Historia, memorias y usos políticos de la Guerra Civil

El País19 Jul 2021/ JULIÁN CASANOVA

La Guerra Civil, de cuyo comienzo se cumplieron ayer 85 años, es el acontecimiento central de la historia del siglo XX español. Desde aquel verano de 1936 escritores de todas clases, novelistas, ensayistas e historiadores han intentado explicar sus causas y consecuencias, los conflictos más agudos y las políticas que los orientaron. Ningún periodo de nuestra historia ha generado tantos libros, testimonios, debates y disputas tan agrias (y estériles). Pero a pesar de todo lo que se ha dicho y escrito, la mayoría de los españoles no saben mucho sobre esa historia ni la han estudiado en los centros de enseñanza.

La Guerra Civil se manifestó en un violento combate político sobre cómo organizar la sociedad y el Estado. Para los españoles ha pasado a la historia por la tremenda violencia que generó, pero, pese a lo sangrienta y destructiva que pudo ser, debe medirse también por su impacto internacional, por el interés y la movilización que provocó en otros países.

En el escenario internacional, desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del comunismo y del fascismo, España era, hasta 1936, un país marginal, secundario. Todo cambió, sin embargo, a partir de la sublevación militar del 18 de julio. En unas pocas semanas, el conflicto español recién iniciado se situó en el centro de las preocupaciones de las principales potencias, dividió profundamente a la opinión pública, generó pasiones y España pasó a ser el símbolo de los combates entre fascismo, democracia y comunismo.

Dentro de esa guerra hubo varias y diferentes contiendas. En primer lugar, un conflicto militar, iniciado cuando el golpe de Estado enterró las soluciones políticas y puso en su lugar las armas. Fue también una guerra de clases, entre diferentes concepciones del orden social, una guerra de religión, entre el catolicismo y el anticlericalismo, una guerra en torno a la idea de la patria y de la nación, y una guerra de ideas que estaban entonces en pugna en el escenario internacional. Cristalizaron, en suma, batallas universales entre propietarios y trabajadores, Iglesia y Estado, entre oscurantismo y modernización, dirimidas en un marco internacional desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del comunismo y del fascismo.

España comenzó los años treinta con una república y acabó la década sumida en una dictadura fascista. Bastaron tres años de guerra para que la sociedad española padeciera una oleada de violencia y de desprecio por la vida del otro sin precedentes. Por mucho que se hable de la violencia que precedió a la Guerra Civil, para tratar de justificar su estallido, está claro que en la historia del siglo XX español hubo un antes y un después del golpe de Estado de julio de 1936. Y fue a partir de ese momento, y no antes, cuando se sucedieron, en grado sumo, todas las manifestaciones de violencia que había conocido Europa desde la Primera Guerra Mundial: la revolucionaria, contrarrevolucionaria, paramilitar, fascista/nacionalista, la de los asesinatos masivos, sobre todo en la retaguardia, y la de bombardeos sobre poblaciones civiles. De todas ellas, la violencia más específica y peculiar —en un país donde no había judíos ni conflictos territoriales o étnicos— fue la derivada de la conversión de la guerra en cruzada religiosa, guerra santa, y del odio anticlerical.

Esa guerra desembocó en una larga posguerra donde los vencedores tuvieron la firme voluntad de aniquilar a los vencidos. Cautivos y desarmados los rojos y sin la intervención de las potencias occidentales que habían derrotado a los fascismos, la dictadura de Franco recordó siempre la victoria en la guerra, llenando España de lugares de memoria, y administró un amargo castigo a quienes habían perdido. Las iglesias se llenaron de placas conmemorativas de los “caídos por Dios y la Patria”. Por el contrario, miles de asesinados por el terror militar y fascista nunca fueron inscritos ni recordados con una mísera lápida. Los vencidos temían incluso reclamar a sus muertos.

Desenterrar ese pasado resultó una labor ardua y costosa. Casi todo lo que se sabe hoy, 85 años después del inicio de aquella contienda bélica, ha sido fruto o bien del trabajo de hispanistas, los primeros en desafiar con métodos científicos los mitos de la Cruzada, o de una nueva generación de historiadores profesionales llegados a las universidades españolas en la transición y durante la democracia. Con muchos trabajos y muchas vueltas a la investigación hemos convertido la Guerra Civil y el franquismo en un objeto de estudio privilegiado en la historiografía sobre la España contemporánea.

Las diferentes memorias de aquellos hechos se cruzaron con ardor desde los años noventa, después de un largo periodo de indiferencia política y social hacia la causa de las víctimas de la represión franquista. Coincidió ese cambio con la importancia que en el plano internacional iban adquiriendo los debates sobre los derechos humanos y las memorias de guerra y dictadura. Una parte de la sociedad civil comenzó a movilizarse, se crearon asociaciones para la recuperación de la memoria histórica, se abrieron fosas en busca de los muertos que nunca fueron registrados y los descendientes de los asesinados por los franquistas, sus nietos más que sus hijos, se preguntaron qué había pasado, por qué esa historia de muerte y humillación se había ocultado y quiénes habían sido los verdugos.

Pero el registro del desafuero cometido por los militares sublevados y por el franquismo ha hecho también reaccionar, por otro lado, a conocidos periodistas, propagandistas de la derecha y aficionados a la historia, que han retomado los viejos argumentos de la manipulación franquista: fue la izquierda la que con su violencia y odio provocó la Guerra Civil y lo que hizo la derecha y gente de bien, con el golpe militar de julio de 1936, fue responder al “terror frentepopulista”. Todas las complejas y bien trabadas explicaciones de los historiadores profesionales quedan de esa forma reducidas a dos cuestiones: quién causó la guerra y quién mató más y con mayor alevosía. El juego de “equiparación” de víctimas y responsabilidades ha dominado en los últimos años la mayoría de las representaciones divulgadas en los medios de comunicación y ha sacado a la luz una clara confrontación entre las narraciones y los análisis de los historiadores y los usos políticos y recuerdos.

Los relatos y las memorias de la Guerra Civil y de la dictadura se han manifestado en un campo de batalla cultural y político, de apropiación de símbolos, con disputas sobre calles, memoriales y monumentos. La Guerra Civil, 85 años después, puede y debe debatirse, con muchas voces y matices. Se trata de explicar la historia, no de enfrentar la memoria de los unos a la de los otros. Y que la propaganda, las falsificaciones y las declaraciones políticas no sustituyan al conocimiento razonado y al análisis histórico.

La narrativa de Rafael Chirbes: entre las sombras de la Historia

Escrito en la Revista Turia por Fernando Valls

rafaelchirbesquinientosLa consagración como gran escritor parece haberle llegado a Chirbes tras la publicación de sus dos últimas novelas: Crematorio (2007) y En la orilla (2013), con las que ha obtenido –entre otros- el Premio de la Crítica. La primera apuntaba a una grave crisis económica y moral que, todavía larvada, estaba a punto de estallar, mientras que la segunda no hacía más que confirmar y completar el certero diagnóstico. Antes nos había proporcionado obras de indudable valor, desde la prometedora primera novela corta, Mimoun (1988), hasta el díptico formado por otras dos piezas de semejante intensidad: La buena letra (1992) y Los disparos del cazador (1994), o la novela generacional que es Los viejos amigos (2003), aunque todas ellas posean una notable entidad. De lo que se trataba, en suma, era de dejar constancia de setenta años de historia española, de lo público y lo privado, de la educación sentimental y la política, los negocios y la intimidad, destacando una serie de hechos que gran parte de la sociedad española, encabezada por los dirigentes políticos, parecía haber olvidado. No olvidemos que para Chirbes, como para Balzac, la novela consiste en contar la vida privada de las naciones, frase que nuestro autor ha recordado en más de una ocasión[1]. Por tanto, nos hallamos ante un empeño narrativo que podría encuadrarse muy bien en la tradición de los Episodios nacionales, uno de esos grandes relatos que abarcan toda una época, a pesar de que los teóricos de la posmodernidad nos hubieran anunciado no sólo su fin sino su falta de sentido.

Rafael Chirbes nació en 1949, en Tavernes de la Valldigna, un pueblo de Valencia situado en la comarca de la Safor. La suya era una familia obrera en un mundo de calculadores campesinos, como él mismo nos ha recordado, vinculada a Denia (“el Mediterráneo de mi infancia fue el de Denia”), donde vivía el abuelo. Quizá porque su padre, peón de vías y obras, murió cuando él tenía 4 años. Su madre trabajaba de guardabarreras y tras la guerra fue depurada. En una de las entrevistas que ha concedido, confesaba que su infancia estuvo llena de miedos y pudores. Cuando Rafael contaba sólo 8 años lo enviaron a estudiar a un colegio de huérfanos de ferroviarios, primero en Ávila y luego en León, como le ocurre a Rafael del Moral, el personaje de La larga marcha. Después, estuvo interno en Salamanca, donde sus compañeros solían ser hijos de la burguesía local, rompiendo con la igualdad que imperaba en las anteriores instituciones escolares. El radical cambio de paisaje y de clima, el frío seco de Ávila y el húmedo de León, y la separación de su familia, le resultó en parte trágico pero también excitante, como él mismo ha explicado. Este temprano alejamiento supuso además un cambio de lengua, pues el castellano se convirtió en su vehículo de cultura, al margen de que la lengua familiar hubiera sido siempre el valenciano.

Los estudios universitarios los realiza Chirbes en Madrid, licenciándose en Historia Moderna y Contemporánea en la Universidad Complutense. Durante esos años forma parte de un grupo de estudiantes de izquierdas denominado `El Seminario´, en el que también participan el que luego sería crítico literario y editor, Constantino Bértolo, el editor y articulista Manuel Rodríguez Rivero y Ana Puértolas, periodista de viajes, hermana de la escritora y musa del grupo. Pero en 1973, tras realizar el servicio militar, trabaja en diversas librerías de Madrid, hasta que en 1977 es contratado en Fez como profesor de Lengua e Historia española. Allí permanecerá dos años y de aquella experiencia surgirá Mimoun, cuyo narrador comparte algunas de las experiencias del autor. Cuando en 1979 regresa a España, colabora en diversas revistas del grupo Z, residiendo tanto en Madrid como en Barcelona, hasta que en 1982 un contrato en El Ideal Gallego lo traslada a La Coruña. Su siguiente trabajo periodístico lo lleva a La Gaceta Ilustrada, pero en 1984 entra a formar parte de la revista Sobremesa, donde permanece hasta el 2007 escribiendo reportajes sobre vinos y ciudades, de donde provienen sus libros Mediterráneos (1997), en el que recorre ciudades como Creta, Estambul, Lyon, Venecia, Alejandría o Roma, que es otra manera de reencontrase con sus orígenes, “el mar color de vino de Homero”; y El viajero sedentario. En Ciudades (2004) nos cuenta sus viajes por metrópolis de todo el mundo, como Pekín o Leningrado. Durante estos años cultivó, además, la crítica literaria en las revistas Ozono y Reseña, en donde coincide con el crítico Santos Alonso, defensor temprano y constante del valor de su obra.

Tras desempeñar varios oficios en diversas ciudades, a las citadas habría que añadir París, abandona definitivamente Madrid para instalarse en Valverde de Burguillos (Badajoz). En una entrevista que en 1992 le concede a Sofía Flórez, ésta le pregunta por qué se ha alejado de la capital, a lo que Chirbes responde: Madrid “es una ciudad donde trepas o te hundes, y sin ganas de inclinarme por ninguna de las dos perspectivas” se va a vivir a Extremadura y encuentra tiempo para escribir, aunque “tampoco se soluciona nada con irse”. En un momento dado regresa definitivamente a Beniarbeig (Alicante), donde sigue viviendo. Si bien debido a su trabajo como periodista y escritor ha recorrido numerosos países, tras hacer balance reconoce que no se cansa de volver a Valencia, París, Roma, Nápoles, Salamanca y Fez.

Chirbes confiesa escribir desde siempre, pues ya a los 5 años compuso un cuento, aunque comenzase a publicar tarde. Así, cuando en 1988 aparece Mimoun tiene en su haber otra novela, Las fronteras de África, que ha permanecido inédita. En aquella fecha ya empezaba a ser conocido en el mundo de las letras por sus trabajos de periodista y crítico literario. Tenía entonces 39 años y se identificaba con aquellos que Haro Tecglen denominó la generación bífida con motivo de la muerte de su hijo Eduardo Haro Ibars, aun cuando Chirbes no fuera de los que se acomodaron al poder, ni tampoco de los que se autodestruyeron, pues se ganó la vida como redactor y periodista, mientras iba componiendo poco a poco sus novelas, alejado de festejos literarios y sin gozar apenas de éxito, más allá del respeto de unos pocos lectores y de unos críticos que apostaron por su obra, hasta la publicación de Crematorio (2007), su definitivo reconocimiento en calidad de narrador imprescindible.

Con Mimoun fue finalista del Premio Herralde, que concede la editorial Anagrama, el mismo año que lo obtuvo Vicente Molina Foix con La quincena soviética. Cuenta la aventura que emprende un hombre que abandona Madrid en busca de paraísos perdidos, instalándose en Marruecos, donde consigue una modesta plaza de profesor en un instituto de Fez, mientras vive en el pequeño pueblo que da título al libro, cuyo nombre real es Oulad Mimoun, fuera de las rutas turísticas, con el fin de obtener la tranquilidad que necesita para escribir una obra literaria. Pero su experiencia se convierte en un descenso a los infiernos en los que Manuel, el protagonista, un personaje tan perplejo como indeciso y carente de voluntad, se enfanga en el alcohol y en las esporádicas relaciones sexuales, a veces colectivas, que mantiene con hombres y mujeres, con prostitutas.

Las expectativas de Manuel, en fin, no se cumplen, pues apenas consigue escribir, y finalmente tiene que abandonar la urbe, tras el miedo que le produce la muerte de un amigo francés, poeta, quien aparece muerto, quizás asesinado, y las amenazas que recibe. Lejos del fulgor y el cosmopolitismo con que se nos suele pintar Tánger, aquí Marruecos aparece como un lugar inhóspito y misterioso, repleto de tipos obsesionados con el sexo y el alcohol, más en la línea de Mohamed Chukri o Gean Genet que en la de Paul Bowles, muy lejos de aquel paraíso con el que Manuel había soñado. La novela corta, escrita en un lenguaje descarnado, aunque a rachas de un lirismo contenido, en el que no sólo el léxico francés sino el árabe gozan de una presencia singular, está plagada de antihéroes, ya se trate de profesores, ya de criadas, policías, poetas o campesinos. Pero, además, la ciudad, el paisaje y el clima, árido y lluvioso, también adquieren su parcela de protagonismo junto con los espacios cerrados, sean éstos casas o tabernas cochambrosas.

