Europa: reforma o divorcio

El País 28 ago. 2016

Por JOSEPH E. STIGLITZ

Decir que la eurozona no ha tenido una buena actuación desde la crisis del año 2008 es una expresión eufemística que se queda corta. Los países miembros de la eurozona han tenido una mala actuación en comparación con los que, dentro de la Unión, no han adoptado la moneda única, y aún peor que la de EE UU, el epicentro de la crisis.
Los países de la eurozona que peor lo han hecho se encuentran sumidos en una depresión o en una recesión profunda. En muchos sentidos, la economía en dichos países —piensen, por ejemplo, en lo que ocurre en Grecia— se encuentra en peor situación que tras la Gran Depresión de la década de 1930. Mientras, los miembros de la eurozona con los mejores resultados —como, por ejemplo, Alemania— parecen estar en una buena situación, pero sólo cuando se los compara con los demás. Por si fuera poco, el modelo de crecimiento de estos países se fundamenta parcialmente en políticas que empobrecen al vecino, mediante las cuales el éxito llega a expensas de los países que otrora se consideraron como “socios”.
Se han propuesto cuatro tipos de explicaciones para comprender este estado de las cosas. A Alemania le gusta culpar a la víctima, y apunta con el dedo al despilfarro de Grecia, así como hacia la deuda y los déficits del resto de los países. Sin embargo, estas acusaciones ponen el carro delante de los bueyes: España e Irlanda tenían superávit y bajos ratios de deuda sobre PIB antes de la crisis del euro. Por lo tanto, fue la crisis la que causó los déficits y las deudas, y no al revés.
El fetichismo relativo a los déficits es, sin lugar a dudas, causante de parte de los problemas que enfrenta Europa. También Finlandia, una de las más estrictas guardianas del Pacto de Estabilidad, ha tenido problemas para adaptarse a múltiples shocks. Su PIB en 2015 fue un 5,5% menor que su máximo en 2008.
Otros críticos pertenecientes al grupo de los que “culpabilizan a la víctima” citan al Estado de bienestar y a la excesiva protección del mercado laboral como causas del malestar de la eurozona. Sin embargo, algunos de los países con mejores resultados de Europa, como son Suecia y Noruega, tienen robustos sistemas públicos y cuentan con fuertes medidas de protección de sus mercados de trabajo.
A muchos de los países que ahora tienen economías debilitadas les iba muy bien antes de la introducción del euro; iban creciendo por encima de la media europea. Su descenso no se produjo a consecuencia de un cambio repentino en sus leyes laborales, o debido a que les sobrevino una epidemia de pereza. Lo que sí cambió fue la moneda.
El segundo tipo de explicación se resume en el deseo de que Europa tenga mejores líderes: hombres y mujeres que comprendan mejor la economía y con capacidad para implementar mejores políticas. Sin lugar a dudas, las políticas erróneas han empeorado las cosas, sin embargo, no sólo se debe echar la culpa a las políticas de austeridad, sino también a las denominadas reformas estructurales que ensancharon la desigualdad y, por lo tanto, debilitaron aún más la demanda total y el crecimiento potencial.
No obstante, la eurozona se constituyó por un acuerdo político, y era inevitable que la voz de Alemania resonase con mayor fuerza. Cualquier persona que hubiese negociado con los que decidieron las políticas alemanas los 30 años anteriores a la adopción del euro deberían haber sabido de antemano el resultado. Lo más importante que se debe puntualizar es que, dadas las herramientas disponibles hoy en día, ni el más brillante zar de la economía podría haber logrado que la eurozona prosperase.
El tercer conjunto de razones causantes de los malos resultados de la eurozona lleva a una crítica más amplia procedente de la derecha, que se centra en reprochar la propensión que tienen los eurócratas por favorecer normativas que inhiben la innovación. Esta crítica tampoco da en el blanco. Los eurócratas, de la misma forma que las leyes laborales o el Estado de bienestar, no cambiaron repentinamente en 1999, año en el que se creó el sistema de tipos de cambio fijos, o en 2008, el año en el que se inició la crisis. En un plano más fundamental, hay que considerar los niveles de calidad de vida. Cualquiera que niegue cuán mejor estamos todos en Occidente con nuestro aire y nuestra agua (que son sofocantemente limpios) debería visitar Pekín.
Esto nos lleva a considerar la cuarta explicación: el euro tiene un mayor nivel de culpabilidad del que se puede atribuir a las políticas y a las estructuras de cada país de manera individual. El euro venía viciado de errores desde su génesis. Ni siquiera los mejores políticos podrían haber logrado que el euro funcionase. La estructura de la eurozona impuso la clase de rigidez que se asocia con el patrón oro. La moneda única despojó a los miembros de la eurozona del más importante mecanismo de ajuste —el tipo de cambio— y fue la eurozona la que circunscribió la política monetaria y la política fiscal.
En respuesta a los shocks asimétricos y a las divergencias en la productividad, tendrían que haberse constituido ajustes en el tipo de cambio real (ajustado por la inflación), lo que significa que los precios en la periferia de la eurozona tendrían que haber caído con relación a los de Alemania y del norte de Europa. Pero, ya que Alemania tiene una posición inflexible con relación a la inflación —y sus precios se han estancado— el ajuste sólo podía lograrse a través de una desgarradora deflación en otros lugares. Típicamente, esto se traduce en un nivel doloroso de desempleo y en el debilitamiento de los sindicatos; los países más pobres de la eurozona, y especialmente los trabajadores dentro de ellos, se llevaron la peor parte de la carga del ajuste. Por lo tanto, esta fue la razón por la que el plan para estimular la convergencia entre los países de la eurozona fracasó rotundamente, haciendo que crezcan las disparidades entre y dentro de los Estados.
Este sistema no puede y no va a funcionar a largo plazo: las políticas democráticas garantizan su fracaso. El euro sólo puede funcionar si se cambian las reglas e instituciones de la eurozona. Esto requerirá siete modificaciones:

  • Abandonar los criterios de convergencia, que exigen que los déficits sean inferiores al 3% del PIB
  • Sustituir la austeridad por una estrategia de crecimiento que deberá estar apoyada por un fondo de solidaridad para la estabilización.
  • Desmantelar un sistema propenso a atravesar crisis mediante el cual los países se ven obligados a tomar préstamos en una moneda que no está bajo su control, y fundamentarse, en cambio, en los eurobonos o en algún otro mecanismo similar.
  • Compartir de mejor manera la carga durante el ajuste, haciendo que los países que en la actualidad tienen excedentes por cuenta corriente se comprometan a elevar los salarios y aumentar el gasto fiscal, garantizando de dicha manera que sus precios aumenten más rápido que los precios en los países con déficit por cuenta corriente.
  • Cambiar el mandato del Banco Central Europeo, que en la actualidad se centra sólo en la inflación, a diferencia del mandato que tiene la Reserva Federal estadounidense, entidad que tiene también en cuenta el empleo, el crecimiento y la estabilidad.
  • Establecer un seguro de depósitos común que evitaría la fuga de dinero desde los países que tienen resultados deficientes, así como otros elementos constituyentes de una “unión bancaria”.
  • Alentar, en lugar de prohibir, las políticas industriales diseñadas para garantizar que los países rezagados de la eurozona puedan ponerse al día y alcanzar a los países líderes de dicha zona.

Desde una perspectiva económica, estos cambios son pequeños; sin embargo, los actuales líderes de la eurozona puede que carezcan de la voluntad política necesaria para llevarlos a cabo. Eso no cambia el hecho fundamental de que la actual situación de medias tintas sea insostenible. Un sistema destinado a promover la prosperidad y el progreso de la integración ha tenido el efecto contrario. Un divorcio amistoso sería una mejor solución que el actual estancamiento.
Por supuesto, todo divorcio es costoso; pero enmarañarse más sería aún más caro. Como ya hemos visto este verano en Reino Unido, si los líderes europeos no pueden o no toman las decisiones difíciles, los votantes europeos serán quienes las tomen en su lugar, y puede que no les satisfaga el resultado.

Todos somos austro-húngaros

EL PAIS, 3 de julio de 2016

Sergio del Molino

Quizá dentro de 30 o 40 años, cuando esta Unión Europea sea una cita en los libros de historia del bachillerato o nostalgia de viejos que cuentan sus años de Erasmus como quien se acuerda de la mili en Sidi Ifni, un Berlanga del futuro bromee sobre la UE en sus películas o lo que quiera que se haga entonces. Un personaje dirá: “Disculpe, joven, pero en la Unión Europea…”. Del mismo modo en que José Sazatornil o Pepe Isbert se acordaban del Imperio Austrohúngaro en La escopeta nacional o Bienvenido, Mr. Marshall. Porque la UE sonará entonces tan carpetovetónica e inverosímil como nos parece hoy la corte de los Habsburgo.

Compleja, babélica, burocrática, inoperativa, incapaz de despertar ningún fervor patriótico, pusilánime, socialdemócrata, tibia, hipócrita. El Brexit quizá suena como el primer sello que se rompe, el estruendo bíblico que los enemigos de la UE estaban esperando, pero no es, ni mucho menos, la única amenaza. Muchas izquierdas combaten una estructura que consideran tiránica y servil con los intereses financieros más turbios. Muchas derechas religiosas, especialmente en el este, quieren ver caer ese monstruo laico y liberal que protege a los homosexuales y a todos los que ellos ven como desviados. En medio, un enredo de grupos e intereses que quizá no trabajen en la demolición y ni tan siquiera la aplaudan, pero tampoco la llorarán. Como sucedió en los escombros de 1919 en lo que hoy llamamos Centroeuropa y entonces era Austria-Hungría.

Durante décadas nos enseñaron que aquel Imperio Austrohúngaro era algo ridículo de reyes emplumados, un anacronismo medieval en la Europa del proletariado y de las naciones. A su primo islámico, el Imperio Otomano, le sucedía lo mismo, y le llamaban el enfermo de Europa. Estructuras obsoletas cuyo derrumbe era natural y necesario. Sin embargo, algunos historiadores llevan tiempo matizando esto. Aseguran, por ejemplo, que los rituales monárquicos de los Habsburgo no eran menos modernos o más ridículos que los británicos o los alemanes de su tiempo. Insisten también en que las instituciones y la economía del imperio se estaban modernizando mucho, alcanzando poco a poco los estándares políticos y sociales de la Europa de su tiempo.

La democracia parlamentaria de Austria-Hungría no era menos representativa o plural que la española, y sus focos de industrialización en Bohemia empezaban a generar ingresos fiscales para un Estado que, aunque débil, podía construir escuelas y carreteras en todas partes. En realidad, el Imperio Austrohúngaro estaba más cerca de reformarse y convertirse en un Estado moderno y democrático que de colapsarse a lo supernova. Su principal problema era conceptual: a nadie le gustaba el imperio. Solo unos pocos locos, como el escritor Joseph Roth, presumían de habsburguismo. Nadie celebraba la pluralidad de un territorio que englobaba a decenas de naciones. Cuando el último emperador abandonó Austria en un tren en 1919, solo Stefan Zweig lloró, como contó muchos años después en El mundo de ayer.

La corte era la capital de la cultura europea. Son innumerables los músicos, escritores, filósofos y artistas que convivían en ella. Algunas de las corrientes intelectuales más influyentes de la contemporaneidad nacieron en cuatro cafés de Viena, del psicoanálisis al sionismo, pasando por la música atonal, la arquitectura funcional o la novela moderna. Varios iconos del siglo XX fueron austrohúngaros, desde Billy Wilder a Franz Kafka o Elias Canetti, sin olvidar a Sigmund Freud. Muchos se han preguntado cómo podía ser decadente un imperio capaz de alumbrar una cultura tan poderosa, hasta el punto de que hoy podemos decir, sin exagerar demasiado, que todos somos un poco austrohúngaros, pues hemos sido educados en los referentes culturales de aquel Estado que tanto se ridiculizó después.

Algunos escritores se pasaron media vida añorando un mundo que no supieron apreciar cuando existía. No se trata del delirio sentimental de un Joseph Roth alcoholizado en París ni de la nostalgia cívica de un optimista derrotado como Zweig, sino de algo más cercano al desconcierto del apátrida de Robert Musil, una forma de abrir la boca y llevarse las manos a la cabeza que persiste en los grandes escritores austriacos contemporáneos, desde Thomas Bernhard a Elfriede Jelinek, que es la misma inquietud de la que están hechas las películas de Michael Haneke. Los intelectuales de la Mitteleuropa de Claudio Magris se parecen al protagonista de El tercer hombre, perdidos entre los cascotes de una Viena destruida, paralizados ante las ruinas de la que fue su cultura, sin atreverse a echarla de menos, pero sin encajar tampoco en su reconstrucción de cartón-piedra para turistas.

Salvando todas las distancias (entre otras razones, porque no hay nazis ni guerras mundiales de por medio), los europeos de hoy corremos el riesgo de ser los austriacos de ayer. Quizá algunos historiadores revisen dentro de 50 o 100 años aquella UE y concluyan que no estaba tan mal y que, como los austrohúngaros de 1919, fuimos tan idiotas como para enrocarnos en nuestras naciones provincianas para demoler desde ellas algo que podría haber funcionado y que, indudablemente, había hecho de nuestro continente algo mejor y más vivible. Habrá una generación de viejos que añorará su juventud cosmopolita, esa forma tan alegre de moverse entre Dublín y Nápoles y entre Bergen y Cádiz, con vuelos low cost y becas Erasmus, haciendo amigos y novios con los que se comunicaban en un inglés empobrecido y plano pero eficaz, como los polacos, los checos y los rumanos se entendían entre sí en un alemán aprendido en las escuelas imperiales.

A la UE no la quiere nadie, pero me temo que la añorará mucha gente, y un Stefan Zweig del futuro le dedicará un libro tan hermoso como El mundo de ayer, así como un Robert Musil de finales del siglo XXI dejará un equivalente a El hombre sin atributos. Quizá nadie escriba La marcha Radeztky, pero sin duda habrá cajones con pasaportes caducados que los abuelos usarán para explicar a los nietos qué significa ese círculo de estrellas y ese topónimo tan extraño: Unión Europea.

Hoy todos somos austrohúngaros, pero aún estamos a tiempo de no serlo en el sentido más profundo del ser austrohúngaro, el de la ausencia. Nadie echó de menos al emperador en 1919, y pocos parecen dispuestos a añorar la bandera azul y los billetes de 10 euros, pero si la UE quiere sobrevivir, necesita algo más que el miedo conservador que la sostiene ahora. Ningún proyecto se sostiene por el terror a la incertidumbre de lo que vendrá sin él.

 

 

¿Por qué han ma­ta­do a Jean Jau­rès?

EL PAÍS 31/07/2014

 JUAN CLAU­DIO DE RA­MÓN

 

Fren­te a la ten­ta­ción sec­ta­ria y ma­xi­ma­lis­ta que lle­va al an­ta­go­nis­mo, el uni­fi­ca­dor del so­cia­lis­mo fran­cés, ase­si­na­do hoy ha­ce 100 años, mos­tró la vía de una iz­quier­da ilus­tra­da, re­for­ma­do­ra y res­pon­sa­ble

 

1404503403_739152_1406731649_noticia_normal[1]La tar­de en que lo ma­ta­ron, Jean Jau­rès pen­sa­ba que la gue­rra po­día evi­tar­se. Lo dis­cu­tía con sus co­le­gas, mien­tras ce­na­ba en el Ca­fé de Crois­sant, cuan­do un ca­ñón de re­vol­ver se­pa­ró los vi­si­llos de la ven­ta­na y des­ce­rra­jó dos ba­las en su ca­be­za. De eso hoy se cum­plen 100 años. Ha­bía trans­cu­rri­do un mes des­de el cri­men de Sa­ra­je­vo y Eu­ro­pa en­te­ra ro­da­ba ha­cia el pre­ci­pi­cio. Con la opor­tu­na do­sis de ci­nis­mo que se pre­ci­sa en oca­sio­nes pa­ra ab­sol­ver­se an­te la pro­pia con­cien­cia, sus cla­ses rec­to­ras pen­sa­ban que la gue­rra, inevi­ta­ble ya, ne­ce­sa­ria in­clu­so, se­ría cul­pa de otros. Pe­ro Jau­rès, dis­pues­to has­ta el úl­ti­mo mi­nu­to a pre­ve­nir la de­ba­cle, te­nía dos ba­zas que ju­gar to­da­vía: la uni­dad del mo­vi­mien­to obre­ro eu­ro­peo y el pres­ti­gio de su pro­pia fi­gu­ra.

