesa escribir desde siempre, pues ya a los 5 años compuso un cuento, aunque comenzase a publicar tarde. Así, cuando en 1988 aparece Mimoun tiene en su haber otra novela, Las fronteras de África, que ha permanecido inédita. En aquella fecha ya empezaba a ser conocido en el mundo de las letras por sus trabajos de periodista y crítico literario. Tenía entonces 39 años y se identificaba con aquellos que Haro Tecglen denominó la generación bífida con motivo de la muerte de su hijo Eduardo Haro Ibars, aun cuando Chirbes no fuera de los que se acomodaron al poder, ni tampoco de los que se autodestruyeron, pues se ganó la vida como redactor y periodista, mientras iba componiendo poco a poco sus novelas, alejado de festejos literarios y sin gozar apenas de éxito, más allá del respeto de unos pocos lectores y de unos críticos que apostaron por su obra, hasta la publicación de Crematorio (2007), su definitivo reconocimiento en calidad de narrador imprescindible.

Con Mimoun fue finalista del Premio Herralde, que concede la editorial Anagrama, el mismo año que lo obtuvo Vicente Molina Foix con La quincena soviética. Cuenta la aventura que emprende un hombre que abandona Madrid en busca de paraísos perdidos, instalándose en Marruecos, donde consigue una modesta plaza de profesor en un instituto de Fez, mientras vive en el pequeño pueblo que da título al libro, cuyo nombre real es Oulad Mimoun, fuera de las rutas turísticas, con el fin de obtener la tranquilidad que necesita para escribir una obra literaria. Pero su experiencia se convierte en un descenso a los infiernos en los que Manuel, el protagonista, un personaje tan perplejo como indeciso y carente de voluntad, se enfanga en el alcohol y en las esporádicas relaciones sexuales, a veces colectivas, que mantiene con hombres y mujeres, con prostitutas.

Las expectativas de Manuel, en fin, no se cumplen, pues apenas consigue escribir, y finalmente tiene que abandonar la urbe, tras el miedo que le produce la muerte de un amigo francés, poeta, quien aparece muerto, quizás asesinado, y las amenazas que recibe. Lejos del fulgor y el cosmopolitismo con que se nos suele pintar Tánger, aquí Marruecos aparece como un lugar inhóspito y misterioso, repleto de tipos obsesionados con el sexo y el alcohol, más en la línea de Mohamed Chukri o Gean Genet que en la de Paul Bowles, muy lejos de aquel paraíso con el que Manuel había soñado. La novela corta, escrita en un lenguaje descarnado, aunque a rachas de un lirismo contenido, en el que no sólo el léxico francés sino el árabe gozan de una presencia singular, está plagada de antihéroes, ya se trate de profesores, ya de criadas, policías, poetas o campesinos. Pero, además, la ciudad, el paisaje y el clima, árido y lluvioso, también adquieren su parcela de protagonismo junto con los espacios cerrados, sean éstos casas o tabernas cochambrosas.

En la lucha final (1991), su siguiente obra, encontramos cambios significativos, pues abandona el relato lineal, se vale de un protagonista coral y utiliza diversos materiales para construir la narración, tales como testimonios, los dos monólogos con que concluye la primera parte, las páginas del diario de Ricardo, fechado entre 1984-1986, con el que arranca la segunda, y las primeras páginas de la novela de éste. Quizá sea hoy su novela menos valorada, aunque suponga un paso importante en su trayectoria narrativa al indicar el camino que seguirá. Aquí se vale de la perspectiva múltiple, si bien destacan tres personajes: Carlos, con casa en la Moraleja, es el más acaudalado, solo y el que tiene más miedo del grupo; Amelia, asesora en una editorial, se revelará muy ambiciosa, una mujer rubia de 40 años que odia el capitalismo pero disfruta todo lo que puede de sus ventajas, “una muñeca rusa que esconde siempre a otra Amelia”; y Ricardo Alcántara es un farsante acorralado tanto en su faceta de hombre, siendo homosexual engatusa a Amelia, como en la de escritor, puesto que plagia.

La novela está contada por un narrador innominado, amante actual de Amelia, de quien sabemos que es un escritor algo más joven que el resto de los personajes, a quienes observa y oye en sus testimonios con una cierta distancia para poder narrar su historia, que se convertirá en su segunda obra, lo que un posmoderno de hoy tacharía de novela reportaje. El desarrollo de la trama sigue la reconstrucción de los principales avatares del grupo de amigos, quienes en la universidad habían formado parte de grupúsculos de extrema izquierda. A los personajes citados habría que añadir: Pedro Ruibal, escritor y amante fracasado; José Bardón, de 43 años, catedrático de literatura y autor de éxito, de origen humilde, y Concha, su nueva esposa; Brines, un galerista de arte, bisexual, que trabaja para Carlos, pues ambos fueron pilaristas; Brull, amigo de Carlos, funcionario de la Comunidad Europea en Bruselas; y Santiago, el auténtico marginal, un camello que se ha prostituido y cuyo papel en la novela es el de “vengador del orgullo social que detectaba en ellos”, en los miembros del grupo. Todos bullen en esta pequeña colmena y quieren medrar, o al menos mantener sus posiciones, si bien el regreso de Ricardo trastoca el orden establecido.

Esta narración posee componentes líricos y metaliterarios, al proponer una serie de reflexiones sobre el éxito y el fracaso artísticos, el poder del mercado, etc.; al tiempo que confronta diversos modelos de escritor, aunque todos ellos terminen revelándose como un chasco en distinto grado. El narrador se vale, en fin, de sus testimonios, de una polifonía de voces distintas que se complementan, para componer la novela. Lo que Chirbes muestra, en suma, son varios fraudes, ejemplificados en la transformación ideológica de unos individuos que salieron del franquismo siendo rebeldes y acabaron vampirizados por el poder, adoptando una moral pragmática e hipócrita. Pero también rememora la educación sentimental de una generación: la amistad, el sexo, el amor y la atracción irracional, junto con la ingestión de alcohol, de cocaína y heroína con que trafican Ricardo y Santiago. La novela tiene algo de rompecabezas, de relato policíaco, en donde el misterioso narrador actúa a la manera de un detective, al indagar sobre unos hechos que pivotan sobre las consecuencias que trajeron consigo el regreso a Madrid de Ricardo y Silvia, y después el asesinato de Carlos, aun cuando ya no fueran aquellos viejos amigos de antaño.

Así, al concluir el relato conocemos cómo se ha producido la toma de conciencia de que: “En esta época una clase social solo puede entrar en otra a punta de navaja”. La acción transcurre en el Madrid de los años 80, una ciudad con poco espacio para el idealismo. La estructura resulta atípica y sorprendente, organizada en tres partes desiguales, compuestas por 108, 44 y 21 páginas, respectivamente, y un breve epílogo. Aunque el título de la novela provenga de la letra de la Internacional (“Agrupémonos todos,/ en la lucha final”)[2], tal vez –en esta ocasión- quiera indicarnos que la batalla que libran los personajes sea por adaptarse y triunfar dentro del sistema político y social imperante (gobierna el PSOE), no en favor de la igualitaria revolución comunista, que también fue un fiasco, y no menor, a pesar de sus intenciones iniciales. En fin, podríamos concluir que en la elección misma del cuadro de Otto Dix que aparece en la cubierta del libro, conocido como “Tríptico de la gran ciudad” o “Metrópolis” (1927-1928), se hallan las intenciones fundamentales del autor. Se trata de un retablo profano, de una danza de la muerte que nos muestra el mundo escindido de la República de Weimar años antes de la ascensión de Hitler, las diversiones de los locos años veinte y el disfrute de las nuevas músicas y bailes, mientras asoma todavía la miseria que dejó tras sí la Gran Guerra. Otra de las novedades de esta novela consiste en que se cita por primera vez al pintor Francis Bacon (pp. 11 y 182), quien reaparecerá en distintas obras del autor.

Sus dos siguientes narraciones, La buena letra (1992) y Los disparos del cazador (1994), publicadas de forma independiente en su momento, fueron recibidas como el haz y el envés de una historia semejante contada en un mismo género, la novela corta de Mimoun, que no volvería a utilizar. En el 2013, Chirbes ratifica el sentido de aquel vínculo editándolas juntas en un solo volumen en forma de díptico, bajo el título de Pecados originales (edición por la que cito), y encabezándolas con un sustancioso prólogo, en donde afirma: “Sobre todo, quería dejar constancia de eso: de la tremenda ilegalidad sobre la que se asentaba cuanto estábamos construyendo” (p. 9). No en vano, en La buena letra Chirbes les proporciona voz por primera vez a los vencidos en la guerra civil. Ana, la narradora y protagonista, es una anciana que toma la palabra para contarle a Manuel, su hijo, convertido en un desclasado y tosco negociante, la trágica historia de la familia, con el propósito de que entienda por qué se niega a vender la casa en que ha transcurrido gran parte de su existencia, y en donde sus descendientes pretenden construir un edificio nuevo con que enriquecerse. Sin embargo, Ana recuerda y escribe también para ordenar y entender su pasado, los años de la República, la guerra y las primeras décadas de la postguerra (“años de frío y oscuridad”), y dejar constancia del sufrimiento de los suyos, de su lucha por la supervivencia, del ansia de venganza que trajo consigo la Victoria. Su hijo, en cambio, coetáneo del autor, necesita olvidar el pasado familiar para poder relacionarse con los vencedores y medrar a su amparo, de ahí que no entienda la vinculación de su progenitora con aquella vieja vivienda, el valor que posee como símbolo de su identidad y memoria.

El relato se compone de un monodiálogo de la narradora y protagonista formado por 55 brevísimos capítulos (a partir del décimo noveno van adelgazándose), con las trazas de una confesión laica, de un testimonio que adopta la forma de un balance vital. De este modo, lo que Ana cuenta es la historia de esas trágicas décadas en Bovra, un topónimo inventado que sitúa en la región valenciana, el cual reaparecerá en otras obras posteriores. A este propósito, Chirbes baraja a la perfección la historia general, el mezquino franquismo del lugar y la deslealtad familiar, esto es, cómo dos hermanos republicanos, Tomás Císcar, el marido de Ana, un calzonazos, y Antonio, miembro de las Juventudes Socialistas Unificadas, fueron encarcelados, siendo el último condenado a muerte. Pero cuando a Antonio le conmutan la pena y regresa al pueblo, una vez casados Tomás y Ana, su extraña actitud acaba trastocando las relaciones familiares. No en vano, se siente atraído por su cuñada, y ella –aunque de manera discreta- tampoco se muestra del todo indiferente. La aparición de Isabel, una criada que ha trabajado en Londres y peca de delirios de grandeza, quien se casa con Antonio, supone una nueva vuelta de tuerca en las relaciones turbias que mantienen todos ellos, pues este matrimonio abusa de la generosidad de los suyos, e incluso acaba medrando junto a los vencedores e ignorando a sus cuñados, que les habían ayudado cuando más lo necesitaban.