En la lucha final (1991), su siguiente obra, encontramos cambios significativos, pues abandona el relato lineal, se vale de un protagonista coral y utiliza diversos materiales para construir la narración, tales como testimonios, los dos monólogos con que concluye la primera parte, las páginas del diario de Ricardo, fechado entre 1984-1986, con el que arranca la segunda, y las primeras páginas de la novela de éste. Quizá sea hoy su novela menos valorada, aunque suponga un paso importante en su trayectoria narrativa al indicar el camino que seguirá. Aquí se vale de la perspectiva múltiple, si bien destacan tres personajes: Carlos, con casa en la Moraleja, es el más acaudalado, solo y el que tiene más miedo del grupo; Amelia, asesora en una editorial, se revelará muy ambiciosa, una mujer rubia de 40 años que odia el capitalismo pero disfruta todo lo que puede de sus ventajas, “una muñeca rusa que esconde siempre a otra Amelia”; y Ricardo Alcántara es un farsante acorralado tanto en su faceta de hombre, siendo homosexual engatusa a Amelia, como en la de escritor, puesto que plagia.

La novela está contada por un narrador innominado, amante actual de Amelia, de quien sabemos que es un escritor algo más joven que el resto de los personajes, a quienes observa y oye en sus testimonios con una cierta distancia para poder narrar su historia, que se convertirá en su segunda obra, lo que un posmoderno de hoy tacharía de novela reportaje. El desarrollo de la trama sigue la reconstrucción de los principales avatares del grupo de amigos, quienes en la universidad habían formado parte de grupúsculos de extrema izquierda. A los personajes citados habría que añadir: Pedro Ruibal, escritor y amante fracasado; José Bardón, de 43 años, catedrático de literatura y autor de éxito, de origen humilde, y Concha, su nueva esposa; Brines, un galerista de arte, bisexual, que trabaja para Carlos, pues ambos fueron pilaristas; Brull, amigo de Carlos, funcionario de la Comunidad Europea en Bruselas; y Santiago, el auténtico marginal, un camello que se ha prostituido y cuyo papel en la novela es el de “vengador del orgullo social que detectaba en ellos”, en los miembros del grupo. Todos bullen en esta pequeña colmena y quieren medrar, o al menos mantener sus posiciones, si bien el regreso de Ricardo trastoca el orden establecido.

Esta narración posee componentes líricos y metaliterarios, al proponer una serie de reflexiones sobre el éxito y el fracaso artísticos, el poder del mercado, etc.; al tiempo que confronta diversos modelos de escritor, aunque todos ellos terminen revelándose como un chasco en distinto grado. El narrador se vale, en fin, de sus testimonios, de una polifonía de voces distintas que se complementan, para componer la novela. Lo que Chirbes muestra, en suma, son varios fraudes, ejemplificados en la transformación ideológica de unos individuos que salieron del franquismo siendo rebeldes y acabaron vampirizados por el poder, adoptando una moral pragmática e hipócrita. Pero también rememora la educación sentimental de una generación: la amistad, el sexo, el amor y la atracción irracional, junto con la ingestión de alcohol, de cocaína y heroína con que trafican Ricardo y Santiago. La novela tiene algo de rompecabezas, de relato policíaco, en donde el misterioso narrador actúa a la manera de un detective, al indagar sobre unos hechos que pivotan sobre las consecuencias que trajeron consigo el regreso a Madrid de Ricardo y Silvia, y después el asesinato de Carlos, aun cuando ya no fueran aquellos viejos amigos de antaño.

Así, al concluir el relato conocemos cómo se ha producido la toma de conciencia de que: “En esta época una clase social solo puede entrar en otra a punta de navaja”. La acción transcurre en el Madrid de los años 80, una ciudad con poco espacio para el idealismo. La estructura resulta atípica y sorprendente, organizada en tres partes desiguales, compuestas por 108, 44 y 21 páginas, respectivamente, y un breve epílogo. Aunque el título de la novela provenga de la letra de la Internacional (“Agrupémonos todos,/ en la lucha final”)[2], tal vez –en esta ocasión- quiera indicarnos que la batalla que libran los personajes sea por adaptarse y triunfar dentro del sistema político y social imperante (gobierna el PSOE), no en favor de la igualitaria revolución comunista, que también fue un fiasco, y no menor, a pesar de sus intenciones iniciales. En fin, podríamos concluir que en la elección misma del cuadro de Otto Dix que aparece en la cubierta del libro, conocido como “Tríptico de la gran ciudad” o “Metrópolis” (1927-1928), se hallan las intenciones fundamentales del autor. Se trata de un retablo profano, de una danza de la muerte que nos muestra el mundo escindido de la República de Weimar años antes de la ascensión de Hitler, las diversiones de los locos años veinte y el disfrute de las nuevas músicas y bailes, mientras asoma todavía la miseria que dejó tras sí la Gran Guerra. Otra de las novedades de esta novela consiste en que se cita por primera vez al pintor Francis Bacon (pp. 11 y 182), quien reaparecerá en distintas obras del autor.

Sus dos siguientes narraciones, La buena letra (1992) y Los disparos del cazador (1994), publicadas de forma independiente en su momento, fueron recibidas como el haz y el envés de una historia semejante contada en un mismo género, la novela corta de Mimoun, que no volvería a utilizar. En el 2013, Chirbes ratifica el sentido de aquel vínculo editándolas juntas en un solo volumen en forma de díptico, bajo el título de Pecados originales (edición por la que cito), y encabezándolas con un sustancioso prólogo, en donde afirma: “Sobre todo, quería dejar constancia de eso: de la tremenda ilegalidad sobre la que se asentaba cuanto estábamos construyendo” (p. 9). No en vano, en La buena letra Chirbes les proporciona voz por primera vez a los vencidos en la guerra civil. Ana, la narradora y protagonista, es una anciana que toma la palabra para contarle a Manuel, su hijo, convertido en un desclasado y tosco negociante, la trágica historia de la familia, con el propósito de que entienda por qué se niega a vender la casa en que ha transcurrido gran parte de su existencia, y en donde sus descendientes pretenden construir un edificio nuevo con que enriquecerse. Sin embargo, Ana recuerda y escribe también para ordenar y entender su pasado, los años de la República, la guerra y las primeras décadas de la postguerra (“años de frío y oscuridad”), y dejar constancia del sufrimiento de los suyos, de su lucha por la supervivencia, del ansia de venganza que trajo consigo la Victoria. Su hijo, en cambio, coetáneo del autor, necesita olvidar el pasado familiar para poder relacionarse con los vencedores y medrar a su amparo, de ahí que no entienda la vinculación de su progenitora con aquella vieja vivienda, el valor que posee como símbolo de su identidad y memoria.

El relato se compone de un monodiálogo de la narradora y protagonista formado por 55 brevísimos capítulos (a partir del décimo noveno van adelgazándose), con las trazas de una confesión laica, de un testimonio que adopta la forma de un balance vital. De este modo, lo que Ana cuenta es la historia de esas trágicas décadas en Bovra, un topónimo inventado que sitúa en la región valenciana, el cual reaparecerá en otras obras posteriores. A este propósito, Chirbes baraja a la perfección la historia general, el mezquino franquismo del lugar y la deslealtad familiar, esto es, cómo dos hermanos republicanos, Tomás Císcar, el marido de Ana, un calzonazos, y Antonio, miembro de las Juventudes Socialistas Unificadas, fueron encarcelados, siendo el último condenado a muerte. Pero cuando a Antonio le conmutan la pena y regresa al pueblo, una vez casados Tomás y Ana, su extraña actitud acaba trastocando las relaciones familiares. No en vano, se siente atraído por su cuñada, y ella –aunque de manera discreta- tampoco se muestra del todo indiferente. La aparición de Isabel, una criada que ha trabajado en Londres y peca de delirios de grandeza, quien se casa con Antonio, supone una nueva vuelta de tuerca en las relaciones turbias que mantienen todos ellos, pues este matrimonio abusa de la generosidad de los suyos, e incluso acaba medrando junto a los vencedores e ignorando a sus cuñados, que les habían ayudado cuando más lo necesitaban.

Casi todos los estudiosos que se han ocupado de esta obra han llamado la atención sobre su forma, los intensos y breves capítulos, y acerca de un estilo literario sustentado en la fragmentación del relato, en la elipsis, junto a la importancia que tiene el fraseo propio de la narración oral, a lo que habría que añadir una cierta vinculación con los dramas rurales, en la estela de Lorca. La novela, en su esencia, apela al presente, a aquellos primeros años noventa en que el país se creía Jauja, olvidándose de lo que realmente era, y sobre todo de dónde veníamos. La novedad mayor estriba en la acertada supresión del último capítulo de la novela, según el cual “el tiempo acaba ejerciendo cierta forma de justicia (…), acaba poniendo las cosas en su sitio”. Diez años después el autor considera semejante idea “una filosofía inaceptable, por engañosa”, habida cuenta de que el tiempo agranda las injusticias.

De Los disparos del cazador (1994) podría decirse que constituye el envés de su anterior novela corta, al mostrar el mundo de la postguerra desde el punto de vista de Carlos Císcar, un constructor arribista que ha traicionado a los suyos. Su padre es un maestro represaliado, pero él se casa en 1945 con Eva Romeu, heredera de un empresario franquista. Dado que su hijo Manuel, educado en Francia, se avergüenza de sus logros, Carlos deposita sus esperanzas en Roberto, el nieto. Este relato se presenta como el diario que escribe el narrador durante el año olímpico de 1992, ya en la vejez y una vez viudo, para dejar constancia de su vida y, además, rebatir la versión escrita por Manuel en un cuaderno que ha encontrado fisgoneando, del que sólo conocemos breves fragmentos, suficientes para que dudemos de la versión única impuesta por el narrador. No en vano, Carlos se hace rico con negocios fraudulentos durante el franquismo y presume de haber tenido dos amantes, cuyas relaciones cuenta a veces con detalle. En suma se trata de un conflicto triple, al ser tres las generaciones en danza: la de los padres de Eva y Carlos; la suya propia y la de sus hijos. Así, Císcar cuenta desde la soledad, la decrepitud y el fracaso, con la conciencia de haberse equivocado en lo que más apreciaba. El tono en que narra, reconoce el autor, es “de desolación absoluta, de no esperar nada, si bien posee el orgullo de estar `contando´”. En la novela se plantean los temas principales a los que se enfrentó su generación, como ha apuntado Chirbes, en un momento en que el poder cambiaba de manos, con la certeza de que no hubo entonces nadie inocente y de que todo ascenso social se produce traicionando a los predecesores; la conciencia de una falsa modernización y su necesidad de olvidar.

Aquí vuelve a abordar la cuestión de la clase social, de la educación, los gustos y las formas de vida, que es lo que separa al advenedizo Carlos, hombre sin sustancia, y a su amigo y cómplice en los negocios, el zafio Jaime Ort, de Eva y Manuel. Si para Ana, en La buena letra, el recuerdo de la historia familiar es casi el único legado que puede dejar a su hijo; Císcar, en cambio, necesita justificarse, edulcorar los recuerdos. Los temas de la novela son, en definitiva, la ambición, la carencia de amor y el deseo, junto a la muerte, la vejez y sus lacras, mientras el triunfo económico y social trae consigo el fracaso familiar. El título, la referencia a esos disparos, símbolo de crueldad, remite al sentido último de esta nouvelle, pues Carlos, un depredador amante de la caza como tantos otros personajes de Chirbes, se siente frustrado al comprobar que sus cínicos descendientes se han beneficiado económicamente de sus actividades fraudulentas, aunque ahora finjan haber olvidado su procedencia. En 1999, La buena letra y La larga marcha recibieron en Alemania el Premio SWR/Die Bestenliste (La mejor lista), convocado por una cadena de radio y concedido por un jurado de prestigiosos críticos, por el que recibió algo más de 10.200 euros.

En La larga marcha (1996) la narración no es ya en primera persona, sino en tercera, una tercera persona compasiva, como la ha denominado el autor, tras concederles voz a los distintos personajes. Estamos ante otra novela coral. ¿Por qué este cambio con respecto a sus obras anteriores? Según confiesa, intentaba crear tensión y emoción literaria relatando en tercera persona pero sin creerse Dios, como solía ocurrirles a los narradores del XIX, convencido de que tampoco ellos podrían transformar el mundo con sus obras. La novela cuenta la historia de dos generaciones: la de los padres y sus hijos; la vida cumplida de los primeros y el acceso a la madurez de los segundos. Mientras los mayores habían vivido la guerra y sus consecuencias, la Victoria; sus descendientes padecen los estertores del franquismo, y si aquellos aspiran a sobrevivir, los más jóvenes albergan esperanzas de libertad. La segunda parte, además, adopta las hechuras de una novela de formación, pues nos relata cómo se forma la sensibilidad de una generación, sus gustos, lecturas e inquietudes. La trama arranca en un pueblo de Galicia, durante 1948, mostrándonos un cuadro alegórico a partir del retrato de tres generaciones de la familia Amado y el nacimiento de un niño, Carmelo, y concluye a comienzos de los 70 con su detención, la de aquellos seis jóvenes que componían la célula de Alternativa Comunista.

Tanto el título del conjunto como el de las dos partes debe leerse en clave irónica, pues esa larga marcha (o “gigantesca ola” que genera la revolución) hacia la democracia, en alusión a una de las disparatadas empresas auspiciadas por el presidente Mao, parece dirigirse a ninguna parte, hacia la nada. Así sucedería también con “La batalla del Ebro” y “La joven guardia”. No en vano, el primer título remite a la confrontación decisiva de la Guerra Civil –son varios los personajes que luchan en el frente de Aragón- y que supuso el principio del fin de la República (se desarrolló entre julio y noviembre de 1938), mientras que el segundo se refiere al himno de las organizaciones juveniles comunistas, cuyo estribillo rezaba: “Es la lucha final que comienza/ la revancha de los que ansían pan;/ en la revolución que está en marcha/ los esclavos el triunfo alcanzarán”. Chirbes ha afirmado que el libro podría haberse titulado Padres e hijos, como la obra de Turguéniev.

Esta es, por tanto, una novela de personajes, la historia fragmentaria de siete familias, con sus correspondientes protagonistas: los Amado, campesinos gallegos, su hijo Carmelo; los Vidal, el padre era peón ferroviario en Bovra, Valencia, cuya historia procede de La buena letra; Del Moral, un limpiabotas que había hecho la guerra con Franco, residente en Salamanca, y que acaba arrojándose a las vías del tren, y sus dos hijos, uno de ellos, José Luis, estudiará en un internado en León, donde coincide con Raúl Vidal, trasunto del autor; Vicente Tabarca, quien practica abortos, un médico republicano represaliado que había estado condenado a muerte, el cual en dos ocasiones tendrá que sacrificar su dignidad para sobrevivir, y sus dos hijas, Alicia y Helena, muy distintas entre sí; Coronado, vendedor ambulante y estraperlista en Madrid; los hermanos Roberto y Gloria Seseña, aristócratas madrileños arruinados, por lo que ella se casará con Ramón Giner, un arribista; y, por último, José Pulido, jornalero andaluz. En la primera parte, pues, el autor presenta a los personajes, su historia y problemas durante la postguerra, tales como el desarraigo, el fracaso de sus expectativas o las concesiones que tienen que hacer para sobrevivir, de modo que a veces se proyectan –así le ocurre a Vicente Tabarca- como sombras, fantasmas  e incluso cadáveres.