El gran pa­ci­fis­ta, el ora­dor in­su­pe­ra­ble, el uni­fi­ca­dor del so­cia­lis­mo fran­cés, ha­bía de­nun­cia­do du­ran­te años, sin en­cu­brir la ra­pi­ña fran­ce­sa en Áfri­ca, la glo­to­ne­ría im­pe­ria­lis­ta de las po­ten­cias eu­ro­peas. Se ha­bía opues­to —sin éxi­to— a la am­plia­ción del ser­vi­cio mi­li­tar a tres años, adop­ta­da por el Go­bierno fran­cés pa­ra emu­lar al ale­mán. (Pa­ra la en­ca­bri­ta­da pren­sa na­cio­na­lis­ta ya siem­pre se­ría Herr Jau­rès). Tam­po­co ha­bía lo­gra­do de los de­más lí­de­res del mo­vi­mien­to so­cia­lis­ta el com­pro­mi­so ex­plí­ci­to de con­vo­car la huel­ga ge­ne­ral de los obre­ros eu­ro­peos en ca­so de gue­rra. Con­ta­ba con po­der acor­dar una es­tra­te­gia con­jun­ta el 9 de agos­to, fe­cha pre­vis­ta pa­ra una gran reunión de la II In­ter­na­cio­nal en Pa­rís. Po­día ser tar­de. El Zar ha­bía fir­ma­do el de­cre­to de mo­vi­li­za­ción ge­ne­ral. Se pre­ci­sa­ba un gol­pe de efec­to y Jau­rès te­nía a su dis­po­si­ción la tri­bu­na de L’Hu­ma­ni­té, el dia­rio que él mis­mo ha­bía fun­da­do en 1904 pa­ra di­vul­gar el so­cia­lis­mo de­mo­crá­ti­co.

Aque­lla no­che iba a es­cri­bir un lar­go ar­tícu­lo que sa­cu­die­ra la opi­nión pú­bli­ca eu­ro­pea. No pu­do. La por­ta­da del día si­guien­te no tra­jo su fir­ma al pie de un nue­vo y mar­ti­llean­te J’ac­cu­se, sino la no­ti­cia de su muer­te a ma­nos de un tal Raoul Vi­llain, se­gui­dor de Ac­ción Fran­ce­sa, el par­ti­do na­cio­na­lis­ta de Char­les Mau­rràs. Di­jo el ver­du­go: “Si he co­me­ti­do es­te ac­to es por­que el se­ñor Jau­rès ha trai­cio­na­do a su país con su cam­pa­ña con­tra la ley de los tres años [de ser­vi­cio mi­li­tar]. Juz­go que hay que cas­ti­gar a los trai­do­res y que es po­si­ble en­tre­gar la pro­pia vi­da por esa cau­sa”.

No es pre­ci­so ser so­cia­lis­ta pa­ra llo­rar hoy la muer­te de Jau­rès, el ti­po de lí­der po­lí­ti­co que la his­to­ria aca­ba hon­ran­do con la ga­la de la uni­ver­sa­li­dad. Re­pu­bli­cano ra­di­cal, se con­vir­tió al so­cia­lis­mo al ca­lor de la huel­ga de los mi­ne­ros de Car­meaux. De Marx y de Blanc asu­mió la crí­ti­ca al ca­pi­ta­lis­mo y el com­pro­mi­so con la apro­pia­ción en co­mún de los gran­des me­dios de pro­duc­ción, pe­ro era de­ma­sia­do li­bre­pen­sa­dor pa­ra co­mul­gar con el au­to­ri­ta­ris­mo que per­mea­ba ya la or­to­do­xia so­cia­lis­ta. No de­bía ser la van­guar­dia es­cla­re­ci­da au­gu­ra­da por el ar­chir re­vo­lu­cio­na­rio Le­nin —en tan­tos as­pec­tos, con­tra­fi­gu­ra de Jau­rès— la que tra­je­ra el triun­fo so­cia­lis­ta, sino un man­da­to de­mo­crá­ti­co cla­ro y una tran­si­ción tran­qui­la.

An­ti­sec­ta­rio, po­co ami­go de la pu­re­za doc­tri­nal, su so­cia­lis­mo, del que gus­ta­ba teo­ri­zar en gran­des y abar­ca­do­ras sín­te­sis, era la con­se­cuen­cia úl­ti­ma de su hu­ma­nis­mo; una pa­sión que pri­vi­le­gia­ba a la gran ma­yo­ría que vi­vía por sus ma­nos en vi­les con­di­cio­nes en la Eu­ro­pa tar­do­de­ci mo­nó­ni­ca; pe­ro que no ex­cluía la em­pa­tía por el bur­gués, cuan­do era és­te quien pa­de­cía in­jus­ti­cia. De ahí su im­pli­ca­ción en el ca­so Drey­fus, que el grue­so del so­cia­lis­mo no se­cun­dó, al tra­tar­se, de­cían, de una gue­rra ci­vil en­tre bur­gue­ses. Creía Jau­rès, en cam­bio, que el so­cia­lis­mo no de­bía des­aten­der el dra­ma de es­te ofi­cial del ejér­ci­to, bur­gués y ju­dío, con­de­na­do con prue­bas ama­ña­das: una cau­sa en que la dig­ni­dad hu­ma­na es­tu­vie­ra ame­na­za­da de­bía ser tam­bién cau­sa del pro­le­ta­ria­do. Su drey­fu­sis­mo fue, por cier­to, al­go más que un ges­to hu­ma­ni­ta­rio; co­mo ex­pli­ca An­to­ni Do­mè­nech en El eclip­se de la fra­ter­ni­dad, era asi­mis­mo un au­daz en­vi­te tác­ti­co pa­ra in­vo­lu­crar a la so­cial­de­mo­cra­cia, re­clui­da en su mun­do obre­ro, en la de­fen­sa de una dé­bil III Re­pú­bli­ca en la que se­gu­ra­men­te los re­pu­bli­ca­nos no eran ma­yo­ría y que con­ta­ba con la hos­ti­li­dad ma­ni­fies­ta de cle­ri­ca­les, reac­cio­na­rios y mo­nár­qui­cos.

Tam­po­co la leal­tad re­pu­bli­ca­na de Jau­rès fue uni­ver­sal­men­te com­par­ti­da por la iz­quier­da so­cia­lis­ta, pa­ra cu­ya or­to­do­xia el ré­gi­men re­pu­bli­cano se con­fun­día con el or­de­na­mien­to bur­gués a aba­tir. (Re­cuér­de­se la san­ta in­tran­si­gen­cia que pre­go­na­ba Pa­blo Igle­sias en Es­pa­ña). Jau­rès, que no des­co­no­cía los me­ca­nis­mos co­rrup­to­res de la vi­da par­la­men­ta­ria, se sin­tió siem­pre he­re­de­ro y cus­to­dio de la tra­di­ción re­pu­bli­ca­na fran­ce­sa inau­gu­ra­da en 1792, de la cual el so­cia­lis­mo no era sino en­san­cha­mien­to: la cons­ti­tu­cio­na­li­za­ción de­fi­ni­ti­va de la vi­da so­cial en el cam­po, la fá­bri­ca y la mi­na. En el de­ba­te ideo­ló­gi­co más im­por­tan­te que se dio en la II In­ter­na­cio­nal, en­tre los téo­ri­cos de la re­vo­lu­ción y de la co­riá­cea ne­ga­ti­va a pac­tar con par­ti­dos bur­gue­ses, y el sec­tor prag­má­ti­co y re­for­mis­ta, avi­sa­do de la exis­ten­cia de cla­ses me­dias y del mar­gen de me­jo­ra que per­mi­tía el par­la­men­ta­ris­mo, se po­si­cio­nó por la vía de los he­chos en es­te úl­ti­mo. De esa la­bor so­li­da­ria con el ar­co re­pu­bli­cano fue­ron fru­tos la ley de se­pa­ra­ción en­tre Igle­sia y Es­ta­do, el de­re­cho de reunión y me­jo­ras en el me­dio la­bo­ral. Fren­te a la ten­ta­ción, hoy pre­sen­te, de caer en una iz­quier­da sec­ta­ria, ma­xi­ma­lis­ta y de­vo­ta del an­ta­go­nis­mo, Jau­rès en­se­ñó la vía de una iz­quier­da ilus­tra­da, re­for­ma­do­ra, ecuá­ni­me y res­pon­sa­ble.

Tam­po­co nos es ajeno el se­gun­do gran de­ba­te que in­cum­bió al so­cia­lis­mo de pre­gue­rra: el que opo­nía el in­ter­na­cio­na­lis­mo, ga­ran­te de la paz, al so­cial pa­trio­tis­mo, de ad­he­sión na­cio­na­lis­ta. Co­mo se re­cor­da­rá, Marx ha­bía di­cho que el obre­ro no te­nía pa­tria. Jau­rès po­día de­tes­tar el cho­vi­nis­mo, pe­ro sa­bía que las co­sas no eran tan sen­ci­llas. De nue­vo aquí in­ten­tó una sín­te­sis: “Un po­co de in­ter­na­cio­na­lis­mo te ale­ja de la pa­tria, pe­ro un po­co más te acer­ca” (sen­ten­cia no por fa­mo­sa me­nos os­cu­ra). Ni en­ton­ces ni aho­ra la iz­quier­da ha sa­bi­do sol­ven­tar la di­co­to­mía en­tre cla­se y na­ción. En la prác­ti­ca ca­si siem­pre ha op­ta­do por el cá­li­do abri­go de la ban­de­ra na­cio­nal. Así aquel ve­rano, cuan­do de for­ma ca­si uná­ni­me la so­cial­de­mo­cra­cia, que se ha­bía lle­na­do la bo­ca de pro­cla­mas cos­mo­po­li­tas la dé­ca­da pre­via, to­mó las aguas bau­tis­ma­les del na­cio­na­lis­mo. ¡Y con qué di­li­gen­cia! So­cia­lis­tas de to­das las na­cio­nes se su­ma­ron obe­dien­tes a sus Go­bier­nos (las ex­cep­cio­nes, co­mo Ro­sa Lu­xem­burg en Ale­ma­nia, fue­ron di­rec­tas a la cár­cel).

El asen­ti­mien­to so­cia­lis­ta, que en Fran­cia adop­tó el pom­po­so nom­bre de Union sa­crée, fue el úl­ti­mo le­ño con que se al­zó la pi­ra pa­ra Eu­ro­pa: sin fá­bri­cas fun­cio­nan­do a pleno ren­di­mien­to gue­rrear a gran es­ca­la ha­bría si­do im­po­si­ble. ¿Se ha­bría ave­ni­do Jau­rès a la gue­rra de no ha­ber­la po­di­do evi­tar? Sus bió­gra­fos no lo des­car­tan. Pe­ro lo más pro­ba­ble es que hu­bie­ra bus­ca­do un ar­mis­ti­cio rá­pi­do y re­cha­za­do los tér­mi­nos de la paz car­ta­gi­ne­sa de 1919. Tam­po­co sa­be­mos có­mo ha­bría en­ca­ra­do Jau­rès el na­ci­mien­to de la Unión So­vié­ti­ca y sus tem­pra­nos desa­rro­llos to­ta­li­ta­rios. Es la pa­ra­do­ja de cier­tos mag­ni­ci­dios: lan­zan al hé­roe a la in­mor­ta­li­dad, de­ján­do­lo in­mó­vil en el mo­men­to de­ci­si­vo: aquel en que uno ha sal­var­se o des­truir­se.

Y no ca­re­ce de in­te­rés en­tre no­so­tros res­ca­tar un da­to jau­re­siano po­co co­no­ci­do. De es­tric­ta ob­ser­van­cia ja­co­bi­na, Jau­rès abo­gó por el es­tu­dio de las len­guas re­gio­na­les en la es­cue­la fran­ce­sa. Aho­ra bien, su pro­pues­ta, y es­to es lo in­tere­san­te, no es­ta­ba ani­ma­da por la pul­sión par­ti­cu­la­ris­ta o ro­mán­ti­ca. A la in­ver­sa: que­ría que los es­co­la­res del me­dio­día es­tu­dia­sen le­mo­sín, oc­ci­tano y ca­ta­lán pa­ra sa­ber­se más uni­dos a es­pa­ño­les, por­tu­gue­ses e ita­lia­nos. No pa­ra ais­lar­se en la cul­tu­ra pro­pia, sino pa­ra abrir­se a una iden­ti­dad cul­tu­ral su­pe­rior: la la­ti­ni­dad.

Al co­no­cer la no­ti­cia de la muer­te de quien ha­bía si­do tan­tos años su me­jor abo­ga­do, el pue­blo de Pa­rís sa­lió a la ca­lle. ¿Por qué han ma­ta­do a Jau­rès?, re­pe­tían afli­gi­dos. Eran los ros­tros cu­bier­tos de ce­ni­za que can­tó Jac­ques Brel en una es­tre­me­ce­do­ra ba­la­da que re­cuer­da la muer­te del tri­buno; los cuer­pos ma­ci­len­tos de quie­nes se ha­bían des­lo­ma­do des­de los 15 años 15 ho­ras en la fá­bri­ca y que es­ta­ban a pun­to de mez­clar su san­gre con el fan­go en la gue­rra más es­tú­pi­da y mons­truo­sa. Pour quoi ont-ils tué Jau­rès? Pour quoi ont-ils tué Jau­rès?

El ve­rano del 14

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To­do em­pe­zó con el aten­ta­do de Sa­ra­je­vo, un in­ci­den­te trá­gi­co, pe­ro de im­por­tan­cia li­mi­ta­da. La at­mós­fe­ra na­cio­na­lis­ta y el pa­trio­te­ris­mo de la peor es­pe­cie que rei­na­ban en Eu­ro­pa des­en­ca­de­na­ron la con­tien­da

El País, 26/07/2014 31

JO­SÉ ÁL­VA­REZ JUN­CO

Ha­ce aho­ra cien años, en aquel mes de ju­lio que si­guió al aten­ta­do de Sa­ra­je­vo, las can­ci­lle­rías eu­ro­peas echa­ban hu­mo. En­tre ame­na­zas y ul­ti­ma­tos, ne­go­cia­ban fe­bril­men­te in­ten­tan­do im­pe­dir el ini­cio de una gue­rra que al fi­nal, sin em­bar­go, es­ta­lla­ría e im­pli­ca­ría a ca­si to­dos. Un si­glo des­pués, es bueno re­fle­xio­nar so­bre aque­lla ma­tan­za y sus con­se­cuen­cias pa­ra Eu­ro­pa. Ma­tan­za, an­te to­do, y de di­men­sio­nes nun­ca vis­tas en la his­to­ria hu­ma­na: unos 10 mi­llo­nes de muer­tos en cam­pos de ba­ta­lla; al me­nos otras tan­tas víc­ti­mas ci­vi­les, aun­que es­tas sean im­po­si­bles de cuan­ti­fi­car; in­con­ta­bles des­tro­zos en in­fra­es­truc­tu­ras y te­so­ros ar­tís­ti­cos; y des­co­mu­nal gas­to de di­ne­ro pú­bli­co, que se pro­lon­ga­ría en la pos­gue­rra con las in­dem­ni­za­cio­nes y pen­sio­nes a huér­fa­nos, viu­das o mu­ti­la­dos (a las que la Fran­cia de los años vein­te de­di­ca­ba ca­si la mi­tad del pre­su­pues­to na­cio­nal). Eu­ro­pa, que en 1914 era la re­gión más ri­ca y po­bla­da del mun­do, con un gra­do de bie­nes­tar des­co­no­ci­do en la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad, em­pren­dió aquel ve­rano el ca­mino de su de­cli­ve, re­ma­ta­do 25 años des­pués por un se­gun­do con­flic­to más ca­tas­tró­fi­co aún. La lla­ma­da Gue­rra de los Trein­ta Años (1914-1945) nos hi­zo des­cen­der a lo que hoy so­mos: ter­ce­ra re­gión mun­dial en ri­que­za e in­fluen­cia po­lí­ti­ca. La com­pe­ten­cia en­tre los Es­ta­dos eu­ro­peos, que en si­glos an­te­rio­res pu­do ser el es­tí­mu­lo pa­ra su pro­duc­ti­vi­dad y crea­ti­vi­dad, aca­bó lle­van­do a su sui­ci­dio co­lec­ti­vo.

To­do em­pe­zó con un in­ci­den­te, co­mo el aten­ta­do de Sa­ra­je­vo, trá­gi­co pe­ro de im­por­tan­cia li­mi­ta­da. Los mag­ni­ci­dios, en de­fi­ni­ti­va, eran co­sa co­no­ci­da: en aten­ta­dos te­rro­ris­tas ha­bían muer­to el zar Ale­jan­dro II, la em­pe­ra­triz Sis­si, el rey Hum­ber­to I, los pre­si­den­tes Sa­di Car­not o McKin­ley, los je­fes del Go­bierno Cá­no­vas o Ca­na­le­jas y mu­chos más. Pe­ro lo que hi­zo que aquel epi­so­dio de­ri­va­ra en re­sul­ta­dos no que­ri­dos por na­die fue la at­mós­fe­ra na­cio­na­lis­ta que rei­na­ba en Eu­ro­pa y azu­za­ba a la opi­nión pú­bli­ca con pa­sio­nes in­con­tro­la­bles. No hay más que re­cor­dar el en­tu­sias­mo con que se aco­gió la de­cla­ra­ción de gue­rra y las mu­che­dum­bres que re­co­rrie­ron Ber­lín gri­tan­do en­fe­bre­ci­das “¡a Pa­rís!” a la vez que otras en la ca­pi­tal fran­ce­sa vo­ci­fe­ra­ban “¡a Ber­lín!”, em­pu­jan­do a sus go­ber­nan­tes a des­pe­ñar­se por la pen­dien­te. Rei­nó en­ton­ces la fie­bre chau­vi­nis­ta, el pa­trio­te­ris­mo de la peor es­pe­cie, muy pa­ten­te en los in­sul­tos al ve­cino (los ale­ma­nes eran bo­ches en Fran­cia, hu­nos en In­gla­te­rra).