Casi todos los estudiosos que se han ocupado de esta obra han llamado la atención sobre su forma, los intensos y breves capítulos, y acerca de un estilo literario sustentado en la fragmentación del relato, en la elipsis, junto a la importancia que tiene el fraseo propio de la narración oral, a lo que habría que añadir una cierta vinculación con los dramas rurales, en la estela de Lorca. La novela, en su esencia, apela al presente, a aquellos primeros años noventa en que el país se creía Jauja, olvidándose de lo que realmente era, y sobre todo de dónde veníamos. La novedad mayor estriba en la acertada supresión del último capítulo de la novela, según el cual “el tiempo acaba ejerciendo cierta forma de justicia (…), acaba poniendo las cosas en su sitio”. Diez años después el autor considera semejante idea “una filosofía inaceptable, por engañosa”, habida cuenta de que el tiempo agranda las injusticias.

De Los disparos del cazador (1994) podría decirse que constituye el envés de su anterior novela corta, al mostrar el mundo de la postguerra desde el punto de vista de Carlos Císcar, un constructor arribista que ha traicionado a los suyos. Su padre es un maestro represaliado, pero él se casa en 1945 con Eva Romeu, heredera de un empresario franquista. Dado que su hijo Manuel, educado en Francia, se avergüenza de sus logros, Carlos deposita sus esperanzas en Roberto, el nieto. Este relato se presenta como el diario que escribe el narrador durante el año olímpico de 1992, ya en la vejez y una vez viudo, para dejar constancia de su vida y, además, rebatir la versión escrita por Manuel en un cuaderno que ha encontrado fisgoneando, del que sólo conocemos breves fragmentos, suficientes para que dudemos de la versión única impuesta por el narrador. No en vano, Carlos se hace rico con negocios fraudulentos durante el franquismo y presume de haber tenido dos amantes, cuyas relaciones cuenta a veces con detalle. En suma se trata de un conflicto triple, al ser tres las generaciones en danza: la de los padres de Eva y Carlos; la suya propia y la de sus hijos. Así, Císcar cuenta desde la soledad, la decrepitud y el fracaso, con la conciencia de haberse equivocado en lo que más apreciaba. El tono en que narra, reconoce el autor, es “de desolación absoluta, de no esperar nada, si bien posee el orgullo de estar `contando´”. En la novela se plantean los temas principales a los que se enfrentó su generación, como ha apuntado Chirbes, en un momento en que el poder cambiaba de manos, con la certeza de que no hubo entonces nadie inocente y de que todo ascenso social se produce traicionando a los predecesores; la conciencia de una falsa modernización y su necesidad de olvidar.

Aquí vuelve a abordar la cuestión de la clase social, de la educación, los gustos y las formas de vida, que es lo que separa al advenedizo Carlos, hombre sin sustancia, y a su amigo y cómplice en los negocios, el zafio Jaime Ort, de Eva y Manuel. Si para Ana, en La buena letra, el recuerdo de la historia familiar es casi el único legado que puede dejar a su hijo; Císcar, en cambio, necesita justificarse, edulcorar los recuerdos. Los temas de la novela son, en definitiva, la ambición, la carencia de amor y el deseo, junto a la muerte, la vejez y sus lacras, mientras el triunfo económico y social trae consigo el fracaso familiar. El título, la referencia a esos disparos, símbolo de crueldad, remite al sentido último de esta nouvelle, pues Carlos, un depredador amante de la caza como tantos otros personajes de Chirbes, se siente frustrado al comprobar que sus cínicos descendientes se han beneficiado económicamente de sus actividades fraudulentas, aunque ahora finjan haber olvidado su procedencia. En 1999, La buena letra y La larga marcha recibieron en Alemania el Premio SWR/Die Bestenliste (La mejor lista), convocado por una cadena de radio y concedido por un jurado de prestigiosos críticos, por el que recibió algo más de 10.200 euros.

En La larga marcha (1996) la narración no es ya en primera persona, sino en tercera, una tercera persona compasiva, como la ha denominado el autor, tras concederles voz a los distintos personajes. Estamos ante otra novela coral. ¿Por qué este cambio con respecto a sus obras anteriores? Según confiesa, intentaba crear tensión y emoción literaria relatando en tercera persona pero sin creerse Dios, como solía ocurrirles a los narradores del XIX, convencido de que tampoco ellos podrían transformar el mundo con sus obras. La novela cuenta la historia de dos generaciones: la de los padres y sus hijos; la vida cumplida de los primeros y el acceso a la madurez de los segundos. Mientras los mayores habían vivido la guerra y sus consecuencias, la Victoria; sus descendientes padecen los estertores del franquismo, y si aquellos aspiran a sobrevivir, los más jóvenes albergan esperanzas de libertad. La segunda parte, además, adopta las hechuras de una novela de formación, pues nos relata cómo se forma la sensibilidad de una generación, sus gustos, lecturas e inquietudes. La trama arranca en un pueblo de Galicia, durante 1948, mostrándonos un cuadro alegórico a partir del retrato de tres generaciones de la familia Amado y el nacimiento de un niño, Carmelo, y concluye a comienzos de los 70 con su detención, la de aquellos seis jóvenes que componían la célula de Alternativa Comunista.

Tanto el título del conjunto como el de las dos partes debe leerse en clave irónica, pues esa larga marcha (o “gigantesca ola” que genera la revolución) hacia la democracia, en alusión a una de las disparatadas empresas auspiciadas por el presidente Mao, parece dirigirse a ninguna parte, hacia la nada. Así sucedería también con “La batalla del Ebro” y “La joven guardia”. No en vano, el primer título remite a la confrontación decisiva de la Guerra Civil –son varios los personajes que luchan en el frente de Aragón- y que supuso el principio del fin de la República (se desarrolló entre julio y noviembre de 1938), mientras que el segundo se refiere al himno de las organizaciones juveniles comunistas, cuyo estribillo rezaba: “Es la lucha final que comienza/ la revancha de los que ansían pan;/ en la revolución que está en marcha/ los esclavos el triunfo alcanzarán”. Chirbes ha afirmado que el libro podría haberse titulado Padres e hijos, como la obra de Turguéniev.

Esta es, por tanto, una novela de personajes, la historia fragmentaria de siete familias, con sus correspondientes protagonistas: los Amado, campesinos gallegos, su hijo Carmelo; los Vidal, el padre era peón ferroviario en Bovra, Valencia, cuya historia procede de La buena letra; Del Moral, un limpiabotas que había hecho la guerra con Franco, residente en Salamanca, y que acaba arrojándose a las vías del tren, y sus dos hijos, uno de ellos, José Luis, estudiará en un internado en León, donde coincide con Raúl Vidal, trasunto del autor; Vicente Tabarca, quien practica abortos, un médico republicano represaliado que había estado condenado a muerte, el cual en dos ocasiones tendrá que sacrificar su dignidad para sobrevivir, y sus dos hijas, Alicia y Helena, muy distintas entre sí; Coronado, vendedor ambulante y estraperlista en Madrid; los hermanos Roberto y Gloria Seseña, aristócratas madrileños arruinados, por lo que ella se casará con Ramón Giner, un arribista; y, por último, José Pulido, jornalero andaluz. En la primera parte, pues, el autor presenta a los personajes, su historia y problemas durante la postguerra, tales como el desarraigo, el fracaso de sus expectativas o las concesiones que tienen que hacer para sobrevivir, de modo que a veces se proyectan –así le ocurre a Vicente Tabarca- como sombras, fantasmas  e incluso cadáveres.

La segunda parte, en cambio, transcurre en Madrid y está protagonizada por sus descendientes, quienes acaban relacionándose, compartiendo incluso carrera, piso, tertulia y sobre todo destino. Chirbes rompe con el mito de la dos Españas desde el momento en que vencedores y vencidos, trabajadores y burgueses, sufren las consecuencias de la guerra. Todo ello se presenta a través de una narración realista, aunque se valga de símbolos como el pantano, las manos, los perros o los nombres de los personajes, con el fin de insuflarle profundidad a la historia. El estilo es resultado de lo que se quiere contar, pues compone la trama mediante secuencias y ritmos, prescindiendo del punto y aparte, para que funcionen los capítulos como si de poemas se tratara, apostando por un tipo de narración, cercano a los relatos orales, en el que la música interna pueda llegar a sostener el conjunto, según ha confesado el autor.

El cuadro de Juan Genovés que aparece en la cubierta, un artista que no sólo comparte poética con Chirbes sino que también ha declarado su simpatía por quienes sufren la historia, titulado de forma elocuente “Punto de mira II” (1966), está estrechamente relacionado con el contenido de la novela y su mismo título, pues en él observamos a unos personajes que se dirigen, como ha comentado el pintor, “hacia cualquier espacio donde haya un poco de armonía, donde haya un ideal de justicia”. Nos encontramos, pues, con una circunferencia de aspecto lunar, efecto reforzado por las sombras que la envuelven, inscrita en un cuadrado de fondo negro que hace las veces de marco, en donde se distingue a una multitud despersonalizada –semejan hormigas– que parece correr hacia la derecha –quizá se trate de una huida sin rumbo cierto–, todo lo cual es visto a través de un punto de mira, un teleobjetivo o una cámara de vigilancia a la manera orwelliana, como si esa muchedumbre se alejara de alguien que la acosa y amenaza… Asimismo, la circunferencia aparece dividida en cuatro partes, a la manera de una cuartilla que ha sido plegada y desplegada dejando en ella sus marcas. Se trata, en suma, de un cuadro monocromo, conceptual, que posee una clara dimensión alegórica, en donde una masa de gente anónima huye[3]. Acaso el sentido último del libro se complete un poco más si sabemos que Chirbes se lo dedicó a cinco compañeros de su época universitaria.