La segunda parte, en cambio, transcurre en Madrid y está protagonizada por sus descendientes, quienes acaban relacionándose, compartiendo incluso carrera, piso, tertulia y sobre todo destino. Chirbes rompe con el mito de la dos Españas desde el momento en que vencedores y vencidos, trabajadores y burgueses, sufren las consecuencias de la guerra. Todo ello se presenta a través de una narración realista, aunque se valga de símbolos como el pantano, las manos, los perros o los nombres de los personajes, con el fin de insuflarle profundidad a la historia. El estilo es resultado de lo que se quiere contar, pues compone la trama mediante secuencias y ritmos, prescindiendo del punto y aparte, para que funcionen los capítulos como si de poemas se tratara, apostando por un tipo de narración, cercano a los relatos orales, en el que la música interna pueda llegar a sostener el conjunto, según ha confesado el autor.

El cuadro de Juan Genovés que aparece en la cubierta, un artista que no sólo comparte poética con Chirbes sino que también ha declarado su simpatía por quienes sufren la historia, titulado de forma elocuente “Punto de mira II” (1966), está estrechamente relacionado con el contenido de la novela y su mismo título, pues en él observamos a unos personajes que se dirigen, como ha comentado el pintor, “hacia cualquier espacio donde haya un poco de armonía, donde haya un ideal de justicia”. Nos encontramos, pues, con una circunferencia de aspecto lunar, efecto reforzado por las sombras que la envuelven, inscrita en un cuadrado de fondo negro que hace las veces de marco, en donde se distingue a una multitud despersonalizada –semejan hormigas– que parece correr hacia la derecha –quizá se trate de una huida sin rumbo cierto–, todo lo cual es visto a través de un punto de mira, un teleobjetivo o una cámara de vigilancia a la manera orwelliana, como si esa muchedumbre se alejara de alguien que la acosa y amenaza… Asimismo, la circunferencia aparece dividida en cuatro partes, a la manera de una cuartilla que ha sido plegada y desplegada dejando en ella sus marcas. Se trata, en suma, de un cuadro monocromo, conceptual, que posee una clara dimensión alegórica, en donde una masa de gente anónima huye[3]. Acaso el sentido último del libro se complete un poco más si sabemos que Chirbes se lo dedicó a cinco compañeros de su época universitaria.

Dos hechos extraliterarios vinieron a condicionar la recepción de esta novela; por un lado, la polémica entre diversos críticos y escritores españoles; y por otro, los elogios que le dedicaron en el prestigioso programa de televisión alemán Literarisches Quartett, en 1998, dirigido por el crítico Marcel Reich-Ranicki, con el consiguiente éxito de ventas. El paso del tiempo no ha hecho más que subrayar lo gratuito del alegato del crítico que inició el debate, pues la novela de Chirbes se entiende mucho mejor en el contexto de la evolución experimentada por la sociedad y la narrativa española de las últimas décadas, así como del conjunto de la obra de nuestro autor.

La acción de La caída de Madrid (2000) transcurre durante un tiempo reducido, entre las 6 de la mañana y las 8 de la noche del 19 de noviembre de 1975, el día anterior a la muerte de Franco. Se trata de otra novela coral, en donde se cuenta la historia de tres generaciones de personajes, en tanto el narrador les va cediendo la voz y el lector va adquiriendo una visión múltiple y contradictoria de aquel momento; los miedos y expectativas que este suceso supuso para unos y otros, ya fueran partidarios o enemigos del régimen, junto a sus respectivas historias personales. Por un lado, la trama gira en torno a la familia de José Ricart, partidarios todos ellos –aunque con matices- del franquismo, excepto Quini, el nieto más joven, cuyo patriarca, un empresario vinculado al régimen, se dispone a celebrar su 75 cumpleaños. Estrechamente vinculado a Ricart, aparece el más temido comisario de la brigada político social, Maximino Arroyo. Por el contrario, entre los miembros de la oposición podemos distinguir tanto a estudiantes de distinta condición social como a los miembros de una célula de obreros, unos militantes del PCE y otros de Vanguardia Revolucionaria, quienes forman el comando que intenta sabotear el metro, y el tránsfuga Taboada; aparte de los profesores y artistas: Juan Bartos y esposa, la pintora Ada Dutruel, y Chacón, el escritor y profesor regresado del exilio, trasunto de Max Aub.

En un momento dado descubrimos cierta interrelación entre los personajes que componen los distintos grupos. De todo este entramado de intereses da cuenta la novela de Chirbes: del cúmulo de contradicciones acaecido en estos años clave en que el poder parecía a punto de cambiar de manos. En la novela se plantean cuestiones fundamentales: la serie expectativas que genera la inminente muerte del dictador; el origen de las fortunas que se gestaron durante el franquismo, producto de la corrupción; la conciencia de que está empezando a desaparecer la España de la que Ricart y Maxi han formado parte; los métodos que utiliza la policía política; la formación intelectual de los estudiantes, y las ideas y actividades contra el régimen de los grupos que componen la oposición. Se muestra también las tensiones que se generan entre las familias adeptas al régimen, y las disensiones entre la oposición; además de la vinculación del patriarca con su esposa, Amelia, enferma de Alzheimer, y de Maximino con su esposa y amante, la prostituta Lina; en suma, los amores de los jóvenes y los deseos de los adultos.

Uno de los mayores aciertos de esta obra consiste en dejarnos oír hablar, explicarse, a los distintos personajes: el abuelo Ricart; su esposa enferma, delirando; su impagable nuera Olga Albizu; el tosco policía Maxi; el charlatán Taboada; la boba Margarita, toda muslos y rodillas; el ingenuo Lucio y el irresponsable Quini. Casi al final de la novela, Quini se pregunta quién es y qué quiere ser. El caso es que si la narración se inicia con las cuitas de José Ricart por el anuncio de la inminente muerte del dictador, concluye con la detención de los militantes izquierdistas. El título de la novela, por tanto, no creo que se refiera a la caída de una ciudad (aunque juegue con títulos memorables que aluden a la caída de Constantinopla, el imperio romano o Leningrado), sino al de la célula revolucionaria, al concluir con la detención de Lucio, tras contarnos la tortura y el asesinato de otros militantes.

En Chirbes la reflexión teórica y la práctica narrativa aparecen estrecha y coherentemente unidas, por lo que todas las preguntas que se formula (por qué y para quién se escribe; cuál es el papel de la novela en estos tiempos tumultuosos), adquieren cumplida respuesta en sus narraciones. Los ensayos recogidos tanto en El novelista perplejo (2002) como en Por cuenta propia. Leer y escribir (2010), resultan imprescindibles en este sentido. De ahí que nuestro autor no sea más que un novelista perplejo (la suya es la perplejidad del que no sabe y utiliza la novela para investigar y conocer), quien, sin embargo, conoce lo que debería ser hoy una novela, además de su propia tradición narrativa.

Voy a detenerme algo menos en sus tres últimas novelas, tras dedicarles unos análisis recientemente[4], a saber: Los viejos amigos (2003), la cual completa una trilogía compuesta por La larga marcha y La caída de Madrid, a la que habría que añadir En la lucha final; todas ellas publicadas en la misma editorial entre 1991 y el 2003, con el empeño de reescribir la historia de las últimas décadas y de luchar contra el olvido generalizado y la lectura complaciente de algunos periodistas, políticos e historiadores. Lo que él ha denominado “esa larga traición llamada transición”. Recordemos, no obstante, que en dicha empresa no ha andado solo, y que otros autores lo han precedido o acompañado; por ejemplo, Juan Marsé, Manuel Vázquez Montalbán, Esther Tusquets, Juan José Millás, Manuel Vicent, José María Merino, Manuel Longares, José Antonio Gabriel y Galán, Mariano Antolín Rato, Mercedes Soriano, Belén Gopegui e Isaac Rosa.

Uno de los empeños principales de Chirbes ha consistido en relatar la evolución ideológica de su propia generación, de aquellos jóvenes revolucionarios de los años sesenta que acabaron apoyando una falsa modernización y adaptándose al sistema. Algunos de esos impostores son precisamente los protagonistas de Los viejos amigos. Su realismo, en estas últimas obras, es del mismo tipo que ha defendido el pintor Francis Bacon: “un intento de capturar la apariencia junto con el cúmulo de sensaciones que esa apariencia excita en mí”. En esta ocasión, el narrador convoca a un grupo de viejos amigos a una cena en Madrid. Treinta años antes estos mismos personajes habían llegado de la periferia a la conquista de la capital, formando parte de una célula comunista. El tiempo ha causado estragos en sus vidas y aquellos que lograron sobrevivir se han convertido en un pálido reflejo de quienes desearon ser. En esta técnica de contraste entre lo que anhelaban y lo que son, entre las ideas que defendían y la vida que han acabado asumiendo, se sustenta pues la novela.

Según van tomando la palabra tenemos la sensación de que se han convertido en voces sin alma, en seres capaces de explicar lo inexplicable, de justificar lo injustificable. Todos ellos tienen sus razones: algunas les sirven para sobrevivir en un medio adverso y como lo importante es seguir viviendo, ya sólo sienten apego por el dinero. Las mujeres se nos presentan como víctimas, aunque los hijos, “cachorros herederos genéticos de una generación famélica”, no lo son menos después de tanto desbarajuste. Así, Pau se convierte en un yonqui sin que su padre se entere, mientras que Lalo y Juanjo, hermanos gemelos, han venido a ser una repetición grotesca de lo que fue Guzmán, su padre.

Con estos mimbres, una vez comprendido que “la vida es lo más fácil de entregar; que el día a día es lo difícil, lo que quema, lo que lo convierte todo en nada”, el desenlace de esta nueva noche de Walpurgis no podía revelarse complaciente. A la resaca espiritual se añade la degradación corporal (esa caldera hirviente del estómago, en el centro), el peso de la edad como metáfora de la degradación moral. Todas estas conductas podrían sintetizarse en una frase de la novela: “Ya nadie hacía lo que creía que tenía que hacer. Mantenerse, tener criterio, había empezado a ser una forma de intolerancia”. Ésta no es una novela de personajes individualizados. Por el contrario, Chirbes pretende mostrarnos arquetipos al servicio de unas tesis claramente expuestas; que sus novelas no resbalen sobre la piel de su tiempo e impacten en el núcleo mismo de la sociedad. O lo que es igual, que la novela vuelva a ser otra vez el vehículo adecuado para una lectura crítica de la Historia. No en vano, a los personajes se les reprocha que quisieran olvidar, “curarse con la medicina del olvido, en vez de aprender con el purgante de la memoria”.

Crematorio (2007), tal como ocurre con los retratos de Lucien Freud, debería apestar a carne descompuesta. No en balde, la narración arranca y concluye con la contemplación del cadáver de Matías Bertomeu, muerto de cirrosis a los sesenta y pocos años, excusa que utiliza el autor para reactivar la memoria del resto de los personajes. Todas estas novelas contemporáneas, compuestas por Chirbes a la manera galdosina, oscilan entre la tradición literaria y la vida, entre el pasado inmediato y el presente, y vienen poniendo en solfa, con atrevida lucidez, la conducta, el lenguaje, los valores morales y la casi inverosímil capacidad de adaptación al medio de los miembros de una generación, la suya propia -“una generación de vampiros”-, y sucesivas, de todos aquellos que desde los años sesenta se enfrentaron u opusieron al franquismo. Tan exhaustos debieron de quedar por el esfuerzo que terminaron adoptando las mismas muecas y retóricas del poder. En fin, la elección para la cubierta del libro de un detalle de un cuadro de Hannah Höch me parece un acierto.

En trece capítulos sin numerar, y una coda final, el autor muestra la trayectoria de un grupo humano y de sus adláteres, “el zoológico de la familia Bertomeu”, compuesta por tres generaciones, padres hijos y nietos, aunque el protagonismo de estos últimos (Ernesto, Miriam o Félix) sea episódico. Así, la novela está protagonizada, en esencia, por los hermanos Rubén y Matías, presente el primero y ausente el segundo; aquél se ha enriquecido como constructor, mientras éste, un típico exrevolucionario, acababa convirtiéndose en un ecologista solitario. El autor se vale de un narrador omnisciente que va cediendo la voz a los personajes, mostrándonos, mediante el estilo indirecto libre, sus razones o sinrazones. Del contraste y la confrontación de todas estas voces, debe valerse el lector para poder juzgar los acontecimientos e ideas que se pongan en juego. Así, el perspectivismo, la variedad de puntos de vista, la polifonía de voces constituye el fundamento último de este relato, en el que cada cual se muestra y explica desde su propia psicología, en absoluta libertad, como no podía ser menos.

El título de la obra remite, en primera instancia, al holocausto, a la destrucción casi absoluta, arbitraria e interesada, a la carne chamuscada y, en contraposición, a lo que de purificador pueda tener el fuego. Se refiere también al destino último del cadáver de Matías, así como al del resto de los personajes: desde el constructor Rubén, que debe acabar su existencia junto a la boba y se supone que maciza Mónica (una variante discreta de Irina, la joven puta rusa), “el moscardón atrapado por la planta carnívora”, quien cuando concluye la historia está casi a punto de darle un descendiente varón; hasta el joven Ernesto, el tiburoncito de la familia, que anda perdido entre USA y México, cuando fallece su padre, Matías. El título alude, además, a cómo todos ellos han acabado triturando las ideas en las que alguna vez creyeron. La acción transcurre en un espacio inventado, Misent, lugar que, como Benalda, la montaña en la que habita Matías, podría localizarse en la costa levantina. Se ocupa la narración de lo privado y lo público; de lo sentimental y lo laboral, sin olvidarse nunca de la sociedad, y en una perspectiva no sólo española, sino también europea, e incluso mundial. Así, en el desenlace se afirma que la construcción es la mejor metáfora del capitalismo, y que la cocaína (Collado, los mafiosos rusos y la joven Miriam la consumen) la construcción y el capitalismo en su fase última se hallan estrechamente unidos. La confrontación de ideas que surgen en los monodiálogos de los diferentes protagonistas estallará hasta tal punto que cada una de ellas se opondrá y reafirmará en contraposición a las de los demás.

Resultan fundamentales los capítulos 1º, 5º y 13º, estratégicamente situados, en donde impera el punto de vista de Rubén. En el primero, monodialoga con el hermano muerto y en el último, con su hija Silvia. El constructor es, sin duda, el personaje con más aristas, el más sugestivo y complejo; también el más coherente, el que muestra menos dobleces. De joven tuvo veleidades intelectuales, fundando con sus amigos Montoliu y Brouard un taller artístico, soñando con aunar pintura, literatura y arquitectura, a la manera de la mítica Bauhaus. Y, sin embargo, como ocurre en tantas otras ocasiones, de todas aquellas inquietudes apenas si quedó nada, pues Rubén se enriqueció pronto con la droga, blanqueando sus negocios en la construcción. En el quinto capítulo y en el decimotercero, las reflexiones y la confesión, lúcida y patética, que Federico dedica a la vida y a la literatura (“soy representante de una generación sombría”), son fundamentales; en una novela en la que Juan, partidario del realismo literario, escribe un libro entre biográfico y ensayístico sobre Federico Brouard. Por lo demás, toda la narración aparece trufada de referencias a la arquitectura, la pintura, la literatura y la música como una manera de establecer y señalar el alma de un tiempo, los gustos y la educación sentimental de una época.