Aca­bo de usar el tér­mino na­cio­na­lis­mo en el sen­ti­do de una vi­sión del mun­do que di­vi­de a la hu­ma­ni­dad en pue­blos o ra­zas con sus ca­rac­te­rís­ti­cas bio­ló­gi­cas y psi­co­ló­gi­cas que les ha­cen ra­di­cal­men­te di­fe­ren­tes del ve­cino; vi­sión que se apo­ya en da­tos bio­ló­gi­cos (co­lor de la piel), cul­tu­ra­les (len­gua, re­li­gión) e his­tó­ri­cos (ma­ni­pu­la­dos). Es­te ti­po de Wel­tans­chauung do­mi­na­ba a prin­ci­pios del si­glo XX in­clu­so en­tre mu­chos in­te­lec­tua­les, más atraí­dos por una vi­sión ra­cis­ta y je­rár­qui­ca de los pue­blos y cul­tu­ras que por la idea de igual­dad en­tre los se­res hu­ma­nos.

Pe­ro el na­cio­na­lis­mo es tam­bién un sen­ti­mien­to, una emo­ción. Una emo­ción que, qui­zás pa­ra com­pen­sar el des­cen­so de las creen­cias re­li­gio­sas y la mo­no­to­nía del tra­ba­jo in­dus­trial, ha su­pe­ra­do a cual­quier otra en el mun­do mo­derno. Y que ins­pi­ra, sin du­da, ac­tos de ge­ne­ro­si­dad, de sa­cri­fi­cio del in­te­rés in­di­vi­dual por el co­lec­ti­vo, pe­ro que li­mi­ta es­ta ge­ne­ro­si­dad a los con­na­cio­na­les, mien­tras que fo­men­ta la des­con­fian­za, el egoís­mo o el odio ha­cia el ve­cino. Es­tos sen­ti­mien­tos per­ver­sos son los que se im­pu­sie­ron en 1914 so­bre los prin­ci­pios mo­ra­les y po­lí­ti­cos que se su­po­nían ba­se de la su­pe­rio­ri­dad eu­ro­pea. Eu­ro­pa se con­tra­di­jo y per­dió el con­trol de sí mis­ma. La re­gión más ci­vi­li­za­da del mun­do no dio mues­tras de ci­vi­li­za­ción ni de ra­cio­na­li­dad. Apo­yán­do­se en unos es­que­mas de au­to­com­pren­sión po­lí­ti­ca erró­neos y em­pe­ña­dos en ri­va­li­zar en po­der eco­nó­mi­co, po­lí­ti­co y mi­li­tar, los go­ber­nan­tes ju­ga­ron con fue­go. Uti­li­za­ron sis­te­má­ti­ca­men­te la po­lí­ti­ca de la fuer­za, cre­ye­ron to­le­ra­ble e in­clu­so desea­ble la gue­rra, que se su­po­nía cul­ti­va­ba los más ele­va­dos idea­les en los “hom­bres”. No fun­cio­na­ron la di­plo­ma­cia ni el de­re­cho. Y, ba­jo la ilu­sión de “aca­bar con to­das las gue­rras”, lla­ma­ron a una mo­vi­li­za­ción en­lo­que­ci­da; pa­ra en­con­trar­se a los po­cos me­ses em­pan­ta­na­dos en trin­che­ras lle­nas de ba­rro, ca­dá­ve­res y ra­tas.

Se im­pu­so, en re­su­men, el na­cio­na­lis­mo en un ter­cer sen­ti­do, el peor de to­dos: el que lo iden­ti­fi­ca con po­lí­ti­cas agre­si­vas, im­pe­ria­lis­tas o mi­li­ta­ris­tas, di­ri­gi­das a ex­pan­dir los te­rri­to­rios do­mi­na­dos por un Es­ta­do. Por­que los di­ri­gen­tes po­lí­ti­cos uti­li­zan la re­tó­ri­ca na­cio­nal, co­mo cual­quier otra que les con­ven­ga, pa­ra am­pliar su po­der. Y las pa­sio­nes que des­per­ta­ron en aque­lla co­yun­tu­ra hi­cie­ron que las mu­che­dum­bres per­die­ran la sen­sa­tez más que sus pro­pios azu­za­do­res, que al fi­nal com­pren­die­ron que se ha­lla­ban al bor­de del abis­mo e in­ten­ta­ron evi­tar la caí­da. Bas­ta leer los an­gus­tia­dos te­le­gra­mas que el zar ru­so y el em­pe­ra­dor aus­tria­co se in­ter­cam­bia­ron en aquel ju­lio de 1914 ani­mán­do­se a fre­nar los im­pul­sos bé­li­cos en sus res­pec­ti­vas so­cie­da­des.

Una vez ter­mi­na­do el con­flic­to, lo que se ofre­ció co­mo so­lu­ción y ga­ran­tía de que no ha­bría nue­vas gue­rras fue, de nue­vo, el na­cio­na­lis­mo, en­ten­di­do es­ta vez en un cuar­to sen­ti­do: co­mo prin­ci­pio doc­tri­nal. Un prin­ci­pio se­gún el cual ca­da pue­blo o na­ción de­be te­ner un Es­ta­do pro­pio. La paz ne­go­cia­da en 1919 se ins­pi­ró en los 14 pun­tos de Wil­son, pa­ra quien el pro­ble­ma eu­ro­peo era que ha­bía im­pe­rios de­ma­sia­do he­te­ro­gé­neos y era pre­ci­so crear un Es­ta­do pa­ra ca­da pue­blo. Im­pe­rios co­mo el aus­trohún­ga­ro, za­ris­ta o tur­co eran, pa­ra él, el pa­ra­dig­ma de la com­ple­ji­dad ar­cai­ca, mien­tras que veía en el Es­ta­do-na­ción una fór­mu­la po­lí­ti­ca sen­ci­lla y mo­der­na. Pe­ro el nue­vo mun­do de Es­ta­dos-na­ción no re­sol­vió los pro­ble­mas, sino que creó otros: mi­no­rías dis­cri­mi­na­das, des­pla­za­mien­tos ma­si­vos de po­bla­ción, te­rri­to­rios irre­den­tos, agra­vios in­ter­mi­na­bles.

La paz de 1919 no tra­jo la es­ta­bi­li­dad, sino nue­vas con­vul­sio­nes. Es­ta­dos Uni­dos, tras ha­ber de­ci­di­do el re­sul­ta­do de la gue­rra, ne­go­cia­do el tra­ta­do de Pa­rís e idea­do la So­cie­dad de Na­cio­nes, se re­ti­ró del es­ce­na­rio. Con lo que se pro­du­jo un va­cío de po­der in­ter­na­cio­nal, sin una po­ten­cia he­ge­mó­ni­ca ca­paz de sus­ti­tuir a Gran Bre­ta­ña. Los eu­ro­peos, in­ca­pa­ces de com­pren­der que tras la “gue­rra de las tri­bus blan­cas” na­die los veía ya co­mo “ra­zas su­pe­rio­res”, que no te­nían mi­sión ci­vi­li­za­do­ra al­gu­na de la que pre­su­mir an­te el res­to del mun­do, reavi­va­ron sus ri­va­li­da­des; y en ese cal­do se cul­ti­vó Hitler. A cor­to pla­zo, de la Gran Gue­rra los eu­ro­peos apren­die­ron muy po­co. Las do­lo­ro­sas en­se­ñan­zas so­lo lle­ga­ron tras la Se­gun­da. So­lo des­de 1945 se com­pren­dió que el re­cur­so ha­bi­tual a la fuer­za co­mo ins­tru­men­to po­lí­ti­co aca­ba­ba en gue­rras glo­ba­les. So­lo en­ton­ces se em­pe­zó a aban­do­nar la idea de las gran­des po­ten­cias y las áreas de in­fluen­cia. Con lo que se ha con­se­gui­do que con­flic­tos co­mo los bal­cá­ni­cos de los años no­ven­ta, tan si­mi­la­res a los de an­ta­ño, o la ac­tual cri­sis ucra­nia, no ha­yan su­pe­ra­do el ni­vel lo­cal.

De 1919 pro­ce­de tam­bién la idea de crear un or­den ins­ti­tu­cio­nal in­ter­na­cio­nal des­ti­na­do a evi­tar las gue­rras. La So­cie­dad de Na­cio­nes fra­ca­só, pe­ro fue su­ce­di­da en 1945 por las Na­cio­nes Uni­das, es­ta vez ya con ple­na im­pli­ca­ción es­ta­dou­ni­den­se. Y hoy avan­za­mos len­ta­men­te ha­cia un or­den ju­rí­di­co-po­lí­ti­co su­pra­na­cio­nal, por me­dio del TPI, el Con­se­jo de Eu­ro­pa o los pac­tos uni­ver­sa­les so­bre la im­pres­crip­ti­bi­li­dad del ge­no­ci­dio o los crí­me­nes con­tra la hu­ma­ni­dad.

Eu­ro­pa, en re­su­men, de­ca­yó por los na­cio­na­lis­mos y aho­ra, des­de ha­ce 60 años, in­ten­ta su­pe­rar­los. No es buen mo­men­to, des­de lue­go, pa­ra lan­zar flo­res a la UE, pe­ro es lo me­jor que te­ne­mos, el úni­co gran pro­yec­to en el que es­ta­mos em­bar­ca­dos. Aun­que es un ex­pe­ri­men­to sin pre­ce­den­tes his­tó­ri­cos, en la me­di­da en que re­pi­ta al­gu­na fór­mu­la co­no­ci­da no se­ría ma­lo que se apro­xi­ma­ra más a los vie­jos im­pe­rios mul­ti­cul­tu­ra­les que al mo­derno Es­ta­do-na­ción. No por­que fue­ran au­to­cra­cias, ob­via­men­te, sino por­que su le­gi­ti­mi­dad po­lí­ti­ca no se de­bía a la ho­mo­ge­nei­dad cul­tu­ral de sus com­po­nen­tes. El de­mos so­be­rano de una en­ti­dad po­lí­ti­ca mo­der­na no es una et­nia; es un con­jun­to de in­di­vi­duos muy dis­pa­res que tie­nen en co­mún su acep­ta­ción de, y su­mi­sión a, una mis­ma es­truc­tu­ra ins­ti­tu­cio­nal; la cual les con­vier­te, no en miem­bros de una fra­tría, sino en ciu­da­da­nos li­bres e igua­les.

Las luces se apagan en Atenas

PETROS MÁRKARIS

EL PAÍS 27 Agosto 2012

Una mujer, en su tienda de muebles en Atenas. / ANGELOS TZORTZINIS (BLOOMBERG)

En Grecia, además de nuestro Parlamento con sus siete partidos políticos, existe un sis-tema no parlamentario que forman cuatro partidos: son los cuatro pedazos en los que se ha quedado dividida nuestra sociedad después de 18 meses de crisis económica. El cre-ciente agravamiento de la crisis y la lucha diaria por la supervivencia no han logrado acortar las distancias entre estas partes. Muy al contrario, la brecha que las separa es cada vez mayor. Y, aunque se crean coaliciones entre ellas, hay también guerra en las trincheras.

» En primer lugar, encontramos el ‘partido de los beneficiarios’, al que pertenecen todos esos empresarios que se han beneficiado del mercantilismo político durante los últimos treinta años, especialmente las empresas de construcción. Éstas vivieron su apogeo en el preludio de los Juegos Olímpicos de 2004, cuando se aprovecharon de un Estado que se veía obligado a pagar a un precio inusitado cualquier encargo urbanístico. También pertenecen al partido de los beneficiarios las empresas que abastecían a los servicios públicos, por ejemplo, aquellas que suministraban productos farmacéuticos y equipos médicos a los hospitales estatales. Hasta hace muy poco tiempo los griegos no eran conscientes del volumen de dinero que se ha despilfarrado en este sentido. Hasta ahora eran los hospitales los encargados de comprar las medicinas y los equipos médicos. Ahora el Ministerio de Sanidad ha establecido que la adquisición de productos se realice a través de Internet y ha puesto a disposición de las instituciones 9.937.480 euros, una suma que se adecua al volumen de gasto que se había venido generando hasta el momento. Sin embargo, esta operación ha revelado que el precio real de los medica-mentos solo asciende a 616.505 euros, es decir, un 6,2% de la cantidad que se había invertido anteriormente. Sin las nuevas medidas de contención del gasto todo habría continuado como antes, puesto que precisamente estos beneficiarios, las empresas de construcción y los proveedores de las clínicas, formaban una coalición con el partido del Gobierno y con sus ministros que no funcionaba nada mal.

Todos en el aparato del Estado sabían de la existencia de estos contactos y del coste que suponían para la sociedad, pero todos callaban. No solo porque los partidos se embolsa-ban así enormes donativos, sino porque estos sectores corruptos financiaban campañas electorales a los diputados, quienes a su vez se aseguraban buenos puestos de trabajo para sus familiares.

Al partido de los beneficiarios también se le podría denominar partido de los defrauda-dores, pues todos ellos lo son sin excepción, especialmente los trabajadores autónomos con ingresos elevados, como médicos o abogados. Cuando un griego va a la consulta de un médico, éste le informa: “La visita son 80 euros, si quiere factura, entonces serán 110”. Y así, la mayoría de los pacientes renuncian a la factura y se ahorran treinta euros. Debido al acuerdo entre estos profesionales y el partido del Gobierno, las autoridades callan y hacen la vista gorda.

Mientras tanto, el conjunto de los ciudadanos sin recursos no deja de crecer. Muchos de ellos no pueden ni siquiera costearse sus medicamentos. ¿Qué hacen entonces? Recurren a la organización Médicos sin Fronteras, que proporciona de forma gratuita algunas medicinas. Las dos clínicas de Médicos sin Fronteras que existen en Atenas están pen-sadas para asistir a inmigrantes sin recursos, que llegan a Grecia desde África en barcas de remos. Pero cada vez son más los griegos que piden ayuda. Algunos días hay casi mil personas haciendo cola en Médicos sin Fronteras.

Entre ellos, por ejemplo, diabéticos que ya no pueden permitirse comprar insulina. La miseria de los inmigrantes se extiende a los griegos. Hasta hace apenas medio año, cuando me asomaba a la calle desde el balcón de mi casa, veía a inmigrantes que re-volvían entre los cubos de basura, en busca de algo para comer. En las últimas semanas, se han unido a ellos cada vez más griegos. No quieren revelar su miseria, por eso hacen su ronda a primera hora de la mañana, cuando las calles están casi desiertas.

Está claro que los beneficiarios y los defraudadores no tienen tales preocupaciones. Apenas sienten que el país está en crisis. Antes de que Grecia entrase en esta situación, ya habían trasladado su dinero al extranjero. Mientras que los bancos griegos han perdi-do en los últimos 18 meses alrededor de 6.000 millones de euros, los bancos extranjeros —especialmente los suizos— se frotan las manos.

Y también son los beneficiarios quienes, en evidente sintonía con el Partido Comunista, abogan por el retorno del dracma. Cuentan con multiplicar su riqueza y poder así com-prar, con toda tranquilidad, una importante parte del patrimonio del Estado, que —ya sea con euros o con dracmas— deberá ser privatizado forzosamente, pues el Estado ca-rece de recursos.

Una tercera —y fatal— coalición la forman el Gobierno griego y los agricultores, que también son a su vez miembros del partido de los beneficiarios. Desde la entrada de Grecia en la Comunidad Económica Europea (CEE) en el año 1981 todos los gobiernos griegos se han quejado del destino de sus “pobres campesinos” y han proclamado que éstos merecían una vida mejor. Hace tiempo que estos agricultores se han asegurado una vida mucho mejor, gracias a las subvenciones agrícolas de la Unión Europea.

Dichas subvenciones se repartían de forma arbitraria, sin revisar y sin comprobar si los subsidios solicitados se correspondían con la producción real. Los agricultores enterra-ban sus productos, proporcionaban cifras falsas y se llevaban el dinero. Además, el Banco Agrícola Griego les otorgaba generosos créditos que, a día de hoy, todavía no han sido devueltos.

Mientras, en el Gobierno, los amigos de los agricultores no ejercían presión alguna, porque los votos del campo eran muy valiosos. En la actualidad el Banco Agrícola está en quiebra y estos campesinos se pasean por su pueblo en sus Jeep Cherokee.

» El segundo de los cuatro partidos en los que Grecia se divide en la actualidad podría denominarse el partido de los honrados, aunque yo prefiero llamarlo el partido de los mártires. A este partido pertenecen los dueños de pequeñas y medianas empresas, sus trabajadores y los pequeños autónomos, por ejemplo los taxistas o los técnicos. Ellos rebaten la opinión, tan extendida en Europa, de que los griegos son unos comodones y se zafan del trabajo. Trabajan duro y pagan religiosamente sus impuestos. Sin embargo, aunque el partido de los mártires es el mayor de los grupos no parlamentarios, no es lo suficientemente fuerte para aliarse con nadie. Por eso lo explotan por todas partes. Son los que mayores sacrificios realizan a causa de la crisis, por eso me gusta llamarlos mártires.