Dos hechos extraliterarios vinieron a condicionar la recepción de esta novela; por un lado, la polémica entre diversos críticos y escritores españoles; y por otro, los elogios que le dedicaron en el prestigioso programa de televisión alemán Literarisches Quartett, en 1998, dirigido por el crítico Marcel Reich-Ranicki, con el consiguiente éxito de ventas. El paso del tiempo no ha hecho más que subrayar lo gratuito del alegato del crítico que inició el debate, pues la novela de Chirbes se entiende mucho mejor en el contexto de la evolución experimentada por la sociedad y la narrativa española de las últimas décadas, así como del conjunto de la obra de nuestro autor.

La acción de La caída de Madrid (2000) transcurre durante un tiempo reducido, entre las 6 de la mañana y las 8 de la noche del 19 de noviembre de 1975, el día anterior a la muerte de Franco. Se trata de otra novela coral, en donde se cuenta la historia de tres generaciones de personajes, en tanto el narrador les va cediendo la voz y el lector va adquiriendo una visión múltiple y contradictoria de aquel momento; los miedos y expectativas que este suceso supuso para unos y otros, ya fueran partidarios o enemigos del régimen, junto a sus respectivas historias personales. Por un lado, la trama gira en torno a la familia de José Ricart, partidarios todos ellos –aunque con matices- del franquismo, excepto Quini, el nieto más joven, cuyo patriarca, un empresario vinculado al régimen, se dispone a celebrar su 75 cumpleaños. Estrechamente vinculado a Ricart, aparece el más temido comisario de la brigada político social, Maximino Arroyo. Por el contrario, entre los miembros de la oposición podemos distinguir tanto a estudiantes de distinta condición social como a los miembros de una célula de obreros, unos militantes del PCE y otros de Vanguardia Revolucionaria, quienes forman el comando que intenta sabotear el metro, y el tránsfuga Taboada; aparte de los profesores y artistas: Juan Bartos y esposa, la pintora Ada Dutruel, y Chacón, el escritor y profesor regresado del exilio, trasunto de Max Aub.

En un momento dado descubrimos cierta interrelación entre los personajes que componen los distintos grupos. De todo este entramado de intereses da cuenta la novela de Chirbes: del cúmulo de contradicciones acaecido en estos años clave en que el poder parecía a punto de cambiar de manos. En la novela se plantean cuestiones fundamentales: la serie expectativas que genera la inminente muerte del dictador; el origen de las fortunas que se gestaron durante el franquismo, producto de la corrupción; la conciencia de que está empezando a desaparecer la España de la que Ricart y Maxi han formado parte; los métodos que utiliza la policía política; la formación intelectual de los estudiantes, y las ideas y actividades contra el régimen de los grupos que componen la oposición. Se muestra también las tensiones que se generan entre las familias adeptas al régimen, y las disensiones entre la oposición; además de la vinculación del patriarca con su esposa, Amelia, enferma de Alzheimer, y de Maximino con su esposa y amante, la prostituta Lina; en suma, los amores de los jóvenes y los deseos de los adultos.

Uno de los mayores aciertos de esta obra consiste en dejarnos oír hablar, explicarse, a los distintos personajes: el abuelo Ricart; su esposa enferma, delirando; su impagable nuera Olga Albizu; el tosco policía Maxi; el charlatán Taboada; la boba Margarita, toda muslos y rodillas; el ingenuo Lucio y el irresponsable Quini. Casi al final de la novela, Quini se pregunta quién es y qué quiere ser. El caso es que si la narración se inicia con las cuitas de José Ricart por el anuncio de la inminente muerte del dictador, concluye con la detención de los militantes izquierdistas. El título de la novela, por tanto, no creo que se refiera a la caída de una ciudad (aunque juegue con títulos memorables que aluden a la caída de Constantinopla, el imperio romano o Leningrado), sino al de la célula revolucionaria, al concluir con la detención de Lucio, tras contarnos la tortura y el asesinato de otros militantes.

En Chirbes la reflexión teórica y la práctica narrativa aparecen estrecha y coherentemente unidas, por lo que todas las preguntas que se formula (por qué y para quién se escribe; cuál es el papel de la novela en estos tiempos tumultuosos), adquieren cumplida respuesta en sus narraciones. Los ensayos recogidos tanto en El novelista perplejo (2002) como en Por cuenta propia. Leer y escribir (2010), resultan imprescindibles en este sentido. De ahí que nuestro autor no sea más que un novelista perplejo (la suya es la perplejidad del que no sabe y utiliza la novela para investigar y conocer), quien, sin embargo, conoce lo que debería ser hoy una novela, además de su propia tradición narrativa.

Voy a detenerme algo menos en sus tres últimas novelas, tras dedicarles unos análisis recientemente[4], a saber: Los viejos amigos (2003), la cual completa una trilogía compuesta por La larga marcha y La caída de Madrid, a la que habría que añadir En la lucha final; todas ellas publicadas en la misma editorial entre 1991 y el 2003, con el empeño de reescribir la historia de las últimas décadas y de luchar contra el olvido generalizado y la lectura complaciente de algunos periodistas, políticos e historiadores. Lo que él ha denominado “esa larga traición llamada transición”. Recordemos, no obstante, que en dicha empresa no ha andado solo, y que otros autores lo han precedido o acompañado; por ejemplo, Juan Marsé, Manuel Vázquez Montalbán, Esther Tusquets, Juan José Millás, Manuel Vicent, José María Merino, Manuel Longares, José Antonio Gabriel y Galán, Mariano Antolín Rato, Mercedes Soriano, Belén Gopegui e Isaac Rosa.

Uno de los empeños principales de Chirbes ha consistido en relatar la evolución ideológica de su propia generación, de aquellos jóvenes revolucionarios de los años sesenta que acabaron apoyando una falsa modernización y adaptándose al sistema. Algunos de esos impostores son precisamente los protagonistas de Los viejos amigos. Su realismo, en estas últimas obras, es del mismo tipo que ha defendido el pintor Francis Bacon: “un intento de capturar la apariencia junto con el cúmulo de sensaciones que esa apariencia excita en mí”. En esta ocasión, el narrador convoca a un grupo de viejos amigos a una cena en Madrid. Treinta años antes estos mismos personajes habían llegado de la periferia a la conquista de la capital, formando parte de una célula comunista. El tiempo ha causado estragos en sus vidas y aquellos que lograron sobrevivir se han convertido en un pálido reflejo de quienes desearon ser. En esta técnica de contraste entre lo que anhelaban y lo que son, entre las ideas que defendían y la vida que han acabado asumiendo, se sustenta pues la novela.

Según van tomando la palabra tenemos la sensación de que se han convertido en voces sin alma, en seres capaces de explicar lo inexplicable, de justificar lo injustificable. Todos ellos tienen sus razones: algunas les sirven para sobrevivir en un medio adverso y como lo importante es seguir viviendo, ya sólo sienten apego por el dinero. Las mujeres se nos presentan como víctimas, aunque los hijos, “cachorros herederos genéticos de una generación famélica”, no lo son menos después de tanto desbarajuste. Así, Pau se convierte en un yonqui sin que su padre se entere, mientras que Lalo y Juanjo, hermanos gemelos, han venido a ser una repetición grotesca de lo que fue Guzmán, su padre.

Con estos mimbres, una vez comprendido que “la vida es lo más fácil de entregar; que el día a día es lo difícil, lo que quema, lo que lo convierte todo en nada”, el desenlace de esta nueva noche de Walpurgis no podía revelarse complaciente. A la resaca espiritual se añade la degradación corporal (esa caldera hirviente del estómago, en el centro), el peso de la edad como metáfora de la degradación moral. Todas estas conductas podrían sintetizarse en una frase de la novela: “Ya nadie hacía lo que creía que tenía que hacer. Mantenerse, tener criterio, había empezado a ser una forma de intolerancia”. Ésta no es una novela de personajes individualizados. Por el contrario, Chirbes pretende mostrarnos arquetipos al servicio de unas tesis claramente expuestas; que sus novelas no resbalen sobre la piel de su tiempo e impacten en el núcleo mismo de la sociedad. O lo que es igual, que la novela vuelva a ser otra vez el vehículo adecuado para una lectura crítica de la Historia. No en vano, a los personajes se les reprocha que quisieran olvidar, “curarse con la medicina del olvido, en vez de aprender con el purgante de la memoria”.

Crematorio (2007), tal como ocurre con los retratos de Lucien Freud, debería apestar a carne descompuesta. No en balde, la narración arranca y concluye con la contemplación del cadáver de Matías Bertomeu, muerto de cirrosis a los sesenta y pocos años, excusa que utiliza el autor para reactivar la memoria del resto de los personajes. Todas estas novelas contemporáneas, compuestas por Chirbes a la manera galdosina, oscilan entre la tradición literaria y la vida, entre el pasado inmediato y el presente, y vienen poniendo en solfa, con atrevida lucidez, la conducta, el lenguaje, los valores morales y la casi inverosímil capacidad de adaptación al medio de los miembros de una generación, la suya propia -“una generación de vampiros”-, y sucesivas, de todos aquellos que desde los años sesenta se enfrentaron u opusieron al franquismo. Tan exhaustos debieron de quedar por el esfuerzo que terminaron adoptando las mismas muecas y retóricas del poder. En fin, la elección para la cubierta del libro de un detalle de un cuadro de Hannah Höch me parece un acierto.

En trece capítulos sin numerar, y una coda final, el autor muestra la trayectoria de un grupo humano y de sus adláteres, “el zoológico de la familia Bertomeu”, compuesta por tres generaciones, padres hijos y nietos, aunque el protagonismo de estos últimos (Ernesto, Miriam o Félix) sea episódico. Así, la novela está protagonizada, en esencia, por los hermanos Rubén y Matías, presente el primero y ausente el segundo; aquél se ha enriquecido como constructor, mientras éste, un típico exrevolucionario, acababa convirtiéndose en un ecologista solitario. El autor se vale de un narrador omnisciente que va cediendo la voz a los personajes, mostrándonos, mediante el estilo indirecto libre, sus razones o sinrazones. Del contraste y la confrontación de todas estas voces, debe valerse el lector para poder juzgar los acontecimientos e ideas que se pongan en juego. Así, el perspectivismo, la variedad de puntos de vista, la polifonía de voces constituye el fundamento último de este relato, en el que cada cual se muestra y explica desde su propia psicología, en absoluta libertad, como no podía ser menos.

