Democracia y nación

 

EL PAIS, 24 de septiembre de 2017

José Álvarez Junco

Los sentimientos no pueden discutirse, pero sí respetarse, y lo que está sucediendo es una cuestión de sentimientos. El día 2 habrá que sentarse con respeto para negociar de lo que sí se puede: poderes, competencias y recursos

“Esta no es una cuestión de nacionalismo, sino de democracia”, me decía el amigo que presentaba un manifiesto instando a Rajoy a defender la “unidad nacional” con mano dura. Lo mismo, exactamente lo mismo, me podría haber dicho mi amigo catalán inclinado últimamente hacia el independentismo.

Porque el concepto de democracia solo es sencillo en apariencia, cuando decimos que nosotros, los ciudadanos, los gobernados, el pueblo, somos quienes decidimos el futuro de nuestra comunidad. En la práctica, se reduce a la elección periódica de nuestros gobernantes. Pero hay otras decisiones, mucho más importantes, en las que no intervenimos ni hemos intervenido nunca: la principal, la definición del demos, de ese pueblo, nación o comunidad en el que nos integramos. Esa definición no es algo evidente y racional, sino, muy al contrario, algo emocional, que se da por supuesto. Algo que, lejos de ser el resultado de un debate, meditación y decisión democráticos, nos ha venido dado, como producto de la historia, de la formación de las unidades políticas, en la que las claves fueron el azar y la violencia guerrera.

Pocas veces se habrá revelado con tanta nitidez esta trampa como en la actual situación catalana. “Democracia” es precisamente la palabra que a un independentista no se le cae de la boca. Según él, lo que pide es obvio, elemental, en democracia: que el pueblo catalán decida su propio futuro. ¿Por qué se opone “Madrid”, no ya a que sean independientes, sino incluso a que se les pregunte si quieren serlo? Porque el sistema político español no es democrático, sigue siendo franquista. “Cualquier país civilizado” —nos refriega, para más INRI— reconoce este derecho (la verdad es que ninguno lo reconoce). Y, frente a eso, se siente autorizado para rebelarse, infringir esa ley española, impuesta por la fuerza, invocando la voluntad del pueblo catalán, fuente de la soberanía legítima.

Alguien que parta de la presunción contraria, es decir, que el demos es la nación española, usará el mismo razonamiento para llegar a la conclusión opuesta: quien decide el futuro de España es el pueblo español. Algo que, por cierto, ya hizo en 1978. Quien no reconozca el sistema legal establecido entonces, quien actúe al margen de la Constitución, es, por tanto, un antidemócrata. ¿Cómo podría ser democrática una decisión catalana de separarse de España sin tener en cuenta la voluntad del resto de los españoles? ¿Sería acaso respetuoso conmigo cortarme un brazo sin consultarme?

Por supuesto, el independentista catalán replicaría: ¿y de dónde te sacas que yo sea un brazo tuyo? Me estás menospreciando y ofendiendo, como siempre. Tú lo que eres es un nacionalista español, que demuestras el poco respeto que me tienes al reducirme a la categoría de miembro o parte de un conjunto cuya existencia tú te has inventado. Lo dicho: no eres demócrata, no aceptas que las decisiones las tomen los ciudadanos. Pregúntanos, por lo menos.

A este se le podría quizás hacer comprender que su posición también tiene un parti pris previo si se le preguntara por un hipotético referéndum en Cataluña con resultado global favorable a la independencia, pero en el que un territorio (Tarragona, digamos) hubiera votado por permanecer en España: ¿tú aceptarías que ese territorio siguiera siendo español, aunque el resto de Cataluña se convirtiera en independiente? Porque lo democrático, según tú planteas ese principio, es que el futuro de Tarragona sea decidido por los tarraconenses.

A lo cual nuestro independentista contestaría: ah, eso no. Tarragona forma parte de la nación catalana y si Cataluña, como conjunto, decide algo, sus partes deben someterse. En democracia, las minorías se someten a la decisión de las mayorías. ¿Cómo podría cortársele un brazo a Cataluña contra su voluntad? Solo el conjunto de los catalanes puede decidir eso.

Calcaría, pues, la respuesta españolista sobre Cataluña. Y podría ofender a los tarraconenses, a quienes niega la posibilidad de declararse nación y deja, por decreto, reducidos a miembros de un conjunto al que no se molesta en preguntarle si quiere pertenecer.

En realidad, en cuanto a la definición del demos básico que debe tomar las decisiones, ninguno de los dos es un demócrata. Son nacionalistas primero —al dar por supuesto que su demos existe— y demócratas después. La existencia de su nación es un prius, un dato prejurídico, anterior al inicio del proceso racional de toma de decisiones colectivas que legitiman el sistema legal.

Sin embargo, ese dato previo es enormemente peligroso y destructivo. La fragmentación a la que puede llevar la aplicación estricta del principio de que cada colectividad decide su futuro es infinita. Pues si Tarragona puede también declararse nación, decidir escindirse de Cataluña y permanecer en España, el municipio tarraconense X o Z, dominado por los independentistas, puede optar por seguir a Cataluña y no a su provincia. ¿Quién podría obligarles, en términos estrictamente democráticos? ¿Quién puede negarles el “derecho a decidir”, el derecho a declararse nación?

Nadie puede establecer un mapa nítido e indiscutible de los pueblos o naciones existentes en el mundo. Las identidades se mezclan en todas partes. Con lo que el principio de las nacionalidades da lugar a conflictos sin fin. Como comprendieron amargamente quienes trazaron las fronteras europeas al final de la Gran Guerra, aplicar el dogma de la autodeterminación de los pueblos era imposible sin dejar por doquier territorios irredentos y minorías discriminadas. Pese a ello, lo hicieron. Y pavimentaron el camino para la Segunda Guerra Mundial.

La combinación entre nación y democracia es, en realidad, explosiva. La democracia es un principio que puede defenderse racionalmente. La nación, no. Es algo afectivo, arraigado en los estratos emocionales más profundos; como el atractivo de aquellos a los que amamos o las gracias de nuestros hijos o nietos, imposibles de discutir ni argumentar. Pese a esta incompatibilidad, toda democracia necesita apoyarse en una identidad colectiva, una nación, un demos. Esa colectividad básica para la democracia ni fue decidida racionalmente en su origen ni es posible hacerlo ahora. Y como su definición se apoya en afectos y emociones, y no en datos ni argumentos objetivos, los conflictos sobre lo que sea o no democrático son de imposible solución.

Esta es, pues, una cuestión de sentimientos. Y los sentimientos solo pueden ser respetados, no discutidos. Es razonable invocar el cumplimiento de la ley y denunciar las incoherencias o imposiciones del otro. Pero no hay que limitarse a eso; y las leyes deben adaptarse a la realidad social. El 2 de octubre deberíamos sentarnos unos frente a otros, respetándonos e intentando entender nuestras respectivas emociones; y negociando sobre lo único negociable: poderes, competencias, recursos. Esperemos que, para entonces, no haya habido que lamentar desgracias irreparables.

 

Las deformaciones de la memoria

EL PAIS – 7 DIC 2014

José Álvarez Junco

La Guerra de la Independencia española y la ocupación alemana de Francia son conflictos complejos simplificados por interés patriótico. Para entender el pasado nada hay más distorsionador que el nacionalismo

 

1417620379_683896_1417886877_noticia_normalEste 2014 ha sido un año de centenarios: el del inicio de la Gran Guerra europea, por ejemplo, o el del final de la de Sucesión española. Más inadvertido ha pasado, sin embargo, la conmemoración de 1814, fecha en la que terminó la guerra napoleónica en España y volvió el Deseado Fernando VII, quien dio su golpe de Estado contra el régimen constitucional, encarcelando o enviando al exilio a sus padres fundadores.

Aquella guerra que finalizó hace 200 años fue un acontecimiento de extraordinaria complejidad. Se combinaron en ella, como mínimo, un enfrentamiento internacional (entre Francia e Inglaterra, las dos grandes potencias imperiales del momento; suyos fueron los dos Ejércitos que libraron las principales batallas en la Península) y una guerra civil (pues hubo españoles en los dos bandos). Pero tuvo mucho también de reacción xenófoba, antifrancesa, que conectaba con la francofobia heredada de la Monarquía de los Austrias y, específicamente, de las resistencias al reformismo ilustrado del siglo anterior; de pugna partidista entre godoístas y fernandinos (protagonistas, estos últimos, de muchas de las sublevaciones que se presentaron como “antifrancesas” a finales de mayo de 1808); de cruzada antirrevolucionaria, que reactivaba las prédicas de la guerra de 1793-1795 contra nuestros ateos y regicidas vecinos; de explosión localista, plasmada en las diversas juntas rebeldes (cuya unificación en una Central y Suprema no fue nada fácil); de protesta social popular (contra los godoístas, que solían coincidir los “afrancesados” y, no por casualidad, con los potentados del lugar), etcétera.

Tan difícil fue entender políticamente aquel conflicto que tardó años en ser bautizado: tras recibir nombres como la Revolución española o la Guerra del Francés, acabó siendo simplificado en términos nacionales: había sido una Guerra de Independencia de todos los españoles —salvo los inevitables traidores; hasta en las mejores familias hay degenerados— contra un intento de absorción imperial por parte de Napoleón. Siguiendo este guión se convertiría, durante el resto del XIX, en piedra angular de la mitología nacionalista. Año tras año, el Dos de Mayo sería conmemorado en términos patrióticos, principalmente en Madrid; se erigirían monumentos a los fusilados en esas fechas; Galdós dedicaría a aquella guerra la primera serie de sus Episodios nacionales; y Bernardo López García escribiría el poema patriótico de mayor éxito, que comenzaba con el lastimero “Oigo, patria, tu aflicción”. En definitiva, era un buen comienzo para el siglo del nacionalismo —un siglo que, en el caso español, parecía ofrecer tan pocas cosas de las que enorgullecerse—: un levantamiento unánime, protagonizado por un pueblo inerme, abandonado por sus élites dirigentes, que pese a todo había derrotado al mejor Ejército del mundo; proeza que reforzaba la leyenda escolar de la raza invencible en milenaria pugna por afirmar su identidad frente a intentos de dominio extranjero.