El mayor golpe para la pequeña y mediana empresa es la recesión. El desolador paisaje de las tiendas o negocios vacíos comienza a ser un elemento común en todos los barrios de Atenas, incluso en las zonas comerciales más elegantes. Por ejemplo, la calle Patis-sion. La Patission, como la llaman los atenienses, es la más antigua de las tres calles en las que se divide el centro de la capital y se considera el bulevar de la clase media. Como vivo por esa zona, conozco muy bien la calle. La Patission estaba siempre muy mal iluminada, pero no importaba porque los escaparates brillaban con luz propia. Estos días, por la noche la calle está oscura como boca de lobo: uno de cada dos comercios ha cerrado y los que todavía siguen abiertos, intentan sobrevivir a golpe de ofertas especia-les.

En la calle Aiolous, una vía también situada en el centro y que siempre había constituido un destino comercial para aquellos con menos ingresos, la situación es aún más terrible. Quedan todavía algunas tiendas, pero están vacías, los clientes no acuden a comprar. Así que la calle Aiolous se ha convertido en una zona peatonal sin peatones. “¿Cuánto tiempo podré aguantar?”, me preguntaba la dueña de una pequeña tienda de ropa de caballero en la que entré a comprar calcetines. “Pueden pasar días hasta que aparece un cliente”. En los últimos tiempos, uno vacila mucho antes de entrar en un comercio, porque, tan pronto como se ha cruzado el umbral, el dueño o los dependientes le bombardean a uno con lúgubres noticias.

La dueña de la tienda de ropa de caballero no aguantó mucho: cuando el sábado pasado regresé a la calle Aiolous, su negocio también había cerrado. Una amiga de mi hermana trabaja en una pequeña empresa especializada en la construcción de viviendas. Es la única empleada: el dueño se ha visto obligado a despedir al resto del personal. ¿Quién quiere construir casas cuando por todas partes hay viviendas en venta que tampoco compra nadie? Hace siete meses que la amiga de mi hermana no cobra su sueldo, sin embargo, está feliz porque, al menos, conserva su puesto de trabajo.

Lo peor para los miembros del partido de los mártires es el desánimo. Han perdido la esperanza. Para ellos, tras la crisis no se esconde perspectiva alguna de alcanzar un futu-ro mejor. Cuando uno habla con ellos, no es posible dejar de pensar que solo están espe-rando a que llegue el final. Cuando una gran parte de la sociedad no logra reunir el op-timismo necesario, significa que la vida es en verdad agobiante. En muchos de los blo-ques de viviendas en los que viven ciudadanos con ingresos escasos o moderados ya no se enciende la calefacción. Las familias carecen de dinero para gasóleo, o prefieren uti-lizarlo para otras cosas. Yo no conduzco. Tengo un taxista que me lleva o me recoge del aeropuerto. Su nombre es Thodoros, no está casado y vive solo. (…) “Mire yo pago por el alquiler de este taxi 350 euros a la semana. Trabajo los siete días, pero solo me llega para pagar el alquiler. Muchas veces tengo que poner yo mismo dinero”.

A los griegos les gusta ir en taxi, porque es muy barato. Por 3,20 euros se puede llegar a cualquier lugar en el centro de Atenas y una carrera un poco más larga nunca cuesta más de seis euros. Hasta hace medio año, en las horas centrales del día era casi imposible encontrar un taxi libre. Ahora por todas partes es posible ver largas colas de taxis a la espera de clientes, no solo al mediodía, sino también por la noche y durante el fin de semana. Y esto no es lo peor.

La recesión no es la única preocupación de los mártires. A pesar de que sus negocios ya no rinden, están obligados a pagar sus tributos por partida triple: primero, el Impuesto sobre la Renta, después diferentes impuestos adicionales y, por último, un complemento de solidaridad. Un impuesto este, el de solidaridad, que el año próximo deberán abonar en dos ocasiones, mientras que otro impuesto indirecto, el IVA, se incrementó dos veces durante el año pasado. Mientras que los defraudadores no pagan nada o casi nada de estos impuestos adicionales o del complemento de solidaridad, porque muchos no pre-sentan la declaración de Hacienda o disfrazan una gran parte de sus ingresos, los ciuda-danos honrados no pueden casi ni respirar.

Al grupo de los mártires pertenecen también los empleados y los trabajadores en paro del sector privado. En la actualidad, son muy pocos los trabajadores griegos a los que se les paga puntualmente su sueldo. La mayoría lo cobra en pequeñas cantidades y con un retraso de varios meses. Y todos pasan grandes dificultades y, sobre todo, viven angus-tiados, con el temor de que la empresa donde trabajan se vaya a pique de un día para otro.

La contención del consumo y la falta de créditos ha frenado el crecimiento económico del país y, por este motivo, son muchas las pequeñas empresas que se hunden estos días. Desaparecen, pero no se llevan consigo las numerosas deudas contraídas. Mi cuñado, representante de moda infantil, me contaba entristecido que solo la pasada semana había vivido tres casos semejantes. Es desesperante. Ahora, delante de las oficinas de empleo, se ven largas colas de parados que cada mes aguardan pacientemente la orden de pago con la que el banco debe transferirles su subsidio. Sin embargo, nunca pueden tener la certeza de que el pago llegue a principios de mes. A veces, tienen que esperar algo más para cobrar sus 416,50 euros, pues el número de parados no deja de crecer y a las ofici-nas de empleo se les termina el dinero.

Tras el colapso del aparato estatal y, sobre todo, del sistema fiscal, el Ministerio de Hacienda tuvo la brillante idea de cobrar impuestos a través de la factura de la luz. A quien no paga sus impuestos, se le corta la luz. He visto imágenes en la televisión griega de personas mayores que hacían cola en las oficinas de la compañía eléctrica para pagar el primer tramo de sus impuestos. Me entraban ganas de llorar. “El primer tramo as-ciende a 250 euros”, decía un hombre de unos sesenta y tantos años a la cámara. “A mí me dan una pensión de 400 euros, ¿cómo voy a vivir durante todo un mes con los res-tantes 150?”.

En ese momento, recordé mi regreso a Grecia en los años sesenta. Entonces me recibió una de las más curiosas estampas que uno pueda imaginar: de los tejados de alquitrán de muchas de las casas de una planta que poblaban los barrios obreros sobresalían llamativas varas de hierro. Eran horribles, pero representaban una promesa: el sueño de la segunda planta. El sueño del apartamento para el hijo o la hija en el piso de arriba. Durante toda su vida esa gente había ahorrado dinero para hacer realidad ese sueño, sacrificando cada céntimo. Y ahora se lo están quitando. Un sistema político en ruinas basado en su nepotismo tóxico y su falsa riqueza ha destrozado la dignidad de un pueblo.

» Otro partido es el partido de los Moloch, cuyos miembros han sido reclutados entre las filas del aparato estatal griego y sus empresas. El partido se divide en dos grupos. Al primero de ellos pertenecen los funcionarios y los empleados de los servicios públicos y las empresas estatales. En el segundo grupo se encuentran los sindicatos. El partido de los Moloch es el brazo no parlamentario del gobierno y el garante del sistema mercantil, pues está compuesto principalmente por cuadros y funcionarios del partido. (…)

El sistema tiene una historia muy larga, que se remonta al final de la guerra civil, en los años cincuenta. Fue entonces cuando los nacionalistas, ganadores en la contienda, llena-ron la Administración de compañeros de trinchera y fieles correligionarios. Era el premio por su lealtad a los ideales nacionalistas.

Después, en 1981 —poco después de la entrada de Grecia en la CEE— llegó al poder el primer gobierno del partido socialista, el Pasok. (…) Según este partido, tras el largo dominio de los partidos de derechas, el aparato estatal estaba condicionado para recha-zar las fuerzas liberales y resultaba imposible gobernar si su gente de confianza no ocu-paba los puestos clave en la Administración. Sin embargo, no se conformaron solo con los puestos clave, y muy pronto todo el aparato estaba en manos de miembros del Pasok y sus contactos. Casi uno de cada dos militantes del partido obtuvo durante estos años un puesto en la Administración.

Desde entonces, todos los gobiernos han comulgado con esta política de enchufes, hasta los primeros meses de la crisis. Hasta entonces había suficiente dinero, gracias a las subvenciones de la CEE y más tarde de la Unión Europea. Cuando el dinero escaseaba, se cubrían los agujeros a golpe de crédito.

La mayoría de los miembros del partido en la Administración no trabajan o hacen solo lo indispensable. Una amiga, ingeniera en un organismo estatal, me contaba su experiencia: hace un año llegó un nuevo compañero a la oficina. El primer día anunció: “Queridos compañeros y compañeras, he olvidado todo lo que aprendí en la universidad”. No trabajó ni un solo día y aquello no pareció contrariar a ningún superior.

Pero el partido de los Moloch está dividido. Una parte se sentiría mucho más cómoda en el partido de los mártires. Se trata de esos funcionarios que no accedieron a sus puestos a través de contactos en el partido, sino que tuvieron que realizar una oposición. Son los únicos funcionarios que trabajan de verdad, en ocasiones llevando la carga de dos o tres compañeros que son miembros del partido. Son las víctimas del sistema. (…)

» El cuarto y último partido de la sociedad griega es el que más me preocupa. Es el partido de los desesperanzados: los jóvenes griegos, sentados todo el día frente al orde-nador, buscando en internet, desesperados, un trabajo, sea donde sea. No son emigrantes como sus abuelos, que en los años sesenta llegaron a Alemania desde Macedonia y Tra-cia para buscar trabajo. Estos jóvenes han ido a la universidad, algunos incluso tienen un doctorado. Sin embargo, cuando terminan la carrera se van directos al paro. (…)

Ya sea a causa de la recesión, de las medidas de contención del gasto, del recorte de la deuda o de las reformas, el caso es que vamos a sacrificar a tres generaciones en nombre de la crisis. Hoy son los jóvenes los que más pierden; mañana lo seremos nosotros, por-que en algunos años nos faltarán las fuerzas para seguir luchando. (…)

Las generaciones nacidas después de 1981 no han crecido en una época de verdadera miseria, sino de falsa riqueza y les entra un ataque de pánico cuando tan solo se insinúa la palabra “renuncia”. La pobreza les resulta tan ajena como el desierto.

La espada de Damocles se publica en septiembre en español y está editado por Tusquets.

La amenaza de la amnesia alemana

Joschka Fischer

EL PAIS / 3 JUN 2012

La situación de Europa es grave, muy grave. ¿Quién habría pensado que el primer ministro británico, David Cameron, haría un llamamiento a los gobiernos de la zona del euro para que se armaran de valor a fin de crear una unión fiscal (con un presupuesto y una política fiscal comunes y una deuda pública garantizada en común)? Y Cameron sostiene también que la única forma de detener la desintegración del euro es una mayor integración política.

¡Un primer ministro británico conservador! La casa europea está ardiendo y Downing Street hace un llamamiento en pro de una reacción racional y resuelta por parte del cuerpo de bomberos.

Lamentablemente, el cuerpo de bomberos está dirigido por Alemania y su jefe es la canciller Angela Merkel. A consecuencia de ello, Europa sigue intentando apagar el fuego con gasolina —la austeridad impuesta por Alemania—, con lo que, en tan sólo tres años, la crisis financiera de la zona del euro ha llegado a convertirse en una crisis existencial europea.

No nos engañemos: si se desintegra el euro, lo mismo ocurrirá a la Unión Europea (la mayor economía del mundo), lo que desencadenará una crisis económica mundial que la mayoría de las personas vivas actualmente nunca han padecido. Europa está al borde del abismo y sin duda caerá en él, a no ser que Alemania —y Francia— cambien de rumbo.

Las recientes elecciones celebradas en Francia y en Grecia, junto con las locales en Italia y la continua zozobra existente en España e Irlanda, han mostrado que el público ha perdido la fe en la estricta austeridad que les ha impuesto Alemania. La cura de caballo de Merkel ha chocado con la realidad… y la democracia.

Una vez más estamos aprendiendo a base de palos que, cuando se aplica en plena crisis financiera grave, esa clase de austeridad sólo conduce a la depresión. Esa idea debería haber sido dominante; al fin y al cabo, fue una enseñanza fundamental que se desprendió de las políticas de austeridad del presidente Herbert Hoover en Estados Unidos y del canciller Heinrich Brüning en la Alemania de Weimar a comienzos de los años treinta del siglo pasado. Lamentablemente, Alemania, precisamente ella, parece haberla olvidado.

A consecuencia de ello, el caos se cierne sobre Grecia, como también la perspectiva de pánicos bancarios posteriores en España, Italia y Francia… y con ello una avalancha financiera que enterraría a Europa. ¿Y después? ¿Acaso debemos desechar lo que más de dos generaciones de europeos han creado: una inversión en masa en una construcción institucional que ha brindado el período más largo de paz y prosperidad en la historia del continente?

Una cosa es segura: la desintegración del euro y de la UE entrañaría la salida de Europa del escenario mundial. La política actual de Alemania es tanto más absurda en vista de las graves consecuencias políticas y económicas que afrontaría.

Corresponde a Alemania y a Francia, a Merkel y al presidente François Hollande, decidir el futuro de nuestro continente. La salvación de Europa depende ahora de un cambio fundamental en la posición en materia de política económica de Alemania y de la de Francia en materia de integración política y reformas estructurales.

Francia tendrá que aceptar una unión política: un gobierno común con control parlamentario común para la zona del euro. Los gobiernos nacionales de la zona del euro ya están actuando al unísono como gobierno de facto para abordar la crisis. Se debe llevar adelante y formalizar lo que está llegando a ser cada vez más cierto en la práctica.

Por su parte, Alemania tendrá que optar por una unión fiscal. En última instancia, eso significa garantizar la supervivencia de la zona del euro con la fuerza y los activos económicos de Alemania: adquisición ilimitada de bonos estatales de los países en crisis por parte del Banco Central Europeo, europeización de las deudas nacionales mediante eurobonos y programas de crecimiento para evitar una depresión en la zona del euro e impulsar su recuperación.

Podemos imaginar fácilmente cómo se despotrica en Alemania contra esa clase de programa. ¡Aún más deuda! ¡Pérdida de control de nuestros activos! ¡Inflación! Sencillamente, ¡no funciona!

Pero sí que funciona: el crecimiento de Alemania, basado en la exportación, se debe a esa clase de programas precisamente en los países en ascenso y los Estados Unidos. Si China y EE.UU. no hubieran bombeado dinero financiado en parte con deuda en sus economías a comienzos de 2009, la economía alemana habría recibido un golpe muy duro. Ahora los alemanes deben preguntarse si ellos, que han sido quienes más se han beneficiado de la integración europea, están dispuestos a pagar el precio que entraña o preferirían dejarla fracasar.

Además de la unificación fiscal y política y políticas de crecimiento a corto plazo, los europeos necesitan urgentemente reformas estructurales encaminadas a restablecer la competitividad de Europa. Cada uno de esos pilares es necesario para que Europa supere su crisis existencial.

¿Entendemos nosotros, los alemanes, nuestra responsabilidad paneuropea? Desde luego, no lo parece. De hecho, raras veces ha estado Alemania tan aislada como ahora. Prácticamente nadie entiende nuestra dogmática política de austeridad, que contradice toda experiencia, y se considera que hemos perdido el rumbo en gran medida, o que vamos como en un coche en dirección contraria a la del tráfico. Aún no es demasiado tarde para cambiar de dirección, pero ahora sólo nos quedan días y semanas, tal vez meses, en lugar de años.

Alemania se destruyó a sí misma –y el orden europeo– en dos ocasiones en el siglo XX y después convenció a Occidente de que había sacado las conclusiones oportunas. Sólo de ese modo, reflejado con la mayor claridad en su aceptación del proyecto europeo, obtuvo Alemania la anuencia para su reunificación. Sería a un tiempo trágico e irónico que una Alemania restaurada por medios pacíficos y con la mejor de las intenciones provocara la ruina del orden europeo por tercera vez.

Joschka Fischer, ministro de Asuntos Exteriores y Vicecanciller de Alemania de 1998 a 2005, fue un dirigente del Partido Verde alemán durante casi veinte años.

 

 

 

Eurodämmerung: el crepúsculo del euro

Paul Krugman analiza en su último libro,»¡Acabad ya con esta crisis!», la profunda depresión que atraviesa el mundo desarrollado

Durante los últimos años, comparar la evolución económica de Europa y la de EE UU se asemejaba a una carrera de cojos contra rengos; o, si lo prefieren de otro modo, una competición sobre quién puede pifiarla más a la hora de dar una respuesta a la crisis. Mientras escribo estas páginas, Europa parece llevar un pie de ventaja en la carrera hacia el desastre; pero démosle tiempo.

Si esto les parece despiadado, o suena a regodeo desde EE UU, permítanme ser más claro: las dificultades económicas que está sufriendo Europa son indudablemente terribles, y no solo por el sufrimiento que provocan, sino también por sus implicaciones políticas. Durante unos 60 años, Europa se ha entregado a un noble experimento: un intento de reformar, mediante la integración económica, un continente azotado por la guerra, para situarlo de forma permanente en el camino de la paz y de la democracia. Al mundo entero le interesa que el experimento sea un éxito y el mundo entero padecerá si fracasa.