El título de la obra remite, en primera instancia, al holocausto, a la destrucción casi absoluta, arbitraria e interesada, a la carne chamuscada y, en contraposición, a lo que de purificador pueda tener el fuego. Se refiere también al destino último del cadáver de Matías, así como al del resto de los personajes: desde el constructor Rubén, que debe acabar su existencia junto a la boba y se supone que maciza Mónica (una variante discreta de Irina, la joven puta rusa), “el moscardón atrapado por la planta carnívora”, quien cuando concluye la historia está casi a punto de darle un descendiente varón; hasta el joven Ernesto, el tiburoncito de la familia, que anda perdido entre USA y México, cuando fallece su padre, Matías. El título alude, además, a cómo todos ellos han acabado triturando las ideas en las que alguna vez creyeron. La acción transcurre en un espacio inventado, Misent, lugar que, como Benalda, la montaña en la que habita Matías, podría localizarse en la costa levantina. Se ocupa la narración de lo privado y lo público; de lo sentimental y lo laboral, sin olvidarse nunca de la sociedad, y en una perspectiva no sólo española, sino también europea, e incluso mundial. Así, en el desenlace se afirma que la construcción es la mejor metáfora del capitalismo, y que la cocaína (Collado, los mafiosos rusos y la joven Miriam la consumen) la construcción y el capitalismo en su fase última se hallan estrechamente unidos. La confrontación de ideas que surgen en los monodiálogos de los diferentes protagonistas estallará hasta tal punto que cada una de ellas se opondrá y reafirmará en contraposición a las de los demás.

Resultan fundamentales los capítulos 1º, 5º y 13º, estratégicamente situados, en donde impera el punto de vista de Rubén. En el primero, monodialoga con el hermano muerto y en el último, con su hija Silvia. El constructor es, sin duda, el personaje con más aristas, el más sugestivo y complejo; también el más coherente, el que muestra menos dobleces. De joven tuvo veleidades intelectuales, fundando con sus amigos Montoliu y Brouard un taller artístico, soñando con aunar pintura, literatura y arquitectura, a la manera de la mítica Bauhaus. Y, sin embargo, como ocurre en tantas otras ocasiones, de todas aquellas inquietudes apenas si quedó nada, pues Rubén se enriqueció pronto con la droga, blanqueando sus negocios en la construcción. En el quinto capítulo y en el decimotercero, las reflexiones y la confesión, lúcida y patética, que Federico dedica a la vida y a la literatura (“soy representante de una generación sombría”), son fundamentales; en una novela en la que Juan, partidario del realismo literario, escribe un libro entre biográfico y ensayístico sobre Federico Brouard. Por lo demás, toda la narración aparece trufada de referencias a la arquitectura, la pintura, la literatura y la música como una manera de establecer y señalar el alma de un tiempo, los gustos y la educación sentimental de una época.

En verdad, lo que resulta significativo no es sólo que ponga en solfa unas conductas morales, sino también todo un discurso, una retórica, sea de derechas o de izquierdas, sostenida en un lenguaje manido. Es más, Chirbes no se centra en la crítica obvia al capitalismo salvaje, o en la más facilona aún, al PP y sus adláteres, sino que la emprende, sobre todo, con quienes había compartido inquietudes y proyectos, sin duda porque le afecta, seguramente al esperar más de ellos. De este modo, Rubén, el constructor enriquecido, quien en una visión simplista podría parecer el peor de todos, es el más coherente, si no el menos dañino, pues ni utiliza la doble moral, ni finge ser lo que no es, ni se vale del doble lenguaje que emplean los demás. En alguna ocasión se pone sentencioso, como si el autor se sirviera de él para expresar su opinión, de la misma forma que otras veces se vale de Federico.

No menos protagonismo alcanza el paso del tiempo, “la rata que se lo come todo”, como ocurre en numerosas novelas contemporáneas. No en vano, a lo largo de la narración se repasan las edades del hombre: desde la madre de los Bertomeu, que anda por los 94 años, hasta los jóvenes bisnietos. En historias de este tipo, sin duda, no puede haber héroes, sólo villanos y bobos, y apenas ninguno se salva. Todos sufren, porque según se recuerda en la novela, sólo los malvados padecen, al ser los héroes “animalitos saludables”. Chirbes los ha diseccionado sin que por ello le tiemble el pulso, sajando el alma y la carne de sus criaturas, para mostrarnos la podredumbre, el fracaso de una generación, su corrupción e impostura, junto con la inoperancia de un discurso y de unas prácticas vitales que han inundado el país de vanos valores, y eso por no hablar de la herencia que nos han ido dejando; unos descendientes, estos –en general- con escasas aspiraciones. Lo que viene contando Rafael Chirbes, en fin, es que tras liquidar aquellas viejas ideas, seguimos esperando que aparezcan otras nuevas con las que poder medirnos, pues sólo los muy tontorrones creen que esos valores sean los que trajo consigo el pensamiento débil, la inocua posmodernidad, o las transformaciones electrónicas de estas últimas décadas.

Como el resto de la literatura de Rafael Chirbes, Crematorio es un ejemplo más de que la ficción, la novela, cuando posee la complejidad necesaria, puede ayudarnos a comprender mejor el pasado cercano, nuestro confuso presente; el alma y el aliento de los tiempos que vivimos. También nos permite observar mejor los hilos de la trama que compone el gran teatro del mundo, la distancia cada vez mayor entre las ideas y su puesta en práctica (Andrés Fernández de Andrada, autor de la Epístola moral a Fabio, había exaltado a aquel que “iguala con la vida el pensamiento”; mientras que Federico Brouard reconoce: “hago en la vida lo que condeno en los libros”), a comprender mejor la conducta de las personas, tal y como enseñó Marx a todos los que quisieron aprenderlo y han optado por no olvidarlo.

El autor viene sometiendo a la sociedad española a un proceso semejante al que los expresionistas, entre ellos Otto Dix (a quien se cita en la narración), aplicaron a la alemana tras la primera guerra mundial. Así, después de treinta años de democracia, o desde la última década del franquismo, si nos situamos algo más atrás, no hay lugar para tanta complacencia, ni esperanza, en una sociedad que ha transformado sus sueños de cambio en un empeño sistemático por destruirlo todo (ahora le toca el turno al paisaje), por sacarle partido económico hasta al último palmo de terreno; una ciudadanía que vive de la mera apariencia, de la gesticulación, sin que se atisben por ahora indicios de cambio alguno. Si nos situamos en el plano de lo privado, el pensamiento de la novela podría resumirse en la siguiente sentencia: “no hay vida que pueda vivirse de forma armónica”. Rafael Chirbes ha acabado resultando uno de los más sagaces herederos de nuestra mejor tradición narrativa, la que proviene nada menos que de Galdós, Valle-Inclán, Baroja y Max Aub, como los cronistas que fueron del tiempo que les tocó vivir. Aunque quizá de quien más cerca se sienta sea del lúcido Miguel Espinosa, quien en una fecha temprana denunció la existencia burguesa cargada de apariencia y gesticulación. En fin, no parece mala compañía, aunque resulte algo exótica en contraste con tanto narrador español pseudocosmopolita y snob. Lo que más aprecio en las novelas de Chirbes es cómo ha logrado aunar pensamiento y estilo, sustancia y forma, en una prosa depurada, mediante una visión distinta y acerada.

En su última novela, titulada En la orilla (2013), con la que ha vuelto a obtener el Premio de la Crítica, aborda la actual crisis, que no ha resultado sólo económica, sino también social y ética. Así, muestra cómo se fue gestando la debacle y de qué forma ha ido afectándonos. La acción transcurre en Olba, un pequeño pueblo cercano a Benidorm, durante el 2010. Sirviéndose de la primera y la tercera persona, el estilo indirecto libre y el monólogo, además de diversas voces que van tomando la palabra, nos ofrece un fresco variado y completo: un microcosmos representativo del conjunto del país. A pesar de que la narración tenga mucho de coral, el peso recae sobre Esteban, un hombre de 70 años cuya ebanistería y negocios inmobiliarios acaban de irse al garete, dejando en el paro a los trabajadores. La novela está compuesta por las reflexiones del protagonista, si bien se presentan contrastadas por los puntos de vista de diversos allegados. Esteban rememora un pasado común para comprender la historia personal, familiar y social; los fantasmas que componen una existencia. Y no está mal recordar aquí que para el autor “la Historia es pura carnicería”. De igual modo, a lo largo de estas cavilaciones hacen su aparición las distintas edades del hombre, aunque se ocupe sobre todo de la muerte, de los numerosos contratiempos que acarrea la vejez, la degradación del cuerpo (“como los cuerpos, las ilusiones mueren y apestan”), y del poder destructor del dinero, motivos todos ellos recurrentes en su obra. Por lo que se refiere al tratamiento del cuerpo, a su envejecimiento y podredumbre, ésta se nutre también de la pintura de Francis Bacon y Lucien Freud, como en su anterior producción.

El protagonista, al igual que algunos personajes de Robert Musil o Álvaro Pombo, es un hombre sin atributos ni sustancia, hasta el punto de que en un momento dado afirma: “soy un esclavo en busca de amo”. Ni quiso ser escultor de joven, ni ha sentido interés alguno, a diferencia de su padre, por el oficio de carpintero, sólo quería vivir… Y en el terreno de los sentimientos, a pesar de que nunca ha llegado a sentir aprecio por su progenitor, a quien tacha de “oscuro murciélago”, ambos han terminado compartiendo sus vidas, y él cuidándolo. Ni siquiera tuvo fortuna con las mujeres, pues las más cercanas se alejaron de él: ni con Leonor, que triunfa como cocinera Michelín, tras casarse con Francisco, periodista y escritor, su mejor amigo, pero a quien no estima (en algunos aspectos, alter ego del autor); ni tampoco con Liliana, la criada colombiana que atiende a Esteban y a su padre, a la que despide porque ya no puede pagarle, y cuya voz, a veces zumbona, aporta los toques de humor más sobresalientes en la narración. Pero, aunque no sea necesario buscarle antecedentes nobles, sí me gustaría recordar que el lector avezado que es Chirbes reutiliza con sagacidad nuestra tradición literaria, haciéndola suya, sobre todo el motivo calderoniano de la existencia como representación teatral; y en el logrado desenlace, el tema del ubi sunt, remedando las coplas de Jorge Manrique.