En verdad, lo que resulta significativo no es sólo que ponga en solfa unas conductas morales, sino también todo un discurso, una retórica, sea de derechas o de izquierdas, sostenida en un lenguaje manido. Es más, Chirbes no se centra en la crítica obvia al capitalismo salvaje, o en la más facilona aún, al PP y sus adláteres, sino que la emprende, sobre todo, con quienes había compartido inquietudes y proyectos, sin duda porque le afecta, seguramente al esperar más de ellos. De este modo, Rubén, el constructor enriquecido, quien en una visión simplista podría parecer el peor de todos, es el más coherente, si no el menos dañino, pues ni utiliza la doble moral, ni finge ser lo que no es, ni se vale del doble lenguaje que emplean los demás. En alguna ocasión se pone sentencioso, como si el autor se sirviera de él para expresar su opinión, de la misma forma que otras veces se vale de Federico.

No menos protagonismo alcanza el paso del tiempo, “la rata que se lo come todo”, como ocurre en numerosas novelas contemporáneas. No en vano, a lo largo de la narración se repasan las edades del hombre: desde la madre de los Bertomeu, que anda por los 94 años, hasta los jóvenes bisnietos. En historias de este tipo, sin duda, no puede haber héroes, sólo villanos y bobos, y apenas ninguno se salva. Todos sufren, porque según se recuerda en la novela, sólo los malvados padecen, al ser los héroes “animalitos saludables”. Chirbes los ha diseccionado sin que por ello le tiemble el pulso, sajando el alma y la carne de sus criaturas, para mostrarnos la podredumbre, el fracaso de una generación, su corrupción e impostura, junto con la inoperancia de un discurso y de unas prácticas vitales que han inundado el país de vanos valores, y eso por no hablar de la herencia que nos han ido dejando; unos descendientes, estos –en general- con escasas aspiraciones. Lo que viene contando Rafael Chirbes, en fin, es que tras liquidar aquellas viejas ideas, seguimos esperando que aparezcan otras nuevas con las que poder medirnos, pues sólo los muy tontorrones creen que esos valores sean los que trajo consigo el pensamiento débil, la inocua posmodernidad, o las transformaciones electrónicas de estas últimas décadas.

Como el resto de la literatura de Rafael Chirbes, Crematorio es un ejemplo más de que la ficción, la novela, cuando posee la complejidad necesaria, puede ayudarnos a comprender mejor el pasado cercano, nuestro confuso presente; el alma y el aliento de los tiempos que vivimos. También nos permite observar mejor los hilos de la trama que compone el gran teatro del mundo, la distancia cada vez mayor entre las ideas y su puesta en práctica (Andrés Fernández de Andrada, autor de la Epístola moral a Fabio, había exaltado a aquel que “iguala con la vida el pensamiento”; mientras que Federico Brouard reconoce: “hago en la vida lo que condeno en los libros”), a comprender mejor la conducta de las personas, tal y como enseñó Marx a todos los que quisieron aprenderlo y han optado por no olvidarlo.

El autor viene sometiendo a la sociedad española a un proceso semejante al que los expresionistas, entre ellos Otto Dix (a quien se cita en la narración), aplicaron a la alemana tras la primera guerra mundial. Así, después de treinta años de democracia, o desde la última década del franquismo, si nos situamos algo más atrás, no hay lugar para tanta complacencia, ni esperanza, en una sociedad que ha transformado sus sueños de cambio en un empeño sistemático por destruirlo todo (ahora le toca el turno al paisaje), por sacarle partido económico hasta al último palmo de terreno; una ciudadanía que vive de la mera apariencia, de la gesticulación, sin que se atisben por ahora indicios de cambio alguno. Si nos situamos en el plano de lo privado, el pensamiento de la novela podría resumirse en la siguiente sentencia: “no hay vida que pueda vivirse de forma armónica”. Rafael Chirbes ha acabado resultando uno de los más sagaces herederos de nuestra mejor tradición narrativa, la que proviene nada menos que de Galdós, Valle-Inclán, Baroja y Max Aub, como los cronistas que fueron del tiempo que les tocó vivir. Aunque quizá de quien más cerca se sienta sea del lúcido Miguel Espinosa, quien en una fecha temprana denunció la existencia burguesa cargada de apariencia y gesticulación. En fin, no parece mala compañía, aunque resulte algo exótica en contraste con tanto narrador español pseudocosmopolita y snob. Lo que más aprecio en las novelas de Chirbes es cómo ha logrado aunar pensamiento y estilo, sustancia y forma, en una prosa depurada, mediante una visión distinta y acerada.

En su última novela, titulada En la orilla (2013), con la que ha vuelto a obtener el Premio de la Crítica, aborda la actual crisis, que no ha resultado sólo económica, sino también social y ética. Así, muestra cómo se fue gestando la debacle y de qué forma ha ido afectándonos. La acción transcurre en Olba, un pequeño pueblo cercano a Benidorm, durante el 2010. Sirviéndose de la primera y la tercera persona, el estilo indirecto libre y el monólogo, además de diversas voces que van tomando la palabra, nos ofrece un fresco variado y completo: un microcosmos representativo del conjunto del país. A pesar de que la narración tenga mucho de coral, el peso recae sobre Esteban, un hombre de 70 años cuya ebanistería y negocios inmobiliarios acaban de irse al garete, dejando en el paro a los trabajadores. La novela está compuesta por las reflexiones del protagonista, si bien se presentan contrastadas por los puntos de vista de diversos allegados. Esteban rememora un pasado común para comprender la historia personal, familiar y social; los fantasmas que componen una existencia. Y no está mal recordar aquí que para el autor “la Historia es pura carnicería”. De igual modo, a lo largo de estas cavilaciones hacen su aparición las distintas edades del hombre, aunque se ocupe sobre todo de la muerte, de los numerosos contratiempos que acarrea la vejez, la degradación del cuerpo (“como los cuerpos, las ilusiones mueren y apestan”), y del poder destructor del dinero, motivos todos ellos recurrentes en su obra. Por lo que se refiere al tratamiento del cuerpo, a su envejecimiento y podredumbre, ésta se nutre también de la pintura de Francis Bacon y Lucien Freud, como en su anterior producción.

El protagonista, al igual que algunos personajes de Robert Musil o Álvaro Pombo, es un hombre sin atributos ni sustancia, hasta el punto de que en un momento dado afirma: “soy un esclavo en busca de amo”. Ni quiso ser escultor de joven, ni ha sentido interés alguno, a diferencia de su padre, por el oficio de carpintero, sólo quería vivir… Y en el terreno de los sentimientos, a pesar de que nunca ha llegado a sentir aprecio por su progenitor, a quien tacha de “oscuro murciélago”, ambos han terminado compartiendo sus vidas, y él cuidándolo. Ni siquiera tuvo fortuna con las mujeres, pues las más cercanas se alejaron de él: ni con Leonor, que triunfa como cocinera Michelín, tras casarse con Francisco, periodista y escritor, su mejor amigo, pero a quien no estima (en algunos aspectos, alter ego del autor); ni tampoco con Liliana, la criada colombiana que atiende a Esteban y a su padre, a la que despide porque ya no puede pagarle, y cuya voz, a veces zumbona, aporta los toques de humor más sobresalientes en la narración. Pero, aunque no sea necesario buscarle antecedentes nobles, sí me gustaría recordar que el lector avezado que es Chirbes reutiliza con sagacidad nuestra tradición literaria, haciéndola suya, sobre todo el motivo calderoniano de la existencia como representación teatral; y en el logrado desenlace, el tema del ubi sunt, remedando las coplas de Jorge Manrique.

Chirbes nos proporciona una visión crítica, pesimista, incluso corrosiva, pero también lúcida, de la condición humana, como antes lo hicieron Miguel Espinosa o Thomas Bernhard: de los perversos mecanismos que rigen el funcionamiento de la sociedad, del triunfo y del fracaso; y de las relaciones personales: de la lucha que mantenemos con la familia, los amigos y los subordinados. O de cómo el mundo aparece gobernado por los pecados capitales: la avaricia, la ira, la lujuria y la gula sobre todo. Por todo lo cual podría emparentarse la narración con la pintura de El Bosco o con algunas obras de Brecht y Kurt Weill. No sorprende, por tanto, que el texto aparezca salpimentado con frases entre lapidarias y sentenciosas, del tipo: “La vida es sucia, el placer y el dolor sudan, excretan, huelen”; “no hay hombre que no sea un malcosido saco de porquería”… Esta obra es una buena muestra de las infinitas y todavía inexploradas posibilidades del realismo, aquí una estética con ribetes expresionistas que echa mano de lo simbólico cuando lo considera adecuado, tal y como ocurre en el tratamiento que se le da al pantano fangoso, próximo a Olba. Además, Chirbes, como casi todos los grandes escritores, cuestiona los usos espurios del idioma, la lucha entre “el lenguaje ideológico que oculta y el enunciativo que desnuda”. En la orilla es una gran novela que no deberían dejar de leer quienes quieran entender mejor el terrorífico arranque del siglo XXI, un tiempo sin dioses, plagado de trepas y seres corruptos, en el que el capitalismo financiero, con la complicidad de los gobiernos conservadores y la pasividad de los socialdemócratas, ha ido acabando con el estado de bienestar.

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[1]. Cf. Rafael Chirbes, “El disfraz de las mentiras”, El Sol, 13 de marzo de 1992.

[2]. En “La joven guardia”, himno francés de las juventudes comunistas, de 1910, adoptado por sus camaradas españoles, se alude también a la lucha final.

[3]. En la primera parte de La caída de Madrid, en el noveno capítulo, Chirbes, por medio de un personaje llamado Taboada, un abogado demagogo que cambia de chaqueta a lo largo de la narración, se refiere a este cuadro de Genovés en una conversación que mantiene con el obrero Lucio, con quien comparte célula: “Tú y los de tu clase habéis trabajado para que yo tenga un pasado. Con el tiempo seréis un ejército de hormigas sobre la superficie de la luna. ¿Has visto esos cuadros de tu excamarada Genovés [Lucio ha abandonado el PCE para alistarse en un grupo denominado Vanguardia Revolucionaria]? ¿Esas multitudes que son sólo puntos negros que parece que corren en determinada dirección o que se dispersan? Sois vosotros. Vosotros, esa desbandada de silenciosos microbios vistos desde una lente. Nosotros contaremos de qué escapabais y hacia dónde corríais” (p. 155). Lo que Chirbes muestra es que en la actividad clandestina revolucionaria unos hablan y otros actúan, y mientras que éstos arriesgan su vida, los primeros teorizan y consiguen que los obreros acaben desempeñando en la historia el papel que los intelectuales han decidido atribuirles.

[4]. Vid. “¡Sombras…, nada más! Primera lectura de Los viejos amigos y Crematorio, de Rafael Chirbes”, en Augusta López Bernasocchi y José Manuel López de Abiada, eds., La constancia de un testigo. Ensayos sobre Rafael Chirbes, Verbum, Madrid, 2011, pp. 478-488; y “Podredumbre”, El País. Babelia, 2 de marzo del 2013.  Reseña de En la orilla.

¡Todavía la Transición!

 

EL PAÍS – 20 JUL 2014

Santos Juliá

Fue un periodo caracterizado por la improvisación y la incertidumbre. La manipulación le hace culpable de todos los males del presente, con intención de cambiar el pasado: es el mejor camino para perder el futuro

1405595481_045088_1405785304_noticia_normalAl principio no fue la Transición sino un periodo o proceso de transición. Al principio quiere decir hace muchos años: de la búsqueda de una mediación que pusiera fin a la Guerra Civil estableciendo un “régimen de transición”, habló Manuel Azaña, presidente de la República, desde 1937; un “periodo de transición” reclamó para España en 1946 el que fuera presidente del Gobierno de la República, Francisco Largo Caballero, y, con idéntica expresión, José María Gil Robles e Indalecio Prieto firmaron en el exilio un acuerdo con el propósito de impulsar en 1948 la intervención de las potencias democráticas que pusiera fin a la dictadura. De un proceso de transición pacífica a la democracia no dejaron de hablar los comunistas desde 1956 y en lo mismo insistieron socialistas, liberales y democratacristianos en 1962. Y saltando en el tiempo, y para no hacer esta lista interminable, por un “periodo de transición” se manifestaron, entre prolongados aplausos del público puesto en pie, los participantes en el ciclo Las terceras vías celebrado en Barcelona en junio de 1975, meses antes de la muerte del dictador. Eran ellos Antón Cañellas, Josep Solé Barberá, Joan Reventós, Jordi Pujol, Josep Pallach y Ramón Trías, y es significativo que en su declaración final abogaran por “la transformación pacífica del sistema legal por medio de Cortes constituyentes elegidas por ciudadanos mayores de 18 años, mediante sufragio universal, secreto y directo”, poco más o menos lo que el Gobierno de Suárez propondrá un año después.

En 1975, todo el mundo que militaba en partidos o grupos ilegales y clandestinos, desde liberales a comunistas, estaba de acuerdo en que a la pregunta: “Después de Franco, qué”, formulada en 1961 por Dionisio Ridruejo en inglés, como título de un artículo para The Monthly, y por Santiago Carrillo en español como título de un libro publicado en Francia en 1966, la única respuesta posible era: después de Franco, un periodo, un proceso, una fase de transición. Transición se declinaba así como elemento del grupo preposicional predicativo de proceso o periodo: nadie hablaba de la Transición, sino de un periodo de transición. Y de lo que se discutía no era del final del proceso, en el que todos estaban de acuerdo: unas Cortes constituyentes; sino de los pasos a ellas conducentes: amnistía, libertades, autonomías…, y del sujeto encargado de dirigirlo: gobierno provisional, gobierno de concentración democrática o, simplemente, como había aprobado en diciembre de 1959 el VI Congreso del PCE, gobierno de transición.

Pero una vez culminado el periodo o proceso de la que ella era predicado, transición se convirtió en sujeto liberado de preposición y levantó el vuelo por su cuenta saltando enseguida de categoría: proceso de transición, que siempre se escribía en minúscula, pasó a ser Transición, con mayúscula, y de un periodo sin fechas fijas de principio ni de fin se convirtió en un acontecimiento del género que los historiadores franceses llaman matricial: un événement matriciel, como El domingo de Bouvines o la revolución bolchevique. Así, de un proceso que necesitaba ser explicado en cada uno de sus pasos, Transición mutó en acontecimiento matriz explicalotodo. Y todo quiere decir, mirando hacia atrás, cada etapa del proceso, como el “consenso”, que tras erigirse en una categoría metahistórica, explica la Transición sin necesidad de ser él mismo explicado; y mirando hacia adelante, lo ocurrido en la política, la economía y la sociedad desde que el proceso puede darse por terminado, ya sea en 1978, en 1982 o en 1986.