El experimento comenzó en 1951, con la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). El nombre es prosaico, pero se trataba de un intento de muy nobles ideales, concebido para que la guerra resultara imposible en Europa. Al establecer el libre comercio en, vaya, el carbón y el acero —esto es, se eliminaron todos los aranceles y restricciones que gravaban los envíos económicos transfronterizos, de modo que las acerías pudieran comprar carbón al productor más cercano, aunque estuviera al otro lado de la frontera—, el pacto generaba beneficios económicos. Pero, al mismo tiempo, se garantizaba que las acerías francesas dependieran del carbón alemán, y viceversa; se esperaba que, así, cualquier futura hostilidad entre los países fuera tan tremendamente perjudicial que resultara impensable.

La CECA fue un gran éxito y sirvió de modelo para una serie de medidas similares. En 1957, seis países europeos fundaron la Comunidad Económica Europea, una unión aduanera con libre comercio entre sus miembros y aranceles comunes sobre las importaciones del exterior. En los años setenta, se unieron al grupo Reino Unido, Irlanda y Dinamarca; mientras tanto, la Comunidad Europea iba ampliando su papel, prestando ayuda a las regiones más pobres y fomentando los Gobiernos democráticos por toda Europa. A lo largo de los años ochenta, Grecia, España y Portugal, liberadas ya de sus dictadores, recibieron como recompensa la incorporación a la comunidad; y los países de Europa estrecharon sus lazos económicos armonizando las regulaciones económicas, eliminando puestos fronterizos y garantizando la libre circulación de sus trabajadores.

En cada estadio, los beneficios económicos derivados de una integración más profunda avanzaban parejos con un nivel cada vez más estrecho de integración política. Las políticas económicas nunca trataron solo de economía; siempre intentaban promocionar, además, la unidad europea. Por ejemplo, la utilidad económica del libre comercio entre España y Francia era igual de obvia durante el mandato de Franco que tras su muerte (y los problemas que supuso la entrada de España fueron tan reales tras su muerte como lo habrían sido antes), pero añadir al proyecto europeo una España democrática era un objetivo que valía la pena, y el libre comercio con un dictador, en cambio, no lo era. Y esto contribuye a explicar lo que ahora parece un error fatídico: la decisión de pasar a una moneda común. Las élites europeas estaban tan embelesadas con la idea de crear un poderoso símbolo de unidad que exageraron los beneficios de una moneda única e hicieron caso omiso de las advertencias al respecto de un inconveniente importante.

El problema de la moneda (única)

Existen, por supuesto, costes reales derivados del uso de varias monedas; costes que pueden evitarse si se adopta una moneda común. Los negocios entre dos países fronterizos son más caros si hay que cambiar divisas, tener a mano distintas monedas o mantener cuentas bancarias multidivisa. Los posibles tipos de cambio introducen incertidumbre; la planificación se complica y la contabilidad es más confusa cuando los ingresos y los gastos no están siempre en las mismas unidades. Cuantos más negocios haga una unidad política con sus vecinos, más problemático será que tenga una moneda independiente; es la razón que explica por qué sería una mala idea que Brooklyn, por decir algo, contase con su dólar propio, como sí hace Canadá.

Pero tener moneda propia también supone algunas ventajas nada desdeñables; la más conocida es cómo la devaluación —reducir el valor de la propia moneda en relación con las otras— puede, en ocasiones, facilitar el proceso de ajuste posterior a una crisis económica.

Situémonos ante el siguiente ejemplo, nada hipotético: España ha vivido buena parte de la última década fortalecida por un gigantesco auge inmobiliario, financiado por grandes entradas de capital proveniente de Alemania. Este auge ha alimentado la inflación y ha hecho subir los sueldos españoles en relación con los de Alemania. Pero, al final, resulta que el auge estaba hinchado por una burbuja que ahora ha estallado. Ahora, España tiene que reorientar su economía, dejando a un lado la construcción y volviendo otra vez a la industria. En este punto, sin embargo, la industria española no es competitiva, porque los sueldos españoles son demasiado altos comparados con los alemanes. ¿Cómo puede recuperar España su competitividad?

Una forma sería convencer a los trabajadores españoles de que acepten sueldos inferiores (o exigirles que lo hagan). Es la única vía real de la que disponer si España y Alemania comparten moneda, o si, como consecuencia de una directriz política no modificable, la moneda española se ha fijado frente a la moneda alemana.

Pero si España tiene su propia moneda, y está dispuesta a dejarla caer, para conservar sus sueldos le basta con devaluar la moneda. Si pasamos de 80 pesetas por marco alemán a 100 pesetas por marco, aunque los sueldos españoles en pesetas no cambien, habremos reducido de golpe los sueldos españoles un 20% en relación con los alemanes.

¿Por qué tiene que ser más fácil así que si negociamos una bajada de sueldos? La mejor explicación la ofrece Milton Friedman —ni más ni menos—, quien defendió los tipos de cambio flexibles en un artículo clásico de 1953 (The case for flexible exchange rates, en Essays in Positive Economics). Decía Friedman:

La defensa de los tipos de cambio flexibles es, por curioso que parezca, casi idéntica a la del cambio de hora en verano. ¿No resulta absurdo cambiar el reloj en verano cuando se podría conseguir exactamente lo mismo si cada persona cambiase sus costumbres? Lo único que se precisa es que cada persona decida llegar a la oficina una hora antes, comer una hora antes, etc. Pero, obviamente, es mucho más sencillo cambiar el reloj que guía a todas estas personas, en lugar de pretender que cada individuo por separado cambie sus costumbres de reacción ante el reloj, por más que todos quieran hacerlo. La situación es exactamente igual a la del mercado de divisas. Es mucho más simple permitir que un precio cambie —el precio de una divisa extranjera— que confiar en que se modifique una multitud de precios que constituyen, todos juntos, la estructura interna del precio.

Sin duda, Friedman está en lo cierto. Los trabajadores siempre se muestran reticentes a aceptar recortes en sus salarios, pero sobre todo se niegan si no están seguros de que otros trabajadores vayan a aceptar otros recortes similares y que el coste de la vida vaya a rebajarse igual que bajan los costes laborales. No conozco ningún país cuyas instituciones y mercado laboral le faciliten responder a la situación que acabo de describir para España por la vía del recorte salarial generalizado. Pero los países sí pueden sufrir, y de hecho sufren, importantes disminuciones de sus sueldos relativos de forma más o menos repentina, por la vía de la devaluación de la moneda; y lo hacen con trastornos relativamente menores.

Por lo tanto, fijar una moneda única implica ciertos sacrificios. De un lado, compartir moneda aumenta los rendimientos: disminuyen los costes empresariales y, es de suponer, mejora la planificación de los negocios. Del otro, se pierde flexibilidad, lo cual puede acarrear serios problemas si llegan a producirse choques asimétricos como el hundimiento de un boom inmobiliario cuando tiene lugar solo en algunos países, no en todos.

Es difícil cuantificar el valor de la flexibilidad económica. Y es aún más difícil cuantificar los beneficios obtenidos por compartir moneda. Disponemos, no obstante, de abundantes estudios económicos sobre los criterios para determinar una zona monetaria óptima, un tecnicismo feo, pero útil, para aludir a un grupo de países que se beneficiarían de una fusión de sus monedas. ¿Qué dicen esos textos?

En primer lugar, no tiene sentido que unos países compartan moneda de no ser que entre ellos exista un gran comercio. En la década de 1990, Argentina fijó el valor del peso en 1 dólar estadounidense, en teoría de forma permanente, lo cual, aunque no significaba lo mismo que abandonar su moneda, se pretendía que fuese lo más parecido. Sin embargo, resultó ser una operación abocada al fracaso que terminó en devaluación e impago. Y una de las razones por las que estaba condenada al fracaso era que Argentina no mantenía un vínculo económico tan estrecho con EE UU, que solo supone el 11% de sus importaciones y el 5% de las exportaciones. Así, por una parte, cualesquiera que fuesen los beneficios obtenidos al otorgar seguridad empresarial en lo tocante al tipo de cambio dólar-peso, estos quedaron en poco porque Argentina comerciaba escasamente con EE UU. Por otra parte, Argentina estaba sometida al mismo tiempo a las fluctuaciones de otras monedas, en especial a las grandes caídas frente al dólar tanto del euro como del real brasileño, lo que implicaba precios excesivos para las exportaciones argentinas.

A este respecto, a Europa no parecía irle mal: los países europeos realizan aproximadamente el 60% de su comercio entre sí, y el suyo es un comercio muy profuso. Sin embargo, atendiendo a otros dos criterios importantes —la movilidad laboral y la integración fiscal—, Europa no parecía ni de lejos tan bien preparada para asumir una moneda única.

La movilidad laboral ocupaba un primer plano en el artículo que dio origen a todo el campo de estudio de la zona monetaria óptima, escrito en 1961 por el economista de origen canadiense Robert Mundell. Un resumen a grandes rasgos de la tesis de Mundell diría que los problemas de ajustarse a un boom en Saskatchewan y una depresión simultánea en la Columbia Británica (o viceversa) se reducirían bastante si los trabajadores se desplazaran libremente allí donde están los empleos. Y, de hecho, la mano de obra se mueve libremente por las provincias canadienses, exceptuando Quebec; y se mueve libremente por los distintos Estados de EE UU. Sin embargo, no se mueve libremente por los países de Europa. Aunque los europeos tienen, desde 1992, derecho legal a trabajar en cualquier parte de la Unión Europea, las divisiones lingüísticas y culturales son suficientemente grandes como para que incluso grandes diferencias en las tasas de desempleo ocasionen unas tasas migratorias muy modestas.

La importancia de la integración fiscal fue subrayada por Peter Kenen, de Princeton, pocos años después de la publicación del artículo de Mundell. Para ilustrar el punto de vista de Kenen, imaginemos una comparación entre dos economías que —dejando a un lado los paisajes— se parecen mucho en la actualidad: Irlanda y Nevada. Ambas tuvieron enormes burbujas inmobiliarias que han estallado, ambas cayeron en profundas recesiones que dispararon las tasas de desempleo y en ambos casos hay una elevada morosidad en las hipotecas de la vivienda.

Pero en el caso de Nevada, las crisis se han visto amortiguadas, en gran medida, gracias al Gobierno federal. Ahora Nevada está pagando muchos menos impuestos a Washington, pero los jubilados del Estado siguen cobrando los cheques de la Seguridad Social, y Medicare sigue pagándoles las facturas sanitarias; en consecuencia, la realidad es que el Estado está recibiendo mucha ayuda. Además, los depósitos de los bancos de Nevada están garantizados por una agencia federal, la Corporación Federal de Seguros de Depósitos (FDIC en sus siglas inglesas), y algunas pérdidas derivadas de la morosidad hipotecaria recaen sobre Fannie y Freddie, que cuentan con el respaldo del Gobierno federal.

Irlanda, por el contrario, está principalmente sola: tiene que rescatar a sus bancos, pagar las jubilaciones y costear la Sanidad a partir de sus propios ingresos, muy disminuidos. Por tanto, aunque la situación es dura en ambos lugares, Irlanda no está pasando por la crisis igual que Nevada.

Y nada de todo esto debería sorprendernos. Hace 20 años, a medida que la idea de pasar a una moneda común en Europa iba tomando visos de realidad, ya se comprendía perfectamente que la moneda única europea era problemática. De hecho, se desató un prolongado debate académico sobre la cuestión (en el que tuve ocasión de participar) y los economistas estadounidenses allí presentes se mostraron, en general, escépticos con respecto al euro; sobre todo porque EE UU parecía ofrecer un buen modelo de lo que se necesita para que una economía pueda contar con una moneda única, y Europa quedaba muy lejos de aquel modelo. La movilidad laboral, según creíamos, era demasiado escasa; y la ausencia de un Gobierno central, junto con la protección automática que habría ofrecido un Gobierno de esas características, se sumaba a las dudas.

Pero aquellas advertencias se pasaron por alto. El glamour —si es que podemos llamarlo así— de la idea del euro, la sensación de que Europa estaba dando un paso trascendental para terminar definitivamente con su historia bélica y convertirse en baluarte de la democracia fue, sencillamente, demasiado fuerte.

Cuando uno preguntaba cómo manejaría Europa las situaciones en las que algunas economías funcionasen bien al tiempo que otras se hundían —como sucede en la actualidad con Alemania y España— la respuesta oficial, más o menos, era que todos los países de la zona euro seguirían políticas fiables, de modo que no se producirían tales “choques asimétricos”; y, si de algún modo llegaba a darse un caso así, la reforma estructural flexibilizaría lo suficiente las economías europeas para permitir los ajustes necesarios.

Pero lo que ha ocurrido, en realidad, ha sido el mayor de todos los choques asimétricos. Y se debió a la propia creación del euro.

La euroburbuja

Oficialmente, el euro empezó a existir a principios de 1999, aunque los billetes y las monedas de euro no llegaron hasta tres años después. (También oficialmente, el franco, el marco, la lira, la peseta, etcétera, se convirtieron en valores del euro: 1 franco francés equivalía a 6,5597 euros, 1 marco alemán era igual a 1,95583 euros y así todas las demás monedas).

Y el euro tuvo un efecto inmediato fatídico: hizo que los inversores se sintieran seguros.

Más concretamente, hizo que los inversores se sintieran seguros al poner su dinero en países que antes se consideraban de riesgo. Los tipos de interés en el sur de Europa habían sido, históricamente, más altos que en Alemania, porque los inversores exigían una prima como seguro ante el riesgo de devaluación o mora. Con la llegada del euro, esas primas se desmoronaron: la deuda de España, de Italia, incluso la griega, se trataba como si fuera tan segura, o casi, como la deuda alemana.

Eso supuso un fuerte descenso en el coste del dinero prestado en el sur de Europa; y provocó enormes explosiones inmobiliarias que pronto se convirtieron en enormes burbujas inmobiliarias.

El mecanismo de estos auges y estas burbujas inmobiliarias es un poco distinto del que vivió la burbuja de EE UU: hubo menos extravagancias financieras, con mucho más peso de los préstamos directos por parte de bancos convencionales. No obstante, los bancos locales no tenían, ni de lejos, depósitos suficientes para respaldar el volumen de préstamo que movían, de modo que se volcaron en el mercado mayorista y solicitaron préstamos a los bancos del corazón de Europa —de Alemania, sobre todo—, que no estaba atravesando un auge comparable. Por tanto, hubo enormes flujos de dinero desde el corazón de Europa hacia su floreciente periferia.

Esa afluencia de capital alimentó auges que, a su vez, provocaron un aumento de sueldos: en la década siguiente a la creación del euro, el coste unitario de la mano de obra (con sueldos ajustados a la productividad) ascendió cerca de un 35% en el sur de Europa, comparado con el incremento de solo un 9% en Alemania. La industria del sur de Europa dejó de ser competitiva, lo cual a su vez significó que los países que estaban atrayendo grandes cantidades de dinero empezaron a registrar, a su vez, grandes déficits comerciales. Para que el lector se haga una idea de lo que sucedía —y del lío que ahora hay que desliar—, el cuadro adjunto indica el incremento de los desequilibrios comerciales dentro de Europa tras la introducción del euro. Una línea muestra el saldo de la balanza por cuenta corriente de Alemania (medida aproximada de la balanza comercial); la otra indica la balanza por cuenta corriente combinada de los países GIPSI (Grecia, Irlanda, Portugal, España e Italia). Esta ampliación del diferencial se halla en el núcleo de los problemas de Europa.

Pero pocos se dieron cuenta del gran peligro que suponía este proceso. Más bien al contrario, la mayoría mostraba una satisfacción que bordeaba la euforia. Hasta que la burbuja reventó.

La crisis financiera en EE UU fue el desencadenante del derrumbe europeo; pero este hundimiento habría llegado igualmente, más tarde o más temprano. Y, de repente, el euro se vio ante un enorme choque asimétrico, que se agravó mucho por la falta de una integración fiscal.

Pues el estallido de estas burbujas inmobiliarias —que se produjo algo más tarde que en EE UU, pero que en 2008 ya había recorrido un buen trecho— hizo más que hundir a los países de las burbujas en una recesión: además ha colocado sus presupuestos bajo una terrible presión. Los ingresos cayeron a la vez que caían la producción y el empleo; el gasto en los subsidios de desempleo se disparó,; y los Gobiernos se encontraron (o se colocaron ellos mismos) en una peligrosa posición a consecuencia de los gravosos rescates de los bancos, puesto que no solo garantizaron los depósitos, sino también, en numerosos casos, las deudas que sus bancos habían contraído con otros bancos en países acreedores. Por lo tanto, también se dispararon la deuda y el déficit, y los inversores se inquietaron. En vísperas de la crisis, los tipos de interés de la deuda irlandesa a largo plazo estaban ligeramente por debajo de las tasas de interés aplicadas a la deuda alemana, y las de España, solo un poco por encima; mientras estoy escribiendo estas palabras, las tasas españolas multiplican por 2,5 las alemanas, y las irlandesas llegan a cuadruplicarlas.