Chirbes nos proporciona una visión crítica, pesimista, incluso corrosiva, pero también lúcida, de la condición humana, como antes lo hicieron Miguel Espinosa o Thomas Bernhard: de los perversos mecanismos que rigen el funcionamiento de la sociedad, del triunfo y del fracaso; y de las relaciones personales: de la lucha que mantenemos con la familia, los amigos y los subordinados. O de cómo el mundo aparece gobernado por los pecados capitales: la avaricia, la ira, la lujuria y la gula sobre todo. Por todo lo cual podría emparentarse la narración con la pintura de El Bosco o con algunas obras de Brecht y Kurt Weill. No sorprende, por tanto, que el texto aparezca salpimentado con frases entre lapidarias y sentenciosas, del tipo: “La vida es sucia, el placer y el dolor sudan, excretan, huelen”; “no hay hombre que no sea un malcosido saco de porquería”… Esta obra es una buena muestra de las infinitas y todavía inexploradas posibilidades del realismo, aquí una estética con ribetes expresionistas que echa mano de lo simbólico cuando lo considera adecuado, tal y como ocurre en el tratamiento que se le da al pantano fangoso, próximo a Olba. Además, Chirbes, como casi todos los grandes escritores, cuestiona los usos espurios del idioma, la lucha entre “el lenguaje ideológico que oculta y el enunciativo que desnuda”. En la orilla es una gran novela que no deberían dejar de leer quienes quieran entender mejor el terrorífico arranque del siglo XXI, un tiempo sin dioses, plagado de trepas y seres corruptos, en el que el capitalismo financiero, con la complicidad de los gobiernos conservadores y la pasividad de los socialdemócratas, ha ido acabando con el estado de bienestar.

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[1]. Cf. Rafael Chirbes, “El disfraz de las mentiras”, El Sol, 13 de marzo de 1992.

[2]. En “La joven guardia”, himno francés de las juventudes comunistas, de 1910, adoptado por sus camaradas españoles, se alude también a la lucha final.

[3]. En la primera parte de La caída de Madrid, en el noveno capítulo, Chirbes, por medio de un personaje llamado Taboada, un abogado demagogo que cambia de chaqueta a lo largo de la narración, se refiere a este cuadro de Genovés en una conversación que mantiene con el obrero Lucio, con quien comparte célula: “Tú y los de tu clase habéis trabajado para que yo tenga un pasado. Con el tiempo seréis un ejército de hormigas sobre la superficie de la luna. ¿Has visto esos cuadros de tu excamarada Genovés [Lucio ha abandonado el PCE para alistarse en un grupo denominado Vanguardia Revolucionaria]? ¿Esas multitudes que son sólo puntos negros que parece que corren en determinada dirección o que se dispersan? Sois vosotros. Vosotros, esa desbandada de silenciosos microbios vistos desde una lente. Nosotros contaremos de qué escapabais y hacia dónde corríais” (p. 155). Lo que Chirbes muestra es que en la actividad clandestina revolucionaria unos hablan y otros actúan, y mientras que éstos arriesgan su vida, los primeros teorizan y consiguen que los obreros acaben desempeñando en la historia el papel que los intelectuales han decidido atribuirles.

[4]. Vid. “¡Sombras…, nada más! Primera lectura de Los viejos amigos y Crematorio, de Rafael Chirbes”, en Augusta López Bernasocchi y José Manuel López de Abiada, eds., La constancia de un testigo. Ensayos sobre Rafael Chirbes, Verbum, Madrid, 2011, pp. 478-488; y “Podredumbre”, El País. Babelia, 2 de marzo del 2013.  Reseña de En la orilla.

La clase política y sus estandartes

EL PAÍS, jueves 5 de marzo de 2015

Las denominaciones de los partidos tradicionales están en crisis y la significación de los emergentes, en el aire. Podemos: ¿qué es lo que podemos? Ganemos: ¿para hacer qué? Frente Nacional: ¿contra quién en particular?

Por LUIS GOYTISOLO

1424879064_701450_1425492921_noticia_normalEl concepto de clase política abarca a todo individuo convertido en profesional de la actividad política, al margen de su ideología y de su pertenencia a tal o cual clase social, así sean próximos al mundo de las finanzas o al de las organizaciones sindicales, a lo que entendemos por derechas o por izquierdas. De ahí el error de Podemos al hablar de la casta, ya que si la clase política es horizontal, toda casta es por definición vertical, la pertenencia a cualquiera de ellas se transmite de generación en generación, de forma que sus miembros lo son, como quien dice, desde el momento en que fueron engendrados. Vamos, como las castas que estructuran la sociedad en India o cualquiera de esos linajes aristocráticos que se remontan a varios siglos de antigüedad. Un concepto mucho más estricto que el de clase social, algo siempre abierto a nuevas incorporaciones.

En lo que se refiere a Podemos hay que destacar otro equívoco, éste de carácter semántico, que reside en su propia denominación, ya que la expresión podemos puede ser entendida como una voluntad o deseo, pero no como planteamiento programático o ideológico equiparable a esas otras palabras que procuran precisar los rasgos definitorios del partido político que los ha hecho suyos: liberal, socialista, conservador… Pues, ¿qué es lo que podemos? ¿De qué estamos hablando? Porque el we can de Obama se refería a su programa electoral, al programa del Partido Demócrata, a su cumplimiento en caso de ganar los comicios. Sin esa referencia previa, podemos es algo que cada cual puede interpretar a su gusto, un equívoco en el que tal vez resida su éxito.

Lo cierto, sin embargo, es que también las denominaciones de los partidos tradicionales están hoy en crisis, algo que viene sucediendo periódicamente desde el nacimiento de éstos en el curso del siglo XIX. Y las causas de tales crisis —por lo general, convulsiones político-sociales— dan pie a que el significado de tales denominaciones se vaya viendo modificado. Así, mientras que en la sociedad decimonónica ser liberal era sinónimo de progresista frente al concepto de conservador, más apegado a las tradiciones, el que hoy se proclama liberal suele ser en la práctica un ultraconservador. Y los conservadores han ido cambiando aquí y allá su antigua denominación por la de popular, en el sentido de más próximo a las convicciones del pueblo, por lo común, más apegado a lo tradicional que a lo nuevo, a lo malo conocido que a lo bueno por conocer. La excepción es Inglaterra, donde el liberal, conservador y laborista siguen manteniendo su significado original, sin que eso sea obstáculo para que también allí hayan irrumpido las siglas de nuevos movimientos político-sociales.

También es frecuente que el significado de una denominación determinada cambie de un país a otro. Este sería el caso, por ejemplo, de republicano, cuyo significado en España nada tiene que ver con el que tiene en Estados Unidos. Allí, su rígido encasillamiento en los principios constitucionales le enfrenta al demócrata, más proclive a los cambios que demanda la realidad social de sus votantes. Claro que, a su vez, esas demandas poco tienen que ver en los Estados del Sur de pasado esclavista con las de los Estados más desarrollados del Norte, más inclinados al progreso y al bienestar social.

Similares cambios en el sentido de las denominaciones se han producido y producen en todas partes. La práctica extinción del Partido Radical en Francia, por ejemplo, dado lo poco que tenía de radical, o al declive de la Democracia Cristiana en Italia, minada en su prestigio por los intrincados casos de corrupción tan ajenos a sus creencias religiosas como a sus pretensiones democráticas.

Caso cualitativamente distinto es el de las denominaciones malditas, como la que vincula al partido socialista de un país con la palabra nacional, especialmente, claro está, en el caso de Alemania. Se puede ser socialdemócrata o radical socialista, pero nunca nacionalsocialista. Tampoco la palabra comunista —salvo para pequeñas agrupaciones nostálgicas— está especialmente de moda. La razón, claro, reside en el conocimiento de lo que fueron realmente los regímenes de la Unión Soviética y demás países de la Europa del Este. La excepción es China, que ha hecho compatible tal denominación con la existencia de millones de millonarios. Algo parecido, y por las mismas razones, podría decirse de la expresión democracia popular.

Todo ello explica la proliferación de las nuevas denominaciones que caracterizan a una serie de partidos políticos emergentes cuya significación queda más o menos en el aire. Podemos: ¿qué es lo que podemos? Ganemos: ¿para hacer qué? Frente Nacional: ¿contra quién en particular? Detrás de la marca registrada y de sus siglas bien puede haber una sola persona que se ha montado un partido a fin de resolver sus problemas personales, caso de Berlusconi, por ejemplo, y de su Forza Italia, que es al mismo tiempo un eslogan deportivo. O un colectivo, poco más que un club, organizado en torno a un sólo objetivo como por ejemplo la xenofobia. O que se remite a valores más amplios que los propios de un partido político.

Caso distinto es el de Ciudadanos, que al remitirnos directamente al concepto de citoyen sugiere su aspiración a representar los intereses del ciudadano, del ciudadano a secas, al margen de los trapicheos de los diversos estratos de la clase política. Un concepto curiosamente poco utilizado, tal vez por ser anterior al de lucha de clases, proletariado y demás términos popularizados por el marxismo. Claro que si bien la Revolución Francesa aupó al ciudadano y pese al aparente liderazgo de una Marianne que a pecho descubierto enarbola la bandera tricolor, el concepto de ciudadano no incluía el de ciudadana y las mujeres tardaron lo suyo en igualar sus derechos a los de los antiguos compañeros masculinos de revolución.

La crisis de las denominaciones tradicionales de los partidos es ya un hecho irreversible por mucho que se intente reconducirlo desde dentro a partir de diversos lobbies, como el Tea Party norteamericano. Y es que los tiempos de esa especie de escala de colores que se ofrecía al votante —conservadores, liberales, radicales, socialistas, comunistas, anarquistas— pertenecen al pasado, su contenido no es aplicable a la sociedad actual. Y si subsisten algunas de ellas en tal o cual país —conservadores, populares y socialistas— es más bien a modo de referencia, de referencia respecto a un pasado que, por su carácter relativamente reciente, contenga algún valor orientativo para el eventual votante, siempre liberadas, por supuesto, de su adherencia a determinados hechos que hoy supondrían un verdadero suicidio político.