Para defender aquella versión había que olvidar que el general en jefe de los Ejércitos supuestamente “españoles” se había llamado sir Arthur Wellesley, duque de Wellington; que en las filas “francesas” habían luchado no solo regimientos y mariscales de Napoleón (con tropas polacas o italianas), sino también soldados y generales españoles; que las élites intelectuales, eclesiásticas, burocráticas y militares del país se habían alineado mayoritariamente con José Bonaparte; y que la guerra había estado virtualmente ganada por los josefinos durante tres años, entre principios de 1809 y finales de 1811, hasta que Napoleón se llevó a más de la mitad de sus tropas a la desastrosa campaña rusa; solo entonces se atrevió el cauteloso Wellington a salir de Portugal; y fue él, y no los generales españoles, quien ganó batallas a los franceses. En la primavera de 1810, cuando Cádiz y Palma de Mallorca eran las únicas ciudades rebeldes al rey José, este hizo un periplo por Andalucía en el que fue recibido de manera entusiasta en numerosas poblaciones. Ningún monumento, ni libro subvencionado por instituciones nacionales ni regionales, recuerda aquel viaje.

Para explicar la complejidad de este conflicto sin herir susceptibilidades patrióticas, se me ocurre compararlo con un período paralelo de la historia francesa: los años 1940-1944, pasados bajo ocupación alemana; algo que seguramente agradará a los españolistas (así como el chauvinista galo estará probablemente encantado de lo que lleva leyendo en este artículo hasta el momento). Un siglo y cuarto después de Napoleón, también Francia fue ocupada por los Ejércitos de su vecino del noreste y se desarrolló un trágico enfrentamiento que la historia hoy dominante presenta como de resistencia unánime contra el invasor alemán. El régimen de Vichy, según esta versión, habría consistido en un puñado marginal de traidores, mero producto de la imposición extranjera y desprovisto de toda legitimidad. Quien encarnó la Francia eterna fue la Résistence, acaudillada por De Gaulle desde el otro lado del Canal. Y de ahí que nuestros vecinos galos se crean con perfecto derecho a figurar entre los vencedores de la Segunda Guerra Mundial.

Lamentablemente para esta versión tan autocomplaciente, también en este caso se produjo una colaboración con los ocupantes mucho más generalizada de lo que se nos quiere hacer creer; que el gobierno de Vichy no fue solo una marioneta (que lo fue), sino que sintonizaba con una parte importante de la población francesa; que la conservadora visión del mundo del mariscal Pétain, tan ajena a la tradición revolucionaria, coincidía con lo que sentían muchos franceses, sobre todo provincianos de clases medias. Para Pétain, el eximio patriota, el héroe de Verdún, la colectividad debía primar sobre los individuos; Francia era un país católico; protestantes, extranjeros y judíos no eran gente de fiar; era preciso eliminar el capitalismo liberal, una “importación extranjera”; y el país debería reorganizarse, no sobre la base del individualismo inorgánico propio de la “seudo-democracia plutocrática”, sino a partir de sus “comunidades naturales” (familia, profesión, región), únicos principios sólidos para una sociedad ordenada y estable.

Con Pétain colaboraron, aparte de la miríada de oportunistas que aparecen en estas ocasiones, las organizaciones de excombatientes de 1914-1918 y buena parte de los altos cuerpos de la Administración, la Iglesia, los patronos, los grandes industriales, la banca y muchos artistas e intelectuales; en general, clases sociales acomodadas, dominadas por el antibolchevismo, la obsesión por mantener el imperio colonial y el temor a los cambios sociales propios de la modernidad que Francia llevaba décadas experimentando. Hubo cientos de miles de franceses, de todas las procedencias y clases sociales, que no solo denunciaron a judíos sino que prestaron apoyo político explícito a los alemanes, hicieron propaganda a favor de la colaboración e incluso se enrolaron con el uniforme del ocupante.

La principal diferencia entre estos dos fenómenos de ocupación y colaboración es que Vichy está más próximo en el tiempo. Quizás por eso, o porque en nuestra época los mitos nacionalistas van siendo más difíciles de vender, en Francia ha habido gestos que apuntan hacia la revisión de esta versión patriótica de aquellos hechos. Incluso Chirac, presidente de la República, reconoció la participación francesa en redadas antijudías y pidió perdón por ello. En España, aparte de algunos libros académicos de gran calidad, a nadie se le ha ocurrido todavía reivindicar a los “afrancesados” ni denunciar las crueldades de la guerrilla.

La España de 1808-1814 y la Francia de 1940-1944 no son, desde luego, casos únicos. No hace falta traer a colación la distorsión que el nacionalismo catalán ha hecho de la Guerra de Sucesión española. Algo similar ocurre en relación con la actuación de tantos países europeos en la Segunda Guerra Mundial. Especialmente en el este de Europa, donde las sociedades se dividieron y muchos colaboraron con el nazismo y/o con el estalinismo, hoy no se encuentran más rastros públicos de aquel complicado período que los museos o las lápidas en que cada país se autorretrata como víctima inocente de la barbarie extranjera.

Puede que la autoestima colectiva exija elaborar versiones del pasado en las que se contraste la maldad extranjera con la nobleza propia. Pero para comprender adecuadamente el pasado no hay prisma más distorsionador que el nacionalismo.

El ve­rano del 14

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To­do em­pe­zó con el aten­ta­do de Sa­ra­je­vo, un in­ci­den­te trá­gi­co, pe­ro de im­por­tan­cia li­mi­ta­da. La at­mós­fe­ra na­cio­na­lis­ta y el pa­trio­te­ris­mo de la peor es­pe­cie que rei­na­ban en Eu­ro­pa des­en­ca­de­na­ron la con­tien­da

El País, 26/07/2014 31

JO­SÉ ÁL­VA­REZ JUN­CO

Ha­ce aho­ra cien años, en aquel mes de ju­lio que si­guió al aten­ta­do de Sa­ra­je­vo, las can­ci­lle­rías eu­ro­peas echa­ban hu­mo. En­tre ame­na­zas y ul­ti­ma­tos, ne­go­cia­ban fe­bril­men­te in­ten­tan­do im­pe­dir el ini­cio de una gue­rra que al fi­nal, sin em­bar­go, es­ta­lla­ría e im­pli­ca­ría a ca­si to­dos. Un si­glo des­pués, es bueno re­fle­xio­nar so­bre aque­lla ma­tan­za y sus con­se­cuen­cias pa­ra Eu­ro­pa. Ma­tan­za, an­te to­do, y de di­men­sio­nes nun­ca vis­tas en la his­to­ria hu­ma­na: unos 10 mi­llo­nes de muer­tos en cam­pos de ba­ta­lla; al me­nos otras tan­tas víc­ti­mas ci­vi­les, aun­que es­tas sean im­po­si­bles de cuan­ti­fi­car; in­con­ta­bles des­tro­zos en in­fra­es­truc­tu­ras y te­so­ros ar­tís­ti­cos; y des­co­mu­nal gas­to de di­ne­ro pú­bli­co, que se pro­lon­ga­ría en la pos­gue­rra con las in­dem­ni­za­cio­nes y pen­sio­nes a huér­fa­nos, viu­das o mu­ti­la­dos (a las que la Fran­cia de los años vein­te de­di­ca­ba ca­si la mi­tad del pre­su­pues­to na­cio­nal). Eu­ro­pa, que en 1914 era la re­gión más ri­ca y po­bla­da del mun­do, con un gra­do de bie­nes­tar des­co­no­ci­do en la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad, em­pren­dió aquel ve­rano el ca­mino de su de­cli­ve, re­ma­ta­do 25 años des­pués por un se­gun­do con­flic­to más ca­tas­tró­fi­co aún. La lla­ma­da Gue­rra de los Trein­ta Años (1914-1945) nos hi­zo des­cen­der a lo que hoy so­mos: ter­ce­ra re­gión mun­dial en ri­que­za e in­fluen­cia po­lí­ti­ca. La com­pe­ten­cia en­tre los Es­ta­dos eu­ro­peos, que en si­glos an­te­rio­res pu­do ser el es­tí­mu­lo pa­ra su pro­duc­ti­vi­dad y crea­ti­vi­dad, aca­bó lle­van­do a su sui­ci­dio co­lec­ti­vo.

To­do em­pe­zó con un in­ci­den­te, co­mo el aten­ta­do de Sa­ra­je­vo, trá­gi­co pe­ro de im­por­tan­cia li­mi­ta­da. Los mag­ni­ci­dios, en de­fi­ni­ti­va, eran co­sa co­no­ci­da: en aten­ta­dos te­rro­ris­tas ha­bían muer­to el zar Ale­jan­dro II, la em­pe­ra­triz Sis­si, el rey Hum­ber­to I, los pre­si­den­tes Sa­di Car­not o McKin­ley, los je­fes del Go­bierno Cá­no­vas o Ca­na­le­jas y mu­chos más. Pe­ro lo que hi­zo que aquel epi­so­dio de­ri­va­ra en re­sul­ta­dos no que­ri­dos por na­die fue la at­mós­fe­ra na­cio­na­lis­ta que rei­na­ba en Eu­ro­pa y azu­za­ba a la opi­nión pú­bli­ca con pa­sio­nes in­con­tro­la­bles. No hay más que re­cor­dar el en­tu­sias­mo con que se aco­gió la de­cla­ra­ción de gue­rra y las mu­che­dum­bres que re­co­rrie­ron Ber­lín gri­tan­do en­fe­bre­ci­das “¡a Pa­rís!” a la vez que otras en la ca­pi­tal fran­ce­sa vo­ci­fe­ra­ban “¡a Ber­lín!”, em­pu­jan­do a sus go­ber­nan­tes a des­pe­ñar­se por la pen­dien­te. Rei­nó en­ton­ces la fie­bre chau­vi­nis­ta, el pa­trio­te­ris­mo de la peor es­pe­cie, muy pa­ten­te en los in­sul­tos al ve­cino (los ale­ma­nes eran bo­ches en Fran­cia, hu­nos en In­gla­te­rra).