No tardaré en ocuparme de la respuesta política. Pero antes debo detenerme en algunos mitos muy extendidos. Pues la historia que probablemente haya oído usted acerca de los problemas de Europa —la historia que se ha convertido de facto en el argumento con el que se explica la política europea— es bastante distinta de la que acabo de contar.

El Gran Engaño europeo

En el capítulo 4 de este libro describí y desarmé la Gran Mentira sobre la crisis de EE UU: la que sostenía que los organismos gubernamentales habían provocado la crisis en su desacertado intento de ayudar a los pobres. Bien; Europa también tiene su propia narración distorsionada, un relato falso de las causas de la crisis que no solo interfiere en el camino de las soluciones reales sino que, de hecho, termina llevando a políticas que solo empeoran la situación.

No creo que quienes han extendido el falso relato sobre Europa sean tan cínicos como sus equivalentes de EE UU; no veo tanta deliberación para amañar los datos y sospecho que la mayoría cree realmente lo que dice. Por tanto, llamémoslo el Gran Engaño, mejor que la Gran Mentira. Aunque no está claro que esto mejore las cosas: sigue siendo un perfecto error y la gente que difunde esta doctrina tiene tan poco interés en escuchar pruebas contrarias como la derecha de EE UU.

He aquí, pues, el Gran Engaño europeo: la creencia de que la crisis europea se debe ante todo a la irresponsabilidad fiscal. Los países incurren en déficits presupuestarios excesivos —nos dice el cuento— y se endeudan en exceso, por lo que ahora lo importante es establecer unas normas que impidan que la historia se vuelva a repetir.

Pero seguro que algunos lectores están preguntándose ahora si esto no se parece mucho a lo que sucedió en Grecia. Y la respuesta es que sí, aunque hasta la historia de Grecia es más complicada. La cuestión, sin embargo, es que no se trata de lo que pasó en otros países en crisis; y, además, si todo esto no fuese más que un problema griego, no tendríamos la crisis que tenemos. Porque la de Grecia es una economía menor, que representa menos del 3% del PIB de los países del euro y solo cerca del 8% del PIB conjunto de los países del euro que están en crisis.

¿Hasta qué punto confunde la helenización del discurso en Europa? Tal vez se podría aducir irresponsabilidad fiscal también en el caso de Portugal, aunque en un grado distinto. Pero justo antes de la crisis, Irlanda tenía superávit presupuestario y una deuda baja; en 2006, George Osborne, que ahora dirige la política económica de Reino Unido, la calificó de “brillante ejemplo del arte de lo posible en la formulación de políticas económicas a largo plazo”. España también tenía superávit presupuestario y una deuda baja. Italia había heredado un elevado nivel de deuda de los años setenta y ochenta, cuando se practicaba una política verdaderamente irresponsable, pero aun así la deuda en cuanto porcentaje del PIB iba disminuyendo de forma constante.

¿Cómo se suma todo esto? En el segundo cuadro adjunto se indica la deuda como porcentaje del PIB para un país promedio de entre los países que ahora están en crisis: un promedio, ponderado en función del PIB, de las proporciones de deuda/PIB en los cinco países GIPSI (recordemos: Grecia, Irlanda, Portugal, España e Italia). Hasta 2007 inclusive, este promedio descendía de forma sostenida; o sea que, en lugar de transmitir una imagen de derrochadores, parecía que el grupo de los GIPSI, con el tiempo, mejoraría su situación fiscal. La deuda se disparó solo tras la llegada de la crisis.

Pero muchos europeos en puestos clave —sobre todo destacados políticos y funcionarios alemanes, aunque también los dirigentes del Banco Central Europeo y líderes de opinión de todo el mundo de las finanzas y la banca— están totalmente comprometidos con el Gran Engaño y ninguna prueba esgrimida en su contra les afectará. En consecuencia, el problema de hacer frente a esta crisis suele formularse en términos morales: los países tienen problemas porque han pecado, y ahora tienen que redimirse a través del sufrimiento.

Y este enfoque es funesto, a la hora de abordar los problemas reales a los que se enfrenta Europa.

Si contemplamos Europa, o más concretamente la zona euro, como un conglomerado, o sea, sumando las cifras de todos los países que usan el euro, no parece que tuvieran que encontrarse tan mal. Tanto la deuda privada como la pública son algo inferiores a las de EE UU, lo que hace pensar que deberían contar con más margen de maniobra; las cifras de inflación se parecen a las nuestras y no se aprecia el menor rastro de una crisis inflacionaria; y, por lo que añada el dato, Europa en su conjunto tiene un balance por cuenta corriente más o menos equilibrado, lo que significa que no necesita atraer capital de ninguna otra parte.

Pero Europa no es un conglomerado. Es una colección de países, cada uno con sus presupuestos (porque hay muy poca integración fiscal) y sus propios mercados laborales (porque hay poca movilidad laboral), pero sin sus propias monedas. Y esto ha provocado una crisis.

Pensemos en el caso de España, que, a mi modo de ver, es un caso emblemático de la crisis económica del euro; y dejemos de lado, por un momento, la cuestión del presupuesto gubernamental. Como ya hemos visto, durante los primeros ocho años de vida del euro, España recibió grandes flujos de dinero, que alimentaron una enorme burbuja inmobiliaria y, además, provocaron un considerable aumento de sueldos y precios en relación con las economías del núcleo de Europa. La esencia del problema español —de donde proviene todo lo demás— es la necesidad de reajustar los costes y los precios. ¿Cómo puede hacerse algo así?

Bien, podría conseguirse mediante la inflación en las economías de los países centrales. Supongamos que el Banco Central Europeo siguiera una política de dinero barato mientras el Gobierno alemán proponía un estímulo fiscal; esto supondría pleno empleo dentro de Alemania, aunque en España las tasas de desempleo continuaran siendo aún elevadas. Por lo tanto, los sueldos españoles no subirían mucho, si es que llegaban a subir, mientras que los alemanes sí crecerían bastante; de este modo, los costes españoles se mantendrían al mismo nivel mientras que los costes alemanes aumentarían. Y este ajuste, en el caso español, sería relativamente sencillo; no digo sencillo, solo relativamente sencillo.

Pero los alemanes sienten un odio verdaderamente profundo hacia la inflación, debido al recuerdo de la gran inflación de los primeros años veinte. (Curiosamente, recuerdan mucho menos las políticas deflacionistas de los primeros años treinta, que en realidad fueron las que abonaron el terreno para la ascensión al poder de el-lector-ya-sabe-quién. Volveremos sobre ello en el capítulo 11. Y quizá sea relevante, de forma más directa, que el Banco Central Europeo se constituyó con el mandato de mantener la estabilidad de los precios; y punto. Hasta qué extremo es vinculante este mandato es una pregunta abierta; yo sospecho que el BCE podría dar con un modo de justificar una inflación moderada, diga lo que diga su carta fundacional. Sin embargo, el ánimo que impera concibe la inflación como un demonio terrible, sin tomar en consideración las consecuencias que puede tener una política de inflación reducida.

Pensemos ahora en lo que esto implica para España; a saber, que tiene que ajustar los costes por medio de la deflación, que en la eurojerga se conoce como devaluación interna. Y eso sí es muy difícil de conseguir, porque los sueldos son casi rígidos, cuando se trata de bajarlos: solo caen despacio y de mala gana, por mucho que el país se enfrente a un fuerte desempleo.

Si hubiera dudas en torno a esta rigidez, la historia de Europa las disipará todas. Tomemos el caso de Irlanda, por lo general considerada una nación con mercados laborales muy flexibles (otro eufemismo para hablar de una economía en la que los patrones pueden despedir a los trabajadores, o recortarles los sueldos, con suma facilidad). Pese a que Irlanda lleva varios años sufriendo unas tasas de paro muy elevadas (próximas al 14%, en el momento de escribir estas páginas), los sueldos irlandeses solo han caído un 4% desde su pico más elevado. Es decir, Irlanda está consiguiendo una devaluación interna, en efecto; pero muy despacio. Es una historia parecida a la de Lituania, que no está en el euro pero ha rechazado la posibilidad de devaluar la moneda. En cuanto a España, el salario medio ha llegado a aumentar ligeramente pese a la fuerte tasa de desempleo, aunque tal vez solo se trate, en parte, de una ilusión estadística.

Y, por cierto, si quieren un ejemplo de la tesis de Milton Friedman —cuando afirmaba que, para recortar precios y salarios, lo más sencillo, con diferencia, es devaluar la moneda—, miren el caso de Islandia. Este pequeño país insular saltó a la fama por la magnitud de su desastre financiero, y quizá podríamos haber esperado que ahora estuviese aún peor que Irlanda. Pero Islandia declaró que no era responsable de las deudas de sus banqueros desbocados, y además contaba con la grandísima ventaja de tener aún su propia moneda, lo cual le facilitó mucho el camino para recuperar la competitividad: se limitaron a dejar caer la corona y, solo con eso, recortaron sus sueldos en un 25% en relación con el euro.

Sin embargo, en España no hay moneda propia. Esto significa que, para ajustar el nivel de costes, España y otros países tendrán que atravesar un largo periodo de tiempo con tasas de desempleo elevadísimas, lo suficientemente altas como para que vayan forzando una muy lenta reducción salarial. Y aquí no termina todo. Los países que ahora se ven obligados a ajustar los costes son los mismos que tuvieron la mayor acumulación de deuda privada antes de la crisis. Ahora se enfrentan a la deflación, que incrementará el peso real de aquel endeudamiento.

Pero ¿qué pasa con la crisis fiscal, las tasas de interés aplicadas a la deuda gubernamental, que se han disparado en el sur de Europa? En gran medida, esta crisis fiscal es un producto derivado del estallido de las burbujas y el descontrol de los costes. Cuando estalló la crisis, el déficit se puso por las nubes, y la deuda también aumentó mucho de golpe cuando los países con problemas actuaron para rescatar sus sistemas bancarios. Y la vía a la que los Gobiernos recurren habitualmente para abordar las cargas del endeudamiento —una combinación de inflación y crecimiento, tal que reduzca la deuda en relación con el PIB— no es un camino viable para los países de la zona euro, que, por el contrario, están condenados a años de deflación y estancamiento. No debe sorprendernos, entonces, que los inversores se pregunten si los países del sur de Europa estarán dispuestos a devolver todas sus deudas, o si serán capaces de hacerlo.

Pero la historia tampoco acaba aquí. Aún hay otro elemento en la crisis del euro, otra debilidad causada por la moneda común, que ha cogido a muchas personas por sorpresa; y aquí me incluyo entre ellas. Resulta que los países sin moneda propia son muy vulnerables a caer víctimas de un pánico que acarrea su propio cumplimiento; un pánico en el que el empeño de los inversores por evitar pérdidas por impago termina desencadenando precisamente el impago temido.

El primero en señalarlo fue el economista belga Paul de Grawe, cuando hizo ver que las tasas de interés de la deuda británica son muy inferiores a las de la española —el 2% frente al 5%, respectivamente, en el momento de escribir—, pese a que Reino Unido tiene más deuda y más déficit y, posiblemente, una perspectiva fiscal peor que la española, aun teniendo en cuenta la deflación de España. Pero tal como apuntó De Grawe, España se enfrenta a un riesgo del que Reino Unido está libre: la congelación de la liquidez.

¿Qué quiere decir esto? Casi todos los Gobiernos modernos tienen una deuda cuantiosa, y no toda son bonos a treinta años; hay mucha deuda a cortísimo plazo, con un vencimiento de tan solo unos meses, además de bonos a dos, tres o cinco años, un buen número de los cuales vence en cualquier año dado. Los Gobiernos dependen de su capacidad de refinanciar la mayor parte de esta deuda; de hecho, venden bonos nuevos para pagar los viejos. Si, por alguna razón, los inversores se negasen a comprar bonos nuevos, hasta un Gobierno esencialmente solvente podría verse obligado al impago.

¿Puede suceder algo así en EE UU? No, en realidad, no; porque la Reserva Federal podría intervenir, y lo haría, comprando la deuda federal, imprimiendo de hecho más dinero para pagar las facturas del Gobierno. Tampoco podría ocurrirle a Reino Unido, a Japón o a cualquier otro país que pide prestado el dinero en su propia moneda y dispone de su propio banco central. Pero sí les puede suceder a cualquiera de los países que están ahora en la zona euro, que no pueden contar con que el Banco Central Europeo les dé efectivo en caso de emergencia. Y si un país de la zona euro se ve obligado a no pagar sus deudas por esta clase de restricción del efectivo, tal vez nunca logre devolver la deuda por completo.

Esto crea, inmediatamente, la posibilidad de una crisis que acarree su propio cumplimiento, en la que el temor de los inversores ante un posible impago derivado de la falta de efectivo les llevaría a rechazar los bonos de ese país, lo cual provocaría la misma falta de dinero que temían. Y pese a que todavía no se ha producido una crisis de este tipo, es fácil ver cómo la inquietud constante ante la posibilidad de que estalle una de ellas puede llevar a los inversores a pedir tasas de interés más elevadas para mantener la deuda de los países susceptibles, en potencia, de caer en esta clase de pánico autorrealizante.

Evidentemente, desde principios de 2011, el euro ha supuesto una clara penalización: los países que usan el euro tienen que afrontar costes de préstamo más elevados que otros países con un panorama económico y fiscal parecido, pero que mantienen la moneda propia. No se trata solamente de España frente a Reino Unido; mi comparación favorita reúne a los tres países escandinavos: Finlandia, Suecia y Dinamarca. Aunque todos ellos son dignos de considerarse países de alta solvencia, sin embargo, Finlandia (que está dentro del euro) ha visto cómo sus costes de préstamo se incrementan sustancialmente más que los de Suecia (que ha conservado su moneda propia, con libre flotación) e incluso los de Dinamarca (que mantiene un tipo de cambio fijo con respecto al euro, pero conserva su moneda y, por tanto, la posibilidad de salir por sí sola del apuro, si falta el efectivo).

Salvar el euro

Dados los problemas que está sufriendo el euro en la actualidad, se diría que los euroescépticos —los que advirtieron a Europa de que, en realidad, no estaba bien preparada para tener una moneda única— estaban en lo cierto. Además, aquellos países que decidieron no adoptar el euro —Reino Unido, Suecia— lo están pasando mucho menos mal que sus vecinos del euro. Así pues, los países europeos que ahora tienen problemas ¿deberían invertir el curso, sencillamente, y volver a sus monedas independientes?

No necesariamente. Hasta los euroescépticos como yo nos damos cuenta de que romper el euro ahora que ya existe se pagaría muy caro.

En primer lugar, cualquier país que pareciera candidato a abandonar el euro se enfrentaría, de inmediato, a una descomunal estampida bancaria, puesto que los depositantes correrían a desplazar sus fondos a otras euronaciones más sólidas. Y la vuelta del dracma o de la peseta provocaría enormes problemas legales, cuando todo el mundo intentara esclarecer el significado de las deudas y los contratos expresados en euros.

Además, un cambio de postura radical en relación con el euro representaría una derrota política terrible para el proyecto europeo más amplio de unidad y democracia a través de la integración económica; y este proyecto, como dije al principio, es muy importante no solo para Europa sino para el mundo entero.

En consecuencia, sería mejor encontrar una forma de salvar al euro. ¿Cómo se podría conseguir?

Lo primero, y más urgente, es que Europa ponga coto a los ataques de pánico. De un modo u otro, tiene que haber garantías de una liquidez adecuada —garantías de que los Gobiernos no se quedarán sin dinero a consecuencia del pánico en el mercado—, comparables a las que existen en la práctica para los Gobiernos que asumen préstamos en su propia moneda. La forma más clara de lograrlo sería que el Banco Central Europeo estuviera preparado para comprar bonos gubernamentales de los países del euro.

En segundo lugar, esos países cuyos costes y precios se deben ajustar —los países europeos que han venido generando grandes déficits comerciales, pero que no pueden continuar haciéndolo— necesitan vías realistas de retorno a la competitividad. A corto plazo, los países con excedente tienen que ser la fuente de una gran demanda de exportaciones. Y, con el tiempo, si este camino no termina conllevando una deflación carísima en los países deficitarios, tendrá que implicar una inflación moderada, pero significativa, en los países excedentarios, y una tasa de inflación algo menor pero aún importante —digamos de un 3% o 4%— para la zona euro en su conjunto. Todo esto exige una política monetaria muy expansiva por parte del Banco Central Europeo, además de un estímulo fiscal en Alemania y unos pocos países más pequeños.

Por último, aunque las cuestiones fiscales no están en el meollo del problema, en el punto actual los países deficitarios tienen problemas de déficit y endeudamiento y tendrán que poner en práctica medidas de considerable austeridad fiscal, durante un tiempo, para ordenar sus sistemas fiscales.

Esto es lo que se necesitaría, probablemente, para salvar el euro. Pero ¿qué posibilidades hay de que lo veamos?