Ahora bien: el que las denominaciones tradicionales de los partidos políticos estén en crisis no se debe a que su palabra insignia esté gastada o a que el partido al que designa no haga ya honor a esa palabra, sino a que la realidad circundante es otra. El cambio está en la realidad social, no en las palabras. El fenómeno no es nuevo, pero sí distinto al de las diferentes ocasiones en que se ha producido. Hasta ahora, desde el paulatino aflorar de los diversos partidos políticos a lo largo del siglo XIX, los cambios experimentados en sus respectivas denominaciones eran más bien fruto de convulsiones sociales, de movimientos revolucionarios con frecuencia de signo contrapuesto. Ahora, en cambio, la situación recuerda más bien a la que describe Tocqueville respecto a la sociedad inmediatamente anterior a dichas convulsiones sociales.

“Al no estar los hombres ligados entre sí por ningún lazo de casta, de clase, de corporación ni de familia, se sienten demasiado inclinados a no preocuparse más que de sus intereses particulares, demasiado propensos a no mirar más que por sí mismos y replegarse en un individualismo estrecho en el que toda virtud pública está sofocada”.

Hoy, similarmente, la realidad social parece haberse licuado, dejando las palabras flotar a la deriva. ¿Qué se ha hecho de las masas? ¿Y del pueblo? ¿Y de la clase obrera o proletariado? Hoy, lo propio, es hablar de empleados o trabajadores, por un lado, y de inversores, financieros y grandes fortunas, por otro. Hasta las guerras actuales entre misteriosas milicias no son sino un elemento más de ese panorama de conceptos a la deriva. Un panorama licuado en el que las redes sociales juegan un papel fundamental. Más que el significado de las cosas lo que cuenta es su imagen, su representación visual. Lo que importa, por ejemplo, no es la capacidad de convocar masas sino la imagen de esas masas convocadas con mayor o menor éxito. La foto.

¡Todavía la Transición!

 

EL PAÍS – 20 JUL 2014

Santos Juliá

Fue un periodo caracterizado por la improvisación y la incertidumbre. La manipulación le hace culpable de todos los males del presente, con intención de cambiar el pasado: es el mejor camino para perder el futuro

1405595481_045088_1405785304_noticia_normalAl principio no fue la Transición sino un periodo o proceso de transición. Al principio quiere decir hace muchos años: de la búsqueda de una mediación que pusiera fin a la Guerra Civil estableciendo un “régimen de transición”, habló Manuel Azaña, presidente de la República, desde 1937; un “periodo de transición” reclamó para España en 1946 el que fuera presidente del Gobierno de la República, Francisco Largo Caballero, y, con idéntica expresión, José María Gil Robles e Indalecio Prieto firmaron en el exilio un acuerdo con el propósito de impulsar en 1948 la intervención de las potencias democráticas que pusiera fin a la dictadura. De un proceso de transición pacífica a la democracia no dejaron de hablar los comunistas desde 1956 y en lo mismo insistieron socialistas, liberales y democratacristianos en 1962. Y saltando en el tiempo, y para no hacer esta lista interminable, por un “periodo de transición” se manifestaron, entre prolongados aplausos del público puesto en pie, los participantes en el ciclo Las terceras vías celebrado en Barcelona en junio de 1975, meses antes de la muerte del dictador. Eran ellos Antón Cañellas, Josep Solé Barberá, Joan Reventós, Jordi Pujol, Josep Pallach y Ramón Trías, y es significativo que en su declaración final abogaran por “la transformación pacífica del sistema legal por medio de Cortes constituyentes elegidas por ciudadanos mayores de 18 años, mediante sufragio universal, secreto y directo”, poco más o menos lo que el Gobierno de Suárez propondrá un año después.

En 1975, todo el mundo que militaba en partidos o grupos ilegales y clandestinos, desde liberales a comunistas, estaba de acuerdo en que a la pregunta: “Después de Franco, qué”, formulada en 1961 por Dionisio Ridruejo en inglés, como título de un artículo para The Monthly, y por Santiago Carrillo en español como título de un libro publicado en Francia en 1966, la única respuesta posible era: después de Franco, un periodo, un proceso, una fase de transición. Transición se declinaba así como elemento del grupo preposicional predicativo de proceso o periodo: nadie hablaba de la Transición, sino de un periodo de transición. Y de lo que se discutía no era del final del proceso, en el que todos estaban de acuerdo: unas Cortes constituyentes; sino de los pasos a ellas conducentes: amnistía, libertades, autonomías…, y del sujeto encargado de dirigirlo: gobierno provisional, gobierno de concentración democrática o, simplemente, como había aprobado en diciembre de 1959 el VI Congreso del PCE, gobierno de transición.

Pero una vez culminado el periodo o proceso de la que ella era predicado, transición se convirtió en sujeto liberado de preposición y levantó el vuelo por su cuenta saltando enseguida de categoría: proceso de transición, que siempre se escribía en minúscula, pasó a ser Transición, con mayúscula, y de un periodo sin fechas fijas de principio ni de fin se convirtió en un acontecimiento del género que los historiadores franceses llaman matricial: un événement matriciel, como El domingo de Bouvines o la revolución bolchevique. Así, de un proceso que necesitaba ser explicado en cada uno de sus pasos, Transición mutó en acontecimiento matriz explicalotodo. Y todo quiere decir, mirando hacia atrás, cada etapa del proceso, como el “consenso”, que tras erigirse en una categoría metahistórica, explica la Transición sin necesidad de ser él mismo explicado; y mirando hacia adelante, lo ocurrido en la política, la economía y la sociedad desde que el proceso puede darse por terminado, ya sea en 1978, en 1982 o en 1986.

De manera que un proceso de transición como el español, caracterizado por la incertidumbre y la improvisación, por la violencia criminal y los obstáculos de que estuvo sembrado el recorrido, por la movilización obrera y ciudadana y los pactos, se nos ha convertido en un acontecimiento, la Transición, pieza sin fisuras, producto de un diseño elaborado por los poderes fácticos al que se atribuyen cualidades que definen su ser o esencia: Transición mito y mentira, Transición amnesia y borradura de memoria, Transición traición y así sucesivamente. Un acontecimiento que determina el futuro, tan atado y bien atado como lo pretendía el régimen al que sucedió. De hecho, las actuales prédicas sobre el agotamiento, la agonía, los estertores o el último suspiro de la Transición como régimen, parten del supuesto de que en aquel acontecimiento es donde hay que buscar la causa de todos los males del presente, del bipartidismo a las tensiones territoriales, de la corrupción al aumento de la desigualdad, de los salarios de miseria al éxodo de jóvenes en busca de trabajo. La culpa, ya se sabe: la Transición.

El pasado siempre se manipula según los intereses del presente: tal es, como recordaba Georges Duby, la función de la memoria. Y aquí, sin olvidar lo que esa manera de ver tiene de ceguera voluntaria dirigida a ocultar las responsabilidades de lo ocurrido desde 1982 a 2014, es claro que si en lugar de la Transición, volvemos al proceso de transición, nada de lo que se le atribuye data de aquel tiempo. La ley electoral, por ejemplo, con su mezcla de distritos provinciales a los que se asignan dos escaños y de reparto proporcional por el método D’Hont, no se ideó para crear un sistema bipartidista, sino para asegurar al partido más votado una mayoría suficiente de escaños sin necesidad de obtener la misma mayoría en votos. Lo que con aquella ley se pretendía era garantizar a UCD, con la izquierda partida en dos mitades, comunista y socialista, una posición dominante. Y lo mismo vale para ese sistema de partidos rígido y fuerte que también es moda atribuir hoy a la Transición, pero que por ningún lado aparece durante el proceso de transición. UCD se disolvió víctima de sus pulsiones suicidas, y el PCE, con sus reiteradas purgas, se fragmentó hasta alcanzar el nivel de la irrelevancia. Los únicos que se consolidaron, no sin problemas, fueron el PSOE y los nacionalistas catalanes y aun vascos, flanqueados por Alianza Popular con su famoso techo de cemento. ¿Dónde están los partidos rígidos, puras máquinas burocráticas, y dónde el bipartidismo durante el proceso de transición?

Algo parecido ocurre con la cuestión territorial. Hoy se atribuye a la Transición el embrollo autonómico en el que ha venido a desembocar lo que comenzó como demanda o exigencia de autonomías regionales. En realidad, y dejando aparte el hecho de que las primeras propuestas de autonomía para Cataluña presentadas en un Parlamento español —Cambó durante la Gran Guerra y a su fin— vinieron acompañadas de la reclamación del mismo derecho por y para otras regiones, lo que importa es que de la cuestión territorial se podrá decir cualquier cosa menos que quedó zanjada durante el proceso de transición. Uno de los problemas derivados de este proceso fue precisamente que la Constitución, en lugar de cumplir su papel como “acto de desconfianza” al modo definido por Constant, se excedió en la confianza otorgada a los políticos que habrían de administrarla, pues al no señalar límites nítidos entre las competencias del Estado y de las comunidades autónomas, permitió que todo quedara al albur de las clases políticas que habrían de consolidarse en las nuevas entidades políticas y administrativas. Si para algún caso vale aquello de que quien tiene autoridad para interpretar las leyes es el verdadero legislador y no quienes las escribieron o proclamaron, ese sería el del Estado español, configurado más por los Estatutos de autonomía y por la multitud de sentencias “interpretativas” de los sucesivos tribunales constitucionales que por la misma Constitución.

De la Transición como régimen se podrá hablar si lo que se pretende, manipulando el pasado, es deslegitimar o socavar el actual sistema político atribuyéndole un pecado de origen cuya culpa habría de pagar muriéndose y desapareciendo de escena: las reservas para empezar una y otra vez de cero son, entre españoles, inagotables. Pero si de lo que se trata es de someter a crítica las instituciones y las políticas desarrolladas durante los 30 años que median desde el fin del proceso hasta hoy, sería más fructífero abandonar las mayúsculas y explicar por qué, cómo y en qué han fallado esas políticas y esas instituciones. La Transición como acontecimiento no es más que una entelequia: atribuirle los males presentes con el propósito de cambiar el pasado es el mejor camino para perder el futuro.

 Santos Juliá es profesor emérito de la UNED.

 

La Transición, papá y mamá

El PAÍS SEMANAL – 14 ABR 2013

Javier Cercas

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De un tiempo a esta parte parece extenderse entre la izquierda de mi generación un discurso que, más o menos, vendría a decir lo siguiente: ¿quién tiene la culpa de la ínfima calidad de nuestra democracia? La Transición. ¿Por qué nuestra democracia amenaza con convertirse en una partitocracia? Por la Transición. ¿A qué se debe el pésimo funcionamiento de nuestra justicia? También a la Transición. ¿Cuál es el origen de la crisis económica? Cuál va a ser: la Transición. ¿Y de la llamada crisis moral? La Transición también. ¿Y del llamado problema catalán? La Transición, la Transición, la Transición. De todo tiene la culpa la Transición; o sea: de todo tienen la culpa papá y mamá, que fueron los que hicieron la Transición.