Aca­bo de usar el tér­mino na­cio­na­lis­mo en el sen­ti­do de una vi­sión del mun­do que di­vi­de a la hu­ma­ni­dad en pue­blos o ra­zas con sus ca­rac­te­rís­ti­cas bio­ló­gi­cas y psi­co­ló­gi­cas que les ha­cen ra­di­cal­men­te di­fe­ren­tes del ve­cino; vi­sión que se apo­ya en da­tos bio­ló­gi­cos (co­lor de la piel), cul­tu­ra­les (len­gua, re­li­gión) e his­tó­ri­cos (ma­ni­pu­la­dos). Es­te ti­po de Wel­tans­chauung do­mi­na­ba a prin­ci­pios del si­glo XX in­clu­so en­tre mu­chos in­te­lec­tua­les, más atraí­dos por una vi­sión ra­cis­ta y je­rár­qui­ca de los pue­blos y cul­tu­ras que por la idea de igual­dad en­tre los se­res hu­ma­nos.

Pe­ro el na­cio­na­lis­mo es tam­bién un sen­ti­mien­to, una emo­ción. Una emo­ción que, qui­zás pa­ra com­pen­sar el des­cen­so de las creen­cias re­li­gio­sas y la mo­no­to­nía del tra­ba­jo in­dus­trial, ha su­pe­ra­do a cual­quier otra en el mun­do mo­derno. Y que ins­pi­ra, sin du­da, ac­tos de ge­ne­ro­si­dad, de sa­cri­fi­cio del in­te­rés in­di­vi­dual por el co­lec­ti­vo, pe­ro que li­mi­ta es­ta ge­ne­ro­si­dad a los con­na­cio­na­les, mien­tras que fo­men­ta la des­con­fian­za, el egoís­mo o el odio ha­cia el ve­cino. Es­tos sen­ti­mien­tos per­ver­sos son los que se im­pu­sie­ron en 1914 so­bre los prin­ci­pios mo­ra­les y po­lí­ti­cos que se su­po­nían ba­se de la su­pe­rio­ri­dad eu­ro­pea. Eu­ro­pa se con­tra­di­jo y per­dió el con­trol de sí mis­ma. La re­gión más ci­vi­li­za­da del mun­do no dio mues­tras de ci­vi­li­za­ción ni de ra­cio­na­li­dad. Apo­yán­do­se en unos es­que­mas de au­to­com­pren­sión po­lí­ti­ca erró­neos y em­pe­ña­dos en ri­va­li­zar en po­der eco­nó­mi­co, po­lí­ti­co y mi­li­tar, los go­ber­nan­tes ju­ga­ron con fue­go. Uti­li­za­ron sis­te­má­ti­ca­men­te la po­lí­ti­ca de la fuer­za, cre­ye­ron to­le­ra­ble e in­clu­so desea­ble la gue­rra, que se su­po­nía cul­ti­va­ba los más ele­va­dos idea­les en los “hom­bres”. No fun­cio­na­ron la di­plo­ma­cia ni el de­re­cho. Y, ba­jo la ilu­sión de “aca­bar con to­das las gue­rras”, lla­ma­ron a una mo­vi­li­za­ción en­lo­que­ci­da; pa­ra en­con­trar­se a los po­cos me­ses em­pan­ta­na­dos en trin­che­ras lle­nas de ba­rro, ca­dá­ve­res y ra­tas.

Se im­pu­so, en re­su­men, el na­cio­na­lis­mo en un ter­cer sen­ti­do, el peor de to­dos: el que lo iden­ti­fi­ca con po­lí­ti­cas agre­si­vas, im­pe­ria­lis­tas o mi­li­ta­ris­tas, di­ri­gi­das a ex­pan­dir los te­rri­to­rios do­mi­na­dos por un Es­ta­do. Por­que los di­ri­gen­tes po­lí­ti­cos uti­li­zan la re­tó­ri­ca na­cio­nal, co­mo cual­quier otra que les con­ven­ga, pa­ra am­pliar su po­der. Y las pa­sio­nes que des­per­ta­ron en aque­lla co­yun­tu­ra hi­cie­ron que las mu­che­dum­bres per­die­ran la sen­sa­tez más que sus pro­pios azu­za­do­res, que al fi­nal com­pren­die­ron que se ha­lla­ban al bor­de del abis­mo e in­ten­ta­ron evi­tar la caí­da. Bas­ta leer los an­gus­tia­dos te­le­gra­mas que el zar ru­so y el em­pe­ra­dor aus­tria­co se in­ter­cam­bia­ron en aquel ju­lio de 1914 ani­mán­do­se a fre­nar los im­pul­sos bé­li­cos en sus res­pec­ti­vas so­cie­da­des.

Una vez ter­mi­na­do el con­flic­to, lo que se ofre­ció co­mo so­lu­ción y ga­ran­tía de que no ha­bría nue­vas gue­rras fue, de nue­vo, el na­cio­na­lis­mo, en­ten­di­do es­ta vez en un cuar­to sen­ti­do: co­mo prin­ci­pio doc­tri­nal. Un prin­ci­pio se­gún el cual ca­da pue­blo o na­ción de­be te­ner un Es­ta­do pro­pio. La paz ne­go­cia­da en 1919 se ins­pi­ró en los 14 pun­tos de Wil­son, pa­ra quien el pro­ble­ma eu­ro­peo era que ha­bía im­pe­rios de­ma­sia­do he­te­ro­gé­neos y era pre­ci­so crear un Es­ta­do pa­ra ca­da pue­blo. Im­pe­rios co­mo el aus­trohún­ga­ro, za­ris­ta o tur­co eran, pa­ra él, el pa­ra­dig­ma de la com­ple­ji­dad ar­cai­ca, mien­tras que veía en el Es­ta­do-na­ción una fór­mu­la po­lí­ti­ca sen­ci­lla y mo­der­na. Pe­ro el nue­vo mun­do de Es­ta­dos-na­ción no re­sol­vió los pro­ble­mas, sino que creó otros: mi­no­rías dis­cri­mi­na­das, des­pla­za­mien­tos ma­si­vos de po­bla­ción, te­rri­to­rios irre­den­tos, agra­vios in­ter­mi­na­bles.

La paz de 1919 no tra­jo la es­ta­bi­li­dad, sino nue­vas con­vul­sio­nes. Es­ta­dos Uni­dos, tras ha­ber de­ci­di­do el re­sul­ta­do de la gue­rra, ne­go­cia­do el tra­ta­do de Pa­rís e idea­do la So­cie­dad de Na­cio­nes, se re­ti­ró del es­ce­na­rio. Con lo que se pro­du­jo un va­cío de po­der in­ter­na­cio­nal, sin una po­ten­cia he­ge­mó­ni­ca ca­paz de sus­ti­tuir a Gran Bre­ta­ña. Los eu­ro­peos, in­ca­pa­ces de com­pren­der que tras la “gue­rra de las tri­bus blan­cas” na­die los veía ya co­mo “ra­zas su­pe­rio­res”, que no te­nían mi­sión ci­vi­li­za­do­ra al­gu­na de la que pre­su­mir an­te el res­to del mun­do, reavi­va­ron sus ri­va­li­da­des; y en ese cal­do se cul­ti­vó Hitler. A cor­to pla­zo, de la Gran Gue­rra los eu­ro­peos apren­die­ron muy po­co. Las do­lo­ro­sas en­se­ñan­zas so­lo lle­ga­ron tras la Se­gun­da. So­lo des­de 1945 se com­pren­dió que el re­cur­so ha­bi­tual a la fuer­za co­mo ins­tru­men­to po­lí­ti­co aca­ba­ba en gue­rras glo­ba­les. So­lo en­ton­ces se em­pe­zó a aban­do­nar la idea de las gran­des po­ten­cias y las áreas de in­fluen­cia. Con lo que se ha con­se­gui­do que con­flic­tos co­mo los bal­cá­ni­cos de los años no­ven­ta, tan si­mi­la­res a los de an­ta­ño, o la ac­tual cri­sis ucra­nia, no ha­yan su­pe­ra­do el ni­vel lo­cal.

De 1919 pro­ce­de tam­bién la idea de crear un or­den ins­ti­tu­cio­nal in­ter­na­cio­nal des­ti­na­do a evi­tar las gue­rras. La So­cie­dad de Na­cio­nes fra­ca­só, pe­ro fue su­ce­di­da en 1945 por las Na­cio­nes Uni­das, es­ta vez ya con ple­na im­pli­ca­ción es­ta­dou­ni­den­se. Y hoy avan­za­mos len­ta­men­te ha­cia un or­den ju­rí­di­co-po­lí­ti­co su­pra­na­cio­nal, por me­dio del TPI, el Con­se­jo de Eu­ro­pa o los pac­tos uni­ver­sa­les so­bre la im­pres­crip­ti­bi­li­dad del ge­no­ci­dio o los crí­me­nes con­tra la hu­ma­ni­dad.

Eu­ro­pa, en re­su­men, de­ca­yó por los na­cio­na­lis­mos y aho­ra, des­de ha­ce 60 años, in­ten­ta su­pe­rar­los. No es buen mo­men­to, des­de lue­go, pa­ra lan­zar flo­res a la UE, pe­ro es lo me­jor que te­ne­mos, el úni­co gran pro­yec­to en el que es­ta­mos em­bar­ca­dos. Aun­que es un ex­pe­ri­men­to sin pre­ce­den­tes his­tó­ri­cos, en la me­di­da en que re­pi­ta al­gu­na fór­mu­la co­no­ci­da no se­ría ma­lo que se apro­xi­ma­ra más a los vie­jos im­pe­rios mul­ti­cul­tu­ra­les que al mo­derno Es­ta­do-na­ción. No por­que fue­ran au­to­cra­cias, ob­via­men­te, sino por­que su le­gi­ti­mi­dad po­lí­ti­ca no se de­bía a la ho­mo­ge­nei­dad cul­tu­ral de sus com­po­nen­tes. El de­mos so­be­rano de una en­ti­dad po­lí­ti­ca mo­der­na no es una et­nia; es un con­jun­to de in­di­vi­duos muy dis­pa­res que tie­nen en co­mún su acep­ta­ción de, y su­mi­sión a, una mis­ma es­truc­tu­ra ins­ti­tu­cio­nal; la cual les con­vier­te, no en miem­bros de una fra­tría, sino en ciu­da­da­nos li­bres e igua­les.

His­to­ria y mi­to

José Álvarez Junco

EL PAÍS 3 – 03-14

Son dos for­mas ra­di­cal­men­te dis­tin­tas de acer­car­se al co­no­ci­mien­to del pa­sa­do. La pri­me­ra se ba­sa en prue­bas do­cu­men­ta­les que se in­ter­pre­tan a la luz de un es­que­ma ra­cio­nal; el se­gun­do quie­re dar lec­cio­nes mo­ra­les

1393518755_571082_1393696661_noticia_normalCon­ti­núa la ba­ta­lla por la his­to­ria. Y con­ti­nua­rá, por­que, co­mo ha es­cri­to Ri­chard Rorty, la lu­cha por el re­la­to del pa­sa­do es la lu­cha por el li­de­raz­go po­lí­ti­co. Me atre­ve­ría a ma­ti­zar­lo: es la lu­cha por la le­gi­ti­mi­dad, tan­to de lí­de­res co­mo de ins­ti­tu­cio­nes. Cuan­do la Bi­blia na­rra la crea­ción del hom­bre en pri­mer lu­gar y de la mu­jer a par­tir de la ex­trac­ción de una cos­ti­lla su­ya —por­que “no es bueno que el hom­bre es­té so­lo”—, es­tá le­gi­ti­man­do la pos­ter­ga­ción y su­mi­sión del gé­ne­ro fe­me­nino; co­mo cuan­do re­la­ta el pe­ca­do ori­gi­nal es­tá jus­ti­fi­can­do la obli­ga­ción de tra­ba­jar.
Me ob­je­ta­rán: pe­ro la Bi­blia no es un li­bro de his­to­ria; es una na­rra­ción le­gen­da­ria, es pu­ro mi­to; son he­chos que no es­tán ava­la­dos por evi­den­cia al­gu­na; acep­tar­los o no es un ac­to de fe. De acuer­do. Pe­ro es que el mi­to, no lo ol­vi­de­mos, fue el ori­gen de la his­to­ria y ha se­gui­do es­tan­do ín­ti­ma­men­te uni­do a ella has­ta hoy mis­mo —y en do­sis na­da des­pre­cia­bles—.
Lla­ma­mos mi­to a un re­la­to fun­da­cio­nal (M. Elia­de), que des­cri­be “la ac­tua­ción ejem­plar de unos per­so­na­jes ex­tra­or­di­na­rios en un tiem­po me­mo­ra­ble y le­jano” (Gar­cía Gual). El mi­to ver­sa so­bre las ha­za­ñas y pe­na­li­da­des de unos hé­roes y már­ti­res que son los pa­dres de nues­tro li­na­je. Su con­duc­ta en­car­na los va­lo­res que de­ben re­gir de ma­ne­ra im­pe­re­ce­de­ra nues­tra co­mu­ni­dad. No es his­to­ria, cla­ro, por­que no se ba­sa en he­chos do­cu­men­ta­dos. Pe­ro de nin­gún mo­do es un me­ro re­la­to de fic­ción, al ser­vi­cio del en­tre­te­ni­mien­to, pe­se a que su be­lle­za for­mal tam­bién pue­da ha­cer­le cum­plir esa fun­ción. Res­pon­de, por el con­tra­rio, a una pre­gun­ta exis­ten­cial (Lé­viS­trauss): na­rra la crea­ción del mun­do, el ori­gen de la vi­da o la ex­pli­ca­ción de la muer­te. Es­tá ba­sa­do en opo­si­cio­nes bi­na­rias: bien/mal, dio­ses/hom­bres, vi­da/muer­te. Ex­pre­sa de­seos —que el hé­roe in­ten­ta lle­var a la prác­ti­ca—, per­ver­sio­nes y te­mo­res —en­car­na­dos en mons­truos—, e in­ten­ta re­con­ci­liar esos po­los opues­tos pa­ra pa­liar nues­tra an­gus­tia. El mi­to es, en tér­mi­nos del psi­có­lo­go Ro­llo May, un “asi­de­ro exis­ten­cial”, al­go que ex­pli­ca el sen­ti­do de la vi­da y de la muer­te. No es, en mo­do al­guno, ino­cuo. Es­tá car­ga­do de sím­bo­los, de pa­la­bras y ac­cio­nes lle­nas de sig­ni­fi­ca­do. Y tie­ne gran in­te­rés, co­mo cual­quier an­tro­pó­lo­go sa­be, pa­ra en­ten­der las so­cie­da­des hu­ma­nas.
La His­to­ria —con ma­yús­cu­la, es de­cir, co­mo ra­ma del co­no­ci­mien­to, no co­mo me­ra su­ce­sión de he­chos— es un gé­ne­ro ra­di­cal­men­te di­fe­ren­te. Por­que es un sa­ber so­bre el pa­sa­do; quie­re es­tar re­gi­da por la ob­je­ti­vi­dad, al­can­zar el sta­tus de cien­cia, co­mo otros cam­pos del co­no­ci­mien­to hu­mano. Nun­ca se­rá una cien­cia du­ra, des­de lue­go, com­pa­ra­ble a la Bio­lo­gía o a la Quí­mi­ca, ni ten­drá el ri­gor ló­gi­co de las Ma­te­má­ti­cas; an­te to­do, por­que se ba­sa en da­tos in­ter­pre­ta­bles, de ori­gen sub­je­ti­vo nor­mal­men­te; pe­ro, ade­más, por­que en su con­fec­ción mis­ma tie­ne mu­cho de na­rra­ti­va, de ar­ti­fi­cio li­te­ra­rio (Hay­den Whi­te). Quie­re ser, sin em­bar­go, una na­rra­ti­va ve­raz, ba­sa­da en prue­bas do­cu­men­ta­les que se in­ter­pre­tan a la luz de un es­que­ma ra­cio­nal. No es pu­ra li­te­ra­tu­ra de fic­ción (pe­se a los in­ten­tos de S. Scha­ma).
El mi­to, en cam­bio, no bus­ca, ni apa­ren­ta bus­car, un co­no­ci­mien­to con­tras­ta­do de los he­chos pre­té­ri­tos. Su ob­je­ti­vo es dar lec­cio­nes mo­ra­les, ser vehícu­lo por­ta­dor de los va­lo­res que ver­te­bran la co­mu­ni­dad. Des­de el pun­to de vis­ta po­lí­ti­co, su im­por­tan­cia se de­ri­va, por tan­to, de que crea iden­ti­dad, de que pro­por­cio­na au­to­es­ti­ma. Los in­di­vi­duos que su­fren una am­ne­sia to­tal ca­re­cen de iden­ti­dad. Y las co­mu­ni­da­des hu­ma­nas, cuan­do acep­tan o in­terio­ri­zan un re­la­to so­bre su pa­sa­do co­mún —un re­la­to car­ga­do de sím­bo­los, co­mo el mi­to—, cons­tru­yen a par­tir de él to­do un mar­co re­fe­ren­cial, al que se lla­ma cul­tu­ra, en el que con­sis­te su iden­ti­dad co­lec­ti­va y que pro­por­cio­na es­ta­bi­li­dad y se­gu­ri­dad a sus miem­bros.
His­to­ria y mi­to son, por tan­to, dos for­mas ra­di­cal­men­te dis­tin­tas de acer­car­se al co­no­ci­mien­to del pa­sa­do. Y, sin em­bar­go, pe­se a ello, hay que re­co­no­cer, pa­ra em­pe­zar, que la his­to­ria tu­vo su ori­gen en el mi­to; y que, ade­más, tam­po­co pue­de evi­tar desem­pe­ñar la fun­ción de crear iden­ti­dad y pro­por­cio­nar au­to­es­ti­ma. Por­que, al re­la­tar nues­tro pa­sa­do, le­gi­ti­ma cier­tas pro­pues­tas po­lí­ti­cas, bien co­mo re­torno a si­tua­cio­nes pre­té­ri­tas idea­li­za­das o co­mo de­re­cho a al­can­zar an­ti­guas pro­me­sas.
En el mun­do con­tem­po­rá­neo, el pos­te­rior a las re­vo­lu­cio­nes li­be­ral-de­mo­crá­ti­cas, el su­je­to de la so­be­ra­nía por ex­ce­len­cia ha si­do la na­ción. Con­se­cuen­te­men­te, los li­bros de His­to­ria se han reorien­ta­do pa­ra ha­cer­los gi­rar en torno al su­je­to na­cio­nal. Por­que los Es­ta­dos hoy exis­ten­tes se con­si­de­ran en­car­na­ción de esa na­ción o co­mu­ni­dad ideal y, pa­ra le­gi­ti­mar­se, pro­yec­tan ha­cia atrás la exis­ten­cia de aque­lla mu­cho más de lo que una men­te crí­ti­ca acep­ta­ría. En el ca­so es­pa­ñol, en los ma­nua­les es­co­la­res de His­to­ria que se usa­ban cuan­do la gen­te de mi edad éra­mos ni­ños en­se­ña­ban que Vi­ria­to ha­bía lu­cha­do por la “in­de­pen­den­cia de Es­pa­ña” fren­te a las le­gio­nes ro­ma­nas, en el si­glo II an­tes de Cris­to, o que, por esa mis­ma cau­sa y en épo­ca cer­ca­na, los ha­bi­tan­tes de Sa­gun­to y Nu­man­cia ha­bían pre­fe­ri­do sui­ci­dar­se co­lec­ti­va­men­te a ren­dir­se, an­te la aplas­tan­te su­pe­rio­ri­dad de los si­tia­do­res car­ta­gi­ne­ses o ro­ma­nos, los cua­les, al en­trar, so­lo en­con­tra­ron ca­dá­ve­res y ce­ni­zas. No im­por­ta­ba que Sa­gun­to fue­ra una co­lo­nia grie­ga ni que nin­gu­na fuen­te his­tó­ri­ca di­rec­ta tes­ti­mo­nie la muer­te de to­dos sus ha­bi­tan­tes; Ti­to Li­vio, al re­vés, con­sig­na que Aní­bal to­mó la ciu­dad al asal­to y Po­li­bio di­ce que con­si­guió en ella “un gran bo­tín de di­ne­ro, es­cla­vos y ri­que­zas”. En cuan­to a los nu­man­ti­nos, re­sis­tie­ron, se­gún Es­tra­bón, he­roi­ca­men­te, “a ex­cep­ción de unos po­cos que, no pu­dien­do más, en­tre­ga­ron la mu­ra­lla al enemi­go”. Tam­po­co sue­le de­di­car­se un ins­tan­te a re­fle­xio­nar so­bre si Vi­ria­to, “pas­tor lu­si­tano”, po­dría com­pren­der el sig­ni­fi­ca­do del con­cep­to de “in­de­pen­den­cia”, ni aun el de la pa­la­bra “Es­pa­ña”, por­que, en sus mon­ta­ñas de la hoy fron­te­ra por­tu­gue­sa, di­fí­cil­men­te ha­bría vis­to un ma­pa glo­bal ni te­ni­do idea de que vi­vía en una pe­nín­su­la.
El his­to­ria­dor na­cio­na­lis­ta —dan ga­nas de po­ner co­mi­llas al pri­me­ro de es­tos dos tér­mi­nos— de­ja de la­do to­dos esos da­tos por­que lo úni­co que le im­por­ta es de­mos­trar la exis­ten­cia de un “ca­rác­ter es­pa­ñol”, mar­ca­do por un va­lor in­do­ma­ble y una in­ven­ci­bi­li­dad de­ri­va­da de su pre­dis­po­si­ción a mo­rir an­tes que ren­dir­se, per­sis­ten­te a lo lar­go de mi­le­nios. Y di­go bien mi­le­nios, por­que el sal­to ha­bi­tual, des­de Nu­man­cia y Sa­gun­to, sue­le dar­se has­ta Za­ra­go­za y Ge­ro­na fren­te a las tro­pas na­po­leó­ni­cas; y va­de re­tro a aquel que se atre­va a ob­je­tar, por ejem­plo, que to­do el te­rri­to­rio “es­pa­ñol” —go­do— se abrió sin ofre­cer una re­sis­ten­cia dig­na de men­ción an­te los mu­sul­ma­nes, tras una úni­ca ba­ta­lla jun­to al Es­tre­cho. Al his­to­ria­dor na­cio­na­lis­ta le im­por­ta, en de­fi­ni­ti­va, de­jar sen­ta­do, por usar tér­mi­nos que gus­tan al ac­tual pre­si­den­te del Go­bierno, que Es­pa­ña es “la na­ción más an­ti­gua de Eu­ro­pa”; o del mun­do.
Co­mo la ima­gi­na­ción de la que es­ta­mos do­ta­dos los hu­ma­nos es, des­gra­cia­da­men­te, bas­tan­te li­mi­ta­da (po­bres de no­so­tros de ha­ber­se he­cho reali­dad aque­llo de “la ima­gi­na­ción al po­der”), los to­poi mi­to­ló­gi­cos son re­la­ti­va­men­te po­cos; y se re­pi­ten. Vol­vien­do a Sa­gun­to y Nu­man­cia, hay que re­cor­dar que el ca­so ca­nó­ni­co, mu­cho más co­no­ci­do que el es­pa­ñol, so­bre una ciu­dad si­tia­da que de­ci­de in­mo­lar­se an­te el im­pa­ra­ble ata­que enemi­go, es el de la for­ta­le­za ju­día de Ma­sa­da, cu­yos de­fen­so­res se die­ron muer­te an­tes que ren­dir­se a los ro­ma­nos. El re­la­to de Jo­se­fo, úni­ca fuen­te di­rec­ta so­bre el te­ma, men­cio­na, de to­dos mo­dos, al­gu­nas ex­cep­cio­nes a aquel sui­ci­dio co­lec­ti­vo; y la evi­den­cia ar­queo­ló­gi­ca no ha apor­ta­do prue­ba al­gu­na de la he­ca­tom­be. Pe­ro no ter­mi­nan aquí las imi­ta­cio­nes. Dos His­to­rias de Ga­li­cia de me­dia­dos del XIX, las de Jo­sé Ve­rea y Aguiar y Be­ni­to Vi­cet­to, in­clu­ye­ron el epi­so­dio del Mon­te Me­du­lio, don­de los cel­ta-ga­lai­cos, tras re­sis­tir he­roi­ca­men­te fren­te a la abru­ma­do­ra su­pe­rio­ri­dad ro­ma­na, aca­ba­ron en­tre­gán­do­se tam­bién a la or­gía sui­ci­da. Eran los már­ti­res que el ga­lle­guis­mo ne­ce­si­ta­ba en su des­per­tar na­cio­na­lis­ta.
Pe­ro las otras ver­sio­nes ibé­ri­cas de la mi­to­lo­gía na­cio­na­lis­ta que se dis­fra­za de his­to­ria, tan­tas ve­ces mi­me­ti­za­das de la es­pa­ño­lis­ta, pue­den de­jar­se pa­ra otra oca­sión.

 

La ra­zón sin ra­zo­nes

 Por Ja­vier Cer­cas

El País – EPS,  02/02/2014 8

1391104550_697170_1391104599_noticia_grande(1) Un idio­ta es quien cree que to­dos los na­cio­na­lis­tas ca­ta­la­nes son idio­tas; la pro­li­fe­ra­ción de esa cla­se de idio­tez es una de las ra­zo­nes por las que en Ca­ta­lu­ña es­ta­mos don­de es­ta­mos. Pe­ro no la úni­ca: ca­si na­da se ex­pli­ca por una so­la ra­zón. Es ver­dad que el au­ge in­de­pen­den­tis­ta es fru­to de 30 años de na­cio­na­lis­mo orien­ta­do no só­lo al na­tion buil­ding –cons­truc­ción de una na­ción–, sino al Sta­te buil­ding –cons­truc­ción de un Es­ta­do–, y que, en vez de pe­dir la se­ce­sión con cla­ri­dad y lim­pie­za co­mo ha­cen en Que­bec, los na­cio­na­lis­tas han de­ci­di­do que la úni­ca for­ma de lle­gar a ella con­sis­te en en­ga­ñar con tra­pa­ce­rías co­mo el de­re­cho a de­ci­dir y, agi­tan­do la ban­de­ra de la de­mo­cra­cia, en in­ten­tar sal­tar­se la ley, que es la prin­ci­pal ga­ran­tía de la de­mo­cra­cia, en vez de in­ten­tar cam­biar­la. Es ver­dad que la si­tua­ción es fru­to de una jus­ti­fi­ca­dí­si­ma sen­sa­ción ge­ne­ral de mal­tra­to, que no se atri­bu­ye a va­rias ra­zo­nes, sino a una so­la, lla­ma­da Es­pa­ña, co­sa que a los ca­ta­la­nes nos pro­vo­ca un gran ali­vio mo­men­tá­neo (por­que sig­ni­fi­ca que no so­mos res­pon­sa­bles de nues­tras des­di­chas: el res­pon­sa­ble es otro) y que de pa­so ilu­mi­na una fa­ce­ta al­go os­cu­re­ci­da del fe­nó­meno: se tra­ta de la for­ma que ha adop­ta­do en­tre no­so­tros el po­pu­lis­mo pro­vo­ca­do en to­da Eu­ro­pa por la cri­sis. Es ver­dad que en Ca­ta­lu­ña se ha ins­ta­la­do a ra­tos lo que Fran­cesc de Ca­rre­ras ha lla­ma­do, ci­tan­do a Eli­sa­beth Noe­lle-Neu­mann, “la es­pi­ral del si­len­cio”, que vie­ne a ser lo que yo, ci­tan­do a Pie­rre Vi­lar, lla­mé “una­ni­mis­mo” –una ilu­sión de una­ni­mi­dad crea­da por el te­mor a ex­pre­sar la di­si­den­cia–, lo cual ha pro­vo­ca­do a su vez una ló­gi­ca apren­sión en­tre po­lí­ti­cos, pe­rio­dis­tas e in­te­lec­tua­les, que o se han ca­lla­do o, co­mo aquel per­so­na­je de Cha­plin, se han su­ma­do a la ma­ni­fes­ta­ción que avan­za­ba ha­cia ellos, co­lo­cán­do­se ade­más a su ca­be­za. To­do es­to es ver­dad, pe­ro hay más; por ejem­plo: la in­ca­pa­ci­dad pa­ra crear en Ca­ta­lu­ña un dis­cur­so al­ter­na­ti­vo al del na­cio­na­lis­mo.

¿Cuá­les son los dis­cur­sos al­ter­na­ti­vos al na­cio­na­lis­mo ca­ta­lán exis­ten­tes aho­ra mis­mo? Dos. El pri­me­ro es el del na­cio­na­lis­mo es­pa­ñol, so­bre to­do re­pre­sen­ta­do por el PP. Es­te dis­cur­so es inú­til con­tra el na­cio­na­lis­mo ca­ta­lán: por un la­do, por­que, mien­tras en es­tos años el na­cio­na­lis­mo ca­ta­lán re­ju­ve­ne­cía, el es­pa­ñol se fo­si­li­za­ba, apol­tro­na­do en su apa­ren­te triun­fo; por otro, y so­bre to­do, por­que el na­cio­na­lis­mo es­pa­ñol no pue­de com­ba­tir al ca­ta­lán, sino só­lo in­ten­tar des­truir­lo (que es lo que ha in­ten­ta­do sin éxi­to des­de ha­ce más de un si­glo): un na­cio­na­lis­mo no se com­ba­te con otro na­cio­na­lis­mo, sino con la ra­zón, y lo pri­me­ro que hay que ha­cer pa­ra com­ba­tir al na­cio­na­lis­mo ca­ta­lán es en­ten­der que es­te no es un com­ba­te con­tra él, sino con­tra el na­cio­na­lis­mo a se­cas, em­pe­zan­do por el es­pa­ñol, his­tó­ri­ca­men­te mu­cho más da­ñino que el ca­ta­lán. El se­gun­do dis­cur­so dis­po­ni­ble con­tra el na­cio­na­lis­mo ca­ta­lán es el de UP­yD y Ciu­ta­dans; se tra­ta de un dis­cur­so me­nos ve­tus­to, pe­ro no me­nos in­efi­caz, en­tre otras co­sas por­que, co­mo ha se­ña­la­do Jor­ge Ur­dá­noz, pro­po­ne una tras­la­ción ca­si au­to­má­ti­ca del dis­cur­so an­ti­na­cio­na­lis­ta que sí fue efi­caz con­tra ETA en el País Vas­co. To­dos los na­cio­na­lis­mos se pa­re­cen en el fon­do, pe­ro to­dos se di­fe­ren­cian en la su­per­fi­cie; no en­ten­der esa di­fe­ren­cia es no en­ten­der­los (y por tan­to no po­der com­ba­tir­los): el na­cio­na­lis­mo de ETA es vio­len­to y el ca­ta­lán no; el na­cio­na­lis­mo de ETA es et­ni­cis­ta y el ca­ta­lán no. Po­dría­mos se­guir, por ejem­plo con la cues­tión de la len­gua, tan dis­tin­ta en Ca­ta­lu­ña y el País Vas­co y, pa­ra mí, tan mal plan­tea­da por el PP co­mo por Ciu­ta­dans; pe­ro se me aca­ba el ar­tícu­lo, así que me­jor la de­jo pa­ra el si­guien­te. “Se­ñor Ro­que”, le di­ce don Qui­jo­te al ca­ta­lán Ro­que Gui­nart, “el prin­ci­pio de la sa­lud es­tá en co­no­cer la en­fer­me­dad y en que­rer to­mar el en­fer­mo las me­di­ci­nas que el mé­di­co le or­de­na”. Una de las cau­sas del au­ge del in­de­pen­den­tis­mo ca­ta­lán es que el mé­di­co se ha equi­vo­ca­do de diag­nós­ti­co y le ha re­ce­ta­do al pa­cien­te una me­di­ci­na que, en vez de cu­rar la en­fer­me­dad, la agu­di­za. Quie­nes pien­san que nues­tros pro­ble­mas se arre­glan con la in­de­pen­den­cia de Ca­ta­lu­ña no tie­nen a mi jui­cio ra­zón, pe­ro tie­nen mu­chas ra­zo­nes; en cam­bio, quie­nes pen­sa­mos lo con­tra­rio qui­zá ten­ga­mos ra­zón, pe­ro no te­ne­mos ra­zo­nes. Y la ra­zón sin ra­zo­nes no sir­ve de na­da.

(2) No ha­ce mu­cho re­cor­da­ba Álex Gri­jel­mo el epi­so­dio en es­te pe­rió­di­co. Don Qui­jo­te y San­cho avan­zan ha­cia Bar­ce­lo­na cuan­do son de­te­ni­dos por unos ban­do­le­ros; es­tos ha­blan en ca­ta­lán y, aun­que con “cua­tro pis­to­le­tes” ame­na­zán­do­le a uno es po­si­ble en­ten­der has­ta el zu­lú, to­do in­di­ca que a con­ti­nua­ción se da, co­mo di­ce Gri­jel­mo, “una si­tua­ción de bi­lin­güis­mo tá­ci­to que in­vi­ta a ima­gi­nar a ca­da uno co­mu­ni­cán­do­se en su idio­ma”. No es ra­ro. Ca­ta­lán y cas­te­llano se pa­re­cen tan­to –al fin y al ca­bo, am­bos no son más que la­tín mal ha­bla­do– que, aun­que los pro­ta­go­nis­tas de Cer­van­tes nun­ca ha­yan oí­do ha­blar ca­ta­lán, en­tien­den a los ban­do­le­ros: no só­lo Don Qui­jo­te, que es un hi­dal­go leí­do, sino tam­bién San­cho, que es un des­tri­pa­te­rro­nes. Di­cho de otro mo­do: es po­si­ble pa­sar­se un mes oyen­do ha­blar en ca­ta­lán sin lle­gar a en­ten­der una pa­la­bra, pe­ro pa­ra eso hay que es­for­zar­se mu­cho o ser más ne­cio que el bueno de San­cho. Dos se­ma­nas atrás in­ten­té se­ña­lar en es­ta co­lum­na una de las cau­sas que, a mi jui­cio, ex­pli­can el au­ge del in­de­pen­den­tis­mo en Ca­ta­lu­ña: la au­sen­cia de un dis­cur­so ca­paz de com­ba­tir al re­no­va­do dis­cur­so del na­cio­na­lis­mo ca­ta­lán. Fren­te a és­te, aña­día, só­lo exis­ten dos al­ter­na­ti­vas: la del vie­jo na­cio­na­lis­mo es­pa­ñol re­pre­sen­ta­do por el PP, que no pue­de com­ba­tir al na­cio­na­lis­mo ca­ta­lán por­que no en­tien­de que el pro­ble­ma no es el na­cio­na­lis­mo ca­ta­lán, sino el na­cio­na­lis­mo a se­cas, em­pe­zan­do por el es­pa­ñol; y el dis­cur­so de UP­yD y Ciu­ta­dans, que tam­po­co pue­de com­ba­tir al na­cio­na­lis­mo ca­ta­lán por­que en lo esen­cial se fa­bri­có en el País Vas­co pa­ra com­ba­tir el na­cio­na­lis­mo vas­co, que es pa­re­ci­do pe­ro dis­tin­to al ca­ta­lán. En cuan­to a la iz­quier­da (UP­yD y Ciu­ta­dans aún no sa­be­mos lo que son, aun­que mien­tras lo de­ci­den tra­tan de ven­der­nos la mo­to de que la de­re­cha y la iz­quier­da ya no exis­ten), en es­te pun­to ape­nas ha te­ni­do dis­cur­so pro­pio, por­que se dur­mió en los lau­re­les de su su­pues­ta su­pe­rio­ri­dad in­te­lec­tual y mo­ral, con­ven­ci­da de que el di­no­sau­rio del na­cio­na­lis­mo no re­apa­re­ce­ría des­pués de aplas­tar Eu­ro­pa dos ve­ces y, cuan­do se des­per­tó, el di­no­sau­rio es­ta­ba otra vez allí, in­tac­to. El re­sul­ta­do es que el dis­cur­so po­lí­ti­co ca­ta­lán es­tá co­lo­ni­za­do por el na­cio­na­lis­mo, que ha te­ji­do una te­la­ra­ña con­cep­tual de la que la iz­quier­da pa­re­ce in­ca­paz de li­brar­se. Así se ex­pli­ca, por ejem­plo, que en Ca­ta­lu­ña no se pue­da no ser na­cio­na­lis­ta: o eres na­cio­na­lis­ta ca­ta­lán o eres na­cio­na­lis­ta es­pa­ñol y, si abo­mi­nas por igual de am­bos na­cio­na­lis­mos (y del na­cio­na­lis­mo a se­cas), es que eres un na­cio­na­lis­ta es­pa­ñol en­cu­bier­to. Así se ex­pli­ca que se ha­ya per­mi­ti­do que el na­cio­na­lis­mo co­lo­que en el cen­tro del de­ba­te el lla­ma­do de­re­cho a de­ci­dir, una abe­rra­ción lin­güís­ti­ca (el ver­bo “de­ci­dir” no es in­tran­si­ti­vo: hay que de­ci­dir “al­go”), una im­po­si­bi­li­dad ju­rí­di­ca (en de­mo­cra­cia no se pue­de de­ci­dir lo que a uno le da la ga­na) y un eu­fe­mis­mo (por “de­re­cho de au­to­de­ter­mi­na­ción”, de­re­cho que nin­gu­na de­mo­cra­cia re­co­no­ce en su seno), con­ver­ti­do to­do ello en el en­ga­ño ideal pa­ra crear la ilu­sión de que la gran ma­yo­ría de los ca­ta­la­nes quie­re la in­de­pen­den­cia y de ese mo­do po­der lle­var­nos de ma­tu­te a ella. Así se ex­pli­ca, en fin, que Ar­tur Mas pro­cla­me con gran so­lem­ni­dad que en Ca­ta­lu­ña el pro­ble­ma es si po­de­mos vo­tar o no y na­die le con­tes­te que en Ca­ta­lu­ña vo­ta­mos des­de ha­ce ca­si 40 años y que por eso él es nues­tro pre­si­den­te; a lo cual Mas con­tes­ta­ría ve­ro­sí­mil­men­te que lo que él pre­gun­ta es si se pue­de vo­tar o no la in­de­pen­den­cia, y na­die le con­tes­ta­ría, me te­mo, que sí se pue­de, siem­pre que se vo­te a ERC o CUP y no a su coa­li­ción, que no lle­va la in­de­pen­den­cia en su pro­gra­ma. Es­ta in­di­gen­cia ar­gu­men­ta­ti­va es la cues­tión. Lo re­pi­to: no creo que ten­gan ra­zón quie­nes pien­san que la in­de­pen­den­cia de Ca­ta­lu­ña arre­gla­ría nues­tros pro­ble­mas, pe­ro tie­nen mu­chas ra­zo­nes; a quie­nes no lo pen­sa­mos nos pa­sa lo con­tra­rio. Pe­ro en el ar­tícu­lo an­te­rior pro­me­tí que ex­pli­ca­ría por qué las ra­zo­nes del ha­bi­tual dis­cur­so an­ti­na­cio­na­lis­ta en ma­te­ria lin­güís­ti­ca tam­bién me pa­re­cen equi­vo­ca­das. Lo ex­pli­ca­ré en el pró­xi­mo; só­lo ade­lan­to aho­ra que, co­mo mues­tra la anéc­do­ta del Qui­jo­te con que em­pe­cé, hay que te­ner mu­chas ga­nas de crear un pro­ble­ma pa­ra crear­lo en­tre dos len­guas tan se­me­jan­tes co­mo el ca­ta­lán y el cas­te­llano

(3) Esta serie de artículos trata de denunciar la indigencia y la torpeza del discurso de quienes no creemos que la independencia de Cataluña resuelva ninguno de nuestros problemas (frente a la fortaleza y la habilidad del discurso de quienes creen lo contrario), y en el último de ellos prometí que intentaría explicar por qué me parece equivocado el modo de plantear la cuestión lingüística de los dos discursos antinacionalistas que circulan en Cataluña, que son el del PP y el de Ciutadans y UPyD. Cumplo lo prometido.

En lo esencial, el problema consiste en creer que la defensa y el fomento del catalán equivalen a la defensa y fomento del nacionalismo catalán (o del independentismo) y que impedir la extensión del catalán equivale a impedir la extensión del nacionalismo o el independentismo catalán. Esto no es sólo falso, sino también dañino. Es verdad que, como otros nacionalismos, el catalán siempre ha apoyado sus reivindicaciones en la existencia de una lengua propia, fiado en la idea romántica de que la lengua es una emanación del pueblo y una herramienta de construcción nacional; pero no es menos verdad que cederles a los nacionalistas la lengua es regalarles una baza fabulosa: el nacionalismo es una ideología de unos pocos, pero la lengua es un tesoro de todos, incluidos quienes ni la hablan ni la leen, porque pueden llegar a hacerlo. Sobre todo cuando se trata de una lengua tan rica y próxima al castellano; tan próxima que –como muestra el episodio del Quijote que evoqué en mi artículo anterior, donde Don Quijote y Sancho dialogan sin problemas con unos bandidos que hablan en catalán– es facilísimo entenderla, y por tanto hacerla nuestra. Pero además, antes que una cuestión política, esta es una cuestión moral, de respeto, no ya por la lengua catalana, que es una abstracción, sino por los catalanoparlantes, que somos individuos concretos. Tengo amigos que son independentistas sobre todo por motivos lingüísticos: porque piensan que sólo una Cataluña independiente podría garantizar la plenitud del catalán e impedir episodios que les indignan –igual que indignan a cualquiera con dos dedos de frente–, como el del LAPAO, que busca abolir el catalán en Aragón. A ellos hay que decirles que se equivocan: primero, porque no está claro que la independencia de un país garantice la salud de su lengua, como demuestra el caso de Irlanda, donde, una vez conseguida la independencia tras dos guerras feroces, los políticos se ocuparon poco o nada del gaélico, porque lo que les interesaba era el poder, no el gaélico; y segundo, hay que demostrarles que se equivocan, impidiendo atropellos como el del LAPAO y haciendo que España fomente el catalán con la misma energía con que fomenta el castellano. Es seguro que la convivencia en Cataluña entre ambas lenguas puede ser muy mejorada, pero también lo es que puede hacerse mucho más por la difusión y el reconocimiento del catalán, sobre todo fuera de Cataluña. Esto no sólo lo digo yo. También lo dice, por ejemplo, Francisco Rico, quizá nuestro primer hispanista, quien no hace mucho escribió en estas páginas que el Estado “no ha sabido asumir y favorecer” el conocimiento de las lenguas minoritarias. O José Manuel Lara y Carmen Balcells, el mayor editor y la mayor agente de la lengua española. En un diálogo entre ambos publicado por La Vanguardia, el primero declaraba que desde hace décadas pide que no se deje la defensa del catalán en manos de los independentistas, a lo que la segunda responde: “Pero es lo que ha pasado, porque hoy a nadie se le ocurre identificar al Estado español con la defensa del catalán, sino con lo contrario”. Vuelvo al principio de este artículo: una de las causas del auge del independentismo catalán es la indigencia y la torpeza del discurso opuesto a él; el diagnóstico sobre Cataluña es equivocado, y el remedio, en vez de resolver el problema, lo agudiza: necesitamos un diagnóstico certero y un remedio eficaz. Vuelvo al principio de esta serie: quienes piensan que nuestros problemas se arreglan con la independencia de Cataluña no tienen a mi juicio razón, pero tienen muchas razones; quienes pensamos lo contrario quizá tengamos razón, pero no tenemos razones. Y una razón sin razones no sirve de nada. Necesitamos con urgencia razones que sirvan.

Ar­gu­men­tos tras­no­cha­dos

JO­SÉ ÁL­VA­REZ JUN­CO Y JA­VIER MO­RENO LUZ

‘El País’ – 2014-01-27

En el de­ba­te so­bre la re­la­ción en­tre Ca­ta­lu­ña y Es­pa­ña, los vie­jos tó­pi­cos esen­cia­lis­tas no so­lo no acla­ran el pro­ble­ma al que nos en­fren­ta­mos, sino que lo pue­den agra­var con re­no­va­das ofen­sas y des­ca­li­fi­ca­cio­nes

1390570451_670483_1390756723_noticia_normalEl economista César Molinas, en su importante artículo Lo que no se quiere oír sobre Cataluña (EL PAÍS, 19 de enero de 2014), trata de aportar soluciones al actual conflicto territorial y pone sobre la mesa propuestas bastante sensatas. Hace, además, un recorrido histórico en el que señala, con acierto, cómo los siglos XVI y XVII, pese a la conservación de las “libertades” medievales, representaron una fase oscura y decadente en la vida catalana, mientras que el XVIII, tras los Decretos de Nueva Planta, supuso el inicio del crecimiento industrial, mercantil y cultural de Cataluña. Sin embargo, el autor recurre a argumentos esencialistas, tan viejos como desacreditados, que no solo no aclaran el problema al que nos enfrentamos, sino que lo agravan con renovadas ofensas y descalificaciones.

En su opinión, el encaje de Cataluña en España es el de “un pueblo norteño en un país sureño”, juicio simplista e indemostrable que, al parecer, es la clave del asunto. El carácter nacional “norteño” se sustenta, nos dice, en dos factores: la europeidad “pata negra” y una ética del trabajo que no considera este un castigo divino sino un signo de elección, a la manera calvinista (Max Weber mediante). Unas cuantas objeciones deberían bastar para derrumbar esta tesis: si la incorporación al Imperio Carolingio fuera el sello de la pertenencia a Europa, eso querría decir que los pobladores de otros territorios de la memorable Marca Hispánica —los de Pamplona o Jaca, pongamos— serían más europeos que los de Lleida, fuera de sus límites; y el resto de los españoles quedarían condenados a arrastrar per secula seculorum la herencia —africana, horror— de Al Andalus. Del mismo modo, los vascos o los valencianos, pese a poseer amplios tejidos empresariales y pasar por laboriosos, serían “sureños”. A partir de aquí, los estereotipos se desatan: si los catalanes son trabajadores y serios, los otros españoles serán perezosos, ¿y también alegres e irresponsables? En fin, solo faltan unos buenos chistes con los acentos adecuados.

En realidad, lejos de enriquecer el debate con reflexiones que “no se quieren oír y, mucho menos, escuchar”, Molinas se limita a repetir tópicos que han sido oídos ad nauseam. Porque explicar el fenómeno del nacionalismo moderno a partir de la existencia de esencias nacionales, de rasgos que han caracterizado a las comunidades humanas desde tiempos remotos —en general, desde la Edad Media— y que se han perpetuado a lo largo de los siglos, es lo que han hecho una y otra vez, desde que la nación se convirtió en el mito legitimador de la soberanía, intelectuales de las más diversas tendencias. Muchos de ellos, sin duda, respetables e influyentes; pero empapados del clima nacionalista de su época. Esos rasgos podían radicar en la lengua, la religión, la mentalidad o las costumbres, según conviniera, pero lo decisivo era que revelaban una especie de espíritu o alma nacional, o al menos un carácter colectivo, tan indiscutible como firme y duradero. Un planteamiento alimentado por los nacionalismos, que, a partir de estos elementos culturales y del llamado principio de las nacionalidades (a cada nación corresponde un Estado), justificaron su reivindicación de un marco político propio.

Estas interpretaciones, de raíz romántica, han sido ampliamente rebatidas desde la Historia y desde otras ciencias sociales en los últimos 30 o 40 años. Hoy concebimos las naciones como artefactos culturales modernos, construidos por los nacionalistas —en particular, por diversas élites políticas e intelectuales, de dirigentes de partidos a escritores y artistas— sobre la base, eso sí, de elementos culturales preexistentes. Dicho de otro modo: la realidad social ha sido y sigue siendo muy compleja, y son los nacionalistas quienes la simplifican y reordenan a partir de sus propios intereses y percepciones, dividiendo a la humanidad con fronteras culturales que aspiran a ser políticas.

Y ahora precisamente, cuando estas nuevas visiones de la cuestión parecen estar bien asentadas entre los investigadores, resurgen en España, al calor del agudo enfrentamiento actual entre nacionalismos, los vetustos argumentos esencialistas. No es raro, por ejemplo, encontrar hoy afirmaciones sobre la extrema antigüedad de la nación española, “la más vieja de Europa”, según se obstina en repetir el presidente Rajoy. No sabemos por qué los redactores de sus discursos han decidido ignorar la existencia de los reinos de Francia e Inglaterra, que se llaman ya así desde los siglos X u XI, mientras que del “reino de España” no sería posible hablar hasta los Reyes Católicos, a finales del XV. Y aún entonces no era propiamente un reino ni, mucho menos, constituía una nación en el sentido moderno del término. Pero es que todavía siguen estando en boga ciertas ideas, comunes en el siglo XIX y en la primera mitad del XX, pero muy anticuadas hoy, como las que desarrollaron Modesto Lafuente o Ramón Menéndez Pidal: que ya desde la época prerromana, los habitantes de la Península eran individualistas, sobrios, sencillos, religiosos, idealistas…; es decir, que existe un “carácter español” desde hace milenios. Establecido, en definitiva, por la divina providencia.

En cuanto a lo que hoy podríamos llamar el “hecho diferencial” catalán, es algo sobre lo que se ha discutido desde la Renaixença de mediados del XIX. Los nacionalistas catalanes, poco más tarde, quisieron dejar bien claras las peculiaridades que les distinguían de los demás ciudadanos españoles, a partir de su lengua y sus tradiciones, incluyendo con frecuencia un toque de desprecio hacia los otros pueblos peninsulares. Más de uno llegó incluso a adoptar expresiones racistas, como Narcís Verdaguer, para quien los catalanes eran arios y los castellanos “africanos” (“bereberes”, concretaría Enric Prat de la Riba), o el lunático Pompeu Gener, quien afirmaba que el escaso amor al trabajo de los castellanos se explicaba por su sangre semita.

Mejor será no recaer en estas formas de pensar, que no ayudan en absoluto a entender los fenómenos nacionales y mucho menos a suavizar los conflictos políticos. Además de —o en vez de— volver a Ortega y a Vicens, deberíamos leer El mito del carácter nacional de Julio Caro Baroja, Razón del mundo de Francisco Ayala, o lo mucho y bueno que se ha escrito en la propia Cataluña. Por ejemplo, El imperialismo catalán, de Enric Ucelay da Cal, que desmiente por completo esa supuesta “falta de ambición para proponer un proyecto capaz de integrar a todos los catalanes, y también a todos los españoles”. Si algo les sobraba a los primeros catalanistas era ambición. Por no hablar de la “aversión (catalana) a participar en el Gobierno del Estado”, cuya falsedad demuestran desde Juan Prim, Manuel Duran i Bas, Francesc Cambó y Jaume Carner hasta Narcís Serra y Josep Piqué, pasando por Laureano López Rodó.

El feudalismo carolingio y la “mentalidad” menestral no explican, en resumen, nada o —seamos generosos— casi nada de los problemas actuales. Dentro de España no hay pueblos más europeos que otros, ni podemos hablar de norteños y sureños ni de caracteres permanentes que, en caso de condicionar las pugnas políticas en curso, las convertirían en insolubles. Lo que hay es una sociedad compleja, muy dividida en torno a su ubicación en la estructura territorial del Estado español, y un sector radicalizado de las élites políticas barcelonesas decidido a acabar con su dependencia de Madrid. Lo cual es legítimo. No lo es tanto, ni nos aproxima en absoluto a una posible salida dialogada y democrática del contencioso, invocar la historia de manera distorsionada, manipulándola para reivindicar una arcadia que nunca existió o una heroica lucha de siglos contra la opresión nacional, y tampoco para exhibir un pedigrí europeísta frente a los parvenus del sur del Ebro o una división esencial y poco menos que eterna entre los tímidos menestrales de un lado y los ambiciosos hidalgos del otro.

José Álvarez Junco y Javier Moreno Luzón son catedráticos de Historia en la Universidad Complutense de Madrid.

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Historia de dos ciudades

José Álvarez Junco

EL PAIS 29 SEP 2013

1380297036_217736_1380383710_noticia_normalSi hay una conclusión dominante que puede extraerse de los miles de libros y artículos dedicados a los nacionalismos, sería que los factores que explican su existencia no son las razas, la religión o la historia. Tampoco los intereses económicos, como quiso el marxismo. Más que burguesía, lo que encontramos tras estos procesos son élites político-intelectuales. No intelectuales en el sentido de grandes creadores de arte o pensamiento sino de personas que manejan y difunden productos culturales y que con ello se ganan la vida o son, o aspiran a ser, funcionarios. Pero sobre lo que quisiera reflexionar aquí hoy es sobre el hecho de que estas élites actúan necesariamente desde centros urbanos, porque es allí donde se crea y difunde la cultura. Allí se reúnen, intercambian ideas, conciben y lanzan su proyecto. La disputa se libra entre ciudades; más precisamente, entre élites urbanas.

Durante milenios, la humanidad ha vivido organizada en reinos o imperios, formas de dominación política dirigidas desde ciudades. No eran todavía naciones, porque no aspiraban a la homogeneidad cultural ni atribuían el poder soberano al pueblo. Al desaparecer en Europa el imperio romano, pareció que las ciudades iban a verse anegadas por un mundo rural regido por grandes señores dedicados a la guerra. Pero los centros urbanos recuperaron su fuerza y consiguieron crecer y rivalizar con los señores feudales. La superioridad de las ciudades fue su concentración de recursos (económicos y coactivos, como explicó Charles Tilly), frente a la fragmentación del poder del feudalismo. Aunque tampoco fueron las sociedades más urbanizadas donde surgió el Estado moderno. Muchas y muy esplendorosas ciudades había en el norte de Italia o en Flandes y, sin embargo, los grandes Estados europeos nacieron en territorios más amplios, dominados por un solo centro, como París, Londres o Madrid. Algunos de los Estados-nación europeos fueron más tardíos por la rivalidad entre varias ciudades, como Berlín y Viena o Roma, Milán y Turín.

En el caso español, hacia 1500 ninguna ciudad dominaba el conjunto de la Península. La zona más rica y poblada, Castilla la Vieja, se componía de una constelación de ciudades laneras (quizás la tercera europea, tras Italia y Flandes) y en el Mediterráneo había otra serie de poderosos núcleos urbanos marítimos y comerciales, como Valencia y Barcelona. Castilla acabó imponiéndose porque, tras su unión con Aragón y la conquista de Granada y Navarra, los monarcas establecieron allí su sede. Alguna razón tienen quienes hablan del “Estado español”, porque lo primero fue el Estado, en el que comenzaron a desarrollarse unas estructuras organizativas propias de un Estado moderno embrionario (tesorería, burocracia, ejército permanente). El sentimiento de nación llegó más tarde, y no sin dificultades. La capital en la que se acabaron estableciendo, Madrid, no era un gran centro agrícola, comercial, industrial o de comunicaciones. Era solo la corte y estaba situada en medio de un páramo, atractivo para los reyes porque había a su alrededor buenos terrenos de caza. Los monarcas, aliados primero con las ciudades frente a los señores feudales y sometiendo luego a aquellas al aplastar la rebelión comunera, consiguieron monopolizar el poder coactivo. Y, como cualquier monarca de la época, se embarcaron en multitud de empresas militares para ampliar sus dominios. Lo mismo hacían los reyes franceses o ingleses, pero con menor capacidad económica, debido a las remesas que los Habsburgo españoles recibían del continente recién descubierto al otro lado del Atlántico. Gracias a eso, esta monarquía logró imponer su supremacía en Europa durante algo más de un siglo. Pero su dedicación a las actividades militares, descuidando la creación de riqueza, acabó debilitándola, arruinando y despoblando sobre todo a Castilla, la región de más recursos y también la más sometida tras haber maniatado a sus Cortes (de ahí que los restantes reinos se resistieran, con razón, a perder sus inmunidades y privilegios). Su hegemonía europea terminó tras la Paz de Westfalia y sería sucedida por la francesa primero y por la británica después.

Al llegar la era contemporánea, aquella monarquía que estaba dejando de ser un im-perio quiso convertirse en una nación. Pero Madrid seguía siendo sobre todo corte, de la que emanaban órdenes principalmente militares, y apenas había crecido como centro productivo. En cambio, una primera industrialización textil se había producido, ya en el XVIII, en torno a Barcelona, que había sido sede de las instituciones representativas oligárquicas del Principado de Cataluña (Corts, Generalitat), por lo que albergaba una añoranza por su autogobierno perdido en 1714 (que nunca fue independencia en el sentido actual del término, pues dependía de la corona de Aragón). Era lógico que a la larga se desarrollara la rivalidad entre esta ciudad y Madrid.

A medida que avanzó el XIX, las élites barcelonesas se fueron viendo a sí mismas como más ricas, cultas y europeas que las madrileñas, de las que dependían políticamente. El desequilibrio era innegable. La ola romántica prendió, y no por casualidad, en Barcelona y se produjo una Renaixença, una idealización del esplendor medieval catalán y un sentimiento nostálgico por la lengua vernácula que se veía en extinción. Ya en el último cuarto del siglo, el Colegio de Abogados de Barcelona, para enfrentarse a la codificación, que les obligaría a competir en un mercado más amplio y homogéneo, defendió la singularidad del Derecho catalán, elaborando toda una teoría sobre su esencial incompatibilidad con el castellano, a partir de sus distintas raíces doctrinales (v. al respecto el libro de Stephen Jacobson). Luego vino el folklore, la sardana, la barretina, todo expandido por barceloneses en fervorosas excursiones al campo circundante, donde explicaban a los campesinos cuál debía ser, cuál era, en realidad —aunque no lo supieran—, su manera propia de vestir o de bailar. Joan-Lluis Marfany lo describió en un gran libro. Finalmente, aquel movimiento se presentó en política bajo el rótulo de Lliga Regionalista y la respuesta brutal de algunos militares asaltando sus periódicos provocó la Ley de Jurisdicciones y reforzó el estereotipo de que Cataluña encarnaba el civismo europeo frente a la barbarie de los castellanos.

Esas circunstancias, más que una identidad étnica mantenida sin interrupción a lo largo de un milenio, pueden ayudar a comprender el origen del nacionalismo catalán. Algo no muy distinto —aunque con muchas peculiaridades— ocurrió en el otro foco industrial del país, Bilbao (cuidado, no el País Vasco), que, sintiéndose superior por su riqueza y sus lazos con Inglaterra, lanzó también su órdago frente al dominio madrileño. En otros lugares, como Galicia, pese a tener seguramente mayores motivos para plantear una reivindicación nacionalista —dada su mayor homogeneidad lingüística, sus fronteras bien delimitadas y una situación de atraso que podría haber sido atribuida a la explotación “colonial” de Castilla—, el nacionalismo nunca tuvo tanta fuerza, por razones complejas, pero una de ellas seguramente porque no había una ciudad que fuera el centro, la capital natural; los escasos nacionalistas gallegos, al final, lanzaron sus propuestas desde Madrid o desde Buenos Aires.

Hoy, un siglo y pico después de este proceso, las circunstancias han cambiado mucho. Madrid no es ya el poblacho manchego que fue, sino el centro económico del país. Pero los estereotipos se mantienen vivos, porque el éxito de los nacionalismos lanzados desde Barcelona o Bilbao ha sido indiscutible. Por otro lado, en España se ha querido crear un Estado centralizado sobre el modelo francés, cuando la realidad es muy distinta a la francesa, dominada con claridad por un gran centro urbano con el que ningún otro puede rivalizar. En España hay, al menos, dos ciudades de tamaño y peso económico y cultural perfectamente comparable. Una, Barcelona, es claramente capital española en el mundo de la edición, el deportivo, el turístico. Y sus élites político-culturales, que no pueden soportar más la idea de depender de Madrid, han conseguido convencer a una gran parte de su población de que son diferentes a los españoles y de que lo mejor es, sencillamente, dejar de pertenecer a España.

No pretendo lanzar propuestas para superar la situación actual, sino simplemente in-troducir un elemento más, la pugna urbana, para ayudar a comprender el problema. Pero la teoría, inevitablemente, insinúa soluciones. Estamos en la era posnacional, en la que el Estado-nación ha dejado de ser soberano en muchos sentidos. No basta con constatar y apoyar ese proceso. También hay que hacer más compleja la organización de lo que queda del Estado. Sería interesante, por ejemplo, plantear una especie de doble capitalidad, o múltiple capitalidad, con instituciones estatales (el Senado, para empezar) situadas en otras ciudades, y con un tratamiento de las lenguas no castellanas como oficiales también del resto de España (en Canadá, Quebec es una minoría, pero el francés es oficial en todo el país).

Aunque me temo que es tarde para todo esto.

José Álvarez Junco es catedrático de Historia en la Universidad Complutense, Madrid. Su último libro es Las historias de España (Pons/Crítica)