El Banco Central Europeo nos ha sorprendido de manera positiva desde que Mario Draghi relevó a Jean-Claude Trichet en la presidencia. Cierto es que Draghi se negó en redondo a admitir que el banco comprara bonos procedentes de los países en crisis. Pero encontró un modo de conseguir un resultado más o menos similar por la puerta de atrás: anunció un programa por el cual el BCE avanzaría préstamos ilimitados a los bancos privados y aceptaría bonos de los Gobiernos europeos como garantía secundaria. El resultado ha sido que, en el panorama general (al menos, mientras escribo estas páginas), el pánico autorrealizante parece menos inminente y, con ello, las tasas de interés de los bonos europeos se han reducido.

Pese a esto, sin embargo, los casos más extremos —Grecia, Portugal e Irlanda— siguen excluidos de los mercados de capital privado. Por lo tanto, han dependido de una serie de programas de préstamo ad hoc, establecidos por una troika compuesta por los Gobiernos europeos más fuertes, el BCE y el Fondo Monetario Internacional. Por desgracia, la troika siempre ha proporcionado el dinero en cantidad insuficiente y sin la celeridad necesaria. Además, a cambio de estos préstamos de emergencia, los países deficitarios se han visto obligados a imponer programas de recorte de gastos inmediatos y draconianos, además de subidas de los impuestos. En consecuencia, estos programas los empujan a pozos aún más hondos y siguen siendo demasiado escasos aun en términos exclusivamente presupuestarios, ya que las economías en recesión también sufren la caída de los ingresos tributarios.

Mientras tanto, no se ha hecho nada para ofrecer un entorno en el que los países deficitarios encuentren una vía razonable para recuperar su competitividad. Mientras los países con déficit se ven forzados a adoptar medidas de austeridad salvajes, los países con superávit se han metido por su cuenta en programas de austeridad, lo cual socava las esperanzas de un crecimiento de las exportaciones. Y en lugar de admitir que la inflación tiene que ser un poco más alta, el Banco Central Europeo subió los tipos de interés en la primera mitad de 2011, para responder a una amenaza de inflación que solo existía en su imaginación (más adelante dio marcha atrás al incremento de los tipos, pero para entonces ya se había hecho mucho daño).

¿Por qué Europa ha respondido tan mal a su crisis? Ya he apuntado parte de la respuesta: muchos dirigentes del continente parecen decididos a helenizar el cuento y creer que quienes atraviesan dificultades —no solo Grecia— han llegado ahí por culpa de la irresponsabilidad fiscal. Y, con esta premisa falsa, se busca un remedio falso: si el problema era el despilfarro fiscal, la rectitud fiscal debería ser la solución. Se presenta la economía como una obra moral, pero con otra vuelta de tuerca: en realidad, los pecados por los que se pena jamás tuvieron lugar.

Pero esta es solo una parte de la historia. Que Europa sea incapaz de afrontar sus problemas reales, y que insista en enfrentarse a fantasmas inexistentes, no es en modo alguno exclusiva de este continente. En 2010, buena parte de la élite que determina las políticas a ambos lados del Atlántico se enamoró perdidamente de una serie relacionada de falacias sobre la deuda, la inflación y el crecimiento. Trataré de explicar las falacias y abordaré, también, una tarea mucho más ardua: clarificar por qué tantas personas importantes decidieron apoyar esas falacias. Pero será ya en el capítulo.

Discurso de Helmut Schmidt (4 de diciembre de 2011)

Discurso “Alemania en y con Europa” de Helmut Schmidt, ex canciller alemán, ante el Congreso Federal Ordinario del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) el 4 de diciembre de 2011 en Berlín.

¡Queridos amigos, Señoras y Señores!

Déjenme comenzar con una observación personal. Cuando Sigmar Gabriel, Frank- Walter Steinmeier y mi partido me invitaron una vez más a colaborar, recordé con placer cómo, hoy hace 65 años, Loki y yo pintábamos de rodillas en el suelo carteles para el SPD en Hamburg-Neugraben. No obstante, debo reconocer al mismo tiempo que a la vista de toda la política del partido ya me encuentro, por mi edad, más allá del bien y del mal. Desde hace tiempo, considero más importante ocuparme de los cometidos de nuestra nación y de su papel en el insoslayable marco de la Unión Europea.

Al mismo tiempo, me satisface poder compartir esta tribuna con nuestro vecino noruego Jens Stoltenberg, quien, en medio de una honda desgracia para su país, nos ha dado un ejemplo a seguir a nosotros y a todos los europeos, de un liderazgo constitucional, liberal y democrático irreductible.

Como el anciano que ya soy, uno piensa de forma natural a muy largo plazo, tanto hacia el pasado en la historia, como hacia delante, hacia un futuro esperado y ambicionado. Sin embargo, desde hace unos días no puedo encontrar una respuesta clara a una cuestión muy sencilla. Wolfgang Thierse me preguntó: “¿Cuándo será Alemania, por fin, un país normal?” Y yo le respondí: En un plazo previsible, Alemania no será un país “normal”, debido a nuestra monstruosa y, sin embargo, extraordinaria carga histórica. Y además a ello se opone nuestra posición central sobreponderada tanto demográfica como económicamente, en medio de este continente nuestro tan pequeño pero dividido en tantos Estados nacionales.

Y así me hallo en medio del complejo tema de mi discurso: Alemania en, con y para Europa.

Motivos y orígenes de la integración europea

Aún cuando en algunos pocos Estados de los alrededor de 40 que conforman Europa, la conciencia actual de nación se ha desarrollado más bien de forma tardía, como en Italia, Grecia y Alemania, siempre ha habido por todas partes sangrientas guerras. Podemos interpretar esta historia europea, desde el punto de vista centroeuropeo, como una serie interminable de luchas entre la periferia y el centro y, viceversa, entre el centro y la periferia, siendo el centro una y otra vez el campo de batalla decisivo.

Cuando los soberanos, los Estados o los pueblos del centro de Europa eran débiles, sus vecinos de la periferia avanzaban hacia el débil centro. La mayor destrucción y las mayores pérdidas en proporción en vidas humanas tuvieron lugar en la Guerra de los Treinta Años entre 1618 y 1648, con Alemania como escenario principal. Alemania era entonces un puro concepto geográfico, definido vagamente solo por el área de habla alemana. Más tarde llegaron los franceses bajo el reinado de Luis XIV y, de nuevo, bajo Napoleón. Los suecos solo llegaron una vez, a diferencia de los ingleses y los rusos, la última vez bajo Stalin.

Pero cuando las dinastías o los Estados del centro de Europa eran fuertes, ¡o cuando se sentían fuertes!, entonces eran ellos quienes atacaban la periferia. Así sucedió ya en las Cruzadas, que eran al mismo tiempo expediciones de conquista, no solo en dirección a Asia Menor y Jerusalén, sino también en dirección a la Prusia oriental y a los tres países bálticos actuales. En la Edad Moderna, fueron la guerra contra Napoleón y las tres guerras de Bismarck, en los años 1864, 1866 y 1870-71.

Lo mismo vale especialmente para la “Segunda Guerra de los Treinta Años” desde 1914 hasta 1945. Vale especialmente para los ataques de Hitler hasta el cabo Norte, hasta el Cáucaso, hasta la isla griega de Creta, hasta el sur de Francia e incluso hasta Tobruk, junto a la frontera entre Libia y Egipto. La catástrofe de Europa, provocada por Alemania, incluyó la catástrofe de los judíos europeos y la catástrofe de la nación alemana.

No obstante, los polacos, los países bálticos, los checos, los eslovacos, los austriacos, los húngaros, los eslovenos y los croatas ya habían compartido previamente el destino de los alemanes, en tanto que todos ellos, desde hace siglos, han sufrido debido a su posición geopolítica central en este pequeño continente europeo. Dicho de otro modo: muchas veces, nosotros, los alemanes, hemos hecho sufrir a otros por nuestra posición de fuerza centralizada.

Hoy en día, son los derechos territoriales encontrados, los conflictos lingüísticos y fronterizos, que todavía desempeñaron un papel muy importante en la primera mitad del siglo XX en la conciencia de las naciones, los que de facto han perdido amplia-mente su significado, al menos para nosotros, los alemanes.

Mientras en la conciencia de la opinión pública y en la opinión oficial de las naciones de Europa se ha perdido en gran medida el conocimiento y el recuerdo de las guerras de la Edad Media, el recuerdo de las dos guerras mundiales del siglo XX y de la ocupación alemana sigue jugando un papel dominante latente.

Para nosotros, los alemanes, me parece que lo determinante es que casi todos los vecinos de Alemania –y, además, casi todos los judíos del mundo– se acuerdan del Holocausto y de las atrocidades que se cometieron durante la ocupación alemana de los países de la periferia. Nosotros, los alemanes, no somos lo suficientemente conscientes de que en casi todos nuestros países vecinos es probable que siga existiendo durante muchas generaciones un recelo latente contra los alemanes.

También las futuras generaciones de alemanes deberán vivir con esta carga histórica. Y las actuales no deben olvidar que fue el recelo hacia un desarrollo futuro de Alemania lo que motivó, en 1950, el inicio de la integración europea. Churchill tenía dos motivos en 1946, cuando en su gran discurso a los franceses en Zúrich apeló a reconciliarse con los alemanes y a formar con ellos los Estados Unidos de Europa: en primer lugar, la defensa común ante lo que parecía una amenaza, la Unión Soviética, y en segundo lugar, la integración de Alemania en una asociación occidental más amplia. Y es que Churchill preveía el resurgimiento de Alemania.

Cuando en 1950, cuatro años después del discurso de Churchill, Robert Schuman y Jean Monnet diseñaron el Plan Schuman para agrupar la industria pesada de la Europa Occidental, el motivo fue el mismo: la integración de Alemania. Charles de Gaulle, quien diez años más tarde tendió la mano a Konrad Adenauer en un gesto de reconciliación, también actuó movido por el mismo motivo.

Todo esto sucedía desde una conclusión realista de un desarrollo futuro considerado posible y, al mismo tiempo, temido, del poder alemán. No fue el idealismo de Victor Hugo, el que apeló a la unión de Europa en 1849, ni ningún otro idealismo, los que estuvieron detrás de los inicios de la integración europea de 1950-52, limitada en aquel entonces a la Europa Occidental. En aquel entonces, los jefes de Estado de Europa y Estados Unidos (como George Marshall, Eisenhower o también Kennedy, pero sobre todo Churchill, Jean Monnet, Adenauer y de Gaulle o también de Gasperi y Henri Spaak) no actuaron movidos, en absoluto, por un idealismo europeo, sino desde el conocimiento de la historia europea hasta la fecha. Actuaron desde una visión realista por la necesidad de evitar que se prolongara la lucha entre la periferia y el centro alemán. Aquellos que no hayan comprendido este motivo inicial de la integración de Europa, que aún hoy sigue siendo un elemento fundamental, carecen de una condición previa imprescindible para poder resolver la actual crisis europea, marcada por una gran precariedad.

Cuanto más peso adquiría la entonces República Federal Alemana en el aspecto económico, militar y político durante los años 60, 70 y 80 del siglo pasado, tanto más les parecía a los dirigentes de los Estados europeos occidentales que la integración europea era una garantía contra la posibilidad de que los alemanes se dejaran seducir, una vez más, por la política de la fuerza. Las reticencias iniciales de, p. ej., Margaret Thatcher, Mitterrand o Andreotti en 1989-90 contra una reunificación de las dos naciones alemanas surgidas tras la guerra, se basaba claramente en la preocupación ante una Alemania fuerte en el centro de este pequeño continente europeo.

En este momento me permito un pequeño inciso personal. Escuché a Jean Monnet cuando participaba en su comité “Pour les États-Unis d’Europe”. Corría el año 1955. Jean Monnet es uno de los franceses con una mayor visión futurista y progresista que he conocido en mi vida –por cierto, también en materia de integración por su concepto de un proceso gradual hacia la integración de Europa.

Desde entonces, me convertí en un entusiasta de la integración europea desde el punto de vista del interés estratégico de la nación alemana, no desde el idealismo, y en un entusiasta de la implicación de Alemania, y lo sigo siendo. (Eso me llevó a una controversia sin importancia para Kurt Schumacher, mi muy estimado presidente del partido, pero muy seria para mí, que regresaba de la guerra con apenas 30 años.) Me llevó en los años 50 a aceptar los planes del entonces ministro de Exteriores polaco Rapacki. A comienzos de la década de los 60, escribí un libro en contra de la estrategia occidental oficial de la represalia estratégica nuclear, con la que entonces la OTAN amenazaba a la poderosa Unión Soviética y en la que seguimos estando integrados en la actualidad.

La Unión Europea es necesaria

De Gaulle y Pompidou continuaron en la década de los 60 y los 70 con la integración europea, para involucrar a Alemania, pero no querían comprometer su propio Estado a toda costa. Posteriormente, el buen entendimiento que existió entre Giscard d’Estaing y yo, condujo a un periodo de cooperación franco-germana y a la continuación de la integración europea que, tras la primavera de 1990 prosiguió con éxito entre Mitterrand y Kohl. Paralelamente, desde 1950-52 hasta 1991 la Comunidad Europea fue creciendo gradualmente de seis Estados miembros a doce.

Gracias a los trabajos preparatorios de Jacques Delors (entonces Presidente de la Comisión Europea), Mitterrand y Kohl firmaron en 1991 en Maastricht el acuerdo para el nacimiento de la moneda común, el euro, que diez años después, en el 2001, se convirtió en una realidad. La razón, no obstante, se hallaba en la inquietud francesa ante una Alemania predominante, para ser más preciso: ante un marco alemán fuerte.

Desde entonces, el euro se ha convertido en la segunda moneda más importante de la economía mundial. Esta moneda europea posee, tanto en las relaciones internas como externas, mayor estabilidad que el dólar estadounidense y ha sido más estable que el marco alemán en sus últimos diez años. Todo lo dicho y escrito sobre una presunta “crisis del euro” no es más que palabrería frívola de medios, periodistas y políticos.

Sin embargo, desde Maastricht en 1991-92, el mundo ha experimentado profundos cambios. Hemos vivido la liberación de las naciones del Este de Europa y la implosión de la Unión Soviética. Hemos vivido el increíble auge de China, India, Brasil y otros “países emergentes”, a los que antes se conocía colectivamente como el “tercer mundo”. Al mismo tiempo, las economías nacionales reales de la mayor parte del mundo se han “globalizado”, es decir: casi todos los países del mundo dependen los unos de los otros. Sobre todo, los actores de los mercados financieros globalizados han adquirido, por el momento, un poder incontrolado.

Pero simultáneamente, y casi de forma imperceptible, la humanidad se ha multiplicado rápidamente hasta llegar a los 7000 millones de personas. Cuando yo nací apenas éramos 2000 millones. ¡Todos estos profundos cambios han tenido enormes consecuencias para los pueblos de Europa, sus Estados y su bienestar!

Por otro lado, todas las naciones europeas están envejeciendo, y por doquier disminuye su población. A mediados de este siglo, se prevé que la población de la Tierra llegue incluso a los 9000 millones de habitantes, mientras que la población conjunta de las naciones europeas solo representará el 7 por ciento de la población mundial. ¡El 7 por ciento de 9000 millones! Hasta el año 1950, los europeos habían representado durante dos siglos más del 20 por ciento de la población mundial. Pero desde hace 50 años, los europeos somos cada vez menos, no solo en cifras absolutas, sino sobre todo en relación con Asia, África y Latinoamérica. Igualmente disminuye la aportación de los europeos al producto social mundial, es decir, a la creación de valor de toda la humanidad. Hasta el 2050 disminuirá a un 10 por ciento, aproximadamente; en 1950 todavía era del 30 por ciento. En 2050 cada una de las naciones europeas será únicamente una fracción del 1 por ciento del total de la población mundial. Es decir: si queremos albergar la esperanza de que nosotros, los europeos, jugaremos un papel importante en el mundo, solo lo podremos conseguir conjuntamente. Porque como Estados aislados, ya sea Francia, Italia, Alemania o bien Polonia, Holanda, Dinamarca o Grecia, ni siquiera representaremos un tanto por ciento de la población mundial, sino solamente un tanto por mil.

De ahí el interés estratégico de los Estados europeos a largo plazo por su unión integradora. Este interés estratégico por la integración europea cobra cada vez mayor importancia. Algo de lo que hasta ahora no son conscientes las naciones en su mayor parte. Tampoco sus Gobiernos les conciencian al respecto.

Pero si la Unión Europea no alcanza en las próximas décadas una capacidad de acción conjunta, ni que sea limitada, puede producirse una marginación auto infligida de cada uno de los Estados europeos y de la civilización europea. Tampoco podemos excluir, en dicho caso, un resurgimiento de las pugnas por la competencia y el prestigio entre los Estados que conforman Europa. En tal caso, apenas podría desarrollarse la integración de Alemania. El antiguo juego entre el centro y la periferia podría repetirse de nuevo.

El proceso de divulgación a nivel mundial, de la extensión de los derechos de todos los seres humanos y de su dignidad, de la garantía constitucional y de la democratización dejaría de recibir un impulso efectivo de Europa. A la luz de estos aspectos, la comunidad europea se convierte en algo vital para los Estados nacionales de nuestro antiguo continente. Esta necesidad va más allá de los motivos de Churchill y de Gaulle. Pero también trasciende los motivos de Monnet y de Adenauer, al igual que los de Ernst Reuter, Fritz Erler, Willy Brandt e, incluso, Helmut Kohl.