¿Cuántos años hace de la Transición? Una eternidad. ¿Y en todo este tiempo qué hemos hecho nosotros? ¿Mejorar la precaria democracia que alumbró la Transición hasta convertirla en una democracia saludable, o tumbarnos a la bartola y dejar que aquella democracia se pudriese? ¿De verdad no hemos tenido tiempo en estos 30 años de hacer bien lo que entonces se hizo mal? ¿De verdad no somos responsables de nuestras desgracias y podemos seguir achacándoselas a papá y mamá? La Transición no fue perfecta; eso solo lo piensa esa derecha que intenta monopolizar la Transición y esa izquierda que ignora que la Transición también (o sobre todo) la hizo la izquierda. No: la Transición fue una chapuza; pero hay que ser un descerebrado para no estar a favor de esa chapuza. No me canso de repetir una observación de Miguel Ángel Aguilar: es raro que nuestra generación se sienta más orgullosa de sus abuelos, que dirimieron sus diferencias con una guerra, que de sus padres, que dirimieron sus diferencias sin ella. Raro no: rarísimo, porque es mil veces preferible el peor apaño que 600.000 muertos. Sobre todo si el apaño crea una democracia. ¿Una democracia mediocre? Claro, ¿cómo iba a ser, después de 40 años de dictadura? Pero la cuestión no es si esa democracia era mediocre o no, sino qué hemos hecho nosotros con ella. Pongo un ejemplo que tampoco me canso de poner. Al principio de la Transición apenas existían partidos políticos, de forma que una de las primeras preocupaciones de los founding fathers fue crear unos partidos fuertes; era indispensable: los partidos son el único cauce verosímil de las preocupaciones y aspiraciones de la gente, así que no hay democracia real sin ellos. El problema fue que mientras la democracia se asentaba, los partidos se desbordaron e, incapaces de frenarse a sí mismos, empezaron a inundarlo todo, desde el poder económico hasta el poder judicial, convirtiéndose además en focos permanentes de corrupción y en una especie de clubes antidemocráticos y dominados por sus cúpulas. Así que lo que en los años setenta fue una buena solución se ha convertido con el tiempo en un problema, quizá en nuestro principal problema. Pero ese problema no lo creó la Transición; lo hemos creado nosotros.

El peor enemigo de la izquierda no es la derecha, sino la irresponsabilidad de la izquierda; es decir: el kitsch de izquierdas. ¿Hay una infantilización general de la izquierda? No lo sé, aunque eso explicaría cosas como el entusiasmo despertado por aquella dirigente treintañera de las juventudes socialistas que, en una reunión de socialistas celebrada en Cascais, les recriminó a sus mayores que quisieran “remover la revolución desde un hotel de cinco estrellas”. Dios santo, ¿no se había enterado esa chica de que ya no se toma el poder con la revolución, sino con las urnas? ¿Tampoco de que es difícil que un hotel de tres estrellas sea capaz de acoger un evento como ese, y de que, según y cómo, uno de cinco puede resultar incluso más barato? ¿Ni siquiera se ha enterado de que uno ya no es joven a los 30 años? ¿No podría exigirle a su propio partido los cambios que todos sabemos que necesita en vez de adornarse con la demagogia autosatisfecha de sus discursos? No, colegas: la culpa de este desastre no la tienen papá y mamá; la tenemos nosotros.

La carga del pasado

EL PAÍS – 12 OCT 2014 José Álvarez Junco La Transición demostró que el cambio era posible y que los dirigentes actuaron de manera sensata. Pero no hay milagros: muchos problemas heredados quedaron en pie. Desligarse de ellos exige un gran esfuerzo

1412622504_618927_1413041771_noticia_normalHace solo veinte, o incluso diez, años, España parecía haber superado muchos de los problemas que habían mantenido al país hundido en un atraso secular. Un atraso relativo, solo comparado con Inglaterra, Francia o Alemania, pero vivido como muy humillante por nuestros bisabuelos, que creían en pueblos o razas superiores e inferiores y no podían admitir compararse con Polonia, Turquía o Marruecos. Mirándose en el espejo de la Europa avanzada, las generaciones del 98 o del 14 se angustiaron y desesperaron ante lo que percibieron como país pobre, dividido entre unos pocos latifundistas con ínfulas nobiliarias y unos millones de braceros toscos e ignorantes; con unos períodos de efervescencia política seguidos por otros en que reinaba el orden gracias a la fuerza, el caciquismo y el falseamiento del sufragio; sometido a una influencia clerical desmesurada incluso para el mundo católico y a un intervencionismo militar que se traducía en constantes pronunciamientos y dictaduras; y enfrentado con el nuevo desafío catalán y vasco.

Ese inestable cóctel llevó, tras muchos zig-zags, al baño de sangre de 1936-39. Pero pareció superado al terminar el largo período franquista, con una Transición relativamente fácil. No seré yo quien reniegue de la Transición. Pero sí del clima triunfalista que generó. De repente, pareció que todo iba bien: habíamos resuelto nuestros problemas —salvo el territorial—: ni éramos pobres ni dominaban ya militares, curas y latifundistas. Sacábamos pecho. Éramos un país europeo, “normal”. Hablábamos del “milagro español”. Celebrábamos con toda pompa los fastos del 92. Nuestros ferrocarriles y carreteras deslumbraban ahora a los europeos, que hacía nada de tiempo estaban a años luz de nosotros —era en parte gracias al dinero europeo, pero eso mejor olvidarlo—. Nuestra renta per cápita iba a superar a la italiana, luego a la británica, y era cuestión de tiempo alcanzar a franceses y alemanes. En cuanto a nuestra democracia, quién podía ponerle un pero. Qué importaba que en Inglaterra o Estados Unidos hubiera tardado siglos en formarse y la nuestra fuera de ayer y poco menos que caída del cielo.

Pero no hay milagros. La Transición, con todas sus virtudes, se hizo sin cumplir un requisito que hubiera preocupado a un Giner de los Ríos: la preparación pedagógica indispensable para cualquier avance político. Es verdad que en el mundo clandestino del antifranquismo se había ido creando una cierta cultura democrática, pero estaba cargada de rasgos jacobinos o inquisitoriales; no se interiorizaron los valores de libertad, de respeto al otro, de convivencia con el disidente. Faltó ese saber ser libres que no se establece por decreto, como se establecen las convocatorias electorales, sino que se aprende con tiempo, esfuerzo y duros golpes al dictador que todos llevamos dentro.

Una función pedagógico-política de este tipo podía haber cumplido la malhadada Educación para la Ciudadanía, pero esta se enfocó por otros derroteros, más sofisticados, más provocadores frente a la moral católica tradicional, menos centrados en lo que aquí necesitamos: aprender a debatir, a escuchar al discrepante, a practicar la libertad de manera responsable; es decir, a hacer exactamente lo contrario de lo que hacen los tertulianos o los reality shows televisados. Mi generación no pudo leer a Giner de los Ríos o a John Stuart Mill. Para las siguientes, se decidió que no hacía falta (y ahora el Gobierno suprime, sin más, la educación cívica). Y eso se paga.

El pesimismo es lo que menos necesitamos ahora. Construyamos sobre los datos positivos

Una democracia que no se asienta sobre una ciudadanía educada y consciente de sus derechos es necesariamente de mala calidad. Porque el ciudadano sin formación política tiende a cometer errores de bulto. Uno de los primeros es caer en el populismo, que consiste en aceptar la ingenua idea de que el pueblo es bueno y que todo iría bien si se hiciera lo que él quiere o intuye; los culpables de nuestros males son los dirigentes, “los políticos”. Lo cual elimina la responsabilidad de la ciudadanía, pese a ser ella quien ha generado y ha elegido a estos. Y conduce a un segundo error: poner desmesuradas esperanzas en un líder o un partido, sentarse a esperar redentores, políticos fuertes y honestos que, sin esfuerzo por nuestra parte, nos resolverán los problemas. Lo cual provoca enseguida el desencanto. El elector defraudado gira entonces al otro extremo y empieza a denigrar al que ayer veneraba. Ortega lo escribió: hay que “desterrar, podar del alma colectiva, la esperanza en el genio, que viene a ser una manifestación del espíritu de la lotería. (…) Prefiero para mi patria la labor de cien hombres de mediano talento, pero honrados y tenaces, que la aparición de ese genio, de ese Napoleón que esperamos”.

¿Cómo pudimos creer que, en un abrir y cerrar de ojos, habíamos superado un pasado tan duro, que toda nuestra herencia cultural había desaparecido por arte de magia? El ser humano se comporta según le enseña el entorno en que crece. Lo cual de ningún modo significa que estemos sometidos a un destino fatal, que el pasado sea una losa imposible de levantar. Sobran los ejemplos de cambios; el cambio existe, es incluso inevitable en la historia; pero las herencias y las continuidades, también.

Que el cambio era posible se demostró durante la Transición. Un exfalangista, joven, listo y ambicioso, comprendió que era inevitable desmantelar el régimen y lo hizo en relativamente poco tiempo. Un rey, joven también y menos corto de lo que creíamos, entendió que las circunstancias no le permitían comportarse como su abuelo. Los dirigentes de la oposición renunciaron a los maximalismos revolucionarios a cambio de un sistema democrático parlamentario. Los dirigentes actuaron, pues, de manera sensata. Pero muchos problemas heredados quedaron en pie.

Sentarse a esperar redentores que nos resuelvan las dificultades conduce al desencanto

Dejando de lado los aspectos económicos, que no son mi campo, y ciñéndome a lo institucional y cultural, no era lógico pensar que unos funcionarios, jueces, militares o policías que habían aprendido a desempeñar sus tareas en un régimen de sumisión, halago al jefe y cultivo de clientelas, iban a convertirse en impecables servidores de la ley y el bien público sin necesidad de ningún tipo de reciclaje. Ni que unos ciudadanos que habían obedecido durante siglos por puro miedo al castigo, una vez suavizado este y sin aprendizaje alguno iban a interiorizar y cumplir las normas de convivencia. Ni que los propios políticos que condujeron la Transición iban a dejar de aprovechar el entorno y los reflejos heredados para recaer en el clientelismo y el autoritarismo. Ni que un país con tan pobre tradición científica iba a empezar a tener, sin un enorme esfuerzo de inversión y nuevos métodos de enseñanza y de selección del personal, tantos premios Nobel de Física o Medicina como otros donde se había cultivado la ciencia durante siglos. Ni que profesores para quienes una clase consistía en recitar un monólogo ante un grupo de oyentes pasivos, que debían repetirlo luego memorizado en un examen, iban de repente a saber incentivar la lectura, fomentar la participación de sus estudiantes y debatir y pensar juntos. Ni que una ciudadanía acostumbrada a escabullirse de la hacienda pública, y a admirar a los defraudadores, iba a pagar honradamente sus impuestos. Ni que quienes habían crecido al amparo de caciques no iban a votar, ahora que podían votar, a alcaldes corruptos pero que traían dinero al pueblo.

No estoy recetando un retorno a la literatura del “Desastre” y al “problema de España”, a la autoflagelación y al ensayismo fácil sobre caracteres colectivos de raíz metafísica. Una dosis de pesimismo es lo que menos necesitamos ahora. En la España actual hay datos positivos, como el que nadie cuestione la legitimidad de la democracia; o que no haya una extrema derecha populista, al contrario que en nuestra siempre envidiada Francia; o el carácter pacífico del proceso catalán —por ambas partes; y pese a las pasiones que levanta—; o la insólita transformación de nuestras fuerzas armadas. Construyamos sobre esos datos.

No hay que ser fatalistas, pero tampoco ingenuos. Evitemos la ilusión milagrera. Las ataduras del pasado son superables, pero para desligarse de ellas hay que reconocer su existencia y realizar un gran esfuerzo.

José Álvarez Junco es historiador. Su último libro es Las historias de España (Pons / Crítica).  

Las deformaciones de la memoria

EL PAIS – 7 DIC 2014

José Álvarez Junco

La Guerra de la Independencia española y la ocupación alemana de Francia son conflictos complejos simplificados por interés patriótico. Para entender el pasado nada hay más distorsionador que el nacionalismo

 

1417620379_683896_1417886877_noticia_normalEste 2014 ha sido un año de centenarios: el del inicio de la Gran Guerra europea, por ejemplo, o el del final de la de Sucesión española. Más inadvertido ha pasado, sin embargo, la conmemoración de 1814, fecha en la que terminó la guerra napoleónica en España y volvió el Deseado Fernando VII, quien dio su golpe de Estado contra el régimen constitucional, encarcelando o enviando al exilio a sus padres fundadores.

Aquella guerra que finalizó hace 200 años fue un acontecimiento de extraordinaria complejidad. Se combinaron en ella, como mínimo, un enfrentamiento internacional (entre Francia e Inglaterra, las dos grandes potencias imperiales del momento; suyos fueron los dos Ejércitos que libraron las principales batallas en la Península) y una guerra civil (pues hubo españoles en los dos bandos). Pero tuvo mucho también de reacción xenófoba, antifrancesa, que conectaba con la francofobia heredada de la Monarquía de los Austrias y, específicamente, de las resistencias al reformismo ilustrado del siglo anterior; de pugna partidista entre godoístas y fernandinos (protagonistas, estos últimos, de muchas de las sublevaciones que se presentaron como “antifrancesas” a finales de mayo de 1808); de cruzada antirrevolucionaria, que reactivaba las prédicas de la guerra de 1793-1795 contra nuestros ateos y regicidas vecinos; de explosión localista, plasmada en las diversas juntas rebeldes (cuya unificación en una Central y Suprema no fue nada fácil); de protesta social popular (contra los godoístas, que solían coincidir los “afrancesados” y, no por casualidad, con los potentados del lugar), etcétera.

Tan difícil fue entender políticamente aquel conflicto que tardó años en ser bautizado: tras recibir nombres como la Revolución española o la Guerra del Francés, acabó siendo simplificado en términos nacionales: había sido una Guerra de Independencia de todos los españoles —salvo los inevitables traidores; hasta en las mejores familias hay degenerados— contra un intento de absorción imperial por parte de Napoleón. Siguiendo este guión se convertiría, durante el resto del XIX, en piedra angular de la mitología nacionalista. Año tras año, el Dos de Mayo sería conmemorado en términos patrióticos, principalmente en Madrid; se erigirían monumentos a los fusilados en esas fechas; Galdós dedicaría a aquella guerra la primera serie de sus Episodios nacionales; y Bernardo López García escribiría el poema patriótico de mayor éxito, que comenzaba con el lastimero “Oigo, patria, tu aflicción”. En definitiva, era un buen comienzo para el siglo del nacionalismo —un siglo que, en el caso español, parecía ofrecer tan pocas cosas de las que enorgullecerse—: un levantamiento unánime, protagonizado por un pueblo inerme, abandonado por sus élites dirigentes, que pese a todo había derrotado al mejor Ejército del mundo; proeza que reforzaba la leyenda escolar de la raza invencible en milenaria pugna por afirmar su identidad frente a intentos de dominio extranjero.

Para defender aquella versión había que olvidar que el general en jefe de los Ejércitos supuestamente “españoles” se había llamado sir Arthur Wellesley, duque de Wellington; que en las filas “francesas” habían luchado no solo regimientos y mariscales de Napoleón (con tropas polacas o italianas), sino también soldados y generales españoles; que las élites intelectuales, eclesiásticas, burocráticas y militares del país se habían alineado mayoritariamente con José Bonaparte; y que la guerra había estado virtualmente ganada por los josefinos durante tres años, entre principios de 1809 y finales de 1811, hasta que Napoleón se llevó a más de la mitad de sus tropas a la desastrosa campaña rusa; solo entonces se atrevió el cauteloso Wellington a salir de Portugal; y fue él, y no los generales españoles, quien ganó batallas a los franceses. En la primavera de 1810, cuando Cádiz y Palma de Mallorca eran las únicas ciudades rebeldes al rey José, este hizo un periplo por Andalucía en el que fue recibido de manera entusiasta en numerosas poblaciones. Ningún monumento, ni libro subvencionado por instituciones nacionales ni regionales, recuerda aquel viaje.

Para explicar la complejidad de este conflicto sin herir susceptibilidades patrióticas, se me ocurre compararlo con un período paralelo de la historia francesa: los años 1940-1944, pasados bajo ocupación alemana; algo que seguramente agradará a los españolistas (así como el chauvinista galo estará probablemente encantado de lo que lleva leyendo en este artículo hasta el momento). Un siglo y cuarto después de Napoleón, también Francia fue ocupada por los Ejércitos de su vecino del noreste y se desarrolló un trágico enfrentamiento que la historia hoy dominante presenta como de resistencia unánime contra el invasor alemán. El régimen de Vichy, según esta versión, habría consistido en un puñado marginal de traidores, mero producto de la imposición extranjera y desprovisto de toda legitimidad. Quien encarnó la Francia eterna fue la Résistence, acaudillada por De Gaulle desde el otro lado del Canal. Y de ahí que nuestros vecinos galos se crean con perfecto derecho a figurar entre los vencedores de la Segunda Guerra Mundial.

Lamentablemente para esta versión tan autocomplaciente, también en este caso se produjo una colaboración con los ocupantes mucho más generalizada de lo que se nos quiere hacer creer; que el gobierno de Vichy no fue solo una marioneta (que lo fue), sino que sintonizaba con una parte importante de la población francesa; que la conservadora visión del mundo del mariscal Pétain, tan ajena a la tradición revolucionaria, coincidía con lo que sentían muchos franceses, sobre todo provincianos de clases medias. Para Pétain, el eximio patriota, el héroe de Verdún, la colectividad debía primar sobre los individuos; Francia era un país católico; protestantes, extranjeros y judíos no eran gente de fiar; era preciso eliminar el capitalismo liberal, una “importación extranjera”; y el país debería reorganizarse, no sobre la base del individualismo inorgánico propio de la “seudo-democracia plutocrática”, sino a partir de sus “comunidades naturales” (familia, profesión, región), únicos principios sólidos para una sociedad ordenada y estable.

Con Pétain colaboraron, aparte de la miríada de oportunistas que aparecen en estas ocasiones, las organizaciones de excombatientes de 1914-1918 y buena parte de los altos cuerpos de la Administración, la Iglesia, los patronos, los grandes industriales, la banca y muchos artistas e intelectuales; en general, clases sociales acomodadas, dominadas por el antibolchevismo, la obsesión por mantener el imperio colonial y el temor a los cambios sociales propios de la modernidad que Francia llevaba décadas experimentando. Hubo cientos de miles de franceses, de todas las procedencias y clases sociales, que no solo denunciaron a judíos sino que prestaron apoyo político explícito a los alemanes, hicieron propaganda a favor de la colaboración e incluso se enrolaron con el uniforme del ocupante.

La principal diferencia entre estos dos fenómenos de ocupación y colaboración es que Vichy está más próximo en el tiempo. Quizás por eso, o porque en nuestra época los mitos nacionalistas van siendo más difíciles de vender, en Francia ha habido gestos que apuntan hacia la revisión de esta versión patriótica de aquellos hechos. Incluso Chirac, presidente de la República, reconoció la participación francesa en redadas antijudías y pidió perdón por ello. En España, aparte de algunos libros académicos de gran calidad, a nadie se le ha ocurrido todavía reivindicar a los “afrancesados” ni denunciar las crueldades de la guerrilla.

La España de 1808-1814 y la Francia de 1940-1944 no son, desde luego, casos únicos. No hace falta traer a colación la distorsión que el nacionalismo catalán ha hecho de la Guerra de Sucesión española. Algo similar ocurre en relación con la actuación de tantos países europeos en la Segunda Guerra Mundial. Especialmente en el este de Europa, donde las sociedades se dividieron y muchos colaboraron con el nazismo y/o con el estalinismo, hoy no se encuentran más rastros públicos de aquel complicado período que los museos o las lápidas en que cada país se autorretrata como víctima inocente de la barbarie extranjera.

Puede que la autoestima colectiva exija elaborar versiones del pasado en las que se contraste la maldad extranjera con la nobleza propia. Pero para comprender adecuadamente el pasado no hay prisma más distorsionador que el nacionalismo.