De manera que un proceso de transición como el español, caracterizado por la incertidumbre y la improvisación, por la violencia criminal y los obstáculos de que estuvo sembrado el recorrido, por la movilización obrera y ciudadana y los pactos, se nos ha convertido en un acontecimiento, la Transición, pieza sin fisuras, producto de un diseño elaborado por los poderes fácticos al que se atribuyen cualidades que definen su ser o esencia: Transición mito y mentira, Transición amnesia y borradura de memoria, Transición traición y así sucesivamente. Un acontecimiento que determina el futuro, tan atado y bien atado como lo pretendía el régimen al que sucedió. De hecho, las actuales prédicas sobre el agotamiento, la agonía, los estertores o el último suspiro de la Transición como régimen, parten del supuesto de que en aquel acontecimiento es donde hay que buscar la causa de todos los males del presente, del bipartidismo a las tensiones territoriales, de la corrupción al aumento de la desigualdad, de los salarios de miseria al éxodo de jóvenes en busca de trabajo. La culpa, ya se sabe: la Transición.

El pasado siempre se manipula según los intereses del presente: tal es, como recordaba Georges Duby, la función de la memoria. Y aquí, sin olvidar lo que esa manera de ver tiene de ceguera voluntaria dirigida a ocultar las responsabilidades de lo ocurrido desde 1982 a 2014, es claro que si en lugar de la Transición, volvemos al proceso de transición, nada de lo que se le atribuye data de aquel tiempo. La ley electoral, por ejemplo, con su mezcla de distritos provinciales a los que se asignan dos escaños y de reparto proporcional por el método D’Hont, no se ideó para crear un sistema bipartidista, sino para asegurar al partido más votado una mayoría suficiente de escaños sin necesidad de obtener la misma mayoría en votos. Lo que con aquella ley se pretendía era garantizar a UCD, con la izquierda partida en dos mitades, comunista y socialista, una posición dominante. Y lo mismo vale para ese sistema de partidos rígido y fuerte que también es moda atribuir hoy a la Transición, pero que por ningún lado aparece durante el proceso de transición. UCD se disolvió víctima de sus pulsiones suicidas, y el PCE, con sus reiteradas purgas, se fragmentó hasta alcanzar el nivel de la irrelevancia. Los únicos que se consolidaron, no sin problemas, fueron el PSOE y los nacionalistas catalanes y aun vascos, flanqueados por Alianza Popular con su famoso techo de cemento. ¿Dónde están los partidos rígidos, puras máquinas burocráticas, y dónde el bipartidismo durante el proceso de transición?

Algo parecido ocurre con la cuestión territorial. Hoy se atribuye a la Transición el embrollo autonómico en el que ha venido a desembocar lo que comenzó como demanda o exigencia de autonomías regionales. En realidad, y dejando aparte el hecho de que las primeras propuestas de autonomía para Cataluña presentadas en un Parlamento español —Cambó durante la Gran Guerra y a su fin— vinieron acompañadas de la reclamación del mismo derecho por y para otras regiones, lo que importa es que de la cuestión territorial se podrá decir cualquier cosa menos que quedó zanjada durante el proceso de transición. Uno de los problemas derivados de este proceso fue precisamente que la Constitución, en lugar de cumplir su papel como “acto de desconfianza” al modo definido por Constant, se excedió en la confianza otorgada a los políticos que habrían de administrarla, pues al no señalar límites nítidos entre las competencias del Estado y de las comunidades autónomas, permitió que todo quedara al albur de las clases políticas que habrían de consolidarse en las nuevas entidades políticas y administrativas. Si para algún caso vale aquello de que quien tiene autoridad para interpretar las leyes es el verdadero legislador y no quienes las escribieron o proclamaron, ese sería el del Estado español, configurado más por los Estatutos de autonomía y por la multitud de sentencias “interpretativas” de los sucesivos tribunales constitucionales que por la misma Constitución.

De la Transición como régimen se podrá hablar si lo que se pretende, manipulando el pasado, es deslegitimar o socavar el actual sistema político atribuyéndole un pecado de origen cuya culpa habría de pagar muriéndose y desapareciendo de escena: las reservas para empezar una y otra vez de cero son, entre españoles, inagotables. Pero si de lo que se trata es de someter a crítica las instituciones y las políticas desarrolladas durante los 30 años que median desde el fin del proceso hasta hoy, sería más fructífero abandonar las mayúsculas y explicar por qué, cómo y en qué han fallado esas políticas y esas instituciones. La Transición como acontecimiento no es más que una entelequia: atribuirle los males presentes con el propósito de cambiar el pasado es el mejor camino para perder el futuro.

 Santos Juliá es profesor emérito de la UNED.

 

La carga del pasado

EL PAÍS – 12 OCT 2014 José Álvarez Junco La Transición demostró que el cambio era posible y que los dirigentes actuaron de manera sensata. Pero no hay milagros: muchos problemas heredados quedaron en pie. Desligarse de ellos exige un gran esfuerzo

1412622504_618927_1413041771_noticia_normalHace solo veinte, o incluso diez, años, España parecía haber superado muchos de los problemas que habían mantenido al país hundido en un atraso secular. Un atraso relativo, solo comparado con Inglaterra, Francia o Alemania, pero vivido como muy humillante por nuestros bisabuelos, que creían en pueblos o razas superiores e inferiores y no podían admitir compararse con Polonia, Turquía o Marruecos. Mirándose en el espejo de la Europa avanzada, las generaciones del 98 o del 14 se angustiaron y desesperaron ante lo que percibieron como país pobre, dividido entre unos pocos latifundistas con ínfulas nobiliarias y unos millones de braceros toscos e ignorantes; con unos períodos de efervescencia política seguidos por otros en que reinaba el orden gracias a la fuerza, el caciquismo y el falseamiento del sufragio; sometido a una influencia clerical desmesurada incluso para el mundo católico y a un intervencionismo militar que se traducía en constantes pronunciamientos y dictaduras; y enfrentado con el nuevo desafío catalán y vasco.

Ese inestable cóctel llevó, tras muchos zig-zags, al baño de sangre de 1936-39. Pero pareció superado al terminar el largo período franquista, con una Transición relativamente fácil. No seré yo quien reniegue de la Transición. Pero sí del clima triunfalista que generó. De repente, pareció que todo iba bien: habíamos resuelto nuestros problemas —salvo el territorial—: ni éramos pobres ni dominaban ya militares, curas y latifundistas. Sacábamos pecho. Éramos un país europeo, “normal”. Hablábamos del “milagro español”. Celebrábamos con toda pompa los fastos del 92. Nuestros ferrocarriles y carreteras deslumbraban ahora a los europeos, que hacía nada de tiempo estaban a años luz de nosotros —era en parte gracias al dinero europeo, pero eso mejor olvidarlo—. Nuestra renta per cápita iba a superar a la italiana, luego a la británica, y era cuestión de tiempo alcanzar a franceses y alemanes. En cuanto a nuestra democracia, quién podía ponerle un pero. Qué importaba que en Inglaterra o Estados Unidos hubiera tardado siglos en formarse y la nuestra fuera de ayer y poco menos que caída del cielo.

Pero no hay milagros. La Transición, con todas sus virtudes, se hizo sin cumplir un requisito que hubiera preocupado a un Giner de los Ríos: la preparación pedagógica indispensable para cualquier avance político. Es verdad que en el mundo clandestino del antifranquismo se había ido creando una cierta cultura democrática, pero estaba cargada de rasgos jacobinos o inquisitoriales; no se interiorizaron los valores de libertad, de respeto al otro, de convivencia con el disidente. Faltó ese saber ser libres que no se establece por decreto, como se establecen las convocatorias electorales, sino que se aprende con tiempo, esfuerzo y duros golpes al dictador que todos llevamos dentro.

Una función pedagógico-política de este tipo podía haber cumplido la malhadada Educación para la Ciudadanía, pero esta se enfocó por otros derroteros, más sofisticados, más provocadores frente a la moral católica tradicional, menos centrados en lo que aquí necesitamos: aprender a debatir, a escuchar al discrepante, a practicar la libertad de manera responsable; es decir, a hacer exactamente lo contrario de lo que hacen los tertulianos o los reality shows televisados. Mi generación no pudo leer a Giner de los Ríos o a John Stuart Mill. Para las siguientes, se decidió que no hacía falta (y ahora el Gobierno suprime, sin más, la educación cívica). Y eso se paga.

El pesimismo es lo que menos necesitamos ahora. Construyamos sobre los datos positivos

Una democracia que no se asienta sobre una ciudadanía educada y consciente de sus derechos es necesariamente de mala calidad. Porque el ciudadano sin formación política tiende a cometer errores de bulto. Uno de los primeros es caer en el populismo, que consiste en aceptar la ingenua idea de que el pueblo es bueno y que todo iría bien si se hiciera lo que él quiere o intuye; los culpables de nuestros males son los dirigentes, “los políticos”. Lo cual elimina la responsabilidad de la ciudadanía, pese a ser ella quien ha generado y ha elegido a estos. Y conduce a un segundo error: poner desmesuradas esperanzas en un líder o un partido, sentarse a esperar redentores, políticos fuertes y honestos que, sin esfuerzo por nuestra parte, nos resolverán los problemas. Lo cual provoca enseguida el desencanto. El elector defraudado gira entonces al otro extremo y empieza a denigrar al que ayer veneraba. Ortega lo escribió: hay que “desterrar, podar del alma colectiva, la esperanza en el genio, que viene a ser una manifestación del espíritu de la lotería. (…) Prefiero para mi patria la labor de cien hombres de mediano talento, pero honrados y tenaces, que la aparición de ese genio, de ese Napoleón que esperamos”.

¿Cómo pudimos creer que, en un abrir y cerrar de ojos, habíamos superado un pasado tan duro, que toda nuestra herencia cultural había desaparecido por arte de magia? El ser humano se comporta según le enseña el entorno en que crece. Lo cual de ningún modo significa que estemos sometidos a un destino fatal, que el pasado sea una losa imposible de levantar. Sobran los ejemplos de cambios; el cambio existe, es incluso inevitable en la historia; pero las herencias y las continuidades, también.

Que el cambio era posible se demostró durante la Transición. Un exfalangista, joven, listo y ambicioso, comprendió que era inevitable desmantelar el régimen y lo hizo en relativamente poco tiempo. Un rey, joven también y menos corto de lo que creíamos, entendió que las circunstancias no le permitían comportarse como su abuelo. Los dirigentes de la oposición renunciaron a los maximalismos revolucionarios a cambio de un sistema democrático parlamentario. Los dirigentes actuaron, pues, de manera sensata. Pero muchos problemas heredados quedaron en pie.

Sentarse a esperar redentores que nos resuelvan las dificultades conduce al desencanto

Dejando de lado los aspectos económicos, que no son mi campo, y ciñéndome a lo institucional y cultural, no era lógico pensar que unos funcionarios, jueces, militares o policías que habían aprendido a desempeñar sus tareas en un régimen de sumisión, halago al jefe y cultivo de clientelas, iban a convertirse en impecables servidores de la ley y el bien público sin necesidad de ningún tipo de reciclaje. Ni que unos ciudadanos que habían obedecido durante siglos por puro miedo al castigo, una vez suavizado este y sin aprendizaje alguno iban a interiorizar y cumplir las normas de convivencia. Ni que los propios políticos que condujeron la Transición iban a dejar de aprovechar el entorno y los reflejos heredados para recaer en el clientelismo y el autoritarismo. Ni que un país con tan pobre tradición científica iba a empezar a tener, sin un enorme esfuerzo de inversión y nuevos métodos de enseñanza y de selección del personal, tantos premios Nobel de Física o Medicina como otros donde se había cultivado la ciencia durante siglos. Ni que profesores para quienes una clase consistía en recitar un monólogo ante un grupo de oyentes pasivos, que debían repetirlo luego memorizado en un examen, iban de repente a saber incentivar la lectura, fomentar la participación de sus estudiantes y debatir y pensar juntos. Ni que una ciudadanía acostumbrada a escabullirse de la hacienda pública, y a admirar a los defraudadores, iba a pagar honradamente sus impuestos. Ni que quienes habían crecido al amparo de caciques no iban a votar, ahora que podían votar, a alcaldes corruptos pero que traían dinero al pueblo.

No estoy recetando un retorno a la literatura del “Desastre” y al “problema de España”, a la autoflagelación y al ensayismo fácil sobre caracteres colectivos de raíz metafísica. Una dosis de pesimismo es lo que menos necesitamos ahora. En la España actual hay datos positivos, como el que nadie cuestione la legitimidad de la democracia; o que no haya una extrema derecha populista, al contrario que en nuestra siempre envidiada Francia; o el carácter pacífico del proceso catalán —por ambas partes; y pese a las pasiones que levanta—; o la insólita transformación de nuestras fuerzas armadas. Construyamos sobre esos datos.

No hay que ser fatalistas, pero tampoco ingenuos. Evitemos la ilusión milagrera. Las ataduras del pasado son superables, pero para desligarse de ellas hay que reconocer su existencia y realizar un gran esfuerzo.

José Álvarez Junco es historiador. Su último libro es Las historias de España (Pons / Crítica).  

Las deformaciones de la memoria

EL PAIS – 7 DIC 2014

José Álvarez Junco

La Guerra de la Independencia española y la ocupación alemana de Francia son conflictos complejos simplificados por interés patriótico. Para entender el pasado nada hay más distorsionador que el nacionalismo

 

1417620379_683896_1417886877_noticia_normalEste 2014 ha sido un año de centenarios: el del inicio de la Gran Guerra europea, por ejemplo, o el del final de la de Sucesión española. Más inadvertido ha pasado, sin embargo, la conmemoración de 1814, fecha en la que terminó la guerra napoleónica en España y volvió el Deseado Fernando VII, quien dio su golpe de Estado contra el régimen constitucional, encarcelando o enviando al exilio a sus padres fundadores.

Aquella guerra que finalizó hace 200 años fue un acontecimiento de extraordinaria complejidad. Se combinaron en ella, como mínimo, un enfrentamiento internacional (entre Francia e Inglaterra, las dos grandes potencias imperiales del momento; suyos fueron los dos Ejércitos que libraron las principales batallas en la Península) y una guerra civil (pues hubo españoles en los dos bandos). Pero tuvo mucho también de reacción xenófoba, antifrancesa, que conectaba con la francofobia heredada de la Monarquía de los Austrias y, específicamente, de las resistencias al reformismo ilustrado del siglo anterior; de pugna partidista entre godoístas y fernandinos (protagonistas, estos últimos, de muchas de las sublevaciones que se presentaron como “antifrancesas” a finales de mayo de 1808); de cruzada antirrevolucionaria, que reactivaba las prédicas de la guerra de 1793-1795 contra nuestros ateos y regicidas vecinos; de explosión localista, plasmada en las diversas juntas rebeldes (cuya unificación en una Central y Suprema no fue nada fácil); de protesta social popular (contra los godoístas, que solían coincidir los “afrancesados” y, no por casualidad, con los potentados del lugar), etcétera.

Tan difícil fue entender políticamente aquel conflicto que tardó años en ser bautizado: tras recibir nombres como la Revolución española o la Guerra del Francés, acabó siendo simplificado en términos nacionales: había sido una Guerra de Independencia de todos los españoles —salvo los inevitables traidores; hasta en las mejores familias hay degenerados— contra un intento de absorción imperial por parte de Napoleón. Siguiendo este guión se convertiría, durante el resto del XIX, en piedra angular de la mitología nacionalista. Año tras año, el Dos de Mayo sería conmemorado en términos patrióticos, principalmente en Madrid; se erigirían monumentos a los fusilados en esas fechas; Galdós dedicaría a aquella guerra la primera serie de sus Episodios nacionales; y Bernardo López García escribiría el poema patriótico de mayor éxito, que comenzaba con el lastimero “Oigo, patria, tu aflicción”. En definitiva, era un buen comienzo para el siglo del nacionalismo —un siglo que, en el caso español, parecía ofrecer tan pocas cosas de las que enorgullecerse—: un levantamiento unánime, protagonizado por un pueblo inerme, abandonado por sus élites dirigentes, que pese a todo había derrotado al mejor Ejército del mundo; proeza que reforzaba la leyenda escolar de la raza invencible en milenaria pugna por afirmar su identidad frente a intentos de dominio extranjero.

Para defender aquella versión había que olvidar que el general en jefe de los Ejércitos supuestamente “españoles” se había llamado sir Arthur Wellesley, duque de Wellington; que en las filas “francesas” habían luchado no solo regimientos y mariscales de Napoleón (con tropas polacas o italianas), sino también soldados y generales españoles; que las élites intelectuales, eclesiásticas, burocráticas y militares del país se habían alineado mayoritariamente con José Bonaparte; y que la guerra había estado virtualmente ganada por los josefinos durante tres años, entre principios de 1809 y finales de 1811, hasta que Napoleón se llevó a más de la mitad de sus tropas a la desastrosa campaña rusa; solo entonces se atrevió el cauteloso Wellington a salir de Portugal; y fue él, y no los generales españoles, quien ganó batallas a los franceses. En la primavera de 1810, cuando Cádiz y Palma de Mallorca eran las únicas ciudades rebeldes al rey José, este hizo un periplo por Andalucía en el que fue recibido de manera entusiasta en numerosas poblaciones. Ningún monumento, ni libro subvencionado por instituciones nacionales ni regionales, recuerda aquel viaje.

Para explicar la complejidad de este conflicto sin herir susceptibilidades patrióticas, se me ocurre compararlo con un período paralelo de la historia francesa: los años 1940-1944, pasados bajo ocupación alemana; algo que seguramente agradará a los españolistas (así como el chauvinista galo estará probablemente encantado de lo que lleva leyendo en este artículo hasta el momento). Un siglo y cuarto después de Napoleón, también Francia fue ocupada por los Ejércitos de su vecino del noreste y se desarrolló un trágico enfrentamiento que la historia hoy dominante presenta como de resistencia unánime contra el invasor alemán. El régimen de Vichy, según esta versión, habría consistido en un puñado marginal de traidores, mero producto de la imposición extranjera y desprovisto de toda legitimidad. Quien encarnó la Francia eterna fue la Résistence, acaudillada por De Gaulle desde el otro lado del Canal. Y de ahí que nuestros vecinos galos se crean con perfecto derecho a figurar entre los vencedores de la Segunda Guerra Mundial.

Lamentablemente para esta versión tan autocomplaciente, también en este caso se produjo una colaboración con los ocupantes mucho más generalizada de lo que se nos quiere hacer creer; que el gobierno de Vichy no fue solo una marioneta (que lo fue), sino que sintonizaba con una parte importante de la población francesa; que la conservadora visión del mundo del mariscal Pétain, tan ajena a la tradición revolucionaria, coincidía con lo que sentían muchos franceses, sobre todo provincianos de clases medias. Para Pétain, el eximio patriota, el héroe de Verdún, la colectividad debía primar sobre los individuos; Francia era un país católico; protestantes, extranjeros y judíos no eran gente de fiar; era preciso eliminar el capitalismo liberal, una “importación extranjera”; y el país debería reorganizarse, no sobre la base del individualismo inorgánico propio de la “seudo-democracia plutocrática”, sino a partir de sus “comunidades naturales” (familia, profesión, región), únicos principios sólidos para una sociedad ordenada y estable.

Con Pétain colaboraron, aparte de la miríada de oportunistas que aparecen en estas ocasiones, las organizaciones de excombatientes de 1914-1918 y buena parte de los altos cuerpos de la Administración, la Iglesia, los patronos, los grandes industriales, la banca y muchos artistas e intelectuales; en general, clases sociales acomodadas, dominadas por el antibolchevismo, la obsesión por mantener el imperio colonial y el temor a los cambios sociales propios de la modernidad que Francia llevaba décadas experimentando. Hubo cientos de miles de franceses, de todas las procedencias y clases sociales, que no solo denunciaron a judíos sino que prestaron apoyo político explícito a los alemanes, hicieron propaganda a favor de la colaboración e incluso se enrolaron con el uniforme del ocupante.

La principal diferencia entre estos dos fenómenos de ocupación y colaboración es que Vichy está más próximo en el tiempo. Quizás por eso, o porque en nuestra época los mitos nacionalistas van siendo más difíciles de vender, en Francia ha habido gestos que apuntan hacia la revisión de esta versión patriótica de aquellos hechos. Incluso Chirac, presidente de la República, reconoció la participación francesa en redadas antijudías y pidió perdón por ello. En España, aparte de algunos libros académicos de gran calidad, a nadie se le ha ocurrido todavía reivindicar a los “afrancesados” ni denunciar las crueldades de la guerrilla.

La España de 1808-1814 y la Francia de 1940-1944 no son, desde luego, casos únicos. No hace falta traer a colación la distorsión que el nacionalismo catalán ha hecho de la Guerra de Sucesión española. Algo similar ocurre en relación con la actuación de tantos países europeos en la Segunda Guerra Mundial. Especialmente en el este de Europa, donde las sociedades se dividieron y muchos colaboraron con el nazismo y/o con el estalinismo, hoy no se encuentran más rastros públicos de aquel complicado período que los museos o las lápidas en que cada país se autorretrata como víctima inocente de la barbarie extranjera.

Puede que la autoestima colectiva exija elaborar versiones del pasado en las que se contraste la maldad extranjera con la nobleza propia. Pero para comprender adecuadamente el pasado no hay prisma más distorsionador que el nacionalismo.

Españoles en Gurs

Miguel Martorell, profesor de Historia Contemporánea de España en la UNED
EL PAÍS, 22 AGO 2014

No hay mucha gente que sepa lo que ocurrió en esta zona del sur de Francia. Y, sin embargo, el campo de concentración que se instaló allí resume uno de los momentos más trágicos de la historia del viejo siglo XX

1408124899_136501_1408635072_noticia_normalLo primero que llama la atención al llegar es la altura de los árboles y la frondosidad del bosque. No porque los árboles sean más altos que otros de la vecindad, ni porque el bosque sea más tupido que otros muchos que pueblan el Bearn, frescos en verano, gélidos en invierno. Lo que ocurre es que uno no esperaba encontrar allí un bosque. Ni mucho menos que, tras comprender que solo puede tener unas décadas, fuera tan compacto, tan oscuro y silvestre. Sorprende el empuje de la naturaleza, parejo al de aquellas películas de ciencia ficción donde la Estatua de la Libertad figura en medio de la selva o mecida por las olas. Solo que en esta ocasión los árboles no esconden un símbolo de la libertad, sino todo lo contrario: bajo sus raíces hubo no hace tanto un campo de concentración.

Fue desmantelado a finales de 1945. Sus desechos se vendieron como chatarra, los restos se incendiaron. Sobre su emplazamiento, en 1950, se plantó el bosque. Y frente al bosque solo quedó un cementerio con más de mil muertos: no se atrevieron a arrasarlo. Es fácil comprender que quisieran borrarlo del mapa: nadie desea vivir junto a un símbolo de la ignominia. Al fin y al cabo, Gurs es un hermoso pueblecito de la Navarra francesa. El camino hacia el campo está festoneado de coquetas casas residenciales, palacetes a la parisina construidos para veraneantes al comenzar el siglo pasado o típicas viviendas de estilo local, con sus enormes tejados. Ciertamente, desentonaba con el encanto del pueblo.

El campo de Gurs es uno de los varios espacios en los que Francia refrenó la avalancha de republicanos españoles que atravesó los Pirineos huyendo de las tropas de Franco al acabar la Guerra Civil, en el invierno de 1939: cerca de medio millón cruzaron la frontera tras la caída de Cataluña. No quiso el Gobierno republicano francés que sus correligionarios españoles se extendieran por todo el país y estableció en el sur varios centros de internamiento: Argèles-sur-mer, Rivesaltes, Barcarès, Septfonds, Gurs… Algunos apenas albergaban construcciones, como la playa de Argèles, cerca de Colliure, donde una cerca delimitaba el espacio en el que a la intemperie se hacinaron 100.000 españoles en un invierno tan frío como no se recordaba en años, con varios centímetros de nieve sobre la arena mediterránea.

Gurs se construyó entre marzo y abril de 1939 para aliviar la sobrepoblación de la playa de Argèles. Fue el mayor de los “campos de internamiento administrativo” —como eufemísticamente los denominaba la jerga burocrática francesa— destinados a contener a los españoles. Cercado por una doble red de alambre de espino, medía casi dos kilómetros de largo y estaba dividido en 13 islotes, cada uno de ellos con 25 barracones de madera: todos iguales, de 6 metros por 30, alojaban a 60 presos cada uno. No había en los barracones ningún equipamiento: ni camas, ni estanterías; los presos dormían en el suelo. Cada islote tenía cocinas y letrinas comunes. El suelo era de tierra y con la lluvia, siempre copiosa, se transformaba en un pantano: “En cuanto salíamos del barracón, nos hundíamos en un suelo esponjoso hasta los tobillos”, recordaba un superviviente. Gurs podía retener a unas 20.000 personas: era el núcleo más poblado de la región tras Pau y Bayona. Por él pasaron más de 25.000 españoles y brigadistas internacionales que lucharon en España. Cerca de una treintena perdieron allí la vida y hoy reposan en su cementerio.

Los españoles, empero, constituyen solo una pequeña parte de los habitantes del cementerio de Gurs. La mayoría son judíos. Y ello es así porque el campo tuvo en sus seis años de vida una intrincada historia. La mayoría de los españoles fueron expulsados entre finales de 1939 y principios de 1940. A muchos los repatriaron: el Gobierno francés los entregó en mano a la maquinaria represiva franquista. Otros, sin alternativas, regresaron por su cuenta y afrontaron una suerte parecida. Algunos fueron reclutados —más o menos voluntariamente— para los batallones de trabajo que construían trincheras en el frente, a la espera de la invasión alemana, o en el Ejército francés. Solo unos pocos tuvieron la fortuna de permanecer en el sur de Francia, de encontrar allí un trabajo o una familia que les brindaran la oportunidad de empezar una nueva vida.

Entre agosto de 1939 y la primavera de 1940 los franceses confinaron en Gurs a ciudadanos alemanes. Fueron los meses de la drôle de guerre, o guerra de broma. Mientras los nazis estuvieron ocupados en el frente del este no hubo operaciones bélicas en Europa occidental, pero la contienda ya había comenzado y Francia recluyó en campos a los alemanes residentes en el país. Una terrible paradoja, pues la mayoría eran refugiados políticos o judíos huidos del Tercer Reich. Hannah Arendt, por ejemplo, pasó por Gurs aunque logró abandonarlo en julio. Cuando finalmente llegaron los nazis se encontraron que los franceses habían hecho el trabajo sucio de recluir a sus opositores. Como observó Arendt con ironía, los disidentes alemanes fueron ingresados “por sus amigos en campos de internamiento y por sus enemigos en campos de concentración”.

Tras la ocupación alemana y la creación del régimen títere de Vichy, entró la tercera oleada de cautivos. Los nazis y sus aliados franceses llenaron el campo con quienes reputaban como indeseables: disidentes políticos, gitanos y judíos. Judíos franceses detenidos por las autoridades de Vichy, judíos alemanes trasladados desde Baden, Renania y el Sarre: llegaron, en total, unos 18.000 judíos. Más de mil murieron debido a la desnutrición y al frío, implacable en el crudo invierno del Bearn. No corrieron mejor suerte los supervivientes. Gurs fue la “antesala de Auschwitz”, escribió hace unos años Jorge Semprún, pues allí fueron deportados los internos judíos entre 1942 y 1943. No era un campo de exterminio, no tenía cámara de gas. Pero sí fue una escala en el camino hacia las cámaras de gas.

Expulsados los judíos, Gurs languideció hasta la liberación del sur de Francia, en agosto de 1944, cuando las nuevas autoridades encerraron allí a prisioneros alemanes y colaboracionistas franceses. La última tanda de reclusos la integraron… republicanos españoles. Esta vez fueron cerca de 1.500 guerrilleros que desde la frontera francesa hostigaban a la España franquista. Habían perdido dos guerras, la española y la mundial, y la Francia recién liberada no sabía qué hacer con ellos. Fueron puestos en libertad en pocos meses y en diciembre de 1945 el Gobierno francés clausuró el campo. De este modo se cerró el círculo: presos españoles estrenaron Gurs; presos españoles fueron los últimos en abandonarlo. Luego vinieron el bosque y el olvido.

No hay mucha gente en España que sepa dónde está Gurs ni qué ocurrió allí o en otros campos del sur de Francia como Septfonds, Barcarès o Argelès. O en Mauthausen, el campo de concentración nazi donde murieron más de 8.000 españoles. Son nombres chocantes, de extraña resonancia. Parecen ajenos y sin embargo constituyen una pieza esencial de nuestra historia. A principios de este siglo Jorge Semprún escribió su única obra de teatro: la tituló Gurs, una tragedia europea. Superviviente del campo de concentración nazi de Buchenwald, Semprún sabía que en aquellos años la historia de España y la de Europa formaban una sola y que Gurs testimoniaba dicho vínculo, como también atestiguaba la barbarie que asoló el continente en las décadas centrales del pasado siglo, desde Algeciras hasta los Urales.

Así lo refleja su cementerio, sito frente a un bosque oscuro y húmedo, plantado para borrar el recuerdo de todo aquello. Un cementerio donde más de mil hombres y mujeres hallaron la paz que les fue negada en vida. Paseando entre sus lápidas se pueden ver apellidos tan diferentes como Klein, Durlacher, Gómez, Kauffmann u Orzolkowski. Nombres de gentes venidas al mundo en lugares tan distantes, y allí tan cercanos, como Karlsruhe, Odessa, Rotterdam, Torredonjimeno…

 

Una tradición inventada

Santos Juliá

EL PAIS 19 de Junio de 2014

Ni en su origen ni en las primeras décadas de existencia de las izquierdas la República estaba entre sus preocupaciones. Para algunos, es como si no hubiera ocurrido nada entre 1930 y 2014

 

1403109760_054248_1403111360_noticia_normalEntre los males que de un tiempo a esta parte se achacan al proceso de transición política a la democracia iniciado en julio de 1976 ocupa un destacado lugar lo que el portavoz de la Izquierda Plural evocaba hace unos días en el Congreso como “renuncia de tanta gente a tantos sueños y tantas convicciones, hasta aceptar un monarca designado inicialmente por el dictador”. Basaba Cayo Lara la legitimidad de la convocatoria de “un referéndum para que el pueblo decida su destino” precisamente en “todas esas renuncias en la Transición para que la democracia saliera adelante”. Al cabo de 35 años, Izquierda Plural tiene claro que los males que afectan a la democracia española proceden de aquellas renuncias en mala hora consentidas por los partidos que fraguaron el pacto constitucional y entre los que nadie diría hoy que el comunista haya desempeñado un papel fundamental.

 ¿Renunciaron los dos partidos de la oposición de izquierdas, el socialista y el comunista, a su “vocación republicana” durante el proceso de transición a la democracia? O mejor, ¿definía a esos partidos, PSOE y PCE, una cultura, una vocación o una tradición republicanas? Y si era así, ¿desde cuándo? Porque si algo hay claro en la historia de ambos partidos es que ni en su origen ni en las primeras décadas de su existencia dieron muestra alguna de que la República como forma política del Estado entrara entre sus principales preocupaciones.

Más bien sucedía lo contrario: en las deslumbrantes claridades dicotómicas que inundaban de luz su concepción del mundo, Pablo Iglesias tardó tres décadas en percibir que existía un terreno situado entre explotadores y explotados, entre burguesía y proletariado, que merecía la pena explorar. Vencida al fin su repugnancia, accedió en 1909 a formar una coalición con los republicanos, tildados poco antes de “maestros consumados en el arte de engañar”, no por ningún motivo mezquino, como el de conquistar escaños en el Congreso, sino porque serviría para “ayudar a la revolución”.

La República adquirió así para los socialistas un valor instrumental al que se atuvieron en el futuro: valía en la medida en que permitía al proletariado “avanzar tranquilamente, sin innecesarias perturbaciones”, hacia su meta final. No es sorprendente, por eso, que en 1930 escribiera Julián Zugazagoitia que un socialista solo podía ver la idea de la República “con indiferencia” por la muy sencilla razón de que a quien se había educado en las convicciones marxistas “le tiene perfectamente sin cuidado el trastueque que se opera en un país al pasar de la Monarquía a la República”; una toma de posición no muy alejada de la respuesta antológica que el comité ejecutivo del PCE se dio a sí mismo después de preguntar, también en 1930, qué significaba la República para los obreros: “Es la Guardia Civil garantizando la propiedad y la explotación de los obreros y los campesinos bajo la dirección de un presidente en lugar del rey”.

Se comprende que solo al cabo de otros cuatro meses, mientras las gentes festejaban en las calles el advenimiento de la República, un grupo de agitadores del PCE irrumpiera con su camioneta en la Puerta del Sol gritando la consigna “Abajo la República, vivan los soviets”. Y que al cabo de cuatro años, hecha la experiencia republicana, El Socialista anunciara en un editorial que la República, “ni vestida ni desnuda nos interesa” y le deseara la muerte. ¿A manos de quién? Ah, eso no importaba, de quien fuera.

De modo que, cuando la rebelión militar de julio de 1936 puso a la República a los pies de los caballos, los partidos y sindicatos que acudieron a sofocarla conservaran, por encima de su adhesión o lealtad republicana, su identidad propia, su cultura y prácticas políticas, sus estrategias y sus metas finales, que no eran la República de 1931 sino el comunismo, el socialismo, el anarquismo o la independencia de sus naciones: por eso luchaban y por eso morían y por eso merecen ser recordados.

La debilidad de los republicanos y los fines muchas veces enfrentados de las fuerzas coligadas retrasaron y finalmente impidieron una estrategia común de defensa frente al enemigo, que tampoco el gobierno de Negrín pudo imponer. A pesar de la sangre derramada en su defensa, la República sucumbió doblemente derrotada: por quienes se rebelaron contra ella y por quienes en su interior libraron más de una guerra civil —en Cataluña, en Aragón, en Madrid—dentro de la Guerra Civil.

Años después de la derrota, cuando algún niño de la guerra o de la inmediata posguerra conversaba, en París o en Madrid, acerca de todo esto con un socialista de tal o cual facción, aprendía que los culpables de la derrota habían sido los socialistas de la facción contraria; si hablaba con un comunista, la culpa recaía sobre los anarquistas, por su indisciplina y su “infantilismo revolucionario”, o sobre el Consejo Nacional de Defensa, por su traición; y si con anarquistas o sindicalistas, entonces los culpables eran los comunistas, que habían vendido la República a los intereses de la Unión Soviética. ¿Cómo se podía, con estas memorias enfrentadas, hoy disueltas, silenciadas o desaparecidas en una inventada memoria democrática, recuperar una tradición republicana? Salvo la efímera ilusión acariciada tras el triunfo de los aliados en la Guerra Mundial, muy pocos en el exilio volvieron a acordarse de las instituciones de la República, digna y solitariamente mantenidas por personalidades republicanas sin el apoyo de los partidos socialista o comunista, por no hablar de los sindicalistas.

Por eso, cuando ahora se oye que las izquierdas españolas vienen de una tradición republicana a la que traicionaron en los años de Transición por el plato de lentejas de una democracia devaluada, habría que recordar que el Partido Comunista renunció a plantear la cuestión de la República veinte años antes de que la transición comenzase, en 1956, cuando publicó su célebre declaración “por la reconciliación nacional, por una solución democrática y pacífica del problema español”, donde la República ni se menciona. Y diez años después, en 1966, sería la mismísima Dolores Ibarruri quien, al recordar que el problema del régimen estaba en la calle y evocar a quienes “en el deshojar de la margarita política española se preguntan: ¿Monarquía y República?”, afirmaba que solo cabía una respuesta: Democracia y Libertad, ambas en mayúscula.

Democracia y libertad, sin mención de la República, fue también la base de la resolución a la que llegaron en Múnich en 1962 varios partidos de la oposición interior y del exilio, con presencia principal del PSOE. Y aunque con la cercanía de la muerte del dictador, la República —federal, para más señas— retornara a declaraciones y congresos, no conviene olvidar que el Partido Comunista y las llamadas personalidades independientes de la Junta Democrática no dejaron de instar a don Juan de Borbón a publicitar un manifiesto postulándose como titular de la Corona: no que no quisieran un rey en la jefatura del Estado, sino que se equivocaron de candidato. En cualquier caso, desde 1948 los socialistas y desde 1956 los comunistas, todos habían hecho saber en privado y en público que aceptarían un regente o un rey en la jefatura del Estado siempre que abriera el camino a un proceso constituyente con referéndum final. Y eso fue lo que ocurrió a partir de 1976 y hasta 1978, en condiciones que nadie podía ni imaginar siquiera treinta o veinte años antes.

Sin duda, nada se puede objetar a la legitimidad de una movilización por la República, pero no deja de suscitar cierta melancolía que a su cabeza se encuentren los herederos de quienes en los años sesenta del pasado siglo enseñaron a jóvenes desorientados que el problema no era Monarquía o República, sino democracia o dictadura. Hoy, como ya no hay dictadura, pero como volvemos a saborear el placer intelectual y el potencial movilizador de las claridades dicotómicas, el dilema vuelve a enunciarse, por quienes inventan una tradición republicana de la que se apropian ochenta y cuatro años después de haberla despreciado y combatido, como Monarquía o democracia. Con lo cual, limpios de polvo y paja, volvemos a 1930 sin que aquí haya pasado nada.

Ar­gu­men­tos tras­no­cha­dos

JO­SÉ ÁL­VA­REZ JUN­CO Y JA­VIER MO­RENO LUZ

‘El País’ – 2014-01-27

En el de­ba­te so­bre la re­la­ción en­tre Ca­ta­lu­ña y Es­pa­ña, los vie­jos tó­pi­cos esen­cia­lis­tas no so­lo no acla­ran el pro­ble­ma al que nos en­fren­ta­mos, sino que lo pue­den agra­var con re­no­va­das ofen­sas y des­ca­li­fi­ca­cio­nes

1390570451_670483_1390756723_noticia_normalEl economista César Molinas, en su importante artículo Lo que no se quiere oír sobre Cataluña (EL PAÍS, 19 de enero de 2014), trata de aportar soluciones al actual conflicto territorial y pone sobre la mesa propuestas bastante sensatas. Hace, además, un recorrido histórico en el que señala, con acierto, cómo los siglos XVI y XVII, pese a la conservación de las “libertades” medievales, representaron una fase oscura y decadente en la vida catalana, mientras que el XVIII, tras los Decretos de Nueva Planta, supuso el inicio del crecimiento industrial, mercantil y cultural de Cataluña. Sin embargo, el autor recurre a argumentos esencialistas, tan viejos como desacreditados, que no solo no aclaran el problema al que nos enfrentamos, sino que lo agravan con renovadas ofensas y descalificaciones.

En su opinión, el encaje de Cataluña en España es el de “un pueblo norteño en un país sureño”, juicio simplista e indemostrable que, al parecer, es la clave del asunto. El carácter nacional “norteño” se sustenta, nos dice, en dos factores: la europeidad “pata negra” y una ética del trabajo que no considera este un castigo divino sino un signo de elección, a la manera calvinista (Max Weber mediante). Unas cuantas objeciones deberían bastar para derrumbar esta tesis: si la incorporación al Imperio Carolingio fuera el sello de la pertenencia a Europa, eso querría decir que los pobladores de otros territorios de la memorable Marca Hispánica —los de Pamplona o Jaca, pongamos— serían más europeos que los de Lleida, fuera de sus límites; y el resto de los españoles quedarían condenados a arrastrar per secula seculorum la herencia —africana, horror— de Al Andalus. Del mismo modo, los vascos o los valencianos, pese a poseer amplios tejidos empresariales y pasar por laboriosos, serían “sureños”. A partir de aquí, los estereotipos se desatan: si los catalanes son trabajadores y serios, los otros españoles serán perezosos, ¿y también alegres e irresponsables? En fin, solo faltan unos buenos chistes con los acentos adecuados.

En realidad, lejos de enriquecer el debate con reflexiones que “no se quieren oír y, mucho menos, escuchar”, Molinas se limita a repetir tópicos que han sido oídos ad nauseam. Porque explicar el fenómeno del nacionalismo moderno a partir de la existencia de esencias nacionales, de rasgos que han caracterizado a las comunidades humanas desde tiempos remotos —en general, desde la Edad Media— y que se han perpetuado a lo largo de los siglos, es lo que han hecho una y otra vez, desde que la nación se convirtió en el mito legitimador de la soberanía, intelectuales de las más diversas tendencias. Muchos de ellos, sin duda, respetables e influyentes; pero empapados del clima nacionalista de su época. Esos rasgos podían radicar en la lengua, la religión, la mentalidad o las costumbres, según conviniera, pero lo decisivo era que revelaban una especie de espíritu o alma nacional, o al menos un carácter colectivo, tan indiscutible como firme y duradero. Un planteamiento alimentado por los nacionalismos, que, a partir de estos elementos culturales y del llamado principio de las nacionalidades (a cada nación corresponde un Estado), justificaron su reivindicación de un marco político propio.

Estas interpretaciones, de raíz romántica, han sido ampliamente rebatidas desde la Historia y desde otras ciencias sociales en los últimos 30 o 40 años. Hoy concebimos las naciones como artefactos culturales modernos, construidos por los nacionalistas —en particular, por diversas élites políticas e intelectuales, de dirigentes de partidos a escritores y artistas— sobre la base, eso sí, de elementos culturales preexistentes. Dicho de otro modo: la realidad social ha sido y sigue siendo muy compleja, y son los nacionalistas quienes la simplifican y reordenan a partir de sus propios intereses y percepciones, dividiendo a la humanidad con fronteras culturales que aspiran a ser políticas.

Y ahora precisamente, cuando estas nuevas visiones de la cuestión parecen estar bien asentadas entre los investigadores, resurgen en España, al calor del agudo enfrentamiento actual entre nacionalismos, los vetustos argumentos esencialistas. No es raro, por ejemplo, encontrar hoy afirmaciones sobre la extrema antigüedad de la nación española, “la más vieja de Europa”, según se obstina en repetir el presidente Rajoy. No sabemos por qué los redactores de sus discursos han decidido ignorar la existencia de los reinos de Francia e Inglaterra, que se llaman ya así desde los siglos X u XI, mientras que del “reino de España” no sería posible hablar hasta los Reyes Católicos, a finales del XV. Y aún entonces no era propiamente un reino ni, mucho menos, constituía una nación en el sentido moderno del término. Pero es que todavía siguen estando en boga ciertas ideas, comunes en el siglo XIX y en la primera mitad del XX, pero muy anticuadas hoy, como las que desarrollaron Modesto Lafuente o Ramón Menéndez Pidal: que ya desde la época prerromana, los habitantes de la Península eran individualistas, sobrios, sencillos, religiosos, idealistas…; es decir, que existe un “carácter español” desde hace milenios. Establecido, en definitiva, por la divina providencia.

En cuanto a lo que hoy podríamos llamar el “hecho diferencial” catalán, es algo sobre lo que se ha discutido desde la Renaixença de mediados del XIX. Los nacionalistas catalanes, poco más tarde, quisieron dejar bien claras las peculiaridades que les distinguían de los demás ciudadanos españoles, a partir de su lengua y sus tradiciones, incluyendo con frecuencia un toque de desprecio hacia los otros pueblos peninsulares. Más de uno llegó incluso a adoptar expresiones racistas, como Narcís Verdaguer, para quien los catalanes eran arios y los castellanos “africanos” (“bereberes”, concretaría Enric Prat de la Riba), o el lunático Pompeu Gener, quien afirmaba que el escaso amor al trabajo de los castellanos se explicaba por su sangre semita.

Mejor será no recaer en estas formas de pensar, que no ayudan en absoluto a entender los fenómenos nacionales y mucho menos a suavizar los conflictos políticos. Además de —o en vez de— volver a Ortega y a Vicens, deberíamos leer El mito del carácter nacional de Julio Caro Baroja, Razón del mundo de Francisco Ayala, o lo mucho y bueno que se ha escrito en la propia Cataluña. Por ejemplo, El imperialismo catalán, de Enric Ucelay da Cal, que desmiente por completo esa supuesta “falta de ambición para proponer un proyecto capaz de integrar a todos los catalanes, y también a todos los españoles”. Si algo les sobraba a los primeros catalanistas era ambición. Por no hablar de la “aversión (catalana) a participar en el Gobierno del Estado”, cuya falsedad demuestran desde Juan Prim, Manuel Duran i Bas, Francesc Cambó y Jaume Carner hasta Narcís Serra y Josep Piqué, pasando por Laureano López Rodó.

El feudalismo carolingio y la “mentalidad” menestral no explican, en resumen, nada o —seamos generosos— casi nada de los problemas actuales. Dentro de España no hay pueblos más europeos que otros, ni podemos hablar de norteños y sureños ni de caracteres permanentes que, en caso de condicionar las pugnas políticas en curso, las convertirían en insolubles. Lo que hay es una sociedad compleja, muy dividida en torno a su ubicación en la estructura territorial del Estado español, y un sector radicalizado de las élites políticas barcelonesas decidido a acabar con su dependencia de Madrid. Lo cual es legítimo. No lo es tanto, ni nos aproxima en absoluto a una posible salida dialogada y democrática del contencioso, invocar la historia de manera distorsionada, manipulándola para reivindicar una arcadia que nunca existió o una heroica lucha de siglos contra la opresión nacional, y tampoco para exhibir un pedigrí europeísta frente a los parvenus del sur del Ebro o una división esencial y poco menos que eterna entre los tímidos menestrales de un lado y los ambiciosos hidalgos del otro.

José Álvarez Junco y Javier Moreno Luzón son catedráticos de Historia en la Universidad Complutense de Madrid.

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Historia de dos ciudades

José Álvarez Junco

EL PAIS 29 SEP 2013

1380297036_217736_1380383710_noticia_normalSi hay una conclusión dominante que puede extraerse de los miles de libros y artículos dedicados a los nacionalismos, sería que los factores que explican su existencia no son las razas, la religión o la historia. Tampoco los intereses económicos, como quiso el marxismo. Más que burguesía, lo que encontramos tras estos procesos son élites político-intelectuales. No intelectuales en el sentido de grandes creadores de arte o pensamiento sino de personas que manejan y difunden productos culturales y que con ello se ganan la vida o son, o aspiran a ser, funcionarios. Pero sobre lo que quisiera reflexionar aquí hoy es sobre el hecho de que estas élites actúan necesariamente desde centros urbanos, porque es allí donde se crea y difunde la cultura. Allí se reúnen, intercambian ideas, conciben y lanzan su proyecto. La disputa se libra entre ciudades; más precisamente, entre élites urbanas.

Durante milenios, la humanidad ha vivido organizada en reinos o imperios, formas de dominación política dirigidas desde ciudades. No eran todavía naciones, porque no aspiraban a la homogeneidad cultural ni atribuían el poder soberano al pueblo. Al desaparecer en Europa el imperio romano, pareció que las ciudades iban a verse anegadas por un mundo rural regido por grandes señores dedicados a la guerra. Pero los centros urbanos recuperaron su fuerza y consiguieron crecer y rivalizar con los señores feudales. La superioridad de las ciudades fue su concentración de recursos (económicos y coactivos, como explicó Charles Tilly), frente a la fragmentación del poder del feudalismo. Aunque tampoco fueron las sociedades más urbanizadas donde surgió el Estado moderno. Muchas y muy esplendorosas ciudades había en el norte de Italia o en Flandes y, sin embargo, los grandes Estados europeos nacieron en territorios más amplios, dominados por un solo centro, como París, Londres o Madrid. Algunos de los Estados-nación europeos fueron más tardíos por la rivalidad entre varias ciudades, como Berlín y Viena o Roma, Milán y Turín.

En el caso español, hacia 1500 ninguna ciudad dominaba el conjunto de la Península. La zona más rica y poblada, Castilla la Vieja, se componía de una constelación de ciudades laneras (quizás la tercera europea, tras Italia y Flandes) y en el Mediterráneo había otra serie de poderosos núcleos urbanos marítimos y comerciales, como Valencia y Barcelona. Castilla acabó imponiéndose porque, tras su unión con Aragón y la conquista de Granada y Navarra, los monarcas establecieron allí su sede. Alguna razón tienen quienes hablan del “Estado español”, porque lo primero fue el Estado, en el que comenzaron a desarrollarse unas estructuras organizativas propias de un Estado moderno embrionario (tesorería, burocracia, ejército permanente). El sentimiento de nación llegó más tarde, y no sin dificultades. La capital en la que se acabaron estableciendo, Madrid, no era un gran centro agrícola, comercial, industrial o de comunicaciones. Era solo la corte y estaba situada en medio de un páramo, atractivo para los reyes porque había a su alrededor buenos terrenos de caza. Los monarcas, aliados primero con las ciudades frente a los señores feudales y sometiendo luego a aquellas al aplastar la rebelión comunera, consiguieron monopolizar el poder coactivo. Y, como cualquier monarca de la época, se embarcaron en multitud de empresas militares para ampliar sus dominios. Lo mismo hacían los reyes franceses o ingleses, pero con menor capacidad económica, debido a las remesas que los Habsburgo españoles recibían del continente recién descubierto al otro lado del Atlántico. Gracias a eso, esta monarquía logró imponer su supremacía en Europa durante algo más de un siglo. Pero su dedicación a las actividades militares, descuidando la creación de riqueza, acabó debilitándola, arruinando y despoblando sobre todo a Castilla, la región de más recursos y también la más sometida tras haber maniatado a sus Cortes (de ahí que los restantes reinos se resistieran, con razón, a perder sus inmunidades y privilegios). Su hegemonía europea terminó tras la Paz de Westfalia y sería sucedida por la francesa primero y por la británica después.

Al llegar la era contemporánea, aquella monarquía que estaba dejando de ser un im-perio quiso convertirse en una nación. Pero Madrid seguía siendo sobre todo corte, de la que emanaban órdenes principalmente militares, y apenas había crecido como centro productivo. En cambio, una primera industrialización textil se había producido, ya en el XVIII, en torno a Barcelona, que había sido sede de las instituciones representativas oligárquicas del Principado de Cataluña (Corts, Generalitat), por lo que albergaba una añoranza por su autogobierno perdido en 1714 (que nunca fue independencia en el sentido actual del término, pues dependía de la corona de Aragón). Era lógico que a la larga se desarrollara la rivalidad entre esta ciudad y Madrid.

A medida que avanzó el XIX, las élites barcelonesas se fueron viendo a sí mismas como más ricas, cultas y europeas que las madrileñas, de las que dependían políticamente. El desequilibrio era innegable. La ola romántica prendió, y no por casualidad, en Barcelona y se produjo una Renaixença, una idealización del esplendor medieval catalán y un sentimiento nostálgico por la lengua vernácula que se veía en extinción. Ya en el último cuarto del siglo, el Colegio de Abogados de Barcelona, para enfrentarse a la codificación, que les obligaría a competir en un mercado más amplio y homogéneo, defendió la singularidad del Derecho catalán, elaborando toda una teoría sobre su esencial incompatibilidad con el castellano, a partir de sus distintas raíces doctrinales (v. al respecto el libro de Stephen Jacobson). Luego vino el folklore, la sardana, la barretina, todo expandido por barceloneses en fervorosas excursiones al campo circundante, donde explicaban a los campesinos cuál debía ser, cuál era, en realidad —aunque no lo supieran—, su manera propia de vestir o de bailar. Joan-Lluis Marfany lo describió en un gran libro. Finalmente, aquel movimiento se presentó en política bajo el rótulo de Lliga Regionalista y la respuesta brutal de algunos militares asaltando sus periódicos provocó la Ley de Jurisdicciones y reforzó el estereotipo de que Cataluña encarnaba el civismo europeo frente a la barbarie de los castellanos.

Esas circunstancias, más que una identidad étnica mantenida sin interrupción a lo largo de un milenio, pueden ayudar a comprender el origen del nacionalismo catalán. Algo no muy distinto —aunque con muchas peculiaridades— ocurrió en el otro foco industrial del país, Bilbao (cuidado, no el País Vasco), que, sintiéndose superior por su riqueza y sus lazos con Inglaterra, lanzó también su órdago frente al dominio madrileño. En otros lugares, como Galicia, pese a tener seguramente mayores motivos para plantear una reivindicación nacionalista —dada su mayor homogeneidad lingüística, sus fronteras bien delimitadas y una situación de atraso que podría haber sido atribuida a la explotación “colonial” de Castilla—, el nacionalismo nunca tuvo tanta fuerza, por razones complejas, pero una de ellas seguramente porque no había una ciudad que fuera el centro, la capital natural; los escasos nacionalistas gallegos, al final, lanzaron sus propuestas desde Madrid o desde Buenos Aires.

Hoy, un siglo y pico después de este proceso, las circunstancias han cambiado mucho. Madrid no es ya el poblacho manchego que fue, sino el centro económico del país. Pero los estereotipos se mantienen vivos, porque el éxito de los nacionalismos lanzados desde Barcelona o Bilbao ha sido indiscutible. Por otro lado, en España se ha querido crear un Estado centralizado sobre el modelo francés, cuando la realidad es muy distinta a la francesa, dominada con claridad por un gran centro urbano con el que ningún otro puede rivalizar. En España hay, al menos, dos ciudades de tamaño y peso económico y cultural perfectamente comparable. Una, Barcelona, es claramente capital española en el mundo de la edición, el deportivo, el turístico. Y sus élites político-culturales, que no pueden soportar más la idea de depender de Madrid, han conseguido convencer a una gran parte de su población de que son diferentes a los españoles y de que lo mejor es, sencillamente, dejar de pertenecer a España.

No pretendo lanzar propuestas para superar la situación actual, sino simplemente in-troducir un elemento más, la pugna urbana, para ayudar a comprender el problema. Pero la teoría, inevitablemente, insinúa soluciones. Estamos en la era posnacional, en la que el Estado-nación ha dejado de ser soberano en muchos sentidos. No basta con constatar y apoyar ese proceso. También hay que hacer más compleja la organización de lo que queda del Estado. Sería interesante, por ejemplo, plantear una especie de doble capitalidad, o múltiple capitalidad, con instituciones estatales (el Senado, para empezar) situadas en otras ciudades, y con un tratamiento de las lenguas no castellanas como oficiales también del resto de España (en Canadá, Quebec es una minoría, pero el francés es oficial en todo el país).

Aunque me temo que es tarde para todo esto.

José Álvarez Junco es catedrático de Historia en la Universidad Complutense, Madrid. Su último libro es Las historias de España (Pons/Crítica)

Cádiz: la fundación de un Estado

Francesc de Carreras  (Catedrático de Derecho Constitucional de la UAB)

LA VANGUARDIA | 22/03/2012

La Constitución de 1812 regula los dos aspectos fundamentales de todo Estado liberal: la división de poderes y la garantía de los derechos

El Estado, según una concepción clásica, es aquel poder supremo que posee el monopolio de la coacción física sobre la población de un determinado territorio. Tener poder significa tener capacidad para determinar la conducta de otra persona. En este sentido, el Estado, en aquello que es de su competencia, tiene un poder superior a todos los demás, exclusivo y no compartido con nadie, ejercido a través de mandatos respaldados por la fuerza física, es decir, mediante legítimas detenciones, multas, encarcelamientos u otras medidas coactivas.

Los estados pueden ser de muy diversos tipos. El Estado liberal es, básicamente, aquel cuya finalidad es garantizar legalmente determinados derechos individuales mediante una organización que responda al principio de división de poderes. Pues bien, el primer Estado que existió en España fue liberal y de la Constitución que lo fundó se cumplieron el pasado lunes doscientos años.

¿No existía antes de esta fecha un Estado en España? Es obvio que España como territorio, incluso como trama de intereses, afectos y rencores, existía desde algunos siglos antes. Pero no estaba organizada completamente como Estado en el sentido antes dicho, sino que era una monarquía compuesta de diversos reinos, con leyes todavía muy distintas -a pesar de los decretos de Nueva Planta de Felipe V- e instituciones que todavía estaban en manos de la nobleza y del alto clero. En España aún había una organización política estamental, en fase agónica desde principios del siglo XVIII con la llegada de los Borbones, pero todavía con residuos feudales importantes. En definitiva, el rey no tenía aún el monopolio del poder.

Precisamente, el 6 de agosto de 1811 se aprueba en Cádiz el decreto de abolición de los señoríos jurisdiccionales, una antiquísima institución que otorgaba poderes políticos -legislativo, ejecutivo, tributario y judicial- a la nobleza y alto clero terrateniente, sustrayendo así amplios territorios al poder de la Corona. Con este decreto, entre otras medidas legales, todos los españoles quedaron sometidos a un poder político único: era el fin del Antiguo Régimen y el nacimiento definitivo del Estado.

El fundamento de este nuevo Estado se encuentra en los cuatro primeros artículos de la Constitución de 1812, que establecen los principios en los que se sustenta, en especial la nueva idea de nación, de matriz revolucionaria francesa, definida en el artículo 1: «La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios». Simplemente eso. Una nación, por tanto, que no está basada en elementos identitarios, sean históricos, culturales, racistas o lingüísticos, sino sólo en elementos democráticos. Aquí nación equivale a pueblo, a conjunto de individuos con iguales derechos civiles, residentes en la España europea o americana, a excepción -por presión de los delegados de ultramar- de los esclavos de origen africano.

Definida así la nación, en ella reside la soberanía, es decir, el poder supremo constituyente, origen de todos los demás poderes: «La soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a esta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales» (artículo 3). Así pues, la soberanía reside en el pueblo, no en el rey como en el modelo absolutista anterior, y para que quedara definitivamente claro el artículo 2 establece que la nación española «no es, ni puede ser, patrimonio de ninguna familia ni persona». La nación es el pueblo, el conjunto de los españoles; el rey, un órgano del Estado, no un soberano.

Con este punto de partida fundamental, la Constitución de 1812 regula los dos aspectos fundamentales de todo Estado liberal: la división de poderes y la garantía de los derechos. Por primera vez, se establece un Parlamento elegido por sufragio indirecto cuyo cometido es elaborar y aprobar las leyes, se instaura un rey encargado de ejecutarlas y se organiza un poder judicial con el cometido de aplicarlas en caso de conflicto: Montesquieu en estado puro.

No figura en el texto constitucional una declaración formal de derechos fundamentales, pero muchos de ellos se especifican a lo largo del texto: igualdad ante la ley, libertad de imprenta, libertad de empresa y de comercio, derecho de propiedad, libertad personal, inviolabilidad del domicilio, derecho de sufragio, garantías penales y procesales, igualdad de tributos, abolición de la tortura. No figuran en dicho catálogo ni la libertad religiosa ni el derecho de reunión, notables carencias, pero, con todo, los súbditos ya han pasado a ser ciudadanos.

Como es sabido, fue muy escasa la vigencia de la Constitución de Cádiz, se trató más bien de un programa con eficacia aplazada, cuyas ideas no dan frutos hasta veinte años más tarde. Pero fue nuestra primera Constitución, una ruptura drástica con el sistema anterior, además de un símbolo y un mito para el futuro. ¿Qué celebramos, pues, estos días? Los doscientos años del comienzo del fin del Antiguo Régimen y el inicio de un Estado constitucional que llega hasta nuestros días. Nada más, nada menos. Las conmemoraciones y el recuerdo están más que justificados.