Y yo añado que todo esto es cierto, pero seguimos hablando de la implicación de Alemania. Por esta razón, nosotros, los alemanes, debemos ser conscientes de nuestra propia tarea, de nuestro propio papel en el marco de la integración europea.

Alemania precisa continuidad y fiabilidad

Si observamos Alemania a finales del año 2011 desde el exterior con los ojos de nuestros vecinos, tanto los directos como otros más alejados, veremos que, desde hace una década, Alemania provoca malestar y, últimamente, también inquietud política. En los últimos años han aflorado serias dudas sobre la firmeza de la política alemana. La confianza en la fiabilidad de la política alemana está dañada.

Estas dudas e inquietudes se deben a errores en la política exterior de nuestros políticos y Gobiernos alemanes y a la fortaleza económica de la Alemania reunificada, que sorprende al mundo. Nuestra economía nacional ha evolucionado desde los años 70, cuando todavía estaba dividida en dos, hasta convertirse en la mayor de Europa. Es una de las economías nacionales más potentes en la actualidad en el aspecto tecnológico, político-financiero y socio-político. Nuestra fortaleza económica y nuestra paz social, tan estable comparativamente desde hace décadas, también han despertado envidias, especialmente porque nuestra tasa de desempleo y nuestra tasa de endeudamiento están claramente dentro de la normalidad internacional. Ahora bien, no somos plenamente conscientes de que nuestra economía está integrada en gran medida tanto en el mercado común europeo como, al mismo tiempo, en el mundo globalizado y, por ello, depende de la coyuntura mundial. Por esta razón, en los próximos años experimentaremos un crecimiento muy discreto de nuestras exportaciones.

Al mismo tiempo, se ha producido una anomalía grave en el desarrollo, concretamente unos superávits enormes y continuados de nuestra balanza comercial y de nuestra balanza de pagos. Los superávits suponen desde hace años alrededor del 5 por ciento de nuestro producto social. Son muy similares a los excedentes de China. Es algo de lo que no somos conscientes porque no se refleja en superávits en marcos alemanes, sino en euros. Pero es necesario que nuestros políticos también sean conscientes de esta circunstancia.

Y es que todos nuestros superávits son, en realidad, los déficits de otros países. Los créditos que les hemos concedido a sus deudas. Se trata de una irritante infracción del “equilibrio de la economía exterior”, que nosotros convertimos, en su día en un ideal jurídico. Esta infracción debe intranquilizar a nuestros socios. Y cuando recientemente, voces extranjeras, mayoritariamente estadounidenses, aunque ya proceden de otros muchos países también, exigen a Alemania un papel de líder europeo, todo esto también despierta en nuestros vecinos más suspicacias y recelos. Y despierta malos recuerdos.

Esta evolución de la economía y la crisis simultánea de la capacidad de acción conjunta de los órganos de la Unión Europa han empujado a Alemania a adoptar, una vez más, un papel principal. Conjuntamente con el presidente francés, la canciller alemana ha aceptado este papel de buen grado. Pero en muchas capitales europeas, así como en los medios de algunos países vecinos, aflora de nuevo una preocupación creciente por la dominancia alemana. Esta vez no se trata de un abrumador poder centralizado de tipo militar y político ¡sino de un abrumador centro económico!

Llegados a este punto, es necesario advertir de forma ponderada a los políticos alemanes, a los medios y a nuestra opinión pública.

Si nosotros, los alemanes, nos dejáramos llevar, por nuestra fortaleza económica, a reclamar un papel de liderazgo político en Europa o, al menos, a actuar como primus inter pares (primero entre iguales), una creciente mayoría de nuestros países vecinos se opondría a ello activamente. La inquietud de la periferia ante un centro europeo demasiado fuerte resurgiría rápidamente. Las consecuencias probables de dicha evolución serían destructivas para la UE. Y Alemania caería de nuevo en el aislamiento.

La República Federal Alemana, tan grande y tan eficiente, necesita, ¡también para protegerse de nosotros mismos!, la inclusión en la integración europea. Por ello, desde 1992, desde los tiempos de Helmut Kohl, el artículo 23 de la Constitución alemana nos obliga a colaborar “… en el desarrollo de la Unión Europea”. Para esta colaboración, el artículo 23 también nos obliga al “principio de subsidiariedad…”. La crisis actual de la capacidad de acción de los órganos de la UE no altera en absoluto estos principios.

Nuestra posición geopolítica central, nuestro desafortunado papel en la historia europea hasta mediados del siglo XX, así como nuestra productividad actual, requiere de cada Gobierno alemán un elevado nivel de solidaridad para con nuestros socios de la UE. Y nuestra ayuda resulta imprescindible.

Nosotros, los alemanes, no hemos sido los únicos que han contribuido a nuestra enorme reconstrucción de las últimas seis décadas y no se ha conseguido solo por nuestros propios medios. No habría sido posible sin la ayuda de las potencias vencedoras occidentales, sin nuestra inclusión en la comunidad europea y en la OTAN, sin la ayuda de nuestros vecinos, sin el resurgimiento político en Europa del Este y sin el fin de la dictadura comunista. Nosotros, los alemanes, tenemos motivos para estar agradecidos. Y al mismo tiempo debemos demostrar que somos dignos de la solidaridad que recibimos entonces con nuestra propia solidaridad hacia nuestros vecinos.

Al contrario, aspirar a un papel propio en la política mundial y al prestigio político mundial sería bastante inútil, probablemente incluso perjudicial. En todo caso, la cooperación estrecha con Francia y Polonia, así como nuestros vecinos y socios en Europa, sigue siendo indispensable.

Estoy convencido de que el interés cardinal, estratégico a largo plazo de Alemania radica en no aislarse y en no dejarse aislar. Un aislamiento dentro de Occidente sería peligroso. Un aislamiento dentro de la Unión Europea o de la Eurozona sería muy peligroso. Para mí, este interés de Alemania está claramente por encima de los intereses tácticos de cualquier partido político.

Los políticos alemanes y los medios alemanes tienen la condenada obligación y el deber de defender esta visión constantemente ante la opinión pública.

Pero cuando alguien da a entender que hoy y en el futuro se hablará alemán en Europa; cuando un ministro de Asuntos Exteriores alemán opina que las apariciones televisivas en Trípoli, El Cairo o Kabul son más importantes que los contactos políticos con Lisboa, Madrid, Varsovia o Praga, con Dublín, La Haya, Copenhague o Helsinki; cuando otro opina que tiene que impedir una “unión de transferencias” europea, entonces todo eso es pura fanfarronería nociva.

¡Es cierto que Alemania ha sido un pagador neto durante décadas! Podíamos permitírnoslo y lo hemos hecho desde la época de Adenauer. Y por supuesto, los receptores netos siempre eran Grecia, Portugal o Irlanda.

Hoy en día, la clase política alemana quizá no es suficientemente consciente de esta solidaridad. Pero hasta ahora era algo natural. E igual de natural, y desde Lisboa contractualmente obligatorio, es el principio de subsidiariedad: la Unión Europea deberá asumir las tareas que un Estado no pueda regular o superar por sí mismo.

Desde el Plan Schuman, Konrad Adenauer aceptó las ofertas francesas siguiendo un instinto político correcto y con las reticencias tanto de Kurt Schumacher, como, más tarde, de Ludwig Erhard. Adenauer valoró correctamente el interés estratégico de Alemania a largo plazo, ¡a pesar de la sostenida división de Alemania! Todos sus sucesores, incluyendo a Brandt, Schmidt, Kohl y Schröder, han continuado con la política de integración de Adenauer. Todas las tácticas de la política diaria, de la política interior y exterior nunca han puesto en tela de juicio el interés estratégico de los alemanes a largo plazo. Por eso, nuestros vecinos y socios han podido confiar durante décadas en la continuidad de la política europea de Alemania, y independientemente de los cambios de Gobierno. La continuidad también es aconsejable en el futuro.

La situación actual de la UE requiere dinamismo

Las contribuciones alemanas de concepto se daban siempre por supuestas. Y así debería ser, también, en el futuro. Por otro lado, no deberíamos anticiparnos al futuro lejano. De todos modos, las modificaciones contractuales podrían corregir solo en parte los hechos consumados, las omisiones y los fallos cometidos en Maastricht hace veinte años. Las propuestas actuales de modificación del Tratado de Lisboa en vigor me parecen poco útiles para el futuro inmediato, cuando uno recuerda las dificultades que se han venido teniendo con la ratificación por parte de todas las naciones, o por los referéndums no aprobados por la población.

Por eso estoy de acuerdo con el Presidente de la República Italiana, Giorgio Napolitano, que a finales de octubre, en un discurso memorable, exigió que hoy nos concentremos en lo que es necesario hacer hoy. Y que además debemos agotar las posibilidades que nos brinda el Tratado de la UE en vigor, especialmente para reforzar las normas presupuestarias y la política económica en el área monetaria del euro.

¡La actual crisis de la capacidad de acción de los órganos de la Unión Europea creados en Lisboa no puede durar años! Con la excepción del Banco Central Europeo, estos órganos –el Parlamento Europeo, el Consejo Europeo, la Comisión Europea y los Consejos de Ministros– han aplicado solo unas pocas medidas eficaces desde la superación de la aguda crisis bancaria de 2008 y especialmente desde la posterior crisis de endeudamiento de los Estados.

No hay ninguna fórmula magistral para superar la actual crisis de liderazgo de la UE. Son necesarios muchos pasos, algunos simultáneos, otros sucesivos. No solo se necesitará discernimiento y dinamismo, ¡sino también paciencia! A este respecto, las aportaciones de concepto alemanas no pueden limitarse a eslóganes. No deberían exponerse en la televisión, sino confidencialmente en los grupos de los órganos de la UE. Nosotros, los alemanes, no debemos presentar a nuestros socios europeos nuestra normativa económica ni social, y tampoco nuestro sistema federativo ni financiero y presupuestario, como ideal o como norma, sino únicamente como un ejemplo más entre otros.

Todos somos responsables de las consecuencias futuras en Europa de lo que hace o deja de hacer actualmente Alemania. Para ello necesitamos el sentido común europeo. Pero no solo necesitamos sentido común, también un corazón compasivo para con nuestros vecinos y socios.

En un punto importante coincido con Jürgen Habermas, que ha afirmado recientemente que –cito– “¡¡…por primera vez en la historia de la UE vivimos un retroceso de la democracia!!” (fin de la cita). Y así es: ¡no solo el Consejo Europeo junto con su Presidente, también la Comisión Europea junto con su Presidente, y los diversos Consejos de Ministros y toda la burocracia de Bruselas, todos ellos han dejado de lado el principio democrático! En aquella época en que introdujimos el sufragio popular para el Parlamento Europeo, caí en el error de pensar que el Parlamento cobraría importancia por sí mismo. De hecho, hasta ahora no ha ejercido ninguna influencia reconocible en la superación de la crisis, porque sus consejos y decisiones no han mostrado hasta ahora ningún efecto público.

Por ello quisiera apelar a Martin Schulz: Ya es hora de que usted y sus colegas cristianodemócratas, socialistas, liberales y verdes, se hagan escuchar conjuntamente ante el espacio público, pero de forma drástica. Probablemente el campo más adecuado para dicha reafirmación del Parlamento Europeo sea la supervisión, a todas luces insuficiente desde el G20 de 2008, de los bancos, de las bolsas y de sus instrumentos financieros.

Ciertamente, miles de agentes financieros de EE.UU. y Europa, a los que se han sumado algunas agencias de calificación, han tomado como rehenes a los responsables políticos de Europa. No cabe esperar que Barack Obama haga mucho al respecto. Lo mismo digo del Gobierno británico. Es verdad que en 2008-2009 los gobiernos de todo el mundo rescataron a los bancos con garantías y con el dinero de los contribuyentes. Pero desde 2010 esta horda de gestores financieros, extremadamente inteligentes pero propensos a la psicosis, han vuelto a jugar su viejo juego de beneficios y bonificaciones. Un juego de azar en el que salen perdiendo los que no juegan y que Marion Döhnhoff y yo ya tildamos de muy peligroso en los años 90.

Si nadie más quiere actuar, deberán hacerlo los países del euro. Para ello puede servir la vía indicada en el artículo 20 del actual Tratado de Lisboa de la UE. Aquí se prevé expresamente que uno o varios miembros de la UE “…instauren entre sí una cooperación reforzada”. En todo caso, los Estados participantes en la moneda común deberían desarrollar conjuntamente para la zona euro regulaciones de intervención de sus mercados financieros comunes. Desde la separación, por un lado entre bancos comerciales convencionales y, por otro, bancos de inversión y bancos en la sombra, pasando por la prohibición de ventas al descubierto de títulos a futuro, y la prohibición de negociar con derivados, si no está permitido por los consejos reguladores oficiales de las bolsas, hasta la limitación eficaz de las operaciones que afectan al espacio monetario europeo por parte de las agencias de calificación no supervisadas por el momento. No quiero seguir agobiándoles, Señoras y Señores, con otros pormenores.

Por supuesto que el lobby bancario globalizado se opondría por todos los medios. Hasta ahora ha evitado todas las regulaciones interventoras. Ha conseguido que sus hordas de agentes pongan en serios apuros a los Gobiernos europeos, que han tenido que inventar una y otra vez “paquetes de rescate” – y ampliarlos con “palanca”. Ya va siendo hora de oponer resistencia. Cuando los europeos reúnan el valor y la fuerza para una regulación interventora de los mercados financieros, podremos volver a medio plazo a una zona de estabilidad. Pero si fallamos, el peso de Europa seguirá disminuyendo, y el mundo avanzará hacia un duunvirato entre Washington y Pekín.

Para el futuro inmediato de la zona euro siguen siendo ciertamente necesarios todos los pasos anunciados y considerados hasta ahora. Entre ellos están los fondos de rescate, los límites superiores de endeudamiento y su control, una política económica y fiscal común, y además una serie de reformas nacionales que afectan a la política fiscal, de gasto, social y del mercado laboral. Pero será también forzosamente inevitable un endeudamiento común. Nosotros, los alemanes, debemos renunciar a ser egoístas con nuestros intereses nacionales.

Pero tampoco debemos, bajo ningún concepto, propagar por toda Europa una política de deflación extrema. Creo más bien que Jacques Delors tenía razón cuando pedía, junto con el saneamiento de los presupuestos, iniciar y financiar al mismo tiempo proyectos que fomenten el crecimiento. Ningún Estado puede sanear su economía sin crecimiento, sin nuevos puestos de trabajo. Quien así lo crea, que Europa puede sanearse con recortes presupuestarios, debería estudiar las fatales consecuencias de la política de deflación de Heinrich Brüning en 1930-32. Desencadenó una depresión y una cifra de paro insoportable y además provocó al hundimiento de la primera democracia alemana.

A mis amigos

Como colofón, queridos amigos: en realidad, nosotros, los socialdemócratas, no debemos dejarnos predicar tanto la solidaridad internacional. Porque la socialdemocracia alemana es, desde hace siglo y medio, favorable a la internacionalidad– en mucho mayor medida que generaciones de liberales, conservadores o nacionalistas alemanes. Nosotros, los socialdemócratas, nos hemos aferrado tanto a la libertad como a la dignidad de cada ser humano. Nos hemos aferrado al mismo tiempo a la democracia representativa y parlamentaria. Estos valores fundamentales nos obligan hoy en día a la solidaridad europea.

Por supuesto que también en el siglo XXI Europa estará formada por Estados nacionales, cada uno con su propio idioma y su propia historia. Por esta razón, seguramente no nacerá de Europa ningún Estado federal. Pero la Unión Europea tampoco puede degenerar en una simple unión de Estados. La Unión Europea debe seguir siendo una unión dinámica y en desarrollo. No hay ningún ejemplo de ello en toda la historia de la humanidad. Nosotros, los socialdemócratas, debemos contribuir al despliegue gradual de esta unión.

Cuanto mayor se vuelve uno, más piensa en periodos de tiempo prolongados. También como hombre anciano me aferro todavía firmemente a los tres principios fundamentales del programa de Bad Godesberg: libertad, justicia y solidaridad. A este respecto, dicho sea de paso, pienso que la justicia reclama hoy en día sobre todo igualdad de oportunidades para los niños, los escolares y la gente joven en general.

Cuando echo la vista atrás al año 1945 o más atrás, al año 1933 – entonces acababa de cumplir 14 años-, el progreso al que hemos llegado en la actualidad, me parece casi increíble. El progreso que los europeos hemos alcanzado desde el Plan Marshall de 1948, desde el Plan Schuman de 1950, que hemos alcanzado gracias a Lech Walesa y Solidarnosz, gracias a Vaclav Havel y a la Carta 77, gracias a aquellos alemanes de Leipzig y Berlín Oriental desde el gran cambio de 1989-91.

Si bien hoy en día la mayor parte de Europa disfruta de los derechos humanos y de la paz, esto no nos lo podíamos ni imaginar en 1918, ni en 1933, ni en 1945. Por lo tanto, ¡trabajemos y luchemos para que esta Unión Europea, única en toda la historia, supere su debilidad actual con firmeza y seguridad en sí